Capítulo 20. Javi
Dos años y dos meses antes de la boda
Debería explicarle a Mari por qué desaparecí como un fantasma todos esos años.
Decirle que me preocupaba que nuestra relación interfiriera con sus objetivos.
Que no le permitiera avanzar. Pero también que estaba totalmente perdido por ella.
Que me perturbaba el beso que nos dimos en esa fiesta.
Que me había quedado sin trabajo una semana antes de ese viaje fatídico a Los Ángeles y no había tenido las agallas para contárselo.
Que ya había comenzado a alejarme en mi mente porque no podía permitir que me viera derrotado.
Entonces, ¿qué tan buen amigo podía ser?
Podría explicarle que la actitud de su padre empeoró la situación.
Que dejó absolutamente en claro que yo no iba a ninguna parte mientras que Mari estaba sin duda destinada a la grandeza y que yo no haría más que impedir ese progreso.
Podría contarle incluso que jugueteé con la idea de provocar una pelea con ella y así generar una excusa clara para terminar la relación, pero que deseché el plan porque no quería de ninguna manera sugerir que ella pudiera tener la culpa.
Podría confesarle que, en el vuelo de vuelta a Nueva York, decidí que mandaría al carajo a su padre y a mi inseguridad, que ella podía ser mi mundo si tenía la valentía para decírselo.
Pero que, una semana después, hice lo que me aconsejó no hacer y acepté la oferta magnánima de mis hermanos de ser su asistente personal, su mandadero, su lacayo o como se lo quiera llamar.
Porque necesitaba comer. Porque tenía un título de pregrado que parecía fantástico en los papeles pero que no valía nada en absoluto en la vida real.
Porque vivía en una casa que mis hermanos compraron con el dinero que ganaron con la banda que yo empecé y porque necesitaba ahorrar para huir de ahí.
Podría contarle que les servía el café, les iba a buscar la ropa a la tintorería y les compraba los regalos para sus novias.
Que renuncié el día que Manny me llamó a mitad de la noche para pedirme que fuera corriendo a una farmacia a comprarle una caja de preservativos.
Pero no quería que Mari viera nada de eso.
No quería que conociera esa versión de mí.
Por eso no respondí sus mensajes. Porque ella no me necesitaba a mí como yo la necesitaba a ella.
Y porque era mejor aceptar que nuestra relación había llegado a su techo.
Claro, podría decirle todo esto ahora, pero ocurrió hace tanto y...
¿Qué sentido tendría de todos modos desenterrar el pasado?
Nada de eso me haría quedar bien. Para peor, sacar el tema de cómo su padre me hizo sentir podría generar tensión entre nosotros; porque, aunque el tipo no me importe ni un poco, es el único familiar de Mari en Estados Unidos y ella tiene una actitud protectora hacia él.
Así que acepto el indulto que me concede y me consuelo con los hechos: le va bien; no, mejor que eso, es exitosa.
Y no parece guardar rencor. No sé a ciencia cierta si haber desaparecido marcó una diferencia positiva en su futuro, pero voy a simular que así fue.
Fijo la mirada en la condensación que se formó en el lado externo de mi vaso e inhalo para darme fuerzas. Cuando levanto los ojos, Mari me está observando con una sonrisa cómplice.
–No le des tantas vueltas, ¿sí?
Bajo el mentón, avergonzado.
–Quizás tengas razón. –Intento redireccionar la conversación y tomo el camino del tema que menos me gusta–. ¿Cómo está Luiz?
–Mi padre está bien. Le gustaría aflojar las riendas en el trabajo, pero no puede dejar de microgestionar todo.
–¿Se llevan bien?
–Tan bien como podemos estar. –Se encoge de hombros–. Somos como el agua y el aceite.
«Como el agua pura y el aceite rancio, agregaría yo».
–Siempre ha sido igual –continúa–. Lo único que tenemos en común es nuestro amor por la profesión.
–¿Les va bien?
–Nos va fantástico. Estamos a pleno y no hay señales de que la actividad disminuya.
Estamos pensando en expandirnos a Nueva York, inclusive.
Estoy tanteando el panorama con algunos clientes, la mayoría son amigos que valoran el asesoramiento gratis.
Tengo la esperanza de orientar la cultura del estudio en una dirección diferente cuando mi padre se retire.
De concentrarme en clientes más pequeños que produzcan contenidos con mayor impacto.
Al menos ese es el objetivo a largo plazo.
–Me alegra que todo haya salido acorde al plan, entonces. –Ladea la cabeza, con el ceño fruncido–. Quiero decir, me alegra que el negocio vaya bien. –Y agrego–: ¿Cuál es la idea? ¿Dirigirás el estudio algún día?
–Nunca nos sentamos a charlarlo, pero sí, esa es la idea. O lo que me gustaría que ocurra, debería decir. Pero necesito algunos años más de fogueo antes de siquiera considerar la posibilidad.
–Si quieres llegar ahí, llegarás.
–Gracias por el voto de confianza.
No debería preguntarle por su vida amorosa –no es de mi incumbencia–, pero no puedo contenerme.
–No veo ningún anillo.
