Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 36. Javi
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Capítulo 36. Javi

En la actualidad

La casa de Luiz Campos me pone de mal humor.

Es el ejemplo del estilo de vida de los ricos y odiosos.

No es la casa en la que Mari creció; es la casa que Luiz compró después de que la madre de Mari lo abandonara y cuando sintió la necesidad, según las propias palabras de Mari, de «subir un escalón».

Siempre supe que el padre de Mari tenía dinero, pero ver esa riqueza de primera mano es mucho más desmoralizante de lo que hubiera pensado.

El taxi me deja en el portón; presiono el código que Mari me pasó y suspiro ante la perspectiva de pasar toda una noche con personas que, inevitablemente, me preguntarán de dónde conozco a los novios.

¿Cómo reaccionarían si les dijera que estoy enamorado de Mari y que donaría mi testículo izquierdo para borrar a Alex de la faz de la Tierra de una patada? Eh, mejor me guardo eso para mí.

Mientras subo los escalones que me llevan a unas puertas dobles gigantes, el brillo de los reflectores enfocados en la casa me hace entrecerrar los ojos; alcanzarían para iluminar la torre Eiffel.

No es solo el exceso lo que me abruma; me abruma que Luiz Campos viva así.

¿Saben quién debería ser la beneficiaria de toda esta opulencia?

La señorita Camacho, mi maestra de sexto año en Nuestra Señora del Monte Carmelo, la persona más cordial y trabajadora que conocí.

Advertía a preadolescentes cachondos sobre los peligros de buscar los placeres de la carne.

Esa sí que era una tarea inacabable e inútil que merece recompensa.

Una mujer con el uniforme del servicio de comidas abre la puerta y se corre a un lado para dejarme pasar; su falta de expresión es probablemente una señal de lo que promete ser la noche.

–La fiesta es en el salón principal.

–Gracias. ¿Eso debería asustarme?

Abre grandes los ojos; luego, los entorna antes de ofrecerme una sonrisa traviesa.

–Mucho.

No hay duda de que a Luiz, o a quien haya decorado este lugar, le gustan las arañas con varias capas de luces.

Los muebles, claramente, están hechos a medida, o al menos no son de los que vienen en una caja con instrucciones para armarlos.

En pocas palabras, la mitad de las porquerías que hay aquí parecen piezas de museo.

Me froto las manos contra la parte delantera de los muslos antes de aventurarme por el corredor en dirección a los sonidos de música clásica y conversación cordial; en el camino, esquivo a algunos camareros que pasan corriendo con bandejas vacías.

El salón de la fiesta es imponente, con suelos brillosos y ventanales que llegan al cielorraso en una superficie tan larga y ancha como la de un hangar para aviones.

Está bien, esto último es una exageración, pero provoca ese efecto en mi psiquis.

Un magnífico piano negro de media cola espera en una plataforma exclusiva en un rincón a la izquierda de la habitación.

No demoro mucho en ubicar a Mari entre la multitud.

Está despampanante en un vestido blanco y brilloso, que le llega hasta las rodillas.

Los rizos están contenidos en un peinado intricado que resalta la forma almendrada de los ojos café oscuro.

Está junto a Chloe, con las cabezas muy juntas mientras conversan y observan el salón.

Sonrío para mí; sé reconocer el alboroto y, en una fiesta como esta, seguro que hay mucho para chismosear.

Cuando Mari me descubre, sus ojos brillan de alegría y viene rápido a mi encuentro, con su amiga a la rastra.

–¡Viniste!

–Te dije que vendría –digo al cruzarme con ella a medio camino y darle un abrazo.

Cuando nos separamos, Chloe me palpa el abdomen.

–Quería asegurarme de que los abdominales siguieran ahí.

–No cambies nunca, nueva amiga –río.

–No es mi intención. –Me guiña un ojo.

