Capítulo 18. Javi
Dos años y dos meses antes de la boda
Oigo una voz familiar, y los recuerdos arrasan mi mente. De todas las malas decisiones que tomé –y fueron muchas–, desaparecer como un fantasma de la vida de Mari es de la que más me arrepiento. Pienso en eso todos los días.
No, seguro que la mente me está jugando una mala pasada.
Está armando cruelmente un escenario en el que Mari y yo todavía somos amigos y en el que no la abandono.
Bueno, quizás «abandonar» sea una palabra demasiado fuerte.
Mari no me necesitaba. Yo la necesitaba a ella.
A pesar de eso, la descarté como si no valiera nada. Mierda, qué equivocado estuve.
Pero, a ver, esta persona me llama por mi nombre.
–¿Javi? ¿Javi Báez? –repite.
Levanto la cabeza, y ahí está. Marisol Campos. La amiga que perdí.
Siento un cosquilleo en las manos, y una ola de calor me baña.
Como si la dicha me atravesara el cuerpo y ya no cupiera en un espacio tan reducido.
Luego, la realidad se instala. Lo que yo hice.
Lo que ella no se merecía. Marisol también lo recuerda, parece ser, porque la luminosidad de sus ojos se opaca de golpe y da lugar a una expresión confundida.
A nuestro alrededor, las personas van y vienen, ajetreadas, pero solo tengo ojos para ella.
La recorren insaciables, detectando los cambios marcados por el tiempo.
Está más delgada, especialmente se nota en el rostro, con los pómulos más pronunciados de lo que recuerdo.
El cabello sigue siendo rizado, pero ahora le llega hasta los hombros.
¿Puede ser que esté un poco más claro? La ropa es refinada.
Elegante. Un abrigo suntuoso que se abre a la altura de las caderas, una falda larga que le cubre las rodillas y unas botas de cuero color café que suman centímetros a su estatura.
Todo en ella es… caro. No sé de qué otra manera explicarlo.
Y ahora está esperando que la reconozca.
–Marisol Campos –logro decir.
–Javier Báez.
–No puedo creer que seas tú.
–Lo mismo digo.
Las palabras flotan en el aire; luego caen en picada. Soy el villano. Ella lo sabe. Yo lo sé. Eso me pone incómodo. Preferiría ser invisible y para nada conflictivo. Pero, en esta situación, soy exactamente lo contrario.
Entrecierra los ojos.
–¿Cuántos años pasaron? ¿Seis?
–Seis años y tres meses. –Abre grandes los ojos. Me encojo de hombros y agrego–: Así es. ¿Qué te trae por Central Park? –Carraspeo.
Tan. Poco. Natural.
–Una de mis clientas trabaja en la película. Chanelle Heyward.
Los ojos se me salen de las órbitas. Eso sí que es grande. Chanelle es una de las protagonistas.
–¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
–Soy extra.
Asiente con la cabeza. En realidad, no hay nada para decir. Pero me doy cuenta de que tiene preguntas. O quizás es solo que yo quiero darle respuestas. Las que pueda, al menos.
–Es fantástico volver a verte. ¿Tienes tiempo para ponernos al día? –Las palabras se atropellan, apresuradas–. Podríamos ir a tomar algo por aquí.
Inclina la cabeza, evaluándome. Probablemente a segundos de mandarme a la mierda.
–Vine por trabajo –responde al fin–, y tengo una agenda apretada. No tengo tiempo para que nos pongamos al día, por desgracia. Esta noche tengo que ir a revisar las instalaciones de un cliente. Quizás la próxima vez que esté en la ciudad, ¿sí?
–Claro, claro. Comprendo. Estás ocupada, seguro.
Se mordisquea el labio inferior.
–¿Por qué no vienes conmigo? A ver las instalaciones, digo. Es en Chelsea; no sé si te resulta muy complicado.
¿Una oportunidad de retomar mi conexión con Mari? Aceptaría escalar el monte Everest por algo así.
–No, no es complicado para nada. Lo que quieras, donde quieras. Solo dime la dirección.
Asiente con la cabeza, con una expresión tan vacía que lastima. Es lo que corresponde, pero aun así duele.