–No soy de las que usan anillo –responde con un guiño. El silencio se instala entre nosotros hasta que agrega–: Si hay una pregunta que te mueres por hacer, hazla y listo.
Pongo los ojos en blanco.
–¿Estás sola?
–Sí.
–¿Sales con alguien?
–Salgo. Pero no con alguien en particular. O no salgo exclusivamente con alguien. La situación es ardua hoy en día. Soy incapaz de detectar una bandera roja aun cuando la agitan frente a mis ojos. Además, me aburro enseguida.
–Yo también estoy solo.
–No recuerdo haber preguntado nada, pero gracias por compartir.
–Siempre la misma arrogancia, veo.
–Sigue alabándome –murmura, batiendo las pestañas mientras hace girar el sorbete del cóctel en el vaso–. Los elogios son como un fetiche para mí.
Me humedezco los labios y dejo escapar lentamente un soplido.
–¿En serio?
Se inclina hacia adelante, apoya la mano sobre mi muslo y lo aprieta apenas.
–Claro que sí.
El corazón se me acelera, y un aluvión de adrenalina fluye dentro de mí. Esta Mari adulta es diez veces más segura que su versión más joven, pero igual de cautivante. Seguramente rompió varios corazones en el tiempo en que no nos vimos.
Me la quedo mirando, tratando de asimilar a esta nueva persona.
Es muy probable que haya malinterpretado mi silencio como una reacción negativa a su coqueteo; por eso, se acomoda en el asiento y carraspea.
–¿Cómo están tus padres? ¿Dónde estás viviendo? ¿Tus hermanos ya se mudaron? Cuéntamelo todo.
–Está bien, está bien –río–. Mis padres están bien.
Se inscribieron en una liga de bolos, aunque no lo creas.
Viajan. Casi siempre para ver a la familia en Puerto Rico, pero algo es algo.
Se la pasan hablando de que quieren abrir un camión de comidas, pero no se ponen de acuerdo en qué clase de comida vender.
Me mudé, pero comparto el lugar con otras tres personas porque el costo de vida en esta ciudad es irracional.
–Te creo. –Asiente con la cabeza–. Una vez me hospedé en una habitación de hotel tan diminuta que me podía lavar las manos en el baño sin levantarme de la cama.
No parece haber ningún juicio de su parte, aunque quizás las esperanzas de que mi situación actual no le llame la atención sean solo una proyección mía.
–¿Y tus hermanos? Manny y Leandro, ¿no?
–Exacto. Siguen cantando. No tanto como antes, pero los invitan a festivales y esas cosas. Manny no ha dejado de ser un playboy , pero Leandro se casó y tiene una hija. Ana Luz. Es la criatura más dulce del mundo.
–Ahh… Eres tío. –Me frota el brazo, burlona–. Qué lindo.
Me muevo, acercándome más; disfruto de su caricia juguetona y quiero que se repita.
Al registrar mi movimiento, sonríe, tímida.
–¿Cómo están las cosas entre los tres?
–¿Entre mis hermanos y yo? –Me encojo de hombros–. Bien. En estos años, siempre han tratado de justificarse, pero no me interesa lo que tengan para decir de la banda. Eso quedó en el pasado para mí.
–¿En serio? –Levanta una ceja para expresar su duda.
–Sí.
–Si tú lo dices…
–¿Y tus amigas de Belmont? –pregunto para cambiar de tema–. Sasha y Brittany. ¿Sigues en contacto con ellas?
–Por supuesto. No nos vemos en persona tanto como quisiéramos, pero las videollamadas son una bendición.
Sasha vive en Chicago y es asesora estrella de marketing .
Brittany trabaja como mano derecha del chef en una empresa de servicios de gastronomía en Virginia.
Su jefe es un tirano al que ama en secreto.
–Qué complicado.
–Pero es totalmente típico de Brittany. Lo más seguro es que se casen en menos de un año.
–Qué loco. Sasha y Brittany. No las veo desde que nos graduamos.
–¿Y tu compañero de habitación? El que estaba siempre drogado. ¿Cómo se llamaba?
–Jeremy. Sí, sigo en contacto con él. Tiene un puesto importante en finanzas en Los Ángeles.
–El drogón ahora es un ricachón –bromea.
Me río. Todo resulta muy fácil, carajo; me odio por haberme alejado de ella. Mari es única. No hay muchas personas con las que me lleve tan bien y tan rápido. Nuestra relación cuando éramos estudiantes no surgió por casualidad. No. Fue ella. Fuimos nosotros. Una conexión que no volvió a repetirse.
Media hora más tarde, Mari ya me ha contado sobre su vida en Los Ángeles, y todo es tan...
maduro. El piso que se compró en un condominio en Culver City.
El club internacional de libros y comidas al que se suscribió unos meses atrás.
La jovencita que la persigue como una sombra en el trabajo porque le interesa la abogacía (y a la que Mari intenta desesperadamente disuadir para que no sea abogada).
Los paneles sobre equidad e inclusión en Hollywood que organiza el estudio, un evento mensual que convoca a distintas ramas de la industria y que su padre auspicia porque ella lo convenció.
Parece satisfecha. Asentada. Contenta con sus elecciones de vida.
Para ser franco, cuando crezca, quiero ser como Mari.