Capítulo 23. Javi
Dos años y dos meses antes de la boda
Miro fijo el cielorraso mientras Mari duerme profundo, con su cabeza apoyada contra mi pecho.
Me duelen los brazos y tengo el cuello duro.
Muevo la lengua. Sí, también la siento hinchada.
Me escabullo por debajo de Mari, me pongo rápido la ropa interior y los pantalones y me dirijo sobre mis piernas temblequeantes hasta el minibar para buscar un agua.
Si intenta una cuarta ronda, voy a llorar.
Esta mujer es tan indómita en la cama como fuera de ella.
Apoyado sobre la barra en el área de estar, inspecciono la habitación hasta detenerme en el escritorio.
La agenda de Mari está abierta, con un lápiz mecánico con punta de acero encima.
Las anotaciones son tantas que casi no queda un espacio libre en el mes.
Sus días solo parecen incluir reuniones, citas y recordatorios.
Hasta agendó un momento el martes próximo por la noche para llamar a su madre.
Un destello en la computadora portátil me despierta la curiosidad, y veo que es una notificación para alertarla de que tiene treinta y cuatro mensajes sin leer. Mierda.
Me siento en el sofá y bebo de un trago el agua que tanto necesito.
Nada de lo que ocurrió anoche fue un error.
Cierro los ojos y me represento a Mari cabalgándome, sus ojos cargados de lujuria.
Con solo recordarlo me dan ganas de intentar otra ronda.
Pero esta mañana la sensación es de tirantez.
Como si hubiéramos provocado un daño irreparable a una relación que aún no había tenido la oportunidad de recomponerse.
No quiero ser «un chico más en su vida», pero, por cómo me van las cosas, no puedo ser «el chico de su vida».
Tampoco es que ella quiera eso, de todos modos.
Carajo. Detesto ser humano. Anoche debería haber seguido caminando.
Debería haberme ido a casa, masturbarme y listo.
Pero Mari me pidió que me quedara, y a pesar de las señales de advertencia, acepté egoístamente el trozo de cielo que me estaba ofreciendo.
Mi mano roza su abrigo, cuidadosamente extendido sobre el brazo del sofá.
¿Es cachemira? A propósito, ¿de dónde cuernos viene la cachemira?
Doy vuelta el cuello y leo la etiqueta. Dolce solo sirvió para subrayar que, en todo lo demás, nos alejamos cada vez más.
–Tenía sed. –Señalo la botella de agua en la otra mano.
Da un paso hacia mí y, luego, duda.
–¿Vas a volver a la cama?
–Tengo que irme pronto –digo, estirando el cuello–. Debo estar a las nueve de la mañana para filmar. Hoy me toca decir un parlamento.
–Qué genial. –Abre grandes los ojos.
–No te entusiasmes demasiado. Las palabras exactas son: «Tengo una reserva para dos a nombre de Ramírez».
–¡Ey! La representación latina cuenta –corrige, acomodando la sábana para sentarse junto a mí–. No sé cómo se las ingenian algunos para ambientar una película en Nueva York sin incluir personajes que no sean blancos.
–Será realismo mágico. –Alzo los hombros–. O surrealismo mágico.
–O borradura mágica –protesta.
Después de unos instantes de silencio, pregunta:
–¿Y? ¿Quieres que hablemos?
–¿Que hablemos de qué?
–De la crisis de la deuda estudiantil y su efecto en la economía del país –bromea seria.
Asiento con la cabeza, también serio.
–Así es. La amenaza al mercado de la vivienda es una realidad.
Me golpea con el hombro.
–Vamos, Javi, estás hablando conmigo. Somos adultos. O al menos eso se supone.
–Está bien, hablemos. –La tomo de la mano–. Pero ¿podemos comprar un café en algún lado? Estoy aniquilado.
Me sonríe, sugerente.
–¿Te hice trabajar mucho anoche?
Ya lo creo. La química entre nosotros no es el problema. Todo lo demás sí.
***
Mari me lleva a una cafetería abarrotada a la vuelta del hotel. Pedimos dos americanos y nos ubicamos en un rincón a medias oculto por los abrigos que cuelgan de un perchero estilo vintage . Frente a mí, el azúcar que Mari agrega a su vaso se va depositando como si se tratara de un reloj de arena.
–Eso es azúcar con café –le digo.
–Son las siete de la mañana, Javi. –En su tono se entrevé un «Déjame en paz».
Alzo las palmas en un gesto de rendición y luego bebo un sorbo de café, aprovechando el momento para estudiarla con la luz del día.
Su ropa es menos formal que la primera vez: unos jeans gastados y de tiro bajo.
Las Adidas completamente blancas resultan jactanciosas, como si quisiera recordarme que su calzado deportivo siempre fue espectacular.
Tiene los labios pintados, pero no lleva más maquillaje, y buena parte de sus rizos se cobijan debajo de un gorro de lana con pompón.
Si tuviera que describir un atuendo diseñado para desarmarme, sería lo que Mari tiene puesto en este momento.
Un sendero me conduce mansamente al recuerdo de un tiempo en el que Mari y yo no imaginábamos que podíamos ser algo más que íntimos amigos.
Está adorable. Y a juzgar por la atención que convocó cuando entró, no soy el único que piensa eso.
Lanza un soplido y se reclina en la silla, con un agitador en la mano.
–Te cedo la palabra, amigo.
–Está bien, bueno, voy a comenzar diciendo esto: lo de anoche fue espectacular. Fue todo lo que esperaba y más. –Bebe un sorbo de café y luego sopla, y yo me esfuerzo por no quedar prendido de sus labios–. Pero… –Me reclino en el asiento y la miro–. Completa la frase.
