Capítulo 30. Mari
Ocho meses antes de la boda
Después de dejar a Sam en su casa y rechazar la invitación de subir para beber la copa «del estribo», paso un minuto por mi apartamento en el condominio para librarme de la faja y ponerme ropa más cómoda para dar su merecido a Javi.
Me calzo un par de chanclas –elijo las Kenner y no las Havaianas porque lo que busco es agilidad– y tomo las llaves del auto de la repisa de la entrada.
En el elevador, me cruzo de brazos y golpeo contra el suelo con la punta de los pies. Estoy furiosa con Javi. Ese hombre no tiene vergüenza. Fue grosero con Sam, impaciente conmigo y no aportó absolutamente nada a la conversación sin duda tensa y superficial de la cena.
Está bien, Sam no es el hombre más encantador con el que he salido, pero ese, precisamente, es el objetivo del pacto.
Se supone que Javi debe actuar como un guardián: descubrir el reverso del tipo y darme su opinión después de la comida.
Pero estuvo irritable desde el momento en el que se sentó, y no puedo por nada del mundo entender qué rayos se le metió en la cabeza.
En el hotel, arremeto hacia la recepción y le pido al empleado que le avise a Javi que llegué. El empleado me guía hasta la habitación 303 y golpeo a la puerta.
–¡Un momento, por el amor de Dios! –grita Javi desde el interior.
Abre la puerta de par en par. Su torso desnudo me devuelve la mirada; una toalla le cuelga de los hombros.
En segundos, recorro la imagen impactante que tengo frente a mí: sus pectorales, sus brazos torneados, sus abdominales, la línea de vello que desaparece por debajo de sus pantalones deportivos azul marino.
Paso por delante de él y giro sobre los talones.
–Estoy furiosa contigo.
–¿Por qué? –me dice divertido–. No hice nada.
–Te portaste como un imbécil.
–No. –Niega con la cabeza mientras cierra la puerta–. El hombre que estaba contigo es un imbécil. Lo sabes, ¿no?
–Ese justamente es el punto, Javi. Parecía un tipo decente; por eso, cuando me invitó a salir, acepté. Y ahí es donde se supone que entras tú. Pero daba la impresión de que estabas molesto por la situación, que te fastidiaba.
–Es que me fastidiaba –aclara, dejando caer la toalla en un sillón–. Ese tipo no merece respirar el mismo aire que tú. –Junta las palmas en un gesto de súplica–. Tienes que ayudarme, Mari. Tú eres la primera línea de defensa. Hay un mínimo, y ese tipo estaba muy por debajo.
–¿Dedujiste todo eso en los tres minutos que hablaste con él?
–Lo deduje en el instante que chasqueó los dedos para llamar a la camarera.
–Ah, sí –refunfuño, caminando de un lado al otro en la habitación–. No nos olvidemos de Amanda.
Se echa hacia atrás con las cejas muy juntas.
–¿Qué estás queriendo decir?
–Te derretiste por ella. Fue muy incómodo.
–Creo que le dije diez palabras en toda la noche.
–Le dijiste mucho más con la mirada. La pobre chica no merecía que te la comieras así con los ojos.
–Ni siquiera me acuerdo de su rostro –se defiende, rascándose la nuca–. Créeme, no me comí a nadie con los ojos. Pero es interesante que prestaras tanta atención a eso. –Entonces, se ríe. Se ríe con ganas.
Estoy muy enojada, prácticamente temblando, y siento que mi piel tiene tres talles menos que mi cuerpo. No me gusta. No soy yo. Estoy muy cerca de decir algo de lo que los dos nos arrepentiremos.
–¿Sabes qué? Fue un error venir. Me voy. Y olvídate de ayudarme con la biblioteca. Lo mejor será que nos calmemos y volvamos a conversar cuando nos hayamos tranquilizado.
Javi extiende los brazos hacia adelante y hace un movimiento exagerado al encoger los hombros.
–Yo estoy tranquilo. Tú estás sobredimensionando las cosas. Lo cierto es que soy yo el que debería estar molesto, pero intento salvar lo que pueda de este viaje.
–¿En serio? –Me echo hacia atrás–. ¿Y por qué deberías estar molesto?
–Porque parece ser que hablaste de mí con medio mundo.
–¿Con medio mundo?
–Con Jeremy.
–Vino al estudio –digo, sin poder ocultar la exasperación en mi voz–. Los dos te conocemos. Era obvio que saldría el tema.
–Es que no fue un «Hola, ¿qué tal? ¿Qué sabes de Javi?». Hablaron del empujón que necesitaba para terminar el musical.
–¿Y eso qué tiene de malo? –le recrimino, golpeando las manos contra los muslos.
–No soy un puto proyecto, Mari. –Se inclina para que nuestras miradas queden a la par–. No tienes que mejorarme. Es como si terminar el musical fuera más importante para ti que para mí. No lo entiendo.
–Es que es importante para ti, Javi. Por eso. Quiero que seas feliz, pero tengo la sensación de que no lo eres.
Javi se mordisquea el labio inferior y me estudia en silencio; me esfuerzo por mantenerme serena. Después de unos segundos de tensión, resopla.
–Bien. ¿Y qué hablaste con Sam?
–Me preguntó a quién iba a conocer en la cena. No te mencionamos por ningún otro motivo.
–¿Jamás pensaste que Sam podría estar interesado en financiar el musical?
–Jamás. No hay nada para financiar.
Un músculo de su mandíbula se contrae involuntariamente.
