Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 25. Mari
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Capítulo 25. Mari

En la actualidad

Chloe examina mi figura en la primera opción de vestuario y luego cruza su mirada con la mía en el espejo.

–Parece que vas a la gala del Met y el tema es «Vulvas: portal al placer».

–¿Te hago acordar a una vagina? –le pregunto, muerta de risa.

Asiente con la cabeza, y su expresión se vuelve sonriente.

–A una apaleada por el galán de una novela romántica oscura, solo porque quiere que te portes bien.

Se frunce al menor movimiento y está llena de pliegues texturizados de un rosado intenso.

Por Dios, si descorchas una botella de champaña con esa cosa puesta, dará la impresión de que te estás mojando.

Lo que se comenta en el estudio es que Chloe una vez le dijo a un juez que se hiciera una paja y que la sancionaron por eso.

No depender de lo económico tiene sus beneficios, parece.

No es que provenga de una familia rica. Según lo que cuenta la misma Chloe, se unió a un club de manejo de inversiones en la universidad y puso a prueba sus conocimientos comprando varios paquetes de acciones increíblemente lucrativas para ella y su familia.

El punto es que no necesita el trabajo, pero, como es tan brillante que asusta, es nuestro estudio el que la necesita a ella.

Dirijo la mirada al asesor de novias de la tienda, Benji, cuya personalidad burbujeante se desinfla como un globo pinchado cada vez que Chloe abre la boca.

Me estudia con un movimiento ensayado de cabeza, los labios comprimidos en una sonrisa delgada.

–¿Qué piensas tú?

–Perdón, Benji, pero voy a descartar esta opción. Sé que querías proponerme algo disruptivo, pero esto no es lo que tenía en mente. Prefiero algo clásico, elegante, quizás con un toque diferente.

–En otras palabras –agrega Chloe, hojeando una revista para novias–, no quiere parecerse a una vagina.

–No, pero es amiga de una vagina seca –musita Benji entre dientes mientras baja con cuidado la cremallera oculta en el vestido.

Abro los ojos de golpe y le echo una mirada a Benji a través del espejo. Intercambiamos una mueca pícara, y anuncia que regresará con más opciones antes de desaparecer por el corredor.

–Lo escuché –dice Chloe cuando Benji ya se fue–. Es la clase de respuesta que quisiera que se me ocurriera a mí. Benji y yo podríamos ser amigos, sin duda.

Salgo del vestido y se lo entrego a la mujer que acecha en un rincón, probablemente preocupada por que se manche la seda.

–Son demasiado malditos para ser amigos. La ley no lo permite.

Chloe me ofrece una de sus sonrisas patentadas. Esta se titula «Qué me importa». Suspira.

–Bueno, dado que me acosaste para que fuera tu dama de honor en este homenaje al patriarcado precipitado y pasado de moda, supongo que corresponde que te ofrezca mi ayuda. Así que la pregunta es si necesitas que colabore con algo.

–Gracias por el ofrecimiento tan asombrosamente sincero –digo, quitándome los tacones–, pero tengo todo bajo control.

–Menos mal. No sé qué hubiera hecho si me pedías algo.

–Vomitar, me imagino.

Resopla, como si se preparara para hacer lo inimaginable.

–De veras, si hay algo que deba hacer, me lo dices, ¿sí? No tengo idea de qué es lo que implica planificar una boda, ni tampoco quiero que nada de eso ocupe lugar en mi mente, pero soy muy buena para seguir instrucciones al pie de la letra.

–Lo tendré en cuenta, pero, créeme, me estoy manejando bien hasta ahora.

–Excelente. –Se deja caer en el sofá estratégicamente ubicado frente a la tarima. Chloe se desparrama de tal forma que ocupa todo el asiento, pero, como estamos solas, no importa.

Benji regresa seguido por otra empleada.

–Bien, te traje algo que creo que va justo con tu estilo. Un torso ajustado y sedoso, algo de volumen al final y una parte de atrás que causará sensación.

–La última mujer con la que salí también tenía una parte de atrás sensacional –bromea Chloe.

Benji pone los ojos en blanco.

–Como sea, lo mejor de este modelo es que te lo colocas de abajo hacia arriba y no tienes que preocuparte por el maquillaje ni el peinado al ponértelo.

Me ayuda a entrar en el vestido con un paso sorprendentemente sencillo y admira el resultado. Con el talento que uno esperaría de alguien cuyo objetivo es ganar una comisión sustanciosa, Benji se tapa la boca con la mano y me hace girar; los ojos le brillan, maravillados.

–Creo que es este.

–Creo que es este –concuerda Chloe, y su mirada aumenta sospechosamente su intensidad cuanto más me observa.