Nos quedamos mirándonos, quizás por demasiado tiempo, porque Mari tose y comenta:

–Bueno, los dejo conversar. Los dos van a ir a la boda –bizquea–, obvio, así que me encanta que se lleven bien. Eh, voy a saludar a los demás.

Mari se aleja rápido, y Chloe y yo la observamos irse.

–Cree que recién pasó algo entre nosotros –observa Chloe.

–Pero eso no fue así, ¿no?

–Claro que no. Es que todavía no entendemos por qué estamos donde estamos –dice, señalando el salón.

–Exacto.

–Pero igualmente vamos a apoyar a nuestra amiga.

–Por supuesto –asiento, serio.

Se inclina hacia mí.

–Sin dejar de presentarle un sinnúmero de oportunidades para que revise sus elecciones. Solo para confirmar que está segura.

Es una compañera en la conspiración, entonces. Al principio, no sabía si confiar en Chloe, pero ahora soy su admirador.

–Es justo lo que estaba pensando, aunque no en términos tan elocuentes.

–Me pone tan feliz que estemos en sintonía –ríe. Su mirada se detiene en alguien contra la barra–. Disculpa, debo intimidar a un abogado recién contratado.

–Seguro que lo logras simplemente con existir.

Se da vuelta y me abraza.

–Estoy alentando por ti.

Chloe me deja en un estado de confusión; su comentario me descoloca.

No quiero que nadie aliente por mí; quiero que todos alienten por Mari.

Aunque no podamos resolver nuestros asuntos, quiero que sea feliz.

Ese es el objetivo. Y si ser feliz es casarse con Alex, lo aceptaré. Mientras tanto, inspecciono el terreno.

Alzo la cabeza y observo alrededor. Mi mirada, finalmente, se cruza con la de Mari, quien me contempla con el ceño fruncido. Levanto una ceja como para preguntar qué ocurre. Con un gesto, me indica que vaya hacia una de las dos entradas del salón.

Nos encontramos ahí.

–¿Estás bien?

–Sí, ¿por qué?

–Pensé que esto quizás fuera demasiado para ti.

–Es demasiado, pero puedo soportarlo.

–Ven –dice y me extiende la mano.

No le pregunto a dónde vamos y, en realidad, no me importa.

Estoy con Mari. Eso basta. Me guía por un pasillo largo, y luego por una escalera con muchas curvas que termina en un rellano inmenso.

Después de un par de escalones más, abre una puerta, y estamos en un dormitorio.

A juzgar por los afiches de Rihanna y de Usher que hay en las paredes, pertenece a una adolescente.

Un edredón celeste y una decena de minions de juguete de varios tamaños cubren la cama.

–Es como un viaje en el tiempo –digo, mientras giro lentamente sobre mi eje para no perderme ni un detalle.

–No cambió nada desde que me fui a la escuela de pregrado.

Camino hacia la mesa de noche en el extremo opuesto de la habitación y levanto un portarretrato. Una mujer se cubre los ojos para protegerse de los rayos del sol mientras mira el mar.

–¿Es Patrícia?

–Sí –dice, y asiente con la cabeza–. Amo esta foto. Es la imagen que tengo de ella, incluso ahora. A veces, me tengo que recordar que mi madre ya no se ve así, que envejeció.

–Es difícil pensar que nuestros padres envejecen, pero la edad trae sabiduría; eso, al menos, es lo que dice mi padre.

Mari queda prendida de la foto, con la mirada ausente.

Le apoyo una mano en el brazo.

–Bueno, ahora es mi turno de preguntar: ¿estás bien?

–Estoy genial –se ríe.

–¿Nada de pánico prenupcial? Te puedo sacar de aquí en paracaídas en un segundo. Solo pídelo.

–No es necesario, pero gracias por el ofrecimiento –responde con una media sonrisa.

–Entonces, ¿qué necesitas? –Escucho que mi voz resulta tensa y un poco ansiosa. Seguro que ella escucha lo mismo–. Puedes pedirme lo que quieras, Mari. Lo que quieras.

