Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 37. Javi #3
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Capítulo 37. Javi #3

Joel y Ramón se descostillan de la risa. Alex se frota el codo. Y yo fulmino con la mirada al hombre que tendrá la responsabilidad de regresarme a la tierra desde cinco mil metros de altura.

Esto es un desastre.

***

–¡Esto va a ser genial! –grita Joel, saltando en el lugar. En un avión. ¿Por qué alguien querría elevarse en el aire cuando ya está a tres mil metros de altura y sigue subiendo?

Carajo, creo que me estoy mareando.

Toco el hombro de Alex.

–¿Cuándo me atarán a ti? –vocifero por encima del ruido del motor.

Gira sobre sus talones en el lugar, cerca de la compuerta del avión.

–No irás atado. Simplemente me abrazas lo más fuerte que puedas.

Lo miro sin entender. Esto no puede ser así, pero mi sistema nervioso central se está apagando y ya no puede discernir qué es real y qué no.

–Deja de molestarlo, mijo –se ríe Ramón–. Es un buen chico.

Alex sonríe, obediente.

–Está bien, te ataré ahora. Pronto vamos a saltar.

Se me cierra el estómago, pero no pienso hacer nada. Voy a pasar por esto aunque muera… Literalmente hablando.

La compuerta baja, y me cuelgo de una barra para tener una visión más de cerca.

Lo primero que noto es un caleidoscopio de azules que cubre el cielo.

El aire se presenta brumoso, y las nubes, tan próximas que podría tocarlas.

La textura de las cimas y los valles parece más elaborada desde esta ubicación.

Aquí arriba, el verde intenso de una hilera de árboles se extiende infinitamente y algunos sectores del terreno imitan un rompecabezas. El viento me golpea la cara.

Alex se acerca por detrás y une mi arnés al de él en cuatro puntos diferentes.

Hay muy poco espacio entre nosotros y, de haber sabido ayer que lanzarse en paracaídas iba a requerir que Alex y yo estemos, literalmente, sujetos cadera contra cadera, habría fingido un brote de disentería para ausentarme.

–¿Cómo se siente? –pregunta en mi oído.

–Hermoso –respondo con un susurro seductor para distraerme de lo que está por suceder.

Me da un golpe en la sien y luego ubica mi cabeza contra uno de sus hombros para que no le bloquee la vista. Vemos que Joel y Ramón saltan del avión como si salieran por la puerta de su casa; lo hacen parecer así de fácil. Luego es nuestro turno.

Entrecierro los ojos, rezo una plegaria y dejo escapar un soplido profundo.

–Hagámoslo –grita Alex, y marchamos hacia adelante al mismo tiempo. Seguro parecemos soldados del Imperio Galáctico, pero de juguete.

«Mierda, mierda, mierda».

Me aferro al marco de la compuerta en un intento desesperado por retrasar lo inevitable.

–¡Vamos! –exclama Alex, arrancándome los dedos del avión.

Antes de que pueda siquiera mentalizarme, me empuja hacia adelante y saltamos del avión. A cinco mil metros de altura.

Estoy ingrávido. Un punto que flota en lo alto por sobre el mundo enorme y fantástico.

Es surrealista… y perturbador. Me recuerda a la vez que mis padres se fueron un fin de semana y mis hermanos me emborracharon.

Tenía dieciséis años, y el alcohol barato que agregaron en mi vaso saturó mis sentidos.

Detesté esa sensación y, desde ese momento, el alcohol me da náuseas.

Borro ese recuerdo y trato de concentrarme en el aquí y el ahora.

Enseguida recupero el equilibrio y no puedo evitar maravillarme.

Estoy suspendido en la atmósfera de la Tierra. ¿No es genial?

Y también está la presión, como si alguien me impulsara hacia arriba y nunca fuera a aterrizar.

Nos dijeron que la caída libre tendría una velocidad de casi doscientos kilómetros por hora, pero excepto por el golpeteo en las mejillas cuando las sacude el viento, no me doy cuenta.

Esto no se parece a nada de lo que hice hasta ahora, y me gustaría que Mari estuviera aquí para vivir la experiencia conmigo. Le encantaría. Quizás algún día podamos hacerlo juntos.

Alex nos hace girar algunas veces y, luego, me informa:

–Voy a abrir el paracaídas. Es probable que sientas un tirón.

La insonoridad del cielo sin duda contrasta con el rugido de los motores del avión que invadía mis oídos hace unos segundos; por eso, la voz de Alex atraviesa el silencio, tironeándome de vuelta a la realidad casi con tanta fuerza como la sacudida del paracaídas.

Ahí es cuando me doy cuenta: Mari y yo no saltaremos juntos en paracaídas, ni ahora ni en un futuro.

Se va a casar en dos días… con el tipo sujeto a mi espalda; y, a pesar de lo estimulante de la situación, se me oprime el corazón.

Estoy tan compenetrado en mis pensamientos que casi olvido que vamos implacablemente en caída.

El viento me golpea el rostro, tengo el estómago revuelto y el suelo se aproxima hacia mí a gran velocidad.

Segundos después, aterrizo de culo y reboto tres veces hasta que Alex me derriba para contrarrestar la inercia.

Me ayuda a incorporarme y me palmea la espalda.

–Lo hiciste muy bien. El video será muy gracioso. A Marisol le va a encantar.

Para él, todo esto es un juego. Es un imbécil.

Jadeando, alzo el pulgar. Luego me río para mis adentros mientras hago planes en mi cabeza. Voy a borrar esa sonrisa burlona del rostro de este hombre aunque sea lo último que haga en mi vida.