Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 33. Mari #2
71%

Capítulo 33. Mari #2

–Anímate –presiona Chloe a Sasha.

–No, anímate tú –responde Sasha con un gesto rápido de la mano.

El maestro de ceremonias zigzaguea entre la multitud y se planta frente a nosotros. Es alto, de piel morena y emite un brillo enceguecedor gracias a su traje de lamé dorado.

–¿Quién se atreve?

–¿Cuál es el premio? –pregunta Brittany, aunque las posibilidades de que se suba ahí arriba son nulas.

–¡Una botella del exquisito Veuve Clicquot 2015!

Todos respondemos con una sucesión de «¡oh!» y «¡ah!», como probablemente se esperaba que hiciéramos, pero nadie se ofrece a sacudir el trasero en un escenario frente a una multitud de desconocidos, la mayoría de los cuales ya sucumbieron ante Baco o están a un cóctel de hacerlo. Muy original.

–¿Y si sube la novia? –instiga el maestro de ceremonias.

Me lo quedo mirando, boquiabierta. ¿Cómo cuernos sabe que voy a casarme?

–Seguro que se dio cuenta por el brazalete que dice «Novia» –acota Chloe al intuir el motivo de mi sorpresa.

–No, no, gracias. –Miro de reojo. Javi está junto a mí, bebiendo tranquilamente un agua y observando la multitud; no puedo resistir la tentación de retribuirle las burlas a las que me sometió en el episodio con Alex y la DJ unas horas antes.

Le envuelvo los hombros con un brazo y digo–: Pero mi amigo te hará el honor.

Javi da un respingo en su asiento y se frota la nuca con la mano.

–No. No. Y no, carajo.

Hago un mohín y bato las pestañas, seductora.

–Ay, vamos, Javi. Por favor. Eres mi caballero de honor. ¿No quieres hacerme feliz?

Me clava los ojos, los labios comprimidos en una mueca que sugiere que no caerá en mi trampa.

–No me importa, es un «no».

–Buu –dice el maestro de ceremonias al micrófono–.

Su caballero de honor no quiere subir y ganar una botella de champaña de primera calidad para ella.

–Alza su mano libre y la agita frente a la multitud mientras continúa abucheando.

La multitud responde uniéndose a la humillación pública.

¡Ay, no, esto se está yendo de las manos!

Pensé que solo le haría vivir a Javi un momento de pánico, y que después el maestro de ceremonias pasaría a otra cosa; pero esto es mucho peor.

Me pongo de pie y sacudo las manos en el aire.

–Ya está. Escuchen: no fue más que una broma entre amigos. –Por desgracia, es imposible razonar con un grupo de borrachos, y ahora cantan.

–¡Que suba! ¡Que suba!

Javi apoya el vaso y fija los ojos en cada una de las que estamos en la mesa.

–Si sacan fotos de esto, lo van a pagar.

Brittany, Sasha y Chloe chillan extasiadas y aplauden cuando Javi se levanta de la silla y se dirige al escenario.

Lleva puesta ropa informal; los pantalones de baño color oliva le cuelgan de las caderas, y la camiseta blanca y entallada con cuello en «V» luce tirante sobre el pecho ancho.

Se oye un murmullo en la audiencia cuando lo ven.

Me reclino en el asiento para disfrutar del espectáculo, con el aturdimiento agradable que me provocó haber bebido dos cócteles después de cenar. De eso se trata, ¿no? De generar recuerdos. Es probable que Javi me exija algún tipo de retribución, pero esa preocupación queda para otro momento.

Los ocho participantes del juego que aún no se ha dado a conocer forman un círculo apretado y escuchan al maestro de ceremonias, que posiblemente les está explicando qué es lo que se prestaron a hacer.

Me da gracia ver que el señor mayor que se pasea todo el día en un traje de baño minúsculo está entre los competidores.

Mejoró su atuendo al incorporar una camisa suelta, abotonada hasta arriba, que le cubre el slip y da la impresión de que está desnudo debajo. Esto va a ser divertido.

Una camarera aparece junto a Chloe y pregunta si queremos beber algo más.

–Voy a probar el ponche de ron –dice Sasha.

–¿Te parece? –musito por lo bajo.