–Necesito que seas mi amigo –murmura.

La traigo hacia mí y la abrazo fuerte.

–Soy tu amigo, Mari.

Y podría ser mucho más si ella me lo pidiera. Pero estoy comenzando a sospechar que eso nunca va a ocurrir. ¿Será que me estuve engañando todo este tiempo? ¿Todavía tengo una oportunidad? ¿O ya la perdí?

***

Ahora que la fiesta está iniciada, me mezclo sin problemas entre la multitud y me desplazo hasta el piano.

No puedo evitarlo. Es una belleza, y no se parece en nada al teclado eléctrico de Yamaha que les rogué a mis padres que me compraran para aprender a tocar por mi cuenta.

A diferencia del tan querido teclado de mi adolescencia, este piano es ornamental, más un elemento de decoración que de uso práctico.

Un instrumento capaz de generar melodías que arroban el alma relegado a la función de símbolo de estatus.

Apoyo los dedos sobre las teclas negras, los sostenidos y los bemoles que alteran el tono natural de una nota.

Toco un do central y miro alrededor; nadie se da cuenta, así que jugueteo un poco más para ver si el piano está afinado, y sí que lo está.

Cuando alzo los ojos, los camareros están yendo y viniendo por el salón sirviendo copas de champaña, y luego Luiz golpea la suya con un tenedor.

Chloe se me une junto al piano, con dos copas en la mano.

–¿Quieres?

–Paso, pero no me molesta tenerla en la mano –respondo, y acepto la copa alargada.

–¿No estás preparado para beber por su unión?

–Algo así.

–Buenas noches a todos –saluda Luiz, y su voz de barítono concentra la atención–.

Gracias por venir para celebrar conmigo la boda inminente de dos de las personas que más quiero: mi hija, Marisol Campos, y su novio, Alejandro Cordero, al que llamamos Alex porque es más corto.

Bien, probablemente sepan que el suyo fue un romance vertiginoso, y no, Marisol no está embarazada.

Alguien contiene una exclamación y Mari sonríe con una mueca, pero la mayoría de los invitados ríen, porque eso es lo que Luiz pretende que hagan y es el jefe.

–Pero lo que seguro no saben es que Alex es un músico experimentado y ha preparado una presentación en honor a su futura esposa.

Eso explica por qué no se ve a Alex por ninguna parte.

El entusiasmo de la conversación crece y se extiende entre los invitados; le siguen las risitas cuando Alex camina hacia una silla en un extremo del salón.

Ay, mierda, ¿también es guitarrista?

–Hola a todos. Sé que esto puede parecer un poco egoísta, pero me gustaría compartir mi habilidad para la música con mi futura esposa, y qué mejor forma de hacerlo que regalándole una serenata durante la celebración por nuestra pronta boda.

Bueno, se me ocurren mil mejores formas sin pensarlo mucho, todas relacionadas con compartir la habilidad en privado con Mari. Este tipo es un cretino.

–Aprendí este tema en la universidad; es decir, hace un año. –Los invitados ríen, y Alex guiña un ojo–. Se llama Mi luna .

Estoy inexplicablemente molesto por toda esa producción, pero comienza a tocar y es como si Carlos Santana estuviera en el salón. Alex es bueno. Fantástico, diría. ¿Cómo puede ser que una persona salga tan beneficiada en inteligencia, aspecto físico, amor y, además, en talento artístico?

Después de unos minutos, Chloe me da un topetazo con el hombro.

–Demasiado aceitado, demasiado perfecto, ¿no?

–Estaba pensando que es injusto, pero preferiría saber tu opinión.

Chloe se inclina hacia mí y me susurra al oído.

–¿Sabes tocar?