Me arrepiento de lo que digo en cuanto las palabras salen de mi boca, pero, en parte, me pregunto si lo que Javi necesita no es un poco de severidad amorosa. ¿O simplemente estoy buscando sentirme mejor?
–Perdón, no quise…
Me interrumpe con un gesto de la mano.
–No, tienes razón. Lo mejor es que volvamos a conversar en otro momento.
–Está bien. –Avanzo hacia la puerta. Me doy vuelta.
Javi está de pie, con los hombros hacia adelante y la mirada en el suelo–.
Javi, creo que no tienes idea de lo mucho que me importas.
Más allá de lo que digas, más allá de lo que hagas, quiero todo para ti porque estoy convencida de que te lo mereces.
El problema es que no alcanza si tú no lo quieres para ti mismo.
–Espera. –Apoya la palma de la mano contra la puerta para impedir que la abra.
Giro y lo miro de frente.
–¿Qué pasa?
–No hagamos esto –me propone, acariciándome la zona del mentón–. No somos así.
Después de unos instantes de silencio incómodo, le presiono el hombro.
–Dios, a veces te mataría.
Me estampa un beso en la frente.
–Pero te quiero. –Me besa en una mejilla, luego en la otra–.
Para siempre . –Se acerca, para un beso rápido en la nariz, supongo, pero le busco la boca.
Javi contiene el aliento contra mis labios.
Lentamente, como si me diera la chance de reflexionar hacia dónde se encamina esto, desliza las manos por mi espalda y profundiza el beso.
Pero no quiero reflexionar; quiero sentir.
Mis manos lo recorren todo: sus hombros, su espalda, su cintura, su trasero.
Le aprieto las nalgas. Deja escapar un silbido ronco y se arrodilla, con su cabeza contra mi estómago mientras me baja los pantalones. Me los quito y pateo las chanclas.
Javi presiona los labios contra mi pubis y alza la vista. La mirada intensa se fija en mí mientras introduce los dedos en mis bragas. Los hunde en mi interior, gime de satisfacción y los saca, exhibiendo mi excitación.
–Más que lista.
Se lleva la mano a la boca y la cierra alrededor de un solo dedo; lo lame hasta dejarlo limpio, con los ojos cerrados. Estoy extasiada de deseo, impaciente y apremiada. La turgencia es tal que me hace jadear.
Los labios de Javi me rozan el estómago mientras me quita la ropa interior; sus manos grandes me exploran, respetuosas.
–Ven aquí –murmuro, obligándolo a levantarse de su posición en cuclillas–. Necesito tocarte. –Ataca mi boca como si fuera su última comida; y yo sus pantalones deportivos como si fueran una barrera. Se los bajo hasta el muslo y me aferro a él, gozando al sentir su pene creciendo en mi mano.
–Por Dios, Mari, así –dice, y echa la cabeza hacia atrás.
Levanto la pierna, la engancho alrededor de su cuerpo y la uso para atraerlo hacia mí; nuestros cuerpos ardientes y febriles se funden, uno contra el otro.
Javi mira por encima del hombro.
–Hay una cama a pasos de distancia.
–Demasiado lejos –respondo, frotándolo contra mi clítoris.
–Mari –gime–, quiero hacerlo. En serio. Pero necesitamos preservativos.
–Estoy tomando pastillas –digo, mientras mi boca baja por su cuello– y hace rato que no me acuesto con nadie. Me hice el test el mes pasado.
–Yo me lo hice hace poco y también hace rato que…
Ni siquiera espero a que termine la oración para guiarlo dentro de mí.
–Al carajo. –Se endereza aún más para levantarme del suelo.
La sensación de que me estire, de que me llene, es abrumadora; adormece algunos sentidos y agudiza otros.
La visión se me nubla, la sangre me late en los oídos y el perfume único de Javi invade el aire que nos rodea.
Javi es implacable, su cuerpo ingresa en el mío una y otra vez, con tanta intensidad y a tal ritmo que me quedo prácticamente sin aliento.
Mis manos cubren sus hombros, y me aferro a la vida.
–Disculpa, pero va a ser rápido –susurra contra mi cuello unos minutos después.
–¡Por Dios! –exclamo con los ojos cerrados–. Yo también voy a acabar.
Arremete dentro de mí por última vez, y nos separamos temblando.
–Mari, Mari, Mari –recita.
Soy incapaz de pronunciar palabra alguna; la boca permanece abierta a la vez que el placer me atraviesa, me hace temblar, me exprime hasta dejarme seca.
En cuanto el orgasmo empieza a desaparecer, las dudas y las preguntas me envuelven como una enredadera llena de espinas y me arrastran hacia la tierra.
Nuestros encuentros sexuales con Javi son siempre así.
Como una anécdota. Como un desvío. Como si fuera posible eliminar cualquier daño potencial a nuestra amistad simplemente volviendo a la configuración original cada vez que terminamos.
Debería pretender algo más, ¿no? No conformarme con alguien que esté conmigo solo cuando la situación se presta.
No, necesito a alguien que desee mi corazón con tanta ferocidad que le sea imposible imaginar una existencia en la que yo no esté.
Me besa el cuello mientras trata de recuperar el aliento.
Llamo al orden a mi mente indisciplinada y me desenredo de su abrazo.
–Voy al baño –murmuro.
–Claro –dice, levantándose los pantalones y acomodándose la ropa. Señala–: Es ahí.
–Gracias. –Evito mirarlo cuando me inclino para recoger los pantalones.
Porque no quiero ver la preocupación en sus ojos. Ni sucumbir a cualquier idea fantasiosa que tenga en su cabeza. Ya fue suficiente.