Capítulo 26. Mari
Un año antes de la boda
¿Cómo sabes que alguien es un buen amigo? Cuando tus padres se comunican con él o con ella a través de ti. Tomo una captura de pantalla de la sugerencia culinaria de mi madre y se la reenvío a Javi. Las tildes que confirman la recepción aparecen enseguida, así que presiono el botón para llamar.
–¡Hola! Estoy en Manhattan –anuncio cuando me atiende.
–¿Qué viniste a hacer?
–Tripp tiene un problema con el permiso para vender alcohol en Sustos de Viernes por la Noche. Asistiré a una audiencia urgente esta tarde y pensé que podríamos almorzar mañana.
–No, qué mal, Mari. No puedo. Tengo una fiesta de cumpleaños.
–Buuu… Eso no se hace. ¿De quién es el cumpleaños?
–Es que, bueno, me estoy viendo con alguien.
–¿En serio? ¿Y no me contaste? Por el pacto, digo.
–Es bastante reciente. Quería esperar un poco más antes de pedirte que hicieras tu trabajo.
–Señor Báez, no está cumpliendo con el espíritu de nuestro acuerdo. Se supone que debo evaluar a cada novia potencial lo antes posible.
–Lo sé, lo sé, es que… estuve ocupado. Y ni siquiera sabía si iba a prosperar.
–Está bien. Por esta vez, te lo dejo pasar. Dime, ¿esta persona que llegó a tu vida y no pasó los controles tiene nombre?
–Sofía.
–¿Es el cumpleaños de Sofía?
–No. El de su…
–No te escucho bien. Repite lo que dijiste, por favor.
–Dije que es el cumpleaños de su hijo.
–¿Tiene un hijo?
–Sí. No es un delito grave.
–No dije que lo fuera –protesto–. Es que… nunca comentaste que quisieras tener hijos o salir con alguien que los tuviera.
–Bueno, hace poco que salimos y…
–Espero que hayas echado un vistazo a las redes sociales de Sofía, ¿eh?
–Desde ya –suspira.
–¿Y?
–Le gustan las fiestas. Y jugar a los bolos. Es todo lo que sé hasta ahora. No se vislumbran señales de alerta.
–Bien. Tengo la solución.
–¿Qué solución?
–Bueno, como estoy en la ciudad, puedo acompañarte a la fiesta.
–¿Y cómo cuernos se supone que justifique eso? –se ríe.
–Fácil. Dile que una amiga muy cercana de la escuela de pregrado vino de viaje por un día y que la invitaste a la fiesta.
–No es de muy buena educación.
–Es el cumpleaños de una criatura. No puede ser tan serio. ¿Cuántos años tiene?
–Cuatro.
–¿Latino?
–Sí. De Puerto Rico.
–Por Dios, Javi. Va a haber como trescientas personas en esa fiesta.
–Es cierto. –Lanza una carcajada–. Bueno, está bien. La fiesta es en Harding Park, en el Bronx. A las doce del mediodía. ¿Quieres que te pase a buscar a eso de las once?
–No. Encontrémonos allí. Si llegamos juntos, ella puede sospechar. Es más conveniente que vaya por mi cuenta.
–Eres una estratega.
–Está en mi ADN. Envíame la dirección.
Cuelgo y revuelvo en la maleta. ¿Qué cuernos se usa para ir a una fiesta de cuatro años? A decir verdad, la ropa no importa. Mi misión no es causarle una buena impresión a nadie.
***
–Este es el 313 –indica el chofer, señalando un chalet en beige y café sobre una calle tranquila y bordeada de árboles.
La cerca blanca de hierro está decorada con serpentinas y globos y, tal como sospeché, hay más de una decena de personas dando vueltas por el perímetro de la casa.
Unas banderitas puertorriqueñas recorren a ambos lados la corta entrada para autos. Todo muy típico.
–¿Esta es la zona de East River? –pregunto mientras contemplo la vista cautivante de la ciudad desde la joya escondida que es este vecindario.
–Exactamente.
–Gracias.
–No hay de qué, querida. Que te diviertas.
Bajo del auto y lo despido agitando la mano.
Después de enviarle a Javi un rápido «Hola, ya llegué», camino por la orilla del río a unos pocos metros.
Los pulgares hacia arriba aparecen en segundos.
Un minuto después, se acerca caminando tranquilo, vestido informalmente con unos jeans azules ceñidos a sus muslos gruesos y una camiseta verde irlandés que permite una vista parcial de los brazos musculosos.
Y mi criptonita personal: la barba incipiente que complementa su mandíbula marcada.
Por un lado, verlo con otra persona es un elemento necesario del plan para olvidarme de él.
Por otro, simplemente verlo, en especial cuando se presenta así, hace que me resulte casi imposible recordar el objetivo de ese plan.
–Hola –me saluda, rodeándome con sus brazos.
Me quedo acurrucada contra él un poco más de lo aconsejable.
–Hola.
–Vamos a buscar algo para beber. Están sirviendo…
Una mujer joven de cabello largo y enrulado corre hacia nosotros y toma el brazo de Javi con fuerza.
–Tenemos una emergencia, papi .
Papi . ¿Así que esta es la situación? Seguro que la mujer es Sofía.
Javi suelta el abrazo y se da vuelta para mirarla.
–¿Qué ocurre? –Me mira y se golpea la frente–. Ah, ella es Mari. La amiga de la que te hablé.
–Hola, Mari, encantada. –Me saluda con lo que parece ser una sonrisa genuina–. No quise interrumpir, pero tengo un grupo muy inquieto de chicos de cuatro años, y el animador acaba de avisar que no va a venir.