Asiento. Mis ojos van y vienen entre Mari y Alex, que enloquece a la audiencia con sus cualidades como guitarrista; los acordes finales de la canción se elevan en un crescendo innegablemente sensual antes de las últimas, exquisitas notas.

El aplauso entusiasta se derrama sobre él, y Mari lo envuelve en un abrazo fuerte.

–¿Entonces? –pregunta Chloe.

–¿Entonces qué?

–Quiero decir –traga aire–, ¿tocas bien?

–Soy autodidacta, pero sí, soy un pianista bastante decente.

–Perfecto.

–¿Para qué?

Como respuesta, Chloe se inclina hacia atrás y barre las teclas del piano con los dedos. Todas las personas en el salón giran en nuestra dirección y posan la mirada en nosotros como si fueran los reflectores de esa casa ridícula.

–Bueno, bueno, alguien desafía a Alex a un duelo musical –anuncia Chloe entusiasmada.

Observo a los presentes, tratando de identificar a la persona.

– Pst , eres tú –me aclara Chloe antes de dejarse llevar por los que se adelantan para presenciar la competencia improvisada.

Levanto las manos en señal de rendición.

–No, no, es un error. Que siga la fiesta, y felicitaciones al novio.

Alex entrecierra los ojos y se acerca.

–No tan rápido, Javier. ¿Por qué no me muestras lo que sabes? Mari dice que también eres músico.

–No, no puedo hacer esto. –Comienzo a alejarme del piano.

–Salvo que no estés a la altura del desafío.

Ahí mismo giro sobre los talones y me dejo caer en el taburete; hago sonar los nudillos sin quitarle a Alex los ojos de encima.

Él sonríe con suficiencia; yo hiervo a fuego lento.

Lo primero que se me viene a la cabeza es la melodía con la que estoy jugando desde hace meses; es para una canción que funcionará como leitmotiv del musical.

Se llama ¿Qué tal si? y, aunque no está terminada, es casi perfecta porque la he estado ajustando y alargando por cientos de horas.

Mis dedos se deslizan por las teclas mientras toco la introducción y la primera estrofa, un homenaje a los primeros espectáculos de Broadway, y luego continúo con una melodía marcada por ritmos africanos y caribeños que combinan con las características del personaje que imagino para cantar el interludio y el coro de la canción.

Estoy tan compenetrado que me sorprendo al ver a Chloe y a varios más sacudiendo la cabeza y siguiendo el compás con los pies.

Cuando termino, apoyo una mano sobre el corazón y agradezco a todos por su generoso aplauso.

Una sensación cálida recorre mi cuerpo al absorber la recepción positiva.

Es subyugante, una muestra de lo que podría conseguir si me enfocara en que La sala de correo sea la mejor obra posible.

Diviso a Mari entre la audiencia, de pie en un rincón, y parece tan orgullosa como yo: aplaude rabiosa y le brillan los ojos.

Alex me palmea la espalda, un poco demasiado fuerte para ser considerado un gesto bien intencionado de camaradería. Quizás este es el comienzo de su papel de villano.

–Excelente, amigo –dice.

–Gracias. No fue mi intención quitarte protagonismo ni nada de eso.

Levanta una ceja.

–No me lo quitaste.

–Ya lo sé. Lo que digo es que no fue mi intención.

–Qué bueno saberlo –aclara antes de alejarse.

Chloe se me acerca, sigilosa, con los ojos traviesos y bien abiertos.

–¡Eso fue perfecto!

–No –protesto–. Gracias a ti, ahora me odia.

–Odia a cualquiera que lo haga quedar mal. –Se encoge de hombros–. Algún día iba a suceder. Yo solo apresuré el proceso.

–Genial. Ahora cargo un blanco de tiro en la espalda, y no estoy seguro de no merecerlo.

Busco a Alex entre la multitud y lo encuentro enseguida conversando con el padre de Mari, quien me fulmina con la mirada.

Ay, mierda, los blancos de tiro son dos.