Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 22. Mari
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Capítulo 22. Mari

Dos años y dos meses antes de la boda

No puedo creer que me haya regalado a Javi a horas de haberme reencontrado con él.

Tampoco puedo creer que él haya dejado pasar la oportunidad de acostarse conmigo. ¡Conmigo!

¿Por qué no lo hice vivir hasta el final la experiencia del bar clandestino embrujado? No debería haber tenido piedad.

Suspiro y me cubro el rostro con las manos. Por Dios, esta noche no podría haber sido más humillante.

Hace solo unos minutos que me despedí de Javi y pasé cada uno de ellos castigándome por lo que hice. ¿Fui demasiado directa? ¿O debería haberlo sido más?

Un golpe a la puerta de la suite del hotel me saca de este espacio mental improductivo. Me obligo a levantarme del sofá y me arrastro hasta la puerta. Cuando abro, Javi me está mirando fijo.

–¿Estás segura de lo que dijiste? –me pregunta, con los ojos inflamados y fijos en mí.

No estoy familiarizada con esta versión de Javi.

Con la mandíbula apretada, mirada ardiente y lujuriosa, listo para saltar y devorarme ahí mismo.

Me paraliza esa necesidad absoluta que parece emanar de él en oleadas.

¿Estoy segura de lo que dije? En este instante, claro que sí.

¿Mañana? ¿Quién cuernos sabe? De todos modos, lo tomo de la solapa de la cazadora, lo empujo hacia adentro y digo:

–Sí, estoy segura.

En segundos está sobre mí, sujetándome por la cintura y apretando mi cuerpo contra el suyo.

Baja la cabeza, la acomoda sobre la piel sensible de mi clavícula, rozándola con la boca, y recorre con la nariz desde el cuello hasta debajo del mentón.

Tiene los labios fríos, lo que me indica que llegó a salir a la calle.

¿Cuántos pasos dio antes de tomar la decisión de volver?

¿Qué lo hizo cambiar de opinión? ¿Me importa?

Tironeamos de la cazadora hasta que finalmente logra quitársela y la deja caer al suelo.

¿En serio estoy haciendo esto?

¿En serio estamos haciendo esto?

Me observa; su mirada sigue a la mía mientras se inclina ligeramente hacia adelante y presiona la boca contra la ropa que cubre uno de mis pechos.

Ah, bueno, nos estamos metiendo de lleno.

Una vaga advertencia en mi mente me indica que él está marcando el ritmo, y me comunica que este no es el comienzo de nuestra historia de amor al recuperar el más íntimo de los momentos: el primer beso.

Porque eso ocurrió hace seis años, creo.

Además, esto era lo que yo buscaba: ser capaz de perderme en él por una noche.

Nada más ni nada menos. «No le des demasiadas vueltas, Mari».

Javi estampa un beso con la boca abierta sobre la camiseta que cubre mi pezón, luego muerde la tela y la arrastra hacia arriba. Cierro los ojos, pero los abro enseguida; no quiero perderme ni un instante de la escena surrealista que tengo frente a mí.

Mi ropa es una barrera, un dique que debe romperse.

Pero también es el borde del acantilado.

Todo lo que está debajo es endeble. Inquietante.

Riesgoso. Estoy desesperada por saltar juntos el precipicio, así que tomo decidida el borde de mi camiseta y la levanto hasta los hombros.

Estoy desnuda de la cintura para arriba y excitantemente expuesta; el pecho sube y baja como si me hubieran quitado el aire.

De algún modo, eso fue lo que pasó. Esto es más de lo que mis sentidos pueden manejar, y mi mente, asimilar.

Javi da un paso hacia atrás, observa extasiado y deja escapar un ronroneo de satisfacción.

–Por Dios, quiero tocar con los labios cada puto centímetro de tu piel. Recostarte en la cama y amarte durante días.

No me cuesta imaginármelo cumpliendo esa promesa, y me excita, la piel demasiado tensa, limitante.

Sin decir una palabra, Javi termina lo que yo había comenzado a hacer y me pasa la camiseta por la cabeza; luego hace lo mismo con su suéter y arroja ambas prendas hacia atrás.

Ahora estamos frente a frente, con los torsos desnudos y jadeando.

Introduce una mano por detrás de mi cuello y me atrae hacia él.

La otra la coloca sobre uno de mis pechos y luego frota el pezón.

Los labios de Javi finalmente se conectan con los míos, y nos unimos en un gemido.

Sus labios son suaves; el aliento es dulce; la boca, eximia.

Sus manos se deslizan hasta mis nalgas y las apretujan apenas; mis manos suben por su pecho y lo idolatran.

