Capítulo 33. Mari
En la actualidad
Después de desayunar, nuestro grupo se encamina hacia la playa, y nos aseguramos una pérgola ubicada sobre un muelle bajo, de cara al mar Caribe.
Mis piernas cuelgan, hundo apenas los dedos de los pies en el agua resplandeciente y disfruto de la sombra.
Un cardumen de peces plateados que avanzan en zigzag llama mi atención, pero desaparece tan rápido que dudo que no haya sido una ilusión óptica.
Brittany se sienta junto a Sasha, con un conjunto marinero de escote cuadrado, y la nariz a centímetros de su libro electrónico.
Se levanta los lentes de sol y observa a Javi y a Chloe en el agua.
Chloe intenta hundirlo, pero él está frustrando sus intenciones, sumergiéndose cada vez que ella se aproxima.
–Parece que esos dos se llevan bien –observa Brittany.
–Muy bien –agrega Sasha.
Me encojo de hombros como si no lo hubiera advertido.
–Chloe se lleva bien con todo el mundo.
–Conmigo no –remarca Sasha.
Chloe aúlla de dicha cuando Javi la atrapa por los tobillos, pero se desprende de él y se aleja nadando.
–Ey, Campos –llama Javi mientras surca el agua–. ¿No vienes?
–Todavía no. –Evito cruzarme con su mirada.
En vez de meterme en el agua, elevo el rostro hacia el sol y cierro los ojos. Al hacerlo, logro el efecto deseado: anulo la imagen de Javi sumergido en el mar, con las gotas que se desprenden de su mandíbula pronunciada y sus hombros anchos y bronceados.
Sí. Sería el momento ideal de repasar mentalmente la lista de tareas pendientes previas a la boda. Pero me es imposible con este ruido del demonio.
Por Dios, me estoy portando como una malcriada. En un viaje en el que soy la homenajeada, ni más ni menos. ¿Cómo puedo ser tan mezquina de reñir a mis amigos porque se están divirtiendo?
–¿Estás redactando un resumen en tu cabeza? –pregunta Javi.
–No. –Le muestro la lengua.
–¿Qué estás haciendo, entonces?
–Repasando la lista de pendientes.
–No es el objetivo de este viaje, Mari. Ven y te mostraré cómo divertirte.
–Por Dios –ronronea Sasha–. No tiene por qué sonar tan erótico.
–Tienes la cabeza podrida, Sasha. –Javi se da vuelta dejando oculto su rostro y, luego, flota de espaldas y cierra los ojos.
Estiro el cuello en dirección a Sasha y frunzo la nariz cuando por fin se digna a mirarme.
No la intimido en absoluto y se limita a alzar una ceja.
Los ojos de Brittany van y vienen entre nosotras, entrecerrándolos como si estuviera armando un rompecabezas.
Eso no me molesta ni un poco. No, lo que me molesta es la insinuación de Javi de que no sé divertirme.
Claro que sé. En teoría. En la práctica, ya nunca me hago el tiempo para divertirme.
Cada hora de cada día tiene un propósito, incluso las destinadas a dormir.
Alex y yo ni siquiera nos iremos de luna de miel; decidimos que era casi imposible sincronizar nuestras agendas y tenemos demasiado trabajo como para tomarnos más días libres.
Somos similares en ese aspecto: motivados, con objetivos claros, pragmáticos.
Alex no se queja cuando me quedo en la oficina hasta medianoche; es más, aprovecha para hacer lo mismo y luego vamos a dormir a su casa o a la mía.
«Hay otra forma de hacer las cosas», me implora una voz interior.
Pero no la escucho. Una vida estructurada no es una vida inferior; es una vida serena, tranquila, placentera.
Ser impulsiva puede resultar liberador, pero también tiene sus desventajas.
Por otro lado, hace años que no me voy de vacaciones, y esta escapada está llenando un pozo que no había notado que estaba vacío.
Balanceo las piernas y me pongo de pie de un salto sobre el muelle.
Antes de arrepentirme, retrocedo para tomar carrera y me lanzo sobre las olas que pasan por debajo.
Me zambullo y quedo sumergida en el lugar un momento antes de salir a la superficie.
Es apasionante. Mis rizos pagarán el precio de mi espontaneidad, pero no me importa.
Flotar en el océano nos hace más humildes; nos recuerda que la vida allí es más vigorosa y espléndida que todo lo que ocurre en nuestra existencia supuestamente significativa.
Mientras estoy encerrada en la oficina acumulando horas para facturar, este ecosistema increíble y complejo crece, se reconstruye, evoluciona.
Cuando abro los ojos, Chloe está saliendo del agua y Javi está a centímetros de distancia, con una sonrisa tenue que eleva las comisuras de sus labios.
–Aquí estás. –Me guiña un ojo.
–¿Dejarás de resaltar mi adicción al trabajo? –protesto.
Frunce el ceño.
–Carajo, Mari, no fue mi intención. Es tu despedida de soltera. La preparación para tu boda. O como sea. –Se pasa la lengua por los labios y desvía la mirada–. Pensé que la idea era relajarnos y divertirnos un poco.
¿Cuándo esa frase pasó a pertenecer a Javi? Antes era mía.
–Lo sé, lo sé –digo, y echo la cabeza hacia atrás–. Perdón. Estoy proyectando.
–¡Los pezones se te marcan más en ese traje de baño! –vocifera Sasha desde su ubicación en la pérgola.
A pesar de la distancia, intento salpicarla mientras los demás ríen.
–Eres una amenaza –señalo.
