Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 16. Mari
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Capítulo 16. Mari

En la actualidad

Los típicos mensajes de mi madre acusándome de que no me acuerdo de ella me hacen reír. El drama en persona. Agregué un recordatorio para llamarla esta noche y reiterarle que no necesita viajar antes. En serio tengo todo bajo control.

Estoy apoyando el teléfono cuando mi padre aparece en la puerta de mi oficina.

–¡Buenas noticias, Marisol! –Entra raudo con unos papeles en la mano y una sonrisa enorme. Con una soltura poco característica en él, despliega los papeles sobre el escritorio.

–¿Qué es? –pregunto, inclinándome hacia adelante para acomodarme en el asiento. Debo reunirme en diez minutos con un posible cliente, así que no es el momento ideal para analizar ningún documento en detalle.

–Es un contrato nuevo con la finca Crystal Canyon. –Sube y baja las cejas y menea el torso como si bailara.

Me enderezo en mi asiento, aprieto los labios e inclino la cabeza hacia atrás para estudiarlo.

¿Finalmente los alienígenas se infiltraron entre nosotros y enviaron dobles de cuerpo sin habilidad para imitar bien a los humanos?

Porque no hay duda de que este hombre se parece a mi padre, pero no actúa como él.

Para empezar, Luiz Campos no sube y baja las cejas.

Y en cuanto al meneo, no tenía idea de que siquiera pudiera moverse de la cintura para arriba.

Un momento, ¿dijo «finca Crystal Canyon»? Por Dios, el lugar donde festejaremos la boda. ¿Qué hizo? Me abalanzo sobre los papeles para inspeccionarlos mejor.

–¿Qué es esto? ¿Qué cambió?

Introduce las manos en los bolsillos de los pantalones de vestir e infla el pecho. Mi padre no es una persona en exceso demostrativa ni afectuosa. No hay mucho más que el dinero (o la posibilidad de ganarlo) que lo entusiasme de esta manera. Un escalofrío me recorre de arriba abajo.

– Se calma , Marisol. Está todo bien. Fantástico, diría yo.

Estuve pensando en que eres mi única hija y quería hacer mi parte, así que pagué para mejorar el servicio.

En pocas palabras, nos darán exclusividad por todo el fin de semana e incluirán una visita a los viñedos después de