Contemplo mi reflejo. Con un escote moderno y cuadrado, pliegues ubicados con maestría y un tajo que me permitirá bailar durante la fiesta, el vestido es sin dudas deslumbrante. Y lo mejor de todo, ¡tiene bolsillos! Porque ¿quién no quiere tener a mano algo para comer el día de su boda?

–Bien, ya tenemos un posible ganador.

– Você está linda, filha –dice una voz detrás de mí.

Giro sobre los talones, y la respiración se me corta.

– Pai, ¿o que o senhor está fazendo aqui?

Baja el mentón y hunde las manos en los bolsillos de sus pantalones de vestir. Si no lo conociera tan bien, supondría que quiere desaparecer, pero nada avergüenza a mi padre, así que debe de haber otra explicación para esta actitud vacilante, inusual en él.

– Você está experimentando seu vestido de noiva. ¿Um pai não deveria estar aqui?

Es dulce que crea que debe estar presente cuando me pruebo el vestido de novia. Agridulce, también. Porque quisiera que mi madre estuviera aquí. Me trago las lágrimas que amenazan con salir. ¿Qué me está pasando?

Mi padre se acerca para abrazarme, pero Benji lo detiene.

–Disculpe, você no acercarse. Este vestido es muy costosinho .

–¿Qué fue eso? –se sorprende Chloe desde su ubicación en el sofá–. Ni mi puta fascinación por el portuñol haría que mis labios dijeran algo así.

–Benji –tomo aire para reafirmar lo que voy a decir–, mi padre habla castellano.

–Ah, bueno, le pido disculpas. –El rubor asoma en sus mejillas–. De todos modos, este vestido…

Mi padre le clava la mirada, y Benji enseguida entiende que se halla en territorio peligroso, así que alza la mano en un gesto tembloroso y da un paso gigante para retroceder.

–Esto es lo que siempre quise para ti, Marisol –comenta mi padre mirándome con afecto.

Me toma las mejillas entre las manos y, ¡por el amor de Dios!, las estruja apenas. Me quedo helada. En mis treinta años, mi padre nunca me tocó el rostro; experimentar esa sensación a mi edad es desconcertante en varios aspectos.

Benji lanza un gemido mientras se masca una cutícula.

–Espera –digo a mi padre–. Evitémosle el sufrimiento a Benji. Déjame que me quite el vestido. Enseguida vuelvo. –Doy algunos pasos y luego me doy vuelta, balanceando la cabeza como si fuera una muñeca cabezona–. ¿Mi teléfono?

–Aquí está –responde Chloe, y me lo alcanza. Se muerde el labio y no parece tener ni la mitad de la compostura que acostumbra.

–Denme… un momento. –Me alejo al trote como una novia fugitiva y me encierro en un cambiador en el fondo de la tienda. Respiro hondo varias veces, busco la pestaña de favoritos en el teléfono y presiono el nombre de Javi.

Atiende enseguida, gracias a Dios.

–Hola, Mari, ¿qué tal? ¿Algún problema?

De fondo, se oye un poco de bullicio: objetos que se chocan y personas que hablan.

–¿Estás en un bar, Javi?

–Sí –me confirma risueño–. Técnicamente, estoy en una entrevista para un trabajo de barman. Cerca de lo de Jeremy. Pensé que me vendrían bien tanto el dinero extra como la fuente de inspiración. Las personas cuentan muchas estupideces mientras beben un trago tras otro.

–No te molesto, entonces –me gustaría que mi respiración recuperara su ritmo normal–, estás ocupado…

–¡No, espera! Me mudo a un lugar menos ruidoso. No me cortes.

Cierro los ojos y cuento en silencio mientras aguardo en el teléfono. Menos de un minuto después, oigo que una puerta se cierra.

–Bien, soy todo tuyo –retoma Javi–. ¿Qué pasa?

–Es que… Espera, necesito sentarme.

Un golpe en la puerta del cambiador me sobresalta, y lanzo un gritito ridículo.

–¿Marisol? –Es Benji–. ¿Serías tan amable de devolverme el vestido?

–Ah, sí, dame un minuto, Benji. Me lo estoy quitando.

Tiro el teléfono sobre la banca y pongo a Javi en altavoz mientras salgo del vestido.

–¿Algún problema? –quiere saber Javi–. ¿Estás bien, Mari?

La pregunta casi me hace llorar. No, no estoy para nada bien, pero Javi me está preguntando por mi integridad física, un asunto totalmente distinto.

–Estoy bien, Javi. Vine a la prueba de vestidos. Para la boda. –No responde–. ¿Javi?

Carraspea.

–Estoy aquí.

