Capítulo 17. Mari
Dos años y dos meses antes de la boda
Eviscerar verbalmente a los manipuladores es la mejor parte de mi trabajo. Mi plan para hoy es ese; por lo tanto, me dirijo rauda hasta un rodaje en exteriores en el Central Park de Nueva York.
Chanelle Heyward es una clienta y una amiga. No es de las que toleran a los tontos con una sonrisa ni se pone nerviosa fácilmente. Sin embargo, está a punto de colapsar. Esta visita al mediodía tiene como objetivo calmar sus nervios y dar algunos coscorrones.
Un guardia de seguridad me detiene en la barrera para vehículos.
–¿Puedo ayudarla en algo?
–Hola, me llamo Marisol Campos. Vine a ver a Chanelle Heyward, una de las protagonistas de la película. Soy su abogada.
–¿Tiene alguna identificación? –Me observa de arriba abajo.
–Por supuesto. –Pesco el tarjetero del bolso y le extiendo la licencia de conducir–. También tengo las tarjetas de membresía de algunos bares en California y en Nueva York, por si necesita verlas.
Revisa la licencia y me la devuelve.
–No es necesario. La señorita Chanelle me avisó que vendría. Está en el tráiler «B». Siga el sendero para bicicletas y lo encontrará a la derecha.
–Gracias –respondo, con el gesto universal de asentir con la cabeza.
Tardo unos pocos minutos en encontrar el tráiler de Chanelle; uno doble, que comparte con otras dos protagonistas.
El lugar de filmación está a veinte metros.
Enseguida detecto el origen de los problemas de Chanelle: a un costado, un tanque de agua y, a pocos pasos, múltiples rociadores distribuidos en forma de círculo.
Como era de esperar, decenas de personas van y vienen alrededor.
Un maquillador se desplaza de actor en actor para controlar los rostros y, cada tanto, tomar un elemento de su delantal y hacer un retoque.
Mientras tanto, una mujer blanca de mediana edad (probablemente la encargada del área) golpea las manos impartiendo órdenes al equipo de desganados a su mando.
Antes de siquiera golpear, la puerta del tráiler de Chanelle se abre de par en par.
–Gracias a Dios que viniste –me lanza.
Me apresuro a entrar y me quito el abrigo y los guantes. El tráiler es espacioso, cálido y luminoso; me complace ver también que está limpio y equipado como corresponde. De no ser así, estaría más enojada de lo que ya estoy.
Como de costumbre, Chanelle se ve fabulosa. El maquillaje natural resalta su impoluta tez morena, y la melena recta que le llega a la altura del mentón encuadra su rostro a la perfección. Me cuesta creer que alguien quiera arruinar su apariencia.
–Cuéntame las novedades –digo, mientras ubico un espacio para sentarme en el sofá para dos apoyado contra el tabique del fondo.
–Hice exactamente lo que me sugeriste –explica, caminando de un lado al otro frente a mí–.
Les dije que no filmaría la escena si no me aseguraban que habría un estilista en el lugar de filmación que arreglara el desastre que la lluvia haría con mi cabello.
Declan bufó. Dijo que no tenía tiempo para esas tonterías.
Que el tiempo es dinero. Y que yo le hacía perder tiempo.
Luego se fue de mal modo. El tiempo, el tiempo, el tiempo, es lo único que le importa.
–Se frota las manos–. Fue muy incómodo. No quiero ser de esas que arman un escándalo, pero se trata de mi carrera, de mi marca.
¿Por qué tengo que parecer una muñeca con peluca de chía?
Que contraten a alguien que sepa texturizar el cabello.
Contengo las ganas de reírme.
–En primer lugar, tú jamás te parecerás a una muñeca con peluca de chía. Al payaso de la película It , quizás sí.
–Desgraciada –se defiende Chanelle, y me arroja una servilleta. A pesar de eso, sonríe, lo que era, precisamente, mi objetivo.
–Segundo, no existe el «de esas» cuando hablamos de equidad. Ellos deben propiciar un entorno inclusivo. Si eso exige contratar un estilista extra, que lo hagan.
–¿Hablarás con Declan, entonces? –pregunta.
–Claro. ¿Está por aquí?
–Sí, están filmando tomas secundarias. Suspendió todo hasta que, según sus palabras, «se me pase la histeria».
