Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 39. Javi
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Capítulo 39. Javi

En la actualidad

No sé muchas cosas, pero sí sé que Alex es un imbécil.

Está entreteniendo a todo el mundo con un relato ficticio de mi aventura en paracaídas. Nunca lo vi tan animado.

–Entonces, estábamos a punto de saltar –cuenta, con ojos brillosos e inquietantes, el vino agitándose en su copa– y Javi se aferra al marco del avión como si su vida dependiera de eso.

Está bien, sí, esa parte es verdad. Igual, es un imbécil.

La mayoría de sus parientes compran la diversión: se ríen a más no poder diga lo que diga.

Es obvio para mí, y para cualquiera con conocimiento sobre dinámicas familiares, que Alex es el niño de oro y que sus dos hermanas son las excluidas.

Danila y Mirna no hacen más que cuchichear entre ellas; el desdén por todos los que las rodean está adherido a sus rostros como un maquillaje permanente.

Para peor, Mirna tiene las uñas más largas que haya visto en una persona que no busca conseguir un récord Guinness.

Está decidido: voy a incluirlas en mi guion.

Mari se aclara la garganta y respira hondo.

–Señora Cordero, ¿está disfrutando de su primera visita a California?

La madre de Alex se cubre la boca con una servilleta de lino. Cuando termina de masticar, dice:

–Sí, es muy lindo.

Esperamos que agregue algo más, pero vuelve a fijar los ojos en el plato y come otro bocado de feijoada . La entiendo. Esos guisantes negros son deliciosos; y cada vez que descubro un trozo de carne escondido en la salsa, celebro mentalmente.

Alex aprovecha el silencio de su madre para seguir hablando.

–Escucha esto, Marisol. –Apoya el brazo sobre el respaldo de la silla de su novia–. Tu amigo intentó señalar tus defectos, pero yo le dije que eras perfecta.

Mierda, eso también es verdad. Seguro que todavía está molesto por lo de Chocolito; esto no va a terminar bien… para él.

–¿De veras? –pregunta Mari, con una sonrisa que hace juego con su mirada: encendida y de soslayo–. ¿Y cuáles son esos defectos?

– Mmm , a ver –piensa Alex, golpeándose el mentón con el dedo índice–.

Uno es que dejas migas en la margarina cuando untas el pan tostado.

Otro es que bloqueas la puerta del refrigerador hasta que eliges lo que quieres comer.

Y parece ser que Javi detesta esos clásicos en blanco y negro que tú adoras.

Le conté que El ciudadano Kane es mi preferida.

Mari aprieta los labios y exhala un suspiro profundo. Intercambia una mirada conmigo y dice:

– El ciudadano Kane es una obra maestra de la dirección, pero no logré terminarla.

Y no soy yo la que deja migas en la margarina; ese es Javi.

También es él quien bloquea la puerta del refrigerador como si fuera un custodio en un club nocturno.

Yo siempre me quejaba de eso. –Se da vuelta para mirar a Alex–.

Detesto las películas en blanco y negro, y lo sé porque Javi me arrastraba al cine a mirarlas cuando estábamos en Belmont.

–Mari se pone de pie de un salto–. Tengo que ir al baño. Perdón.

Los testigos del intercambio se quedan sentados en un silencio estupefacto.

Chloe, quien probablemente fue diplomática en otra vida, se inclina hacia adelante y posa su mirada en el padre de Mari.

–Luiz, ¿cuál fue el litigio más ridículo en el que le tocó trabajar? Seguro tiene una historia fantástica.

Luiz, siempre dispuesto a acaparar cualquier momento como propio, parece por fortuna reconocer la necesidad de descomprimir la situación.

–Ay, sí, hubo unos cuantos, Chloe. Mira, tuve un cliente que se negaba a filmar en estudios con césped artificial. Era porque…

A mi derecha, Sasha finge roncar.

A mi izquierda, Alex se inclina sobre la silla vacía de Mari y me susurra:

–Buena broma me jugaste.

–Te la jugaste solo –retruco, también en un susurro–. No tenías por qué comentar nada de lo que hablamos. Quisiste hacerme quedar mal y lo único que lograste fue dejar en evidencia lo poco que la conoces.

Un músculo en su mandíbula tiembla en un gesto involuntario.

–¿Así serán las cosas, entonces?

Sasha apoya los codos sobre la mesa y nos clava la mirada.

–Tranquilos. Ahí viene.

Los dos nos erguimos en nuestros asientos, y Mari se sienta con la cara húmeda, como si se hubiera echado agua.

Yo no tenía la intención de compartir con ella la conversación de esa mañana; era simplemente parte de mi investigación.

Pero ahora que salió a la luz y que Mari está dolida por sus consecuencias, me arrepiento de esta tonta batalla de ingenio.

–¿Todo bien? –le pregunto.

Me sonríe con una mueca, la mirada perdida.

–Todo bien.

Del otro lado de la mesa, Chloe lanza una exhalación. Entiendo el motivo; escuchar a Luiz es agotador. Sus ojos rebotan entre los presentes hasta llegar a mí.

–Javi, cuéntanos sobre ese musical que estás escribiendo –pide Chloe.

Me limpio la boca con la servilleta y la apoyo contra mis piernas. Esto sí lo puedo manejar. Y cuanto más avanzo, más confiado me siento para hablar del musical.

–El título tentativo es La sala de correo . Se trata de un grupo de empleados postales que se enteran de que la empresa tiene la intención de ascender a uno de ellos. Esta información los lleva a pensar en sus sueños, en las razones de su estancamiento, en lo que esperan para el futuro…

–Es autobiográfica, entonces –interrumpe Alex, fingiendo una sonrisa. Mari lo mira de mal modo, y él se defiende alzando las manos–. Eh, vamos, era un chiste.

Mis rasgos faciales se relajan y adquieren una falta de expresión que indica que lo que dijo me tiene completamente sin cuidado. Continúo:

–Se trata de la inevitabilidad del fracaso, del poder de reinventarnos, de la importancia de ser conscientes de lo que valemos y de las consecuencias de las decisiones que tomamos. Por lo que sí, supongo que en parte es autobiográfica. Y aspiracional.

–Muero por verla –dice Chloe.

–Yo también –agregan Sasha y Brittany al unísono.

Fijo los ojos en Mari, deseoso de que ella me mire, pero está concentrada en un punto detrás del hombro de su padre. Chloe es menos sutil; agita las manos frente al rostro de su amiga y exclama:

–¡Ey! ¿Todo bien por ahí?

La cabeza de Mari vuelve repentinamente hacia nosotros.

–¿Qué? Claro. Por supuesto. Me… distraje un poco, nada más. –Con las manos, imita una explosión alrededor de la cabeza–. Tengo muchas cosas en las que pensar.

Alex le apoya una mano y le murmura algo al oído.

Ojalá se vaya. Sé que es una ridiculez. No solo tiene el derecho de estar aquí, sino que es la mitad de la razón por la que estamos reunidos.

Es el novio. El futuro esposo. Es tanto su cena previa a la boda como lo es de Mari.

Si hay alguien cuya presencia podría cuestionarse, ese soy yo.

Mierda, desearía que solo me hubiera invitado al cóctel de final de fiesta.

Mari se pone lentamente de pie con su copa de champaña. Alex la imita.

Respira hondo y curva los labios en una sonrisa amplia. Está radiante. Cómo hace para no tener ni una herida después del fuego cruzado es un misterio.

–Alex y yo queremos agradecerles su presencia y el apoyo permanente en esta nueva etapa de nuestra vida juntos. Estamos entusiasmados por lo que el futuro nos depara, y es un placer iniciar este viaje con ustedes. –Alza la copa–. Por las bodas y los nuevos comienzos.

Una ronda de felicitaciones y vítores sigue a continuación. Las hermanas de Alex claramente no comparten la alegría; tal vez porque a Mirna se le dificulta envolver esas uñas larguísimas alrededor de la copa y porque Danila está pendiente de su hermana para saber cómo actuar.

Los ojos de Mari recorren los rostros reunidos alrededor de la mesa y, finalmente, se detienen en mí. Hay una pregunta en mi mirada; una que sé que Mari no va a responder.

Ella brindó por las bodas y los nuevos comienzos. ¿Por qué no por el amor?