Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 21. Javi
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Capítulo 21. Javi

En la actualidad

Parece ser que el caballero de honor tiene obligaciones que exceden la de convencer a la novia de que abandone al novio. ¡Quién diría!

–Gracias por acompañarme –dice Mari tomándome del brazo para ingresar a Diamond House, el espacio para eventos en Highland Park donde hoy se organiza la boda que vinimos a interrumpir.

A decir verdad, autorizaron a Mari a venir, así que, en realidad, no estamos interrumpiendo nada, pero me parece de locos caer de sopetón en la fiesta de bodas de un desconocido simplemente para planear la tuya.

Le doy una palmadita en la mano.

–No me agradezcas. Quiero cumplir mi rol como corresponde.

–Estás muy elegante –observa, haciendo referencia al traje gris claro–. Creo que lo estás haciendo bien. Y, en serio, sé que le estás dedicando todo tu tiempo al musical, así que te agradezco que hayas dejado de lado el trabajo por un rato. –Apoya la cabeza sobre mi hombro–. Eres el mejor.

¿Pensaría lo mismo de mí si supiera que me pasé los últimos días buscando en internet información sobre Alex que la hiciera desistir de la boda? Mmm, mejor me guardo ese dato. En especial porque no encontré nada.

Avanzamos por el salón luminoso y espléndidamente decorado; una habitación larga, angosta, con cuatro salas de estar delimitadas por sofás extragrandes y sillones de categoría.

No hay una paleta de colores; todo el arcoíris convive en armonía.

Unas pocas personas conversan a un costado.

Una de ellas está hablando por teléfono, pero, en términos generales, la actividad es escasa en ese sector.

El detalle más llamativo son los cuatro paneles de vidrio que forman la puerta corrediza que conduce al jardín, donde parece que ocurren los verdaderos festejos.

–¿A cuál de los dos se le ocurrió contratar a un retratista en vivo para la boda? –quiero saber.

–Fue sugerencia de Alex. –En su camino, desliza los dedos por el respaldo de un sofá tapizado en terciopelo verde menta–. Pero sabe que me gusta microgestionar un poco y…

–¿Un poco?

Me da un topetazo con el hombro.

–Cuidado. Como estaba diciendo, Alex conoce mi tendencia a la microgestión y también conoce al dueño de Diamond House; entonces, organizó una cita para que pudiéramos ver cómo era el asunto.

Lo que me preocupa no es el retrato. Me intriga saber cómo interactúa la artista con los invitados.

Si el hecho de que haya una persona observando cada detalle no afecta la energía.

Quiero que mis invitados disfruten de la fiesta, así que, si arruina el clima, le diré a Alex que la idea no me gusta. Él lo va a entender.

–¿Alex está muy ocupado para acompañarte?

–Tuvo un problema. –Me quedo en silencio; entonces, agrega–: No presupongas nada. Somos personas ocupadas.

–Está bien, está bien –la tranquilizo. Pero no está bien.

Todos estamos ocupados, algunos más que otros, pero eso de «personas ocupadas» suena como un as en la manga al que Mari puede recurrir cada vez que necesite justificar la ausencia de su compañero.

Una explicación sencilla que puede tener siempre a mano y que evita que los demás piensen mal de él–.

De todos modos, estoy autorizado a indagar, ¿te acuerdas de eso?

–Me acuerdo.

–Entonces, ¿tiene una buena excusa para no estar aquí?

–Sí –afirma.

–No lo critico, entonces. Además, él pierde, y yo gano.

Me toma fuerte del brazo.

–Exacto.

Salimos al jardín, un área extensa aislada del resto del mundo por cercos de árboles inmensos que se asemejan a las paredes de un laberinto.

Bajo la vista hacia el sector con suelo de concreto y el dibujo de lo que parece ser una espiral infinita de diamantes blancos y negros.

Casi pierdo el equilibrio. Guau, quien haya sido el que diseñó este espacio tenía claramente el objetivo de generar impacto…

o de provocar una ilusión óptica que desencadenara un dolor de cabeza.

Pestañeo un par de veces y elevo la cara al sol, disfrutando la sensación cálida.

Es un día perfecto en Los Ángeles y, como estuve gran parte del tiempo encerrado en el apartamento de Jeremy, no tuve la oportunidad de experimentar muchos de estos días en carne propia.

Sonrío mientras estudio a los invitados, una mezcla diversa de personas con atuendos tan eclécticos como la decoración del lugar.

–¿Sabes algo de la pareja que se casa?

–Alex me dijo que uno de ellos es escenógrafo de cine. No sé qué hace el otro.

Ahora, el lugar y los invitados cobran sentido. Una persona creativa pone su atención en la ambientación: celebra el color, honra a la naturaleza y exhibe en cada rincón elementos que promueven la conversación.

–Ahí está Sienna, la artista –anuncia Mari, señalando a una joven asiática del otro lado del jardín, con un pincel finito en la mano enguantada.

Lleva botas color café que le llegan a los tobillos y un vestido largo, negro, ajustado en la cintura con un cinto ancho de cuero a tono con las botas.

El lienzo está apoyado sobre un atril de madera, y los invitados espían por encima de su hombro.

–Nunca lo hubiera adivinado –bromeo.