–¡No! ¿En serio dijo eso? –Entrecierro los ojos.
–Sí, en serio.
–Espera aquí. Enseguida vuelvo.
Chanelle se muerde el labio mientras mira cómo me coloco el abrigo y los guantes.
–Buena suerte.
–No la necesito –le aclaro, acomodándome las hombreras.
Una vez afuera, dirijo la vista hacia el lugar de filmación y enseguida ubico a Declan hablando con alguien del equipo de producción.
Aunque no sobresale por su reputación, es un director consagrado con un toque mágico.
Los hombres difíciles pero talentosos como él abundan en Hollywood, y hay que ponerse a resguardo de las balas cuando inevitablemente abren fuego.
Declan continúa hablando mientras advierte que me acerco.
Sus ojos lanzan chispas de fastidio, pero enseguida oculta la irritación.
Sabe que no sería inteligente meterse con una reconocida abogada que trabaja para un estudio famoso dedicado a la industria del entretenimiento.
Estoy aquí para dejarle eso bien en claro.
Cuando la persona del equipo se va, le extiendo la mano.
–Qué bueno verte otra vez, Declan.
Retira la mano.
–Tengo los dedos manchados. Sería una pena que se ensucie ese atuendo tan elegante.
Sospecho que los dedos de Declan están limpios y que rechazar mi saludo es un juego de poder en su mente poco imaginativa. No me molesta ni un poco.
–Sí, claro, te agradezco la gentileza. Oye, no quiero robarte mucho tiempo. Por lo que me contó Chanelle, tu idea es rodar una escena bajo la lluvia y, acto seguido, otra en un restaurante. Como sabes, a ella le preocupa mucho que se le moje el cabello.
–Señorita Campos –pone los ojos en blanco–, Chanelle puede hacer lo que se le plazca para solucionar ese problema. No soy estilista.
–Nadie te está pidiendo eso, Declan. Te estamos pidiendo que cumplas las normas de equidad e inclusión impuestas por el acuerdo con el sindicato de actores.
Se para más erguido.
–No tengo idea de qué está hablando.
–Deberías. Igual te voy a enviar una copia.
Figura en el contrato de Chanelle; el acuerdo se incorporó como apéndice.
En síntesis, si no cuentas con nadie capacitado para tratar su cabello, ella puede conseguir un profesional y recibir el reembolso.
Las personas de la industria no entienden bien la forma en que este acuerdo se implementa en la realidad.
Pero como noticia periodística, podría ser convocante. ¿Cómo quieres proceder?
Se me queda mirando por un momento extenso; luego deja escapar un soplido de hartazgo.
–Leeré el acuerdo esta noche; después la llamo –responde entre dientes.
–¿Y dejarás en suspenso la escena del restaurante por ahora?
–Está bien –cede; se le ensancha la nariz–. La grabaremos cuando el asunto del cabello se solucione. Pero, con esto, el cronograma se va al demonio. Ahora tengo todos estos extras sin nada que hacer.
–Lo lamento, pero aprecio que aceptes respetar el acuerdo.
–¿Algo más? –concluye, los brazos cruzados sobre el pecho.
–De mi parte, no.
–Gracias a Dios. –Ni siquiera intenta decirlo en voz baja.
Le envío un mensaje rápido a Chanelle para que sepa que la escena del restaurante se posterga hasta próximo aviso; luego inhalo una bocanada profunda del aire gélido; el perfume de mi enemigo recién eviscerado me llena de vigor.
Recorro el lugar con la mirada, y la vista rápidamente se enfoca en los actores que deambulan por ahí, a la espera de decir sus líneas.
Uno de ellos atrae mi atención de inmediato. Yo conozco a ese tipo.
Un tsunami de situaciones me inunda la mente: cuando lo desafié en clase, cuando me senté junto a él en el parque de Belmont, cuando lo ayudé la noche previa a la graduación, cuando lo besé en la mesa de pool .
Santo Dios, eso fue hace tanto y, aun así, los recuerdos parecen tan cercanos que casi puedo tocarlos.
Estupefacta, camino hacia él, con el corazón desaforado en el pecho. Cuando lo alcanzo, articulo la única palabra que mi cerebro puede procesar.
–¿Javi?