Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 35. Mari
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Capítulo 35. Mari

En la actualidad

–Bienvenida a la morada no tan humilde de Jeremy –me recibe Javi, dando un paso hacia atrás e invitándome a entrar.

Cruzo el umbral y me deslumbro ante la enorme sala.

–Oh, guau… Lo odio.

Javi sonríe con expresión relajada, y su ropa –jeans y una camiseta negra– combina a la perfección con ese estado de ánimo.

–Sentí lo mismo la primera vez que lo vi. Hasta tiene alacenas vacías en la cocina.

–El muy desgraciado –digo, los dedos bien separados sobre el pecho–. ¿Dos dormitorios?

–Sí. Y dos baños.

–¿Está?

–No. Se fue a Europa con los padres.

–Es un ridículo –bromeo a medias. Porque, en serio, son demasiados metros cuadrados para una sola persona. Me hace acordar a la casa de mi padre.

–Es un buen tipo –ríe Javi– y me está haciendo un favor enorme al dejarme vivir aquí. Es justo lo que necesitaba.

No soy indiferente al modo en que me observa de arriba abajo. Cuando se da cuenta de que le estoy clavando la mirada y de que probablemente haya sido testigo de su inspección descarada, baja los ojos.

–¿Quieres… eh… beber algo?

–No, gracias. –Dejo caer mi bolso en una de las dos mesas auxiliares que se extienden a lo largo de un kilométrico sofá en forma de «U».

Recorro la habitación, digiriendo el nuevo espacio laboral de Javi.

Cuatro atriles con pizarras para tiza se alinean contra la pared opuesta al sofá, y la mesa para comer está cubierta de anotadores, bollos de papel, marcadores rojos y lápices.

Hay un teclado ubicado frente a un sillón de respaldo alto.

–Así que aquí es donde se produce la magia.

–O el caos.

–¿Cómo va?

–A veces, va; otras, quiero arrojar todo a la basura.

Me detengo en una de las pizarras.

–¿Qué es esto?

–Estoy trabajando en la estructura de cada uno de los actos. –Señala la pizarra contigua–. Aquí es donde tomo apuntes de los personajes, donde intento darles vida. –Golpea la tercera con el índice–. Aquí es donde llevo registro de las letras que quiero incluir en las canciones que escriba.

–¿También compondrás la música?

–Por ahora, no. Para eso voy a necesitar la colaboración de un compositor.

–¿Cuándo será eso?

–No sé si será. –Se estira y luego se frota la cara–.

Si se genera suficiente interés en lo que escribí, quizás convenza a alguien de que trabaje conmigo en la música.

Uno de mis amigos en el Departamento de Teatro Musical de Belmont, tal vez, para cobrarme algunos favores.

Podrían ser dos o tres canciones. Para tener algo que mostrar a apoyos potenciales y conseguir dinero para lo que falta.

Dejo escapar apenas un soplido.

–No es poco trabajo.

–Ya lo creo.

–Y lo estás llevando adelante.

–Sí –dice en voz baja, perforándome con la mirada–. Gracias a ti.

–¿A mí? –pregunto de veras sorprendida–. ¿Por qué?

–Porque tú me alentaste. Me convenciste de que hiciera a un lado mi orgullo y aceptara la propuesta de Jeremy. Me demostraste que no estaba enfocado en terminar el musical porque tenía miedo. Alguien sabio me dijo una vez que yo era mi propio obstáculo.

Me acuerdo de ese momento tan bien como él.

–¿Fue en ese momento que decidiste terminar el musical?

–Sí.

–Entonces, me honra haber influido, aunque sea un poquito, en tu decisión de completar tu obra maestra.

–Tu influencia no fue menor. Eres la única razón por la que me decidí a terminar el musical.

La intensidad en su expresión me da escalofríos. ¿Qué está diciendo? ¿Que terminó el musical por mí?

Necesito desesperadamente un comentario mordaz que alivie la tensión, pero tengo el cerebro reblandecido; por suerte, aún puede detectar mi pánico y volver a encender la memoria.

