Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 26. Mari #2
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Capítulo 26. Mari #2

Los chicos giran la cabeza hacia donde estoy; varios pares de ojos sobresalen de sus órbitas cuando advierten a Javi detrás de mí. Una niñita dulce se larga a llorar de inmediato; otra corre a esconderse debajo de los pliegues de la falda de su madre.

Danny, el homenajeado, da un pisotón.

–¡Ese no es Elmo!

El coro de «Ese no es Elmo» alcanza una intensidad febril, y Javi se desliza detrás de mí como si fuera su escudo.

–No, no –digo, deseando no haberme ofrecido para ayudar a mi amigo–. Él es… el primo de Elmo… ¡Guillermo! Vino desde Puerto Rico para festejar tu cumpleaños.

Javi extiende un brazo peludo y saluda con la mano. Hay otro coro, pero de risitas de los adultos y, a continuación, el DJ pone una canción infantil que no conozco.

Me corro hacia la izquierda y dejo a Javi en el centro de la escena.

–Hola, chiquilines y chiquilinas –dice con voz aguda–. ¡Guillermo está muy feliz de estar aquí!

–¡Guillermo es aburrido! –grita uno de los niños más grandes.

Un tipo con una cerveza en la mano junto al puesto del DJ forma una bocina con la mano y vocifera:

–¡Si Guillermo es de Puerto Rico, que baile salsa para nosotros!

Sofía le da un manotazo en el brazo.

–Basta, Ángel. No seas peleador.

El DJ, quien sin dudas actúa como cómplice, coloca otro disco en la bandeja, y los acordes de la salsa inundan el aire.

Todos miran al supuesto Guillermo, expectantes. Javi refunfuña, solo para que yo lo escuche:

–Nunca más saldré con nadie. –Y comienza a sacudir las caderas de un lado para otro. Hasta yo sé que lo que está haciendo se parece más al merengue que a la salsa.

–Guillermo necesita una compañera –sugiere el mal llamado Ángel.

–La amiga de Guillermo será su compañera. –Javi me toma de la mano y me hace girar entre sus brazos.

–Te estás vengando, ¿no? –digo, sin poder borrar la risa boba de mi rostro.

–Con creces –responde, moviéndose con más gracia que cualquier otro monstruo de un metro ochenta de altura.

Advierto que las personas a nuestro alrededor están filmando cómo bailamos, y no me molesta ni un poco. Algún día, Javi y yo les contaremos esto a nuestros hijos. O sea, no a nuestros hijos, sino a los hijos que cada uno tenga. Por separado. «Por favor, apaga esa mente, Mari».

Vuelvo a concentrarme. Y, aunque Javi es un compañero de baile decente, los chicos volvieron a ponerse inquietos y un chillido perfora el aire cuando apalean a alguien con un flotador. Le golpeo el hombro con el mío.

– Chist , deberías interactuar con los chicos.

Mira a su alrededor y levanta un pulgar; luego se apodera de uno de los flotadores y se une a los chicos en ese juego del aporreo. Después de unos minutos de duelos entusiastas, los chicos se alían y persiguen a Javi, quien exagera su caída al suelo cuando las criaturas comienzan a perseguirlo.

–¡Guillermo se rinde! –ríe a los gritos–. ¡Ganaron!

No puedo evitar sonreír ante tanto disparate. No veo el rostro de Javi, desde ya, pero la dicha en su voz da a entender que también está sonriendo. Bastante bien para ser un fraude; estas criaturas se están divirtiendo como nunca.

De repente, alguien se me acerca. Alzo la mirada y veo que es Sofía, que observa a Javi y a los chicos.

–Nos salvó –me dice.

–Así es Javier –respondo.

–Algún día va a ser un gran padre.

–Tal vez. –Me encojo de hombros.

Gira la cabeza en mi dirección y parece que pudiera leer mis pensamientos. Quisiera saber qué imagina. ¿Me atrapó en un descuido? ¿Vio que yo estaba observando a Javi con deseo? No, imposible.

