Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 37. Javi #2
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Capítulo 37. Javi #2

–Mmm, El ciudadano Kane , tal vez.

–Qué interesante. –Y muy esclarecedor–. Nacieron el uno para el otro, entonces.

–Así es –afirma, enderezando los hombros.

Cierro los ojos para indicar, al menos por mi parte, que la conversación terminó, pero Alex susurra mi nombre, obligándome a interactuar otra vez.

– Pst , Javi.

Abro un ojo y veo que Alex inclina su mochila abierta hacia mí de modo que nadie más pueda ver el contenido.

–¿Quieres un trago de tequila?

–No, gracias. Anoche leí que es mejor no comer ni beber nada que pueda provocar náuseas. Además, mi tolerancia para cualquier cosa más fuerte que la cerveza es nula.

–¿No trabajas de barman? –Se inclina hacia atrás.

–A media jornada, sí. –Me río–. Es una de esas ironías de la vida.

–Qué interesante –comenta, golpeteándose el labio con el dedo índice. Empuja la mochila debajo del asiento y toma el teléfono.

Muevo la cabeza hacia un costado y lo miro intrigado.

–¿No vas a beber?

–No, no –responde, los ojos fijos en la pantalla del teléfono–. Necesito tener la mente despejada para el salto.

–¿Por qué me ofreciste tequila, entonces?

Me mira apenas y sonríe.

–Porque es tu primera vez. Para que te relajes.

–Ah, ya veo.

No le creo. Pero no importa. Estaré en manos de otra persona, no de las suyas.

***

–Javier, vas a volar en tándem con Alex –anuncia Mason, el instructor principal, durante la charla de seguridad.

Trago saliva. Fuerte.

–¿Perdón? –pregunto, abriendo y cerrando los ojos para disipar la confusión.

Estamos en un sitio pequeño a un lado del hangar para repasar el protocolo previo al salto. Ahora entiendo por qué Alex se porta como amigote con el personal de la empresa: los conoce.

–Así es –confirma Alex, y me rodea el hombro con uno de sus brazos–. Trabajé aquí como instructor mientras estudiaba Derecho. Todavía hago algún que otro salto cuando lo necesito.

–¿Y ellos? –Apunto el mentón hacia Joel y Ramón.

–Los dos tienen experiencia –aclara Mason–. El único principiante eres tú.

Me doy vuelta para mirar a Alex y dejo escapar un suspiro hondo, pesado.

–¿Estás entrenado para esto?

–Sí. –Sonríe–. Tengo licencia y certificación actualizadas. Además, hice más de setecientos saltos. Confía en mí; estás en buenas manos.

Esto sí que es una desgracia.

–¿Alguna vez tuviste un accidente?

–Nunca… Pero hay una primera vez para todo.

Se me salen los ojos de las órbitas, y Alex juega a darme un falso puñetazo en el abdomen.

–Es una broma, hombre. Va a estar todo bien.

El primo de Alex elige este momento para apuntarme bien cerca a la cara con su teléfono.

Mierda, ¿además están grabando? Levanto los pulgares, aunque no estoy para nada bien.

El documento que los exime de responsabilidad, de cuatro hojas, tampoco ayuda a calmar los nervios; podrían haberlo resumido a una frase: «Morirás, y la culpa será totalmente tuya».

–Oye, Mason –dice Alex–. Sería mejor que Javier practicara en la tabla. Para que se dé una idea de la posición.

Mason inclina la cabeza hacia un lado y aprieta los labios.

–Quizás solo sea necesario…

–No, no. –Alex lo mira fijo, con intención–. Que lo haga en tierra.

¿De qué cuernos están hablando?

–Ah, está bien –responde Mason, ensanchando la mandíbula–. Voy a buscar el equipo.

Camino por el lugar, intranquilo. Mason regresa con un traje de paracaidista y dos adminículos que me recuerdan a esa especie de carro con rueditas que los mecánicos usan para deslizarse debajo de las carrocerías de los autos.

–Aquí tienes el traje. Ve detrás de esa cortina y póntelo sobre la ropa. Cuando estés listo, te subiremos a uno de los carros para mostrarte cómo se hace.

Me alejo arrastrando los pies, sin entender qué decisiones me llevaron a este punto.

¿Por qué dejé que me ganara la bravuconería?

Respiro entrecortado y me calzo el traje.

Aunque una ojeada en el espejo me infla el pecho.

Ahora que tengo todo el equipamiento, no me veo nada mal.

Parezco un paracaidista de verdad. Solo me hacen falta un tema musical, un turborreactor y un nombre clave jactancioso como Papi Chulo.

Regreso al área de entrenamiento y me quedo de pie con las manos a los costados.

–Listo.

Alex asiente con la cabeza, el pie sobre uno de los carros que Mason trajo antes.

–Aquí tienes. –Empuja el carro en mi dirección. Se desliza hasta que lo detengo con el talón.

Miro el adminículo y vuelvo a levantar los ojos hacia Alex.

–¿Qué se supone que debo hacer?

–Recuéstate boca abajo, Javier. Para imitar la posición horizontal en el aire. Te ayuda a practicar cómo sostener los brazos y las piernas durante el salto, como si fueras una estrella de mar.

Miro a Alex y luego a Mason.

–¿Es necesario?

Mason se queda callado, y Alex suspira.

–¿Quieres que el salto sea un éxito? –pregunta.

–Por supuesto.

–Entonces, acuéstate sobre tu estómago y practica.

Lo hago. De mala gana. Es una postura extraña y por un instante pienso cuál será mi imagen desde la perspectiva de los demás; pero luego comienzo a moverme sobre la tabla, con las piernas en ángulo recto y los brazos extendidos, y empiezo a entender la utilidad de todo eso para el salto.

–No te estás perdiendo nada, ¿no? –pregunta Alex a su primo.

–Claro que no –responde.

Alex apoya el pie sobre mi espalda y me desplaza de un lado al otro.

–Mantén la cabeza gacha para protegerte del impacto inicial del viento.

–Perfecto.

Mason patea el otro carro hacia donde está Alex.

–Eres instructor. Muéstrale tú.

Hay cierta brusquedad en el tono de Mason, casi como si estuviera enojado, pero parece que eso no afecta a Alex. Es más, Alex no duda en aceptar la sugerencia: se pone de cuclillas y extiende el cuerpo como si surfeara.

–Se puede poner movido ahí arriba –me dice–. Te voy a ayudar a que te acostumbres.

No entiendo bien qué quiere decir Alex hasta que toma el borde de mi carro y lo hace girar en círculo. Mis manos se extienden hacia afuera, intentando mantener el equilibrio, pero estoy absolutamente desorientado.

–Está bien, creo que podré manejarlo –grito, haciendo un esfuerzo para no marearme.

Pero Alex no se detiene y me hace girar más rápido; sus carcajadas resuenan contra las paredes del salón.

–¡Bandera blanca! –aúllo.

–¿Qué?

–Que me rindo.

Carajo.

Presiono las manos contra el suelo y me impulso hacia Alex como una tortuga marina drogada; me apodero de su brazo, lo empujo con toda la fuerza que logro reunir y lo arrojo contra una silla plegable.

–Ya basta, niños –se divierte Mason–. Subamos al avión.

Giro sobre el carro y me pongo de pie de un salto. Es un error. Me tambaleo en el intento por recobrar el equilibrio, me choco contra una mampara y la tiro al suelo.

Una vez recompuesto, Mason se ubica frente a mí y me inspecciona el rostro.

–No bebiste antes de venir, ¿no?

–Solo agua, créeme.