–¡Ah! Casi me olvido. –Corro hasta mi bolso como si lo que hay adentro me salvara la vida.

Meto la mano y tomo un sobre. Regreso a donde está Javi y se lo entrego–.

Aquí tienes –digo mientras lo abre–. Es una invitación un poco demorada.

Para una fiesta que organiza mi padre en honor a mi boda.

–Alza la cabeza como un resorte y pierde toda expresión.

Nunca había entendido lo que quería decir «ver el interior de alguien».

Pero ahora lo entiendo, y la experiencia no es agradable.

–Mi boda y la de Alex, quiero decir –aclaro, incapaz de evitar que la situación sea más incómoda de lo que en realidad es. Pongo los ojos en blanco–. Todavía no me acostumbro a pensar en nosotros como pareja.

– Hmm . –Es todo lo que responde sin quitar la vista de la tarjeta texturizada.

–¿Vas a venir? –le pregunto ilusionada–. Es el sábado próximo. La mayoría de los invitados son colegas que no asistirán a la boda porque queríamos que la reunión fuera más íntima y, como estás en la ciudad por unos días, pensé que quizás te gustara salir del apartamento de Jeremy.

–Claro que voy a ir –responde; la boca se curva en una sonrisa enorme–. Si no, ¿cómo podré cumplir con mi tarea en lo que a Alex concierne?

–¡Por Dios! –exclamo, echando la cabeza hacia atrás–. ¿Sigues con eso?

Introduce las manos en los bolsillos traseros de sus jeans.

–Mira, hasta que la boda no se concrete, ese hombre está a prueba.

–Te gusta trabajar en vano, Javi. Estás perdiendo el tiempo.

–Si el tiempo lo dedico a garantizar tu felicidad, nunca estará perdido.

–A veces hablas como el galán de una novela romántica.

–No sé qué quieres decir con eso. –Frunce el ceño–. ¿Es algo malo?

–No, no. Es simplemente… algo que me llamó la atención.

–¿Qué más dicen los galanes de las novelas románticas? –continúa, entre sorprendido y desconcertado.

–«En cuanto te vi, mi corazón se detuvo».

–¿En serio hablan así? –pregunta, arrugando la nariz.

–Bueno, también dicen cosas como: «Estás tan húmeda… y turgente».

Tan pronto como esas palabras sin filtro escapan de mi boca, recuerdo que Javi no es Sasha ni Chloe ni Brittany, y que no deberíamos estar hablando de humedades ni turgencias.

–Tiene sentido –concuerda Javi, inclinando la cabeza hacia un lado y hacia el otro–. Decirle a alguien que está seca y flácida arruinaría el clima.

Me echo a reír y miro hacia otro lado.

–Siguiendo con el mismo tema, te dejo trabajar. No quiero que se te «sequen» las ideas.

Hace un mohín adorable.

–Pensé que íbamos a almorzar. Puedo pedir algo. Ya soy prácticamente amigo de los del restaurante chino de la otra calle.

–Otro día, quizás. –Miro el reloj–. Tengo que ir a la oficina.

–¿Un sábado? –Arruga la cara.

–Sí. Bueno, me voy a tomar varios días de vacaciones por la boda, así que debo compensarlos de alguna manera.

Estoy por llegar a la puerta cuando dice:

–Si tienes que compensarlos, no son días de vacaciones.

Me desentiendo de su comentario con un gesto con la mano.

–Adiós, Javi. Nos vemos el próximo sábado. Prométeme que te comportarás. –Como no responde, me doy vuelta, con la mano en la manija–. Promételo.

–Perdón, Mari –niega con la cabeza–, no puedo hacer promesas que no cumpliré.

–Acepto el desafío.

Me gusta que Javi actúe como si el pacto estuviera todavía vigente, pero no hay forma de que me haga cambiar de opinión acerca de mi boda con Alex. Es imposible.