–Es una persona increíble –le digo a Sofía–. Dista de ser perfecto…

–Nadie lo es –completa.

–Pero tiene buen corazón –continúo.

Sofía señala a Javi, que sigue jugando a la lucha con Danny.

–Y se lleva bien con los chicos.

–¿Conociste a sus hermanos?

–Sí –se lamenta Sofía–, pero no hablamos mucho. Entre nosotras, no me parecieron la gran cosa. Son tan engreídos que dan risa.

Esperaba que Sofía revelara algo de su personalidad que alzara una señal de peligro, pero más allá de su incapacidad para comprar un disfraz convincente de Elmo, nada me llama la atención. Y eso me desilusiona. Quizás no soy tan buena amiga como creo ser.

–Entonces, ¿te gustaría avanzar en la relación?

–Sí –afirma con un gesto decidido. Sus ojos exploran mi rostro–. ¿Tengo tu bendición?

Uy, ¿Javi le contó de nuestro pacto? ¿Por qué lo haría? Eso socavaría por completo el objetivo. Al menos, el acordado.

–Quiero decir, es obvio que a él le importa tu opinión –se apresura a agregar–. Siento que no saldría con nadie sin tu aprobación.

Bueno, no estoy ciento por ciento segura de que eso sea verdad.

Pero quizás lo que yo pienso todavía cuenta.

O quizás lo que Sofía quiere saber es si voy a jugarle en contra.

Cualquiera sea el caso, me queda claro que ver a Javi en pareja no soluciona nada.

Si pretendo avanzar, necesito concentrarme en mí.

Preferentemente (aunque no obligatoriamente), en mí con otro hombre.

Entonces miro a Sofía y le digo lo que quiere oír.

–No necesitas mi bendición. Aun así, pienso que serías buena para él.

–Gracias –dice con un pequeño suspiro.

Javi camina balanceándose; el brazo peludo cuelga del hombro de Danny.

–Guillermo necesita agua y un descanso.

–Claro –asiente Sofía. Se inclina hacia Javi–. Y gracias. Ya puedes quitarte este disfraz tonto.

Javi mueve de arriba abajo su cabezota de monstruo.

Sofía conduce a Danny hasta una mesa de pícnic con una torre de cupcakes en el centro mientras yo acompaño a Javi al interior de la casa.

Lo primero que se quita es la cabeza. El cabello en la coronilla está todo alborotado, y transpira tanto que da la sensación de que recién terminó de ducharse. A pesar de eso, es perfecto.

Trago saliva. Fuerte.

–Estuviste fantástico, pero me tengo que ir.

–¿Qué? ¿Tan pronto? –reacciona, juntando las cejas–. ¿No quieres probar los cupcakes ?

–No. –Me froto el estómago–. Esta mañana comí algo que no me cayó bien.

–¿Necesitas algo? –Busca alrededor–. ¿Un antiácido?

–No, estoy bien. Nada que una buena siesta y litros de agua no puedan resolver.

–Bueno. Ojalá hubiésemos tenido más tiempo para ponernos al día.

–Sí, pero pienso volver pronto.

Avanzo rápido por la sala, prácticamente en una carrera hacia la puerta principal.

–Mari –me llama cuando estoy lista para escapar.

Me doy vuelta, una mano en el picaporte.

–¿Y? ¿Qué opinas de Sofía? –susurra–. ¿La apruebas?

–No pudimos hablar mucho, pero me gusta lo que vi. Es obvio que se preocupa por su hijo y dijo algunas cosas bonitas de ti.

–¿En serio? –Sonríe de oreja a oreja.

–Sí. Así que si te interesa, mi consejo es que avances.

Baja la vista por un segundo; luego, alza la cabeza, inhala profundo y asiente.

–Está bien.

Pero, para mí, no está bien. Y llegar al punto en que sí lo esté es vital.