Capítulo 34. Mari
Siete meses y tres semanas antes de la boda
Estoy redactando un correo electrónico para proponerle a mi padre que analicemos expandirnos a Nueva York cuando oigo que llaman a la puerta de mi oficina. Levanto la cabeza y veo a Alex Cordero, la carnada seductora del estudio, de pie junto a la entrada.
–Bueno, el hacedor de milagros –digo con una sonrisa.
Se acerca un poco, con las mejillas arrebatadas.
–No fue para tanto.
–No le digas eso a mi padre. Se jacta por los pasillos desde que Atlas Music firmó el acuerdo. A propósito de eso, felicitaciones. Estás atrayendo a la clase de clientes que nos harán crecer.
–A ver, los abogados que contratamos necesitan algo en qué trabajar. Con Atlas en nuestra cartera, no tendrán inconveniente en cumplir con su objetivo de horas facturables.
–Sin duda.
Se me queda mirando en silencio. Como el momento empieza a resultar incómodo, pregunto:
–¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?
–En realidad, sí. Yo…
Mi padre se aparece en la oficina, sin inmutarse por haber interrumpido una conversación, y le da a Alex una palmada en la espalda.
–Es él: el hombre que va a hacer que me retire antes de los sesenta y cinco.
Alex tiene la elegancia de mostrarse cohibido por el halago de mi padre.
–No creo que ese sea el trabajo de uno solo, señor.
–No, no, claro que no. Pero las personas necesitan líderes, y no cabe duda de que estás en camino a convertirte en uno. Este acuerdo con Atlas Music puso a todos sobre aviso: o le sigues el paso a Alex Cordero o te quedas atrás.
–Sí, eso definitivamente suena como una frase de nuestros empleados millennial –bromeo.
Alex me sonríe, y mi boca lo imita. Es un momento de camaradería que indica que mi padre no lo tiene completamente en un puño. Gracias a Dios.
–Miren, ya no pretendo entender qué es lo que piensan ustedes, los jóvenes –continúa mi padre–, pero sí conozco el lenguaje del éxito, y tú, Alex, nos estás impulsando a crecer.
–Hablando de crecer –digo–, justo estaba redactando un correo para ti sobre la oficina en Nueva York. Los asistentes legales están armando una lista de inmobiliarias que podemos contactar para alquilar.
Mi padre hunde las manos en los bolsillos del pantalón y baja la cabeza.
–Pongamos en pausa esa búsqueda, Marisol.
Atlas Music quiere que actualicemos sus acuerdos de licencia, y vamos a necesitar mucha mano de obra para llevar eso a cabo dentro del plazo que proponen.
Tu ayuda es indispensable. Y la de los asistentes también.
Concentrémonos en los proyectos que tenemos antes de pensar en otros que no sabemos con seguridad si conseguiremos.
–Pero…
–Hablemos en otro momento, Marisol. Tengo que hacer una llamada.
–Claro –digo alicaída.
Al salir, mi padre le da a Alex un golpe amistoso con el puño.
Mierda. Envío el correo que estaba escribiendo a la bandeja de los borradores.
–Aunque no sirva de mucho, creo que abrir una oficina en Nueva York es una idea excelente.
–Tu opinión sirve, y muchísimo, aparentemente –refunfuño.
–Ahora tu padre solo piensa en el acuerdo con Atlas. El entusiasmo no durará para siempre. No renuncies a lo de Nueva York.
Asiento con la cabeza.
–Jamás fue mi intención. Así soy yo: nunca renuncio.
Me sonríe de costado.
–Eso es lo que me gusta de ti. –Gira sobre sus talones y camina hacia la puerta.
–Ey, Alex, ¡espera!
Se da vuelta.
–¿Qué?
–Me estabas diciendo algo. ¿Qué ocurre?
–¡Tienes razón! –Sacude la cabeza–. Eh… bueno… quería saber si podíamos tomar un café o salir a cenar uno de estos días. Cuando te parezca.
Enseguida se me viene Javi a la mente. Pienso en lo que la fatídica, desastrosa, cita con Sam y el consecuente revolcón con Javi revelaron: estoy atascada; nunca sé lo que significo para él.
Y, aunque la confianza que mi padre deposita en Alex hasta para saber a qué hora sale y se pone el sol sea una señal de advertencia, me llama la atención que ni el éxito ni la idolatría de mi padre lo afecten.
Dije que quería avanzar con mi vida; y eso es lo que voy a hacer.
Sonrío y resisto la tentación de juguetear con mis rizos entre los dedos.
–Una cena podría ser.