–Ay, no, qué pesadilla –digo–. ¿Puedo ayudarte en algo?
–Espero que Javi sí pueda.
–¿Qué necesitas? –pregunta Javi.
–Contraté a un tipo del trabajo para que hiciera de Elmo, pero el cretino insiste con que está enfermo.
Tendría que haber sabido que se arrepentiría, así que la culpa es mía.
Tengo el traje y la música. Le pedí a mi hermano que se disfrazara, pero es muy bajo.
Tú tienes la talla y la altura perfectas.
–Quieres que haga de Elmo –repite Javi en voz baja y con la cabeza ladeada–. De Plaza Sésamo .
Sofía hace una mueca, avergonzada.
–Es una hora, nada más. –Cuando Javi da muestras de sorpresa, Sofía se corrige–: O media hora. Acepto lo que sea. ¡Por Danny! Supuse que, al ser actor, te resultaría fácil.
–Decir que soy actor es demasiado. Además, ¿por qué no puede hacerlo el padre de Danny? ¿No vino?
–¿Ángel? No, no tendría idea de cómo actuar. Lo único que quiere es beber cerveza y traer problemas.
Me río por dentro. Javi no necesita una guardiana para esta relación; Sofía va a boicotear por sí sola la posibilidad de salir con él.
De todos modos, lo conozco bien. Tiene el corazón tierno, y de seguro dirá que sí, más cuando el hijito de Sofía está dando vueltas por el jardín, esperando que su monstruo peludo preferido aparezca.
–Pero no sé nada de Plaza Sésamo –se excusa Javi, rascándose la nuca.
–¡Yo sí! ¡Te puedo ir guiando!
Los ojos de Javi se abren grandes como platos, como si me dijera telepáticamente que me vaya al demonio sin escalas intermedias.
Sofía cruza sobre el pecho las manos exquisitamente embellecidas por la manicura en señal de alivio.
–Ay, sí, serían mis salvadores.
–Está bien, está bien –suspira Javi–. El hombrecito merece que se le cumpla su deseo de cumpleaños.
Veinte minutos después, estoy afuera del dormitorio de Sofía esperando a que Javi se cambie, mientras ella y los demás padres reniegan para que los niños almuercen algo rápido antes de que llegue el invitado especial.
La abuela de Sofía, quien, según me enteré, es la dueña de la casa, pasa junto a mí arrastrando los pies, en bata y pantuflas.
Aparentemente, le importa un carajo que haya una fiesta en el jardín y está hiperconcentrada en la desconocida –yo– que está de pie en su corredor.
Desde el interior del dormitorio se escuchan objetos que se chocan entre sí y luego algo retumba. Golpeo.
–¿Todo bien?
–No –responde Javi con voz enérgica.
–¿Estás vestido?
–Sí.
–¿Puedo entrar?
–Como quieras.
Entro en el dormitorio y me detengo en seco.
–Es… café.
–Ajá.
Es… peor que eso. El disfraz es una maraña de pelos.
Como si el monstruo se hubiera zambullido en el río que hay enfrente y no se hubiera peinado antes de secarse.
Tampoco tiene patas; los zapatos abotinados de Javi asoman por el dobladillo raído.
En pocas palabras, es la versión de segunda mano de Elmo.
–Di algo –implora.
–Imposible. –Contengo la risa–. Estoy oficialmente muerta.
Me señala con un dedo acusador.
–¡Tú me metiste en este lío!
–¿Yo? –respondo, apoyando las manos contra el pecho en un gesto inocente–. Lo único que hice fue ofrecer ayuda.
–Suficiente –protesta. Con un suspiro exagerado, se palmea los lados con las manos peludas–. Nunca va a funcionar. Se darán cuenta enseguida de que es un fraude y no tendrán piedad.
–Tienen cuatro años. No les importará. Solo dales lo que esperan. Elmo es amable. Elmo escucha. Elmo habla de él en tercera persona.
–La voz de Elmo es como la de mi abuela.
–No, la voz de Elmo es como la de alguien que acaba de inhalar helio. Deberías practicar eso.
Javi se aclara la garganta.
–Hola, chiquilines y chiquilinas. Hace un calor de la puta madre acá adentro.
–No puedes decir groserías, Javi.
–Ya sé. Te estoy diciendo a ti que me estoy cocinando. No pienso aguantar más de diez minutos. Vamos a acabar con esto.
Lo tomo de la mano y lo ayudo a desplazarse por el tramo corto de escalones que conducen al jardín delimitado por la cerca, donde unas veinte criaturas pequeñas corren de un lado a otro aporreándose con flotadores de colores fluorescentes, aunque no hay ninguna piscina.
Es sencillo identificar al del cumpleaños porque lleva puestas una capa roja y una corona.
–¿Quieres que te presente? –pregunto.
–Quiero que me dispares con un dardo tranquilizante –se queja.
Intento mantenerme seria, pero no lo logro. Es un día agradable de primavera, pero imagino que está mucho más caluroso adentro del disfraz. No me sorprende que esté por demás malhumorado. A pesar de eso, le advierto:
–Cállate. Los chicos te están esperando. Recuerda que es el día de Danny.
Después de hacerle una señal con un chasquido de dedos, el DJ baja el volumen del merengue que sale por los altavoces ubicados en cada una de las esquinas del jardín.
–Hola, hola. –Intento proyectar la voz por encima del ruido–. ¡Hoy tenemos una sorpresa especial!