Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 19. Mari
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Capítulo 19. Mari

Dos años y dos meses antes de la boda

Soy mezquina cuando la situación lo justifica.

Esta inspección de instalaciones es una prueba de ello.

En especial, porque les pedí a mis clientes que llegaran al límite de la maldad.

Bueno, es justo después de todo. Javi desapareció como un fantasma durante años.

¿Por qué no pagarle con la misma moneda?

En lo que se refiere a los fantasmas, digo.

Tal vez no debería haberlo invitado, pero siempre tuve cierta debilidad por Javi, y el paso del tiempo adormeció el dolor de su rechazo.

No es que planee retomar nuestra amistad.

No, eso quedó en el pasado. Sin embargo, ahora que somos adultos, quiero saber por qué decidió alejarse de mi vida. Digamos que es curiosidad.

Javi viene callado detrás de mí, mientras se acostumbra al ambiente intencionalmente ominoso. Tengo que admitir que el crujido de las tablas en el suelo es un buen toque.

–¿Qué es este lugar? –susurra.

–Forma parte de la experiencia. Es para evocar la sensación de que estás cometiendo un ilícito.

La película protectora que cubre el suelo rechina con cada paso. Unos metros más adelante, me resbalo con algo húmedo. Es un peligro que hay que quitar de la versión final de la atracción nocturna, pero, en este momento, me divierte.

Como yo también tengo un personaje que interpretar, lanzo un aullido exagerado.

–¡Ay, Dios! ¿Eso es sangre?

Javi busca su teléfono y apunta la luz hacia el suelo.

–Es un líquido rojo, de eso no hay duda. Carajo, ¿acá hubo un crimen, Mari? ¿Conoces bien a estos clientes?

–Me autorizaron a hacer la inspección unos minutos antes de entrar. No creo que se haya cometido un crimen en ese lapso. Soy una ridícula. Seguro que es pintura.

–Si en dos segundos no lo averiguamos –murmura Javi–, nos vamos.

Una silueta aparece de repente junto a las escaleras y, antes de que descifre quién o qué se supone que es, huye.

–¡Mierda! –exclama Javi–. ¿Qué fue eso?

–¿Qué cosa? ¿Qué cosa? –susurro, imitando un temblor en la voz para que piense que estoy tan alarmada como él–. No vi nada.

–¿No viste a esa persona? –pregunta con voz tensa–. Se escurrió como rata de metro. Es más, una rata de metro se te quedaría mirando mientras arrastra una porción de pizza por las vías. Esto fue diferente.

Lo miro.

–No estarás alucinando, ¿no?

Incluso en la oscuridad, advierto que entrecierra los ojos color café.

–Justamente ese es el punto: estoy viendo cosas.

Antes de que pueda responderle, alguien lo palmea en el hombro. Javi da una voltereta en el aire cual gimnasta olímpico, gira sobre su eje y lanza un alarido:

–¡La puta madre! –En milisegundos, cae sobre sus pies, me esconde detrás de él y extiende los brazos hacia adelante como si se preparara para una trifulca.

Lo que tenemos frente a nosotros se parece a un zombi. La piel gris y escamosa perforada por balas, la boca de dientes sucios y amarillentos (le faltan los caninos) y sanguijuelas incrustadas en el torso desnudo. Si no fuera parte de la broma, correría como un rayo hacia la puerta.

–En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén –recita Javi–. ¡Váyase, demonio!

Fingiendo terror, pego la parte delantera de mi cuerpo a la espalda de Javi.

–¿Estás rezando?

–No sé qué carajo estoy haciendo –musita–. Lo único que quiero es que esto sea un delirio febril y despertarme. ¿Tu opinión sobre mí cambiaría si me meo en los pantalones? Porque, definitivamente, es una posibilidad.

Se me escapa un bufido y, después de eso, no logro contenerme. Apoyo las manos sobre las rodillas y me echo a reír con ganas, los ojos llorosos. Me hubiera gustado seguir por más tiempo, pero me es imposible.

Javi gira sobre los talones de golpe.

–¿Te estás riendo?

Me incorporo despacio y le guiño un ojo.

–¡Caíste!

El zombi carcajea, e inmediatamente reconozco la voz de Tripp Holdings, uno de los dueños de esta aventura espeluznante.

–¿Eres tú, Tripp?

–El mismo –confirma; su sonrisa amplia le da una apariencia mucho menos intimidante que hace unos minutos. Se aleja con paso cansino y, después de unos segundos, las luces del sótano comienzan a parpadear hasta encenderse… débilmente. Tripp mira a Javi y dice–: Les doy un momento.

Javi tiene los ojos fijos en mí, el rostro contraído en una expresión que sugiere que está, en parte, molesto y, principalmente, desconcertado.