–Dame un segundo. –Abro la puerta y le entrego el vestido a Benji, que no deja de pestañear con un ojo; luego me siento en la banca, vestida solo con el sujetador y los interiores. Dejo salir un soplido extenso y recuesto la cabeza contra la pared–. Bueno, sigamos. Mi padre está aquí.

–¿Aquí dónde exactamente? –Lo escucho preocupado.

–En la tienda, no en el cambiador. Simplemente… apareció.

–¿Y eso es malo? –pregunta tranquilo.

–No. ¿Por qué sería malo? Está haciendo un esfuerzo, supongo. Pero me hace pensar en mi madre y en que ella no está aquí. Viene para la boda, desde ya. Pero no es lo mismo, y eso me pone triste. ¿Te conté que tampoco estuvo en los preparativos para mi graduación?

–Me contaste.

–Bueno. Es que… ella se las ingenió para de alguna manera compartir conmigo los momentos importantes, la graduación y ahora mi boda, y le estoy agradecida porque sé que no le gusta venir.

Pero yo vivo en este país y me gustaría tenerla cerca en los momentos más cotidianos: cumpleaños, cenas, esas cosas.

Aunque soy adulta, siempre voy a necesitar a mi madre, ¿me entiendes?

Por otro lado, mi padre está en el salón, tratando de apoyarme, de estar presente.

Y yo me siento una basura por pensar que eso no basta.

Que él no basta. Puf , esta boda está reflotando sentimientos que pensé que tenía resueltos.

Después de una pausa, Javi comenta:

–Mi analista me dice que el objetivo no es resolver el problema, sino procesarlo. Encontrarle sentido dentro de tu historia de vida, y no encerrarlo en una caja para siempre.

–¿Te analizas?

–Sí.

–¿Desde cuándo?

–Desde hace unos meses. Lo que digo es que lo que sientes ahora es totalmente normal. Si te analizaras, podrías conversar sobre eso en la sesión y procesarlo.

–Y no encerrarlo en una caja.

–Exacto.

–Quizás debería pagarte a ti para que seas mi analista.

–Ja, seríamos dos buenos para nada tratando de…

–¿Me estás llamando «buena para nada»?

–Claro que no. Pero me ofende que no te haya molestado que yo también me haya definido como un «bueno para nada».

–¿Por qué debería molestarme? Ser consciente de nuestros defectos constituye una parte esencial del crecimiento.

–Como sea –retoma, alargando las palabras–, estamos hablando de ti, no de mí, y tengo una propuesta.

–La escucho.

–Tal vez tu madre y tú necesiten sincerarse. Expresar por fin lo que les molesta en vez de eludir el asunto y fingir que todo está bien.

–Ahora sí pareces mi analista –protesto.

–Tomaré eso como un cumplido.

–Deberías –acoto con una sonrisa.

–¿Qué dice Alex?

–¿De qué?

–De la situación con tu madre. De su presencia en la boda.

–No le conté mucho –frunzo el ceño–. A ver, sabe que mis padres están divorciados, obvio, pero no le di demasiados detalles.

–Bueno, un analista conoce los detalles. Yo conozco los detalles. Tal vez el hombre con quien vas a casarte también debería conocerlos.

–Sí –respondo sorbiéndome la nariz–, quizás. Es que… no quería pensar en esto hoy, ni tampoco en los próximos días.

–¿Dónde está tu padre ahora?

–En otra parte de la tienda. Con Chloe. –Aprieto los ojos con fuerza–. Ay, no, seguro que le está enseñando cómo abrir una cuenta de OnlyFans.

–Estoy seguro de que tu padre ya tiene una cuenta de OnlyFans.

–Ey, un momento. –Comienzo a reír y luego lanzo una carcajada sonora–. Gracias, Javi. Lo necesitaba.

Oigo que, de fondo, alguien le habla a Javi; cuando retoma la conversación, dice:

–Escucha, tengo que volver al bar para terminar la prueba. No estoy causando una buena impresión por ser la primera vez…

–Claro, entiendo. Perdón por interrumpir. Y gracias por salvarme del colapso.

–Cuentas conmigo. –Hace una pausa y agrega–: No vas guardar estos sentimientos en una caja cuando cuelgues, ¿no? ¿Te vas a permitir estar triste por lo de tu madre sin sentir que eres desleal a tu padre?

–Sí, papito –acato, poniendo los ojos en blanco.

–Avísame si vas a decir una tontería así. Me hiciste ilusionar.

Largo la carcajada.

–Suerte con la entrevista.

–Gracias, la voy a necesitar.

–Adiós, Javi.

–Adiós, Mari. Te quiero . Para siempre.

– Para sempre .

Como si necesitara que Javi me advirtiera sobre lo de guardar los sentimientos en una caja. Él es la razón por la que hago exactamente eso desde hace más tiempo del que se imagina.