Hace una mueca por las dos o tres gotas que aterrizan en su toalla y me clava la mirada.
–Si bajan la voz, no puedo escuchar lo que conversan.
Javi y yo captamos la indirecta y nos alejamos aún más.
–No tiene filtro –comenta Javi.
–Vaya novedad –gruño.
–Ey, hace rato que quiero contarte algo. Son buenas noticias.
–¿Qué es? –Mi corazón se acelera antes de saber la respuesta. Ya estoy feliz por él, aunque no sé de qué se trata.
–Me mudé. Conseguí un lugar para mí solo en Nueva York. El contrato se hará efectivo en cuanto regrese.
–Estupendo. Estás progresando. Te quitarás de encima a los compañeros de habitación y terminarás el musical.
–También acepté ese trabajo de medio tiempo como barman –agrega; los ojos le brillan–. No puedo vivir cien por ciento de Jeremy mientras esté ahí.
–Da la impresión de que vas en la dirección correcta.
Me sonríe de costado.
–Sí.
–Hablando del apartamento de Jeremy, ¿puedo pasar a conocerlo algún día? Me dan intriga esos condominios en Brentwood.
–Por supuesto. Y créeme, es espectacular.
–Te creo. Podría darme una vuelta cuando no estés trabajando en tu obra maestra.
–Claro, aunque supongo que vas a estar muy ocupada con tu vida de recién casada. Y yo voy a tratar de aprovechar el tiempo al máximo, así que, cuando no esté en el bar, me quedaré encerrado trabajando.
–Serás un adicto al trabajo como yo.
–Nadie puede ser tan adicto al trabajo como tú.
Lo salpico en la cara… En parte, por ser un imbécil tan adorable.
Se atraganta con una risa, extiende el brazo para atraparme, pero me escapo nadando; sus manos rozan mis talones. Me doy vuelta y le sonrío. Así está bien. Así somos nosotros. Somos buenos amigos, y está perfecto. Con eso alcanza.
***
Mierda. Con Javi es el cuento de nunca acabar.
De vuelta en la suite , continúo revisando el contenido del correo que Alex le envió a la DJ para encontrar el remate. Por desgracia, no hay remate. ¿Lo hizo en serio?
El correo tiene un adjunto con la lista de canciones que Javi y yo decidimos que no se podían incluir.
Pero es todavía peor, porque presupongo que Javi agregó varias más, como la canción sobre rupturas por antonomasia, Flowers , de Miley Cyrus, y Te boté , ambas con letras que son la definición misma de «intrascendente».
Como el resto del grupo está descansando antes de la cena, no cuento con ningún testigo de mi principio de colapso. Hablo para mí entre dientes mientras telefoneo a Alex.
Atiende al segundo llamado.
–Hola, princesa. Estaba pensando cuándo tendría noticias de ti.
–Hola, Alex. ¿Todo bien por ahí?
–Sí, sí, trabajando como siempre. ¿Y tú?
–Eh… recién leí tu correo para la DJ, y hay algo que no entiendo.
Hay un roce de papeles y el clic-clac del teclado.
–Bien –retoma–, lo tengo frente a mí. ¿Qué es lo que no queda claro?
–¿Al menos leíste la lista? –resoplo.
–Claro. Hasta agregué un par de temas.
–¿Y nada te llamó la atención?
–A decir verdad, no. ¿Había algo mal?
Este es el momento en que Javi aparece en el vano de la puerta del dormitorio que comparto con Chloe. Por supuesto.
Con un gesto le pido que se vaya; me desplazo al otro lado de la cama y miro en dirección opuesta a la que está él.
–Javi te envió una lista con canciones que por ningún motivo quiero que pasen en nuestra boda.
–Eso fue lo que le envié a la DJ.
–Exacto.
Alex se queda callado. Después de un rato largo, dice:
–Bueno, tenemos un problema.
Contengo las ganas de reírme.
–Te mandó esa lista para hacerte una broma. Para ver si te divertía.
–Resulté un fiasco, ¿no?
–No pasa nada –suspiro–. Estoy estresada. Tú también lo estás. Tenemos mucho entre manos. Pero resuélvelo, por favor. Puedes explicarle que esa es la lista con los temas que no queremos que pase y que pronto le enviaremos otra con nuestras canciones preferidas.
–Claro, sí –responde de buen humor–. Lo hago en cuanto cortemos.
Por eso nos llevamos tan bien. Es tan… agradable. Casi nada lo corre de su eje. Es calmo. Sosegado. Javi sin duda diría que es aburrido. Qué más da. Javi no lo conoce como yo.
–Fantástico –digo, y me levanto de la cama. Al girar, veo a Javi en la puerta, bailando Macarena en silencio. Contengo la risa y me doy vuelta hacia el otro lado–. Tengo que cortar, Alex. Vamos a cenar.
–No hay problema. Iré a buscarte al aeropuerto mañana por la tarde.
–Me gusta la idea. Cuídate.
–Tú también, amor.
Revoleo el teléfono sobre la cama y me dejo caer de espaldas sobre el colchón.
Javi golpea contra el marco de la puerta.
–¿Qué pasa? –gruño.
–Espero, por el bien de todos, que los hijos que tengan hereden tu sentido del humor.
Tomo una almohada, dispuesta a arrojársela, pero Javi desaparece antes de que siquiera logre ganar impulso.
***
–Última llamada para los participantes –anuncia el maestro de ceremonias del centro vacacional, micrófono en mano, a la vez que recorre las mesas de los huéspedes–. ¡El ganador tendrá un premio increíble!