Mari pone los ojos en blanco y me arrastra con ella. Esperamos junto a los demás y observamos cómo trabaja. Sienna es siempre cordial y no le incomoda conversar tanto con los adultos como con los pequeños que se ponen de puntillas para mirar más de cerca.

Presto atención al lienzo y trato de imaginar cómo quedará la pintura cuando esté terminada. Los novios, una pareja interracial, están casi terminados: la imagen de ellos danzando con los invitados alrededor es una réplica de lo que de veras ocurre frente a nosotros.

Mari y yo nos acercamos, a la espera de poder presentarnos. Cuando algunos de los pequeños se aburren y se van, nos ubicamos en el sitio que dejan vacante.

–Sienna –se anuncia Mari–, soy Marisol Campos. Hablamos la semana pasada sobre la posibilidad de que hicieras retratos en vivo durante mi boda en Sonoma.

Sienna se da vuelta hacia Mari con una sonrisa radiante.

–Claro, sí, sí. ¡Hola, hola! Qué fantástico es conocerte. –Acomoda el pincel sobre el estante adosado al atril y me mira.

–Hola, soy Javier.

–Encantada. –Me estrecha la mano que no tiene guante.

Vuelve a tomar el pincel y aleja la mirada hacia la pareja que continúa bailando en el medio del jardín.

–Acordamos que bailarán dos veces para que el cuadro quedara bien. Los retoques se los doy en el atelier . Pregunten lo que quieran.

–Estoy fascinada –comenta Mari; las palabras se atropellan para salir–. Pero lo que capturas es solo un momento. ¿Cómo sabes que te alcanzará el tiempo –hace un gesto hacia el cuadro– para retratarlos?

Sienna flexiona un dedo y señala un punto en la parte delantera del atril. Hay una pequeña cámara digital sobre el trípode. Está tan disimulada que no la había notado.

–Mi asistente, el señor Nikon. Estar aquí me sirve para captar la atmósfera. Pero si tengo que hacer ajustes o, Dios no lo permita, cometo un error, la cámara captura esos momentos para que pueda guiarme cuando estoy en el atelier .

–Entiendo –responde Mari–. También leí en tu sitio web que cada pareja elige el momento que desea inmortalizar.

–Sí –confirma Sienna.

–¿Y los invitados? –continúa Mari–. ¿Cómo los incorporas?

–Eso también lo elige la pareja. Puedo destacar a algunos en particular sin prestar atención a los demás o puedo pintar lo que veo.

El valor varía, desde ya, pero todo depende de lo que prefieran.

Puedo ser tan discreta o tan evidente como me pidan.

Y no me distraigo fácilmente: que se paren aquí y me hablen sin parar no afecta el producto final.

–¿Qué pasa si la pareja solo quiere un retrato de ellos dos? –Siento curiosidad por saber cómo es ese proceso–. Sin nadie alrededor, digo. Es la clase de momento que primero se me viene a la mente para colgar en mi hogar.

–Muchas de las parejas para las que trabajo optan por un retrato de ellos dos. No sería nada fuera de lo común que tú y Marisol eligieran ese camino.

Mari se endereza.

–No, Javier no es mi novio.

La mirada de Sienna se desplaza rauda desde el rostro de Mari hasta nuestros brazos entrelazados. Después de un instante de silencio, Mari se libera de mí.

–Mi novio, Alex, no pudo venir. Javier es mi caballero de honor.

–¡Ay, qué dulzura! –se entusiasma Sienna.

–¿Cómo se te ocurrió hacer esto? –pregunta Mari, sin duda para dejar atrás el momento incómodo–. Es tan específico... Hermoso, pero específico. No sabía que existían los retratos de boda en vivo hasta que Alex, mi novio , me lo comentó.

Sienna abre grandes los ojos y regresa al lienzo.

«No, no es un momento incómodo para nada, Mari».

Sienna analiza el retrato y piensa unos segundos antes de responder.

–A decir verdad, soy artista plástica, pero también una romántica de corazón. Aunque parezca un cliché, me encantan los romances, las bodas, las demostraciones de amor. Ganarse la vida capturando esos momentos mágicos es un privilegio.

Una mujer de mediana edad (prácticamente respirándole en el cuello) bebe un sorbo de vino y acota:

–La imagen los describe hermosamente. Me transmite que estaban destinados a estar juntos.

–Mejores amigos que se volvieron amantes –recuerda una mujer más joven.

–Un final feliz tras muchos obstáculos –remata una tercera.

Sienna ahoga un suspiro y aleja el pincel del lienzo como si le quemara. Durante un rato largo, solo se queda quieta, con los ojos enturbiados.

Mari frunce el ceño y extiende la mano para tomarla del hombro.

–¿Sienna? ¿Todo bien?

Como respuesta, Sienna echa la cabeza hacia atrás y lanza un alarido.

–¡Ay, por Dios! ¡Por Dios! –repite Mari–. ¿Te duele algo?

–El corazón –lloriquea Sienna–. Yo... –Se soba la nariz–. Lo estropeé todo –gimotea–. Con David.

El «con David» surge junto con un balbuceo lloroso que nos sobresalta a Mari y a mí.

Mari la rodea con el brazo y me mira. «La llevo al baño», articula.

«Buena idea», articulo también, con el rostro tenso mientras asimilo este giro desconcertante.