Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 37. Javi
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Capítulo 37. Javi

En la actualidad

Guau, la finca Crystal Canyon es de otro mundo.

Ahora entiendo por qué Mari eligió este lugar para la boda.

El paisaje es exuberante, una abundancia de flores y de vegetación hasta donde alcanza la mirada, y el edificio principal, un granero convertido en espacio multiuso, está decorado con muebles de la más alta calidad y obras de arte dignas de un museo.

Lo mejor: la vista del valle que está más abajo parece una postal. Y los aromas, además, son deliciosos.

Me ubico en la entrada para autos y apoyo la maleta junto a mí mientras espero a Mari, quien insistió en que «no me moviera de ahí» para poder saludarme.

No pasa mucho tiempo, y unas manos largas y delicadas me cubren los ojos; me tomo un momento para deleitarme con el contacto.

Ojalá se tratara de otra clase de encuentro, uno que no tuviera nada que ver con su boda.

Los odiadores odian; los soñadores sueñan.

–¿Luiz? ¿Eres tú?

–Por Dios –se ríe–, ¿tengo las manos tan ásperas?

–Por supuesto que no –río también.

–Qué bueno verte, amigo –dice, acomodándose entre mis brazos en cuanto la envuelvo con ellos. Nos abrazamos fuerte, comunicando mucho aunque no decimos nada. Da un paso atrás, se acomoda un rizo rebelde detrás de la oreja y me mira fijo–. ¿Cómo estuvo el vuelo?

–Pasó demasiado rápido. Ni siquiera pude dormir. Cerré los ojos, y ya habíamos llegado.

–Bueno, puedes descansar ahora. Las cabañas están bien provistas de bebidas y snacks , y el servicio de habitación está disponible las veinticuatro horas. Se carga todo en nuestra cuenta.

–Qué bien. Voy a pedir lo más caro, entonces.

–Pide lo que quieras. Eres invitado del novio y de la novia.

La observo, intentando descifrar su estado de ánimo, espiando a través de los lentes de sol que ocultan sus ojos e indagando lo que hay debajo de la superficie.

Está radiante, su expresión serena no deja entrever nada, pero no puede mantenerse quieta, y una corriente incesante de energía vibra a su alrededor, como si estuviera conectada a un cable por detrás de la espalda.

–¿Cómo se encuentra la novia?

–No tan histérica como creí que estaría. –Rota los hombros–. Sí, tal vez fue un poco desmedido corroborar todas las listas más de dos veces. Es lo malo de ser analógica.

Subo y bajo las cejas.

–Peor sería tener la lógica de un ano.

No puede contener la risa; sus ojos brillan con picardía.

–Compórtate, Javier Báez.

Me paro erguido y adopto una expresión de seriedad.

–Listo.

–¡Ahí está el caballero de honor! –grita Alex.

Se acerca con otro tipo a la rastra, un pariente quizás.

Uno de los ojos le parpadea involuntariamente.

Avanza con vitalidad a trancos enormes. Lo que me pone en alerta de inmediato.

¿Por qué llevan puesta ropa deportiva? ¿Y por qué Alex está tan transpirado?

Me pasa el brazo por encima del hombro.

–Mi amigo, ¿cómo estás?

–Bien. ¿Y… tú? –Intento ser cordial, pero hasta yo puedo oír mi voz estrangulada.

–Bien, bien. ¿Cómo estuvo el vuelo?

–Bien, bien.

Si me va a responder tonterías, haré lo mismo.

Me mira de arriba abajo un momento y luego dice:

–Mira, quería invitarte personalmente a mi despedida de soltero.

No parece tan malo.

–Déjame adivinar. –Pongo los ojos en blanco–. Es en un club de strippers .

Hace un chasquido con la lengua.

–Mari serviría mi cabeza en una bandeja. ¿No, amor?

–¿En los últimos días antes de casarte conmigo? –Se ríe–. Yo misma te compraría la entrada.

–De cualquier modo –Alex le guiña un ojo–, tenemos otros planes, para personas adultas.

–¿Cuáles serían? –pregunto, intentando mantener la voz neutral.

–Salto con paracaídas –responde, imitando la explosión de una bomba.

Se me cierra el estómago. Mari frunce el ceño, preocupada.

–No creo que sea buena idea. Javi le teme a…

–No hay problema –la corto. No le voy a dar a este tipo el gusto de fastidiarme.

Y desde ya que no le diré ni una palabra de mi miedo a las alturas.

La debilidad del otro es lo que lo estimula y, si bien el miedo a las alturas no cuenta como debilidad, no hay duda de que lo consideraría como tal, y me rehúso a darle argumentos.

«No te la haré fácil, imbécil»–. Me sumo.

Alex alza sus cejas perfectamente delineadas.

–¿Seguro?

–Seguro. ¿Quién más va?

–Yo –le da un golpecito en el brazo al tipo que está junto a él–, mi primo Joel y mi tío Ramón.

Me cruzo de brazos y abro las piernas, fingiendo no estar preocupado.

–Claro, claro, ¿por qué no?

–Eso mismo; ¿por qué no? –Me sonríe con todos los dientes y mira de reojo a su primo, quien tiene la mirada clavada en mí como si fuera una hiena vigilando a su presa. Los imbéciles son mucho más insoportables cuando van de a pares.

–Muy bien, entonces –dice Alex frotándose las manos–. ¿Es tu primera vez en paracaídas?

–Sí.

–Tendrás que saltar con un compañero.

Gracias a Dios. Eso quiere decir que estaré en manos de un experto.

–Me parece bien.

