Capítulo 38. Mari
En la actualidad
Teddy, el celebrante de la boda y miembro de la familia dueña de la finca Crystal Canyon, aplaude; su rostro rubicundo y la barba espesa me recuerdan a uno de mis profesores preferidos en Belmont.
Cuando alguien dice que fulano tiene una mirada cordial, está pensando en personas como Teddy; la calidez en los ojos es genuina, como si nada ni nadie pudiera opacar su visión optimista del mundo.
Su presencia apacigua. Y yo estoy inmensamente agradecida de que Teddy sea quien oficie la ceremonia.
–Muy bien, vengan todos aquí para que les muestre lo que ocurrirá el domingo.
Observo el grupo reunido para participar del ensayo: mis amigas están aquí, por supuesto; Alex está flanqueado por sus padres, su primo y su tío; y mi padre se halla fuera del círculo, hablando por teléfono.
Mi madre llegará recién mañana, pero voy a ocuparme de que sepa lo mucho que valoro su presencia.
Es un día fabuloso en una extensión de tierra que de veras captura la esencia de la belleza natural: colinas ondulantes, viñedos pintorescos, jardines rebosantes de flores silvestres. Todo está saliendo exactamente como lo imaginé.
Doy un vistazo alrededor y toco a Sasha en el brazo.
–Ey, ¿viste a Javi?
–No. –Se encoge de hombros.
Alex aguza el oído y se acerca a nosotras.
–Quizás todavía se esté recuperando de la aventura con el paracaídas de esta mañana.
–Dijiste que había salido todo bien –digo, frunciendo el entrecejo.
–Salió todo bien, pero digamos que fue fuerte para él.
–¿Sintió náuseas o algo así?
–Que yo sepa, no, pero saltar desde un avión eleva tu nivel de adrenalina como nada en el mundo.
Suspiro. Todo sea para que la boda salga como lo soñé.
–Oye, Teddy, ¿nos das un minuto? Falta alguien.
–Desde ya.
Tomo mi teléfono.
–Voy a ver cómo está Javi. –Estoy buscando en mi lista de favoritos cuando un ladrido agudo llama mi atención. Recorro el parque con la vista y ahogo una exclamación cuando detecto a Javi, que viene hacia nosotros cargando en sus brazos un perrito con un corbatín azul y plateado.
–¿Qué carajos es eso? –pregunta Alex, escudriñando a Javi a medida que se acerca.
–Creo que le dicen «cachorro» –dice Brittany con los labios curvados hacia arriba, divertida.
Javi llega donde estamos reunidos; la sonrisa ancha suaviza los ángulos pronunciados de su rostro.
–Perdón por llegar tarde. Este muchachito quiso hacer pis una infinidad de veces durante el viaje.
Me inclino para tomar la carita dulce del cachorro en mis manos, cautivada por sus ojos gris claro.
–¿Cómo se llama?
–Chocolito, una mezcla de labrador y pitbull terrier . Es mi regalo de bodas para ti. –Mira a Alex de reojo con malicia–. Para los dos, desde ya.
Mi mandíbula se desploma. Por un lado, muero de amor. Por otro, este no es el momento ni el gesto adecuado. Me enderezo con el ceño fruncido, en parte confundida y en parte consternada.
–Disculpen –digo, y empujo a Javier para alejarlo del grupo. Cuando estamos fuera del alcance de oídos curiosos, le clavo los ojos–. ¿Qué es esto?
–Escúchame –empieza, acunando a Chocolito como si fuera un bebé. Es indignante. Y una preciosura. Y todo me da vueltas en la cabeza.
–Te escucho.
–Sé que dijiste que a Alex no le fascinaban las mascotas…
–Lo hiciste para fastidiarlo.
–Siempre quiero fastidiarlo. De eso se trata, ¿no? Pero, en realidad, es para ti.
Dejo escapar un soplido de frustración. ¿Me está hablando en serio?
–¿Cómo puede ser para mí, Javi? Sabes bien que mi futuro esposo no quiere tener mascotas.
–Pero tú sí quieres. Una vez me dijiste que soñabas con que tu perro participara de tu boda. ¿Te acuerdas?
Me presiono el puente de la nariz.
–Sí, me acuerdo. Y es muy dulce de tu parte, Javi. Dulce y necio. No puedo quedármelo. –El perrito elige este momento para rozar el hocico contra mi brazo. Maldición.
–Sabía que dirías eso –contraataca, cambiando de posición a Chocolito en sus brazos–. Por eso tengo una propuesta.
–No debería escucharte, pero igual te escucho.
–Esto es lo que pensé: el perro es tuyo, pero me lo quedo yo. Puedes venir a visitarlo cada vez que viajes a Nueva York. Y cuando yo venga aquí, lo traigo conmigo. Será una custodia compartida.
Mi corazón no puede resistir esto; de veras, no puede.
–De esa manera –continúa Javi–, tú tendrás lo que soñaste –levanta el dedo índice en el aire–, algo que, debo agregar, será lo más adorable que verán tus invitados…
–Creía que lo más adorable que verían mis invitados sería yo.
–No –me corrige, y alza la nariz en un gesto gracioso–. Tú serás deslumbrante. Gloriosa. Resplandeciente, como les gusta decir a los galanes de las novelas románticas.
–Eres un payaso –me río, pero la sonrisa se me borra del rostro cuando Teddy viene hacia nosotros.
–Quería corroborar que no hubiera ningún problema –explica; lo dice sinceramente.
–Disculpa, Teddy. –Fuerzo la vista para mirar a Javi–. Tenía un poco de hipo… y hubo un cambio de último momento para la ceremonia.
Teddy inclina la cabeza.
–¿Sí?
–Sí. –Tomo a Chocolito de los brazos de Javi y lo acurruco en el pliegue de uno de los míos–. Este bebito también entrará con la novia.
Javi me sonríe de oreja a oreja; su rostro irradia felicidad. Debo extirpar esta debilidad que siento por él; es el origen de muchas malas decisiones.
–Un momento. –Extiendo la mano–. Mejor dicho, Chocolito entrará contigo.
Javi asiente con la cabeza, el pecho hinchado como si fuera Superman.
–Hecho.
–Y deberás ocuparte de cuidarlo mientras esté aquí.
–Ya me ocupé. Jeremy viene a buscarlo hoy antes de la cena y lo trae el domingo por la mañana.
El regalo de Javi me conmueve. En serio. En especial ahora que sé que lo pensó tanto.
–Muy bien –respondo; rodeo a mi nueva mascota con los brazos y froto su hociquito tierno–. Vayamos con los demás.
Doy tres pasos hacia el parque y me detengo en seco. Ay, Dios, no le consulté a Alex sobre lo de entrar con el perro.
Mi analista se hará una fiesta con esto.