No quiero dejar de besarlo ni acariciarlo, pero ansío más, así que me desabrocho los pantalones, dejo que caigan al suelo y salgo hacia un costado.

Quedo de pie en el medio de la habitación, con tan solo una tanga negra, mientras los ojos de Javi me recorren con las pupilas dilatadas.

–Por Dios –susurra–. Déjame que…

–Sí, lo que sea que estés pensando, sí –le ruego.

Me hace girar entre sus brazos, mi espalda contra su pecho, y me dice al oído:

–Tú primera.

Lo tomo de la mano y camino hacia el dormitorio.

Está muy iluminado y es pequeño; era de predecir que la cama fuera el objeto dominante.

El cobertor está inmaculado, con evidencias sutiles de mi loca carrera para ponerme algo más cómodo antes de encontrarme con Javi en el bar: una toalla olvidada sobre el respaldo de un sillón, la falda extendida en el colchón.

Javi recoge la falda, la acomoda en el sillón y luego se da vuelta para quedar frente a mí, que estoy a los pies de la cama; me rodea con su cuerpo hasta que la única opción es dejarme caer hacia atrás.

Se quita los zapatos con los pies y repta por la cama hasta quedar junto a mí.

Le tomo la mano y la apoyo sobre mi estómago; luego la deslizo hasta cobijarla en la unión de mis muslos.

Javi introduce la mano en mi ropa interior y juguetea con los rizos apretados. En cada movimiento, se acerca tortuosamente más, hasta que uno de sus dedos avanza apenas en dirección a la vulva. El efecto es instantáneo. Eléctrico. Doy un respingo y lanzo un gemido grave.

–¿Te gusta? –Repite el movimiento, su respiración contra mi cuello.

–Me encanta.

–¿Y esto? –Introduce el dedo–. ¿Me quieres ahí? ¿Llenándote?

–¡Ay, sí! –Alzo la voz–. Pero primero necesito tocarte.

Giro hacia él, con cuidado de no interrumpir su hábil exploración, desprendo el botón de sus jeans y jalo lentamente la cremallera hacia abajo.

Nunca dejo de mirarlo cuando le recorro el estómago con el dedo, ingreso en los pantalones y rebusco en su entrepierna.

Le envuelvo el pene con la mano y me regocijo con la calidez, el grosor, lo exquisitamente rígido que está por mí. Para mí.

–Mari –susurra, balanceándose en mi mano–, eso es. Sigue así. Solo. Sigue. Así.

Nuestras miradas se cruzan; pone los ojos en blanco a la vez que se estremece en un suspiro ahogado.

–Javi, tu expresión me enloquece…

Para mi sorpresa, el pene crece en mi palma.

–Estás convirtiendo mi fantasía en realidad –confiesa fascinado.

Y, aunque disfruta mis caricias, no se olvida ni un minuto de mí y alterna entre cerrar los ojos de deleite y abrirlos para observarme mientras estimula mi clítoris marcando círculos desfallecientemente lentos.

Me muerdo el labio y me arqueo hacia él cuando acelera el ritmo.

–Ay, Javi, por Dios, me encanta.

Estoy cerca, tan cerca que no lo puedo creer, pero sé por experiencia que mi primer orgasmo es siempre el más potente, y quiero que Javi esté dentro de mí cuando eso suceda. Lo detengo con la mano.

–Espera.

–¿Qué pasa? ¿Algún problema? –reacciona inquieto, con el ceño fruncido.

–Ninguno. –Hago que se recueste sobre su espalda y me siento a horcajadas para que mi culo quede apoyado en sus muslos–. Quiero que me la metas antes de acabar.

–Por Dios, Mari –suspira trémulo–, la mejor frase que se haya dicho.

Me encanta que mis palabras provoquen ese efecto en él. Que imaginarnos juntos lo desestabilice.

–Vamos a quitarte esos jeans.

Levanta el trasero del colchón, y yo me alzo y espero, en una posición incómoda, mientras tironea de los pantalones y los interiores y los patea al suelo. Vuelve a apoyarse, me ubico otra vez encima de él y le tomo el pene.

–Un momento –se queja–. Falta el preservativo.

–Mierda, no puedo creer que me haya olvidado.

En serio que no puedo creer que me haya olvidado. Nunca me olvido. Salgo gateando de la cama y me abalanzo hacia el bolso. Regreso en segundos, con una tira de preservativos en la mano. Si esto es tan bueno como lo anticipo, vamos a necesitar más de uno.

Javi rasga uno de los sobres y se coloca el preservativo.

Cuando termina, estoy temblando de la ansiedad.

Me inclino hacia adelante, mis pechos a centímetros de su boca, y lo guío dentro de mí.

