Capítulo 20. Javi #2
El tipo que me había dado el susto de mi vida cuando entramos –¿era Tim? No, Tripp– se acerca despacio y le toca el hombro a Mari.
–No quiero interrumpir, pero me gustaría saber si tienes algún comentario para hacerme.
Mari sonríe, culposa.
–Ay, tienes razón. Te pido perdón, Tripp. El tiempo se me pasó volando. Hablemos en tu oficina.
Se baja del taburete.
–No creo que tarde mucho, pero no quiero dar por sentado que no tienes nada que hacer. Si quieres…
–Te espero. La estoy pasando bien –digo, señalándola a ella y luego a mí–. Y después puedo acompañarte hasta el hotel.
Sonríe y me echa una mirada, las mejillas ligeramente sonrojadas.
–Me encantaría.
Cuando vuelve, le entrega su tarjeta de crédito a Samir; yo me apresuro para hacer lo mismo y tomo la mía del bolsillo.
Nos miramos a los ojos esperando que Samir regrese. El silencio me está matando, así que decido romperlo.
–¿En qué piensas?
Mari se introduce en mi espacio personal, y sus labios rozan mi oreja. Despacio, tan despacio que casi me convenzo de que lo imaginé, dice:
–Creo que el universo volvió a reunirnos por una razón. No lo defraudemos.
Recuerdo esa sensación. Porque la experimenté la última vez que estuvimos juntos.
Una necesidad tan feroz que prácticamente me pone de rodillas.
Por Dios, lo que le haría a esta mujer si la situación fuera diferente.
Pero no lo es. Por un acuerdo tácito, Mari y yo jamás exploramos la posibilidad de tener una relación romántica.
El costo siempre superaba los posibles beneficios.
Porque valorábamos nuestra amistad por sobre todo lo demás.
Los novios y las novias iban y venían, pero nosotros nos manteníamos sólidos.
Hasta que yo metí la pata y me borré de su vida.
Por eso sé que en este momento piensa que no soy más que una persona que puede entibiarle la cama una noche.
Justamente la persona que nunca quise ser.
A pesar de lo que me cuesta resistirme, lo hago y me echo hacia atrás.
–Supongo que no tienes la misma resistencia al alcohol que antes.
–No estoy ni un poco borracha –se indigna–, pero si eso es lo que necesitas creer, adelante, créelo.
Samir regresa con nuestras tarjetas de crédito y los comprobantes. Después de firmarlos, Mari señala la salida.
–¿Vamos?
–Vamos –respondo, enganchando mi brazo en el de ella.
Mari se hospeda a un par de calles, en uno de esos hoteles boutique que parecen una casa residencial común y corriente. No hay personal de seguridad, y el bar en la recepción rebosa de personas que sí están claramente bebidas.
–Te acompaño hasta la habitación –le ofrezco.
Me mira con curiosidad, los dientes presionados contra el labio inferior. Después de un instante, pregunta:
–¿Me estás queriendo seducir?
Me detengo y giro para quedar frente a ella, atraído sin remedio por la chispa en sus ojos y el atisbo de picardía en su sonrisa.
–¿Eso es lo que quieres que pase?
Aprieta los labios, juguetona; alza apenas los hombros como única respuesta.
Coquetear con Mari es un territorio no explorado.
Una dinámica que nunca experimentamos de lleno cuando estudiantes porque no estábamos preparados para cruzar el límite platónico de nuestra amistad.
Tampoco sé si estoy preparado ahora, pero, por Dios, estoy muy tentado a hacerlo.
Mari entrelaza su mano con la mía y me conduce al lugar donde están los elevadores. Mientras subimos, nos quedamos uno junto al otro, con las manos aún unidas, mis dedos junto a los suyos.
–¿Cuánto tiempo te quedarás aquí? –pregunto.
–Me voy mañana por la tarde.
–¿Volverás pronto?
–No, que yo sepa. O sea, viajo varias veces al año, pero no tengo ningún plan concreto. ¿Por qué?
–Se me ocurrió que podemos vernos otra vez.
–Ajá. –Es todo lo que responde.
Al llegar al piso correspondiente, salimos del elevador y la sigo. Se detiene frente a la puerta y señala:
–Es acá.
–Bien. –Asiento con la cabeza–. Tienes mi número. Espero que lo uses.
Mari me sostiene la mirada durante un momento largo.
–¿Me vas a responder?
–Sí.
Respira hondo y deja salir el aire despacio; luego me atrae hacia sí para abrazarme. Junto a mi oreja, susurra:
–¿Por qué no te quedas un rato más? Conmigo.
No hay forma de decir que no a lo que parece estar ofreciéndome, y aun así es lo que hago.
–Volver a verte fue realmente fabuloso –comienzo, dando un paso hacia atrás y apretando su mano– y entiendo el impulso, pero estamos más grandes y, quizás, más sabios.
Puede ser que el universo nos esté diciendo que nos necesitamos.
Y sí, carajo, tengo que decirlo: extraño a mi amiga. Así que no vayamos por ahí, ¿sí?
Me clava una mirada de ojos refulgentes.
–Te odio un poco por saber qué decir en cada momento.
–Es un don que pongo en práctica solo de vez en cuando.
–Pero tengo que ser honesta. Estaba ansiosa por conocer tu pene.
Se pone bizca y saca la lengua, y yo no puedo contener la carcajada.
Me inclino hacia adelante y le estampo un beso fraternal en la frente.
–Cuídate. Y llámame. Si quieres.
–Lo voy a pensar –retruca, torciendo la boca en una sonrisa alegre.
Dije todo lo posible para persuadirla de que me diera una segunda oportunidad.
Ahora depende de Mari. Camino de regreso al elevador con un peso en el pecho que no coincide con la dicha que siento por haber estado otra vez en su presencia.
Me doy vuelta y llego a ver cómo entra en la habitación y cierra la puerta.
Sería un final muy cruel si nuestra historia terminara aquí; pero, de ser así, el único culpable sería yo.