–Excelente. El traslado hasta el sitio del salto ya está arreglado. Ponte ropa cómoda y ve a la entrada a las siete de la mañana.

–Ahí estaré.

Ubica un dedo debajo del mentón de Mari.

–Vamos a ver el gimnasio y las canchas de tenis. ¿Vienes con nosotros?

Mari arruga el rostro y alza las cejas.

–Jamás. Los rizos deben durar hasta el final.

Alex sacude la cabeza, con una sonrisa indulgente.

–Yo me lo pierdo, princesa. Te veo luego.

–Claro que sí –asegura con una sonrisa.

Besa a Mari en una mejilla, un gesto que no debería afectarme, pero me afecta. Este hombre va a ser el esposo de Mari. Incluso, tal vez, el padre de sus hijos. Se me revuelve el estómago; probablemente tendré un nudo todo el fin de semana.

Alex vuelve a tocar el hombro de su primo, y se alejan turnándose para hacer rebotar una pelota de básquet.

Mari y yo los miramos desaparecer sobre un puente peatonal.

–No tienes por qué saltar en paracaídas con ellos. Nadie te subestimará si dices que no.

–No, está bien. Lo del miedo a las alturas fue hace mucho tiempo, cuando era niño. Me va a hacer bien. Además, quiero pasar más tiempo con Alex. Se aprende mucho de un tipo cuando está rodeado por otros hombres.

–Javi –me mira dudosa–, no quiero que te lastimes por tratar de encontrar algún defecto en Alex. No vale la pena.

–Marisol Campos, sí vale la pena, y no me voy a lastimar. Me van a sujetar a la espalda de un instructor, y tocaré tierra veinte segundos después de saltar. ¿Qué tan terrible puede ser?

Mari se baja los lentes de sol y me mira sin expresión.

–No pienso responder a esa pregunta.

***

La mañana siguiente, Mari viene a despedirnos.

–Tráiganlo entero –le encarga a Alex mientras el grupo se sube al transporte que nos llevará a la zona del lanzamiento.

–Princesa, no vamos a la guerra. Es un salto en paracaídas. Hay diez accidentes por año, nada más. Más seguro que conducir en auto.

–No importa, cuida a Javi –le advierte–. No tiene la misma experiencia que ustedes.

–Lo voy a cuidar, desde ya –asiente Alex.

Me aferro al marco de la puerta para subir al transporte, pero Mari me jala de la camiseta de manga larga. Sin decir una palabra, me rodea con los brazos y presiona fuerte.

–Estaré bien, Mari –digo contra su cabello.

–No quieras hacerte el listo ahí arriba –pide contra mi pecho–. Limítate a subir y a aterrizar.

La tomo apenas del mentón y le guiño un ojo, confiado.

–Ese es el plan.

La mirada de Alex va y viene entre Mari y yo; su boca, una línea delgada y plana.

–Terminemos con esto hoy. Hay un cronograma que cumplir.

Mari besa a Alex en la mejilla –aparentemente (y para mi satisfacción) por obligación– y se mordisquea el pulgar mientras nos saluda desde la entrada para coches de la propiedad.

Paso frente a Joel y su padre, Ramón, quienes me saludan con un movimiento de cabeza.

En cuanto me siento, comienzo a respirar hondo, con la intención de vaciar la mente de situaciones catastróficas.

Muchas personas se lanzan en paracaídas, ¿no?

Pero quizás yo no deba ser una de esas personas.

Quiero decir, estoy claramente del lado de los que piensan que, si un tiburón te tritura con los dientes, es porque estabas donde no debías.

Del mismo modo, si una turbina del avión me tritura el trasero con sus paletas, no puedo culpar a nadie más que a mí mismo.

Bueno, y a Alex. Sin dudas puedo culparlo a él.

¿Quién cuernos elige saltar en paracaídas como despedida de soltero?

Eso me recuerda que no sé lo suficiente sobre él y que debería aprovechar esta oportunidad para descubrir sus trapos sucios.

Examino su rostro mientras pienso qué estrategia aplicar. Es apuesto como un galán de cine, y está a la vista que es muy seguro de sí. Pero, como Chloe señaló, tanta perfección es sospechosa. Debo hallar las grietas en esa cubierta reluciente.

–¿Y, Alex? ¿Estás nervioso por la boda? Es en dos días.

Un par de filas de asientos más adelante, Joel gira la cabeza hacia un costado, como si intentara escuchar la conversación por encima del soft rock que sale de los parlantes del vehículo.

Una sonrisa se forma en los labios de Alex antes de responder.

–¿Nervioso? No. ¿Por qué? Me caso con Marisol. Es literalmente perfecta.

–Yo también quiero mucho a Mari –respondo, haciendo un gesto con la mano–, pero admitamos que no es perfecta. Nadie lo es, ¿no?

–¿Cuál es su defecto? –me interpela Alex.

Giro para quedar de frente a él y cruzo una pierna sobre la otra.

–Cuando unta el pan tostado, deja migas en la margarina.

–No como esas porquerías, así que no me importa –se ríe.

–Bien, ¿y cuando abre la puerta del refrigerador y te bloquea el paso mientras ella elige?

–¿Eso es un defecto? –pregunta, juntando las cejas–. A mí me parece adorable.

–Está bien, pero estoy seguro de que te duermes con esos clásicos en blanco y negro que te obliga a ver: Casablanca , Los siete samuráis , Sunset Boulevard .

–No, no. Adoro esas películas.

–¿En serio? –Cada palabra que sale de su boca me frustra más–. ¿Cuál es tu preferida?

Se queda pensando un momento y luego dice: