Capítulo 21. Javi #2
Mari asiente decidida con la cabeza y anuncia:
–Ya volvemos.
Lleva a Sienna hacia el interior. Segundos antes de desaparecer de la vista, Sienna se acurruca contra Mari como si la consolara una amiga muy cercana, y no una desconocida y potencial cliente… aunque sospecho que esto último ya no será así.
¿Qué demonios fue eso? ¿Otro de esos delirios febriles?
Me quedo inmóvil en el lugar; no sé qué hacer. ¿Voy a custodiar el retrato? ¿O la cámara digital? Sí, eso parece lo más responsable. Escruto a los invitados para determinar cuántos de ellos presenciaron el espectáculo, y ahí es cuando noto que uno de los novios se dirige hacia mí.
Se detiene, finge una sonrisa y extiende la mano para estrechármela.
–Escucha con atención –susurra con voz estrangulada–. No hagas nada que sugiera que hubo un problema. Si entiendes, di que sí con la cabeza.
Digo que sí con la cabeza.
–¿Quién eres? –pregunta.
–Soy Javier. No me conoces. Vine con mi amiga Marisol porque quiere contratar a la retratista para su boda.
–Un placer, Javier. Soy Ian.
–Un placer también. Felicitaciones por la boda, primero.
–Gracias. ¿Qué ocurrió con Sienna?
–Estalló de repente, creo. Algo la angustió.
–Ay, Dios, ya la conociste –dice, sacudiendo la cabeza–.
Mira, mi flamante y muy ansioso esposo no quería que Sienna hiciera esto del retrato en vivo porque ella no es, lo que se dice, confiable, y si él siquiera intuye que algo salió mal, me lo reprochará por los siglos de los siglos.
¿Puedes fingir que no hay ningún problema hasta que Sienna regrese?
Considéralo tu regalo por nuestra boda. Y, si alguien pregunta, eres su asistente.
–Claro, sí –respondo, sorprendido de aceptar lo que me propone.
–Fantástico. Y no te vayas sin beber una cerveza en el bar. Nosotros invitamos, por supuesto.
–Sí, muy amable –digo en piloto automático–. Cuídense.
Ian se aleja apresurado y regresa con su novio, quien baila con una mujer negra. Por cómo se miran, supongo que es su madre, pero ¿quién sabe? Qué día más extraño.
Tomo el pincel y hago movimientos zigzagueantes con él cerca de la pintura, aunque con cuidado de no tocarla.
–Es magnífica –opina un hombre detrás de mí–. Bethany, ven aquí, amor –llama a viva voz–. ¡Mira esto!
Reacciono con una sonrisa tensa y noto por el rabillo del ojo que su intención de atraer el interés de su compañera convocó a otras varias personas. Carajo. Si toco el lienzo, puedo arruinar el retrato de bodas. ¿Qué cuernos debería hacer? ¿Y dónde demonios están Sienna y Mari?
–¿Cómo sigue esto? –pregunta el hombre, repitiendo sin saberlo uno de los pensamientos que se revuelven en mi cabeza.
«Excelente pregunta, señor. No tengo ni la más puta idea».
–Bueno, eh, es que… no soy el artista principal. Soy su asistente.
–¿Eso qué quiere decir? ¿Qué trabaja entre bastidores?
–Exactamente.
–¡Ay, muéstrenos cómo se hace! –reclama su compañera–. Nos interesa muchísimo. –Señala una sección del retrato–. Mira, Bill, ¡creo que somos nosotros!
Gracias a unas clases de Historia del Arte que tomé en la secundaria, recuerdo una técnica que consistía en pintar solamente puntos. ¿Puntolismo? No, ¡puntillismo! ¿Cuánto daño puedo causar si agrego nada más que una mota? No puedo creer que la diferencia sea tan grande.
Lentamente y con extremo cuidado, agrego un único punto en el lienzo usando el pincel.
–Ahí lo tienen, amigos. Así es el proceso.
Giro para ver las reacciones de los demás.
Hay una decena de personas que me miran fijo, la mayoría con el rostro contraído en un gesto de confusión.
Mi buen amigo Bill está frunciendo la nariz.
Mis ojos flotan por encima de los invitados y aterrizan en Mari, de pie al borde de la pista de baile, una mano sobre la boca y los hombros que se sacuden en una risa apenas disimulada.
Antes de que se me ocurra cómo hacerla partícipe de mi pesadilla, Sienna aparece junto a mí y me quita el pincel de la mano con delicadeza.
–Gracias. A partir de aquí, continúo yo. Y perdón por –agita el pincel– lo que haya sido eso.
–No hay problema. –Sé que Mari me contará los detalles después–. ¿Te sientes mejor?
–Sí.
–Qué bien. Te dejo seguir trabajando.
Me escapo y encuentro a Mari en la barra, pidiendo una copa de vino blanco y un mojito sin alcohol. Me alcanza el mojito.
–Fue una gran actuación. Te lo ganaste.
–Bueno, ahora que soy parte del personal contratado para la boda, creo que también tengo derecho a comer algo, ¿no?
–Claro –asiente, moviendo las cejas hacia arriba y hacia abajo.
Después de inspeccionar y elegir entre el despliegue de entremeses, encontramos una mesa libre y nos atrincheramos ahí.
–¡ Mmm , me encantan estas bolas! –Mari hinca el diente en unas croquetas de arroz.
–Fantástico, pero te aconsejo que no grites eso en público.
Se cubre la boca con la mano y ríe, y luego arremete con las patas de pollo.
–Me gusta –opina entre bocado y bocado–. La recepción, digo. Es sencilla pero elegante, y para nada pretenciosa.
–¿Esa es tu idea?
La sonrisa se le desdibuja.
–No creo que esa opción siga en pie. Mi padre quiere hacerlo a su modo. Quiere que sea memorable. Y, aunque se está desbordando más de lo que imaginé, no me gustaría desatender sus deseos por completo. Puede hacer esto una sola vez en la vida. ¿Qué tiene de malo darle el gusto?
–Es tu boda –aclaro–. Más bien, la tuya y la de Alex.
–Ya lo sé. Eso no cambia. Simplemente tuve que hacer algunas concesiones. No tiene por qué ser algo malo.
Inclino la cabeza y la contemplo entrecerrando los ojos.
–Mari, no le debes nada a tu padre. Lo sabes, ¿no? No hizo más que lo que se supone que un padre debe hacer. No tienes que pagar ninguna deuda.
–No, no tengo una deuda con él, pero eso no implica que no reconozca que hizo algo que muchos hombres no harían. En serio, ¿qué padre querría hacerse cargo de una adolescente de mal carácter cuando su madre decide de buenas a primeras desaparecer e irse a otro país?
En otras palabras, ella se siente en deuda con él aunque insista lo contrario. Estoy seguro de que Luiz no solo es consciente de esto, sino de que lo usa a su favor.
–A menos que me hayas mentido todos estos años, tu madre no desapareció, y te habría llevado con ella si hubieras aceptado ir. –Le tomo la mano con fuerza–. Además, eres un tesoro. Tu padre tiene suerte de que formes parte de su vida.
Los ojos se le llenan de lágrimas.
–Eso es: otra vez más, eres fantástico para mi ego.
–Come más croquetas. –Golpeo su hombro contra el mío–. Te harán sentir mejor.
Lanza un resoplido y reclina la cabeza hacia atrás con una carcajada, mientras se seca los ojos con un pañuelo de papel tisú.
Una pareja mayor pasa junto a nosotros; el señor, con una bandeja con comida.
–¡Qué mesa tan divertida!
–¿Podemos sentarnos con ustedes? –pregunta la señora.
–Claro. –Me acerco a Mari para dejarles espacio.
–Soy Tom. Y ella es mi esposa, Barbara.
–Un placer. Soy Marisol, y él es mi amigo Javier.
Tom se da vuelta para observar a las personas que bailan en el centro del jardín.
–Qué boda hermosa, ¿no?
–Sí –concuerdo–. Justamente, Mari estaba diciendo que es sencilla pero elegante.
–Así fue la nuestra –cuenta Barbara, arrancando un trozo de carne de una pata de pollo y engulléndolo. Por Dios, parece que tiene hambre.
–Pero era diferente en ese entonces –ríe Tom–. No hicimos esas cosas que se hacen ahora: lanzamiento de mariposas, retratistas, cabinas de fotos. Por favor, ¿dónde quedó el simple «Sí, quiero» a la persona con la que deseabas pasar el resto de tu vida?
–Eran tiempos más simples.
–¿Cuánto hace que están casados? –pregunta Mari.
Se miran, los ojos relumbrantes de afecto.
–Cuarenta y un años –dicen al unísono.
Mari se inclina hacia adelante, en un gesto de complicidad.
–Díganme, ¿cuál es el secreto de un matrimonio largo y amoroso?
Barbara apoya su mano sobre la de Tom.
–Al principio fuimos íntimos amigos.
No te detengas, Barbara, no te detengas. Si mirase la escena desde afuera, creería que es una actriz contratada por quien les habla para hacerle ver a Mari que Alex no es el hombre para ella.
Mari traga saliva, con la mirada baja, y luego dice:
–Qué maravilloso. Les deseamos que sigan siendo tan felices como se merecen. –Pero su cabeza ya es un trompo que busca la salida, y me hace señas para nada confusas de que está lista para irse.
Saludo a Tom y a Barbara haciendo un gesto con la mano.
–Fue estupendo conocerlos.
–Cuídense –grita Barbara cuando nos alejamos.
Cuando cruzamos el sector de la entrada, llamo a Mari con un par de golpecitos de los dedos contra su brazo.
–Sienna es un no, supongo.
Mari se ríe con disimulo; los ojos brillan, divertidos.
–Sienna es un rotundo no. Gracias por acompañarme. Igual me divertí.
–Nada que agradecer. Pero ¿qué le pasó? ¿Por qué colapsó así?
–Anoche se acostó con su amigo David, y ahora le preocupa haber arruinado la amistad.
–Mierda. –Me detengo en seco en el medio del salón.
Mari se da vuelta para mirarme, con las cejas levantadas.
–Exacto. ¿Dónde fue que escuchamos eso?