Apoya las manos sobre mi busto y dibuja lentamente círculos sobre las aréolas, formando espirales que culminan en mis pezones.

Los pellizca cuando comienzo a hundirme en él y la sensación me invade, como si una corriente me arrasara y dejara detrás una estela de calor.

–¡Por Dios! –exclamamos juntos.

Cuesta trabajo, pero no vacilo; la punzada de dolor que me provoca el estiramiento solo aumenta mi excitación.

–Ven aquí, así puedo besarte –dice Javi.

Me inclino hacia adelante y le rozo los labios; mi cabello es un capullo que envuelve nuestros rostros.

La lengua de Javi juguetea con la mía mientras me balanceo despacio para seguir entrando en él.

Entrelaza los dedos en mi cabello y me masajea el cuero cabelludo.

Siento calor en todo el cuerpo, la piel entre mis muslos está brillosa y tersa, y tengo los pezones tan erectos que casi duelen. La sensación es… intoxicante.

–No voy a aguantar mucho más –me advierte, sujetándome más fuerte del cabello–. Ya pasó un rato largo.

–¿Qué quieres que haga?

–Quiero que te sigas frotando contra mi verga… –murmura.

–La segunda mejor frase que se haya dicho.

–Mientras juego con ese sexo magistralmente húmedo.

–Parece que tenemos la frase ganadora –gimo.

Apoyo la parte superior del cuerpo contra su pecho y me acurruco en el hueco de su cuello, inhalando su esencia, una mezcla de feromonas naturales con un toque cítrico que me indica que continúa usando la misma colonia que cuando estudiábamos.

Algo de eso me conmueve porque me hace acordar al chico que conocía tan bien que podría haber jurado que siempre estaría en mi vida.

«No dejes que te engañe, Mari. No hagas de esto más de lo que es».

Desecho cualquier sentimentalismo de mi cabeza, levanto el trasero y me dejo atravesar por Javi, contrayéndome alrededor de él con cada movimiento.

Cumpliendo su promesa, me acaricia, me roza los labios y la vulva con los dedos y luego juguetea con mi humedad.

–Sí que eres bueno con las manos –jadeo.

Me queman los muslos, pero es el tipo de ardor que intensifica cada sensación.

Estoy sudando, moviéndome con furia e intentando mantener un ritmo mientras él me envuelve con sus caricias, hasta que se aferra a mi cintura y me releva, empujándome hacia arriba y hacia abajo para acompañar sus estocadas.

–Sí, Javi, sí –reclamo, irguiéndome en la posición–, no te detengas.

–Tócate, hermosa –pide, y mis dedos se deslizan raudos hacia la vulva. Me froto y me froto mientras él me penetra; los músculos trenzados de sus antebrazos, exigidos por el esfuerzo.

Javi no necesita preguntar si me falta mucho.

Está tan sintonizado, tan pendiente de mi rostro, que es imposible que no advierta cuando el primer temblor se insinúe.

No se hace esperar. Mi corazón se acelera, las orejas me laten y un estallido de calor emana de mi esternón cuando el orgasmo se expande dentro de mí y me supera.

Su fuerza es una conmoción que me enmudece.

Mi boca forma, atinadamente, una «O», pero no emite ningún sonido.

Lo único que puedo hacer es trabar las caderas de Javi contra mis muslos mientras corcovea con el impulso de su propio clímax y grita mi nombre.

Dicha. Total.

Colapso sobre su pecho e intento recuperar el aliento.

–Mierda, voy a necesitar carbohidratos y electrolitos antes de pasar a la segunda ronda.

–Eres muy optimista si piensas que lo haremos otra vez –ríe.

Me incorporo, apoyándome en los codos y encerrándolo de tal manera que su rostro quede a centímetros del mío.

–¿Terminamos aquí?

Javi alza la cabeza y se apodera de mi boca. Contra mis labios, anuncia:

–Claro que no. No bastarían ni un millón de veces.

–Un millón de veces parece imposible.

–Es una meta por la que vale la pena esforzarse –dice, con una sonrisa cansada y párpados pesados.

Respondo a su expresión con una sonrisa satisfecha de mi parte, pero, por dentro, me doy una palmada en la frente.

¿En qué cuernos estaba pensando? Nunca me caractericé por darle a Javi el mismo trato que a cualquier otro.

Pero ¿ahora qué? Él me dejó entrever en qué podríamos convertirnos.

Y una vez más me demostró que hay algo en él que llega a mi corazón.

¿O es por este tipo de cosas que se dice que el sexo perturba la mente?

Porque mi mente está sin duda patas para arriba, y eso es una señal de peligro para mi tierno corazón.