–Sí, mamá. –Pone los ojos en blanco–. Un vasito no me va a matar.

Brittany nos observa.

–¿Me cuentan qué carajo está pasando? –Entrecierra los ojos y los clava en Sasha–. No creas que no me di cuenta de que no estás bebiendo alcohol. –Abre grandes los ojos y se inclina hacia adelante–. ¿Estás embarazada? –intenta decir en voz baja, pero no lo logra.

–Cierra el pico, amiga. Para eso debería acostarme con alguien, y eso sí que no está ocurriendo.

–Entonces, ¿cuál es el problema? –pregunta Brittany, con un gesto de preocupación y tratando de descifrar el rostro de Sasha.

–Tengo algo –suspira Sasha–. No es muy grave. Mi corazón se saltea latidos cuando estoy estresada.

–¿Por qué no me lo contaste? –quiere saber Brittany.

–Porque ya me taladras la cabeza cuando no tienes ningún motivo. No quería darte uno.

Brittany se cruza los brazos sobre el pecho.

–Te taladro la cabeza porque me importas, ingrata. Y sí es grave. Eso puede provocar apoplejías y coágulos de sangre.

–¿Cómo sabes eso? –pregunta Sasha, con la cabeza a un costado.

–Mi padre también tiene fibrilación auricular. Y sí, se puede controlar, pero no puedes fingir que no es nada –resopla–. Me enfurece que no me lo hayas contado. ¿Por qué ella lo sabía –Brittany apunta el mentón hacia mí– y yo no?

–¿Por qué Mari sabe que te acuestas con tu jefe y yo no? –contraataca Sasha.

Brittany reacciona girando la cabeza en mi dirección.

–Mierda, Mari, ¿se lo contaste?

–Mari no abrió la boca. Simplemente te descubrí, señorita Arlequín.

La cabeza de Chloe se desplaza de una a la otra mientras se lanza a la boca las castañas de cajú tostadas que la camarera nos trajo en cuanto llegamos.

–Bueno, bueno –intercedo, extendiendo las manos en un esfuerzo por aliviar la tensión–. Esto se está volviendo un poco intenso para una despedida de soltera.

–Así es tu vida –observa Chloe.

Se me ensancha la nariz.

–Sí, Chloe. Gracias por tu contribución esclarecedora a la conversación.

–Sí, sí, sí. –Sacude los hombros, para nada molesta por mi tono de voz–. ¡Ahí está el fuego que siempre supe que había en ti! ¡Ve por él, muchacha!

¿Qué carajos está pasando? ¿Cuándo me convertí en esa persona que necesita un empujoncito para divertirse? Inhalo profundo. Como de costumbre, Chloe se anticipa a mis pensamientos.

–A ver, señoritas, somos amigas, ¿sí? Y a veces las amigas no comparten todo lo que deberían, o lo comparten a su debido momento. –Chloe me señala–. ¿No es este el momento cuando nos dices que tú y Javier tuvieron sexo contra una puerta?

Contengo una exclamación. Sasha lanza una carcajada. Brittany libera un resoplido sonoro.

–¿Cómo es que todos lo saben? –me lamento.

–Ay, por favor, ese berrinche de anoche te dejó en evidencia –dice Brittany.

Apoyo la frente sobre la mesa y dejo escapar un gruñido.

–Levanta la cabeza, amiga –interrumpe Chloe–. El espectáculo empezó, y tengo la impresión de que vas a querer ver esto.

Me incorporo reticente y dirijo la atención al escenario; Javi y otras siete personas están de pie y en fila.

El maestro de ceremonias balancea las caderas de un lado a otro.

–Muy bien, muy bien, amigos. La competencia se desarrollará así.

Para los que no lo saben, Tanya Carter es la Beyoncé de nuestro país.

Nuestra Rihanna, mejor dicho. Da igual. Vamos a poner uno de sus temas de reggae más conocidos, Bad , y comenzarán a bailar.

El aplauso del público será el que defina a la persona que gane.

Iré eliminando de a dos hasta que quede una sola pareja para la ronda final. ¿Les parece bien?

El público silba y vitorea; el maestro de ceremonias agita un dedo en el aire y anuncia:

–Uno, dos, tres.