–Te la mando por mensaje de texto. ¿El número es el mismo?
–Sí.
–El mío también. –Levanta la vista del teléfono.
Es una acusación. Que se justifica por completo. Después de todo, la fisura entre nosotros es exclusivamente de mi autoría. ¿Qué verá cuando mande la dirección? ¿Verá los últimos mensajes que me envió? Se me retuerce el estómago de solo pensarlo.
Segundos después, mi teléfono vibra. Leo por arriba el mensaje de Mari y noto que se limita a una dirección. Como si fuera lo único que está dispuesta a escribir en estas circunstancias. La comprendo perfectamente. Yo me hice esto. Pero ahora quiero deshacerlo, aunque no lo merezca.
–Estaré ahí, Mari. Te… –Iba a decir «Te lo prometo», pero ese chiste sí que hubiera sido una basura–. Te veo más tarde. Muero por que llegue la hora. –Lo digo en serio.
–Fantástico. –Su sonrisita activa una palanca en su expresión desanimada y me da la esperanza de recomponer la relación como tan desesperadamente quiero–. Nos vemos, entonces.
Se aleja sin mirar atrás, y la observo hasta que desaparece dentro del tráiler de Chanelle Heyward.
No sé lo que me depara el futuro, pero me pregunto si Mari estuvo siempre destinada a ser parte de él. Si esta es mi segunda oportunidad, voy a esforzarme al máximo para no meter la pata.
***
¿Será este el lugar? Es más tenebroso que la mierda. ¿Y por qué algunas ventanas están tapiadas?
Reviso la dirección que Mari me envió y busco la numeración sobre la puerta de entrada del edificio construido en piedra rojiza. El «2» cuelga, a punto de caerse. Sí, es la dirección correcta, pero ¿qué es?
Me sobresalto cuando alguien me toca el hombro.
–¿Qué tal? –me saluda con una sonrisa radiante.
Todavía lleva puesto ese abrigo carísimo, pero ahora con jeans y calzado deportivo.
Me recuerdan a la Mari de antes. Antes de convertirse en una abogada exitosa.
Sí, la busqué en internet –por primera vez en mucho tiempo–, y vi que mi chica les había quitado el puesto a varios.
Este año, la incluyeron en la lista de menores de treinta de la revista Forbes en el área de leyes y política.
Un año antes, la Asociación Regional de Abogados la nominó para un premio por el desempeño alcanzado a su edad.
No encontré ninguna cuenta de Instagram (la antigua estaba desactivada), así que no sé nada de su vida privada, aunque las redes tampoco son una fuente confiable.
De algo sí estoy seguro: Mari va en camino a la grandeza, mientras que yo ni siquiera sé qué dirección tomar.
–¿Tenemos que entrar ahí? –Señalo el edificio.
–Sí –afirma con un movimiento enérgico de cabeza–.
Tengo que inspeccionar el edificio para asesorar a mis clientes sobre cualquier posible problema legal.
Quieren abrir al público cuanto antes. Como planean vender bebidas alcohólicas, es importante minimizar las chances de demandas.
Les dije que vendrías conmigo y no tuvieron inconveniente.
Pensé que después podríamos seguir hablando en un bar.
–Me parece buena idea –digo, tratando de espiar por una ventana sin cortinas–. ¿Es decir que este lugar es como un bar clandestino moderno?
–Algo así –sonríe con ganas–, pero el alcohol es legal, claro está.
–Me refería a la atmósfera.
–Ya sé a qué te refieres, pero no quiero anticipar demasiado. Será mejor que vivas la experiencia tú mismo. –Con un gesto, me indica el tramo corto de escalera que conduce a un sótano–. ¿Entramos?
La sigo hasta la entrada y, de repente, la puerta se abre… aparentemente sola. La oscuridad es total, pero una niebla, o quizás es humo, emana del interior.
Estoy listo para correr y arrastrar a Mari conmigo, pero ella cruza el umbral y comienza a mirar a su alrededor, con el teléfono en mano como si se dispusiera a tomar notas.
Supongo que estamos haciendo lo correcto… Lo que quiera que eso sea.
Me persigno, me acerco a la puerta y entro con ella.