–¿Qué? ¿Yo? ¿Por qué yo? –ríe.
–Porque siempre se trata de ti.
–Eso se llama manipulación. Admítelo.
–Si lo admito, dejaría de ser manipulación. –Me encojo de hombros. Unos segundos de silencio después, agrego–: Ahora es cuando me dices que lo de ayer fue por única vez.
–Por tres únicas veces, en realidad.
Levanto una ceja.
–O por una vez con tres rondas.
–El sexo oral no cuenta como una ronda completa, creo. Digamos dos rondas y media.
–La última palabra es tuya. Te lo concedo.
Intercambiamos una sonrisa. Luego ella se incorpora y exhala largamente. Deja el vaso sobre la mesa, se inclina hacia adelante y se apoya en los codos.
–También podemos pensar juntos si esto entre tú y yo tiene alas.
Sus palabras encienden en mi mente una llama de esperanza diminuta, pero enseguida la apago de un soplido.
Sería muy fácil menospreciar lo que indica la lógica y dejarse llevar por lo que está sugiriendo, pero ya la perdí una vez, y no puedo correr el riesgo de que se repita.
Nuestro reencuentro todavía es reciente, todavía está fresco.
Un paso en falso, y Mari se habrá ido para siempre.
–Hablemos en serio, Mari. Me masticarás y escupirás en unas pocas semanas.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque tú eres tú y yo soy yo.
Frunce el rostro.
–¿Qué se supone que quiere decir eso?
–Que somos diferentes, Mari. Estás acostumbrada a un cierto estilo de vida. Que yo no puedo darte.
–No recuerdo haberte pedido eso. –Se echa hacia atrás, molesta. Resopla y observa a su alrededor.
Le doy un momento y, luego, prosigo.
–Ya lo sé, pero me gustaría dártelo. Tener la capacidad de hacerlo, al menos.
De repente, su mirada vuelve a cruzarse con la mía.
–¿Lo que yo quiero no importa, entonces?
–Sabes que no es así… Es que… tú vas hacia un lado y yo, hacia el otro. En la vida, quiero decir.
Protesta y se endereza en la silla.
–Javi, déjame ser clara en esto: no necesito que seas alguien distinto del que eres. En este momento. Ahora. Con eso me basta.
–Pero no a mí. –Me incorporo; mis ojos buscan los suyos–. Además, ¿de qué estamos hablando? Tú tienes una vida hecha en Los Ángeles y yo vivo aquí, en Nueva York…
–¿Haciendo qué? –me interrumpe con un gesto de fastidio.
Mi cabeza vuelve a su sitio, abrupta, y le clavo los ojos.
–Menos mal que te bastaba.
Recién cuando advierte mi reacción, entiende que solo había una manera de interpretar esa pregunta.
–No quise…
–¿Quieres saber qué hago, Mari? Me gano la vida. Eso es lo que los mortales tendemos a hacer. ¡Y no me mires así!
–¿Así cómo? –pregunta en una mezcla de grito y susurro, la exasperación entretejida en su voz.
–¡Como si me tuvieras lástima!
–No te tengo lástima, Javi. –Lo dice en voz tan baja que, por un segundo, creo que lo imaginé.
–Yo también tengo sueños, Mari. Y estoy trabajando para alcanzarlos, ¿sí?
–Lo sé –afirma con convicción–. Y no dudo de que así será.
Mari fue la primera en enterarse de que quería escribir un musical.
En ese entonces, creía en mí. Ahora cree en mí.
Sé que es probable que sienta la misma frustración que yo porque no terminé de escribirlo.
Este instante cristaliza lo que siempre fuimos el uno para el otro.
Amigos. Confidentes. Admiradores. Todo lo demás embarra las aguas, y lo único que queda es mugre.
–En serio fue solo por una vez, entonces –suspira.
Me siento erguido y la observo.
–¿No era lo que querías? Sé sincera. ¿Tu plan no era revolcarte conmigo y seguir con tu vida?
Baja la mirada y la deja fija en el suelo.
–Sí, ese era exactamente mi plan.
–Pero calculaste mal. No tuviste en cuenta que todavía te importaba.
–Sí, la puta madre, sí –admite, la cabeza floja aún hacia el suelo.
Yo también calculé mal. Creí que por fin lograría eliminarla de mi sistema.
Que me liberaría de la atracción que ni siquiera los seis años sin vernos morigeraron.
Pero lo único que conseguí fue insertarla en mi cuerpo y convertirla en una parte esencial de mí.
Quiero ser la persona que trabaje a su lado para construir la vida a la que está acostumbrada.
Quiero ser la persona que presente con orgullo a sus antiguos compañeros de la universidad.
Quiero ser la persona que se merece. Pero no soy esa persona ahora. Quizás nunca lo sea.
–Para que sepas, tú nunca dejaste de importarme –le aclaro.
–Lo mismo digo. –Me toma la mano y entrelaza sus dedos con los míos–. ¿Cómo seguimos entonces?
–Hagamos lo que mejor sabemos hacer.
–¿Qué es? –pregunta, taladrándome con la mirada.
–Ser amigos.
Porque podemos hacer que esta amistad sea real.
La podemos apuntalar, darle una base que resista lo que sea que la vida nos depare.
Una relación romántica terminaría hecha trizas, y yo no podría sobrevivir al desastre.
Ser amigos es la única respuesta que tiene sentido.
Ambos lo sabemos. ¿Qué más da que duela tanto?