–¿Qué está pasando?

–Es una broma, nada más. –Sonrío.

Su expresión se relaja.

–Ah, te la estás cobrando, supongo.

No sabía si me daría el pie para decirle las cosas de frente. Estaba preparada para ser cordial y dejar el pasado atrás, pero ahora que admite lo que ocurrió entre nosotros, la acidez que me prometí suprimir emana por los poros. En respuesta a su mirada, le clavo los ojos.

–Entonces estás de acuerdo con que correspondía cobrármela.

Suspira, gira con la cintura hacia adelante y hacia atrás y observa el lugar. No hay mucho para ver. El salón es enorme, pero no tiene muebles, y la única decoración es la pintura negro alquitrán que cubre las paredes.

–¿Nos sentamos en algún sitio a conversar? –propone.

–Ah, ¿ahora quieres hablar? ¿Seis años después?

Hace una mueca.

–Tienes todo el derecho de estar furiosa conmigo. No me debes nada, Mari. Pero ten en cuenta que era joven.

–Y tonto –agrego.

–Eso también. –Sus labios se curvan en una sonrisa prudente.

–Bueno, entonces, déjame invitar a este tonto con un trago.

Le hago una seña para que me siga por un corredor angosto que conduce al núcleo de la idea de mi cliente: un bar y lugar de reunión con una ambientación inquietante pero sensual.

Hay mucho para apreciar. Mesas altas tapizadas en terciopelo grueso color vino, dentro de jaulas de hierro forjado.

Lámparas de techo negro noche con tulipas con forma de cuervos que derraman caireles por los picos.

Taburetes para dos personas, de cara a la barra, enmarcados por púas doradas y brillosas.

La mandíbula de Javi se desploma mientras observa el lugar.

–¿Qué es esto?

Trepo a uno de los taburetes y me deslizo hacia un costado para que pueda sentarse.

–Se llama Sustos de Viernes por la Noche. Una suerte de mansión embrujada y bar clandestino.

–Bien. Hacer que alguien se cague en los pantalones para después atiborrarlo con alcohol suena muy lógico.

Reprimo las ganas de reírme.

–Mi trabajo no es juzgar las ideas de los clientes, sino garantizar que esas ideas no conduzcan a una demanda legal.

–Me parece correcto –responde, acomodándose a mi lado.

El hombre que atiende la barra, socio de Tripp desde hace muchos años, se acerca sin que lo notemos; tiene el cabello entrelazado con serpientes que parecen reales y una capa pesada de brocado.

–Hola, nena. ¿Te interesaría un cóctel?

–Hola, Samir. Me interesarían tres, pero me quedo con uno por ahora. –Hago un gesto señalando a Javi y agrego–: Él es Javier. Nos conocimos en la escuela de pregrado.

La mirada de Javi se cruza con la mía antes de aceptar la mano extendida de Samir. No tiene ningún derecho a estar ofendido por la descripción en extremo precisa del comienzo de nuestro vínculo.

–Un gusto.

–Lo mismo digo. –Samir gira sobre sus talones y toma una carta del estante con las bebidas–. Aquí tienen. Díganme qué prefieren.

Curioseo las descripciones de los cócteles y le paso el menú a Javi.

–Voy a probar el martini Momia.

–Para mí, un agua gasificada nada más, gracias –responde Javi y le devuelve la carta a Samir–. El Conde Vódkula parece tentador. El vodka Belvedere es una buena opción. Podría decidirme por ese también.

Samir inclina la cabeza, sus ojos cada vez más grandes por la sorpresa.

–¿Eres barman?

–Los fines de semana –aclara Javi.

–Muy bien, entonces. Un martini Momia y un agua gasificada –repasa Samir. Al alejarse, lanza una risotada siniestra. Observamos la actuación con las cejas levantadas–. ¿Me excedí? –consulta cuando advierte nuestra reacción decepcionante ante su carcajada teatral.

–Necesitas trabajarla más –respondo en un acto de caridad.

–Tomo nota –dice Samir, divertido.

Cuando ya no puede oírnos, giro la cabeza hacia Javi.

–Eso responde una de mis preguntas. Eres actor de lunes a viernes y barman los fines de semana.

–Lo que es irónico, porque pongo la peor cara de póker del mundo y no puedo beber mucho sin emborracharme. –Alza un dedo en el aire como si recién se acordara de algo–. Ah, y estoy trabajando en mi gran ópera prima.

–¿El musical?

–Sí. –Baja el mentón–. Todavía.

–Eso quiere decir que estará muy bien macerado cuando lo termines. ¿De qué se trata?

–El título provisorio es La sala de correo .

Se trata de un grupo de empleados de una empresa anónima.

Se filtra el contenido de un memo interno y todos se enteran de que hay un plan para ascender a uno de ellos: alguien en la sala de correo subirá de escalafón.

A partir de ahí, los personajes principales piensan en la vida que llevan y en la que quieren llevar. La vida que siempre soñaron.

–¿Cómo se te ocurrió la idea?

–A decir verdad, me inspiré en mi padre –cuenta, sentándose más erguido–. Uno de sus primeros empleos cuando terminó la secundaria fue en una sala de correo en el centro de la ciudad. En Aramark. ¿Conoces esa empresa de alimentos?

Asiento con la cabeza; no quiero interrumpir porque los ojos de Javier brillan al hablar, y la pasión por este proyecto se refleja claramente en su actitud vivaz.

–No importa –continúa–. Mi padre me contó que allí aprendió una gran lección de vida.

Verás, tenía una compañera que siempre llegaba tarde, y los demás le hacían bromas por eso.

Era una mujer mayor que él, de Jamaica. Un día, cuando mi padre se estaba yendo, vio que imploraba a todo el mundo que la acercaran hasta su casa.

Debía estar de vuelta rápido. Mi padre decidió hacerle el favor.

Al llegar, lo invitó con un café. Cuando entró, mi padre se enteró de que esa mujer necesitaba volver lo antes posible para relevar a la persona que cuidaba a su hijo adolescente discapacitado.

–Ah, por eso llegaba siempre tarde.

–Exacto. Después de ese día, nunca más permitió que le hicieran bromas por no llegar en horario.

Supongo que me contó esta historia para enseñarme a ser empático.

Siempre repite que nadie sabe lo que el otro está atravesando y que debemos tener eso en cuenta.

–Levanta los ojos y frunce el ceño, como si no pudiera creer que se dejó llevar por sus palabras.

Es hermoso que algo me haga recordar al chico que una vez conocí.

El que se entusiasmaba de esa manera solo cuando estaba conmigo–.

Así que se trata de personas con vidas difíciles fuera de la sala de correo y de lo que un ascenso podría significar para ellas.

–Con un comentario paralelo sobre proletariado y burguesía, por supuesto.

–Me conoces bien –asiente enérgico.

–¿Y los trajes? ¿Algún muppet de vodevil?

Sonreímos al recordar el proyecto de diseño con el que se graduó.

–Nada de eso –responde después de un instante–. Solo ropa de trabajo común y corriente.

–Este musical… Tiene otro ingrediente, ¿no? Estoy segura de que sí.

Javi asiente; sus labios se curvan en una sonrisa maliciosa.

–El supervisor plantó un memo falso con el fin de aumentar la productividad. Porque él es quien muere por un ascenso. Pero si le cuentas este detalle a alguien, no volveré a hablarte por…

Juguetea con la servilleta.

Disfruto ver cómo se revuelve en el asiento, incómodo. Es placentero de un modo inimaginable.

–Esa amenaza perdió su fuerza, teniendo en cuenta que dejaste de hablarme sin ninguna razón aparente.

–Mari…

–Aquí tienen –dice Samir, alegre, sin percatarse de que está interrumpiendo. Coloca los tragos frente a nosotros y desaparece en una nube de humo, gracias a la bolsa de hielo seco que arrastra al caminar.

Bebo un sorbo del martini y saboreo el toque de café que me golpea la lengua.

–Mira, Javi, ya pasó, ¿sí? Todo ocurre por alguna razón, según dicen. –Es una respuesta superficial que no se corresponde con la relación que teníamos, pero ese es el punto. No tenemos la relación que teníamos, y la culpa de eso se ubica justo entre los hombros de Javi.

Javi, mientras tanto, no quita la mirada del vaso y se mordisquea el labio inferior. Está luchando con sus pensamientos. Lo sé porque entre las cejas se le forma el hoyuelo que siempre aparece cuando se enfrenta con las cavilaciones ponzoñosas de esa mente complicada por demás que tiene.

Somos adultos. ¿A quién cuernos le importa por qué se deshizo de mí hace tantos años? En este momento, Javi es un hombre atractivo que conocí en un viaje de trabajo. A decir verdad, tenemos una historia juntos, pero nada de eso importa.

Es solo un chico.

Un chico al que no me molestaría conocer (una vez más) mientras estoy en Nueva York.

Lo absuelvo de sus pecados y lo indulto con un choque de mi rodilla contra la suya.

–En serio, Javi, no tienes por qué explicar nada. Disfrutemos la noche y veamos qué nos depara, ¿sí?

–¿De veras? –Sus ojos brillan de esperanza, y alivio, y quizás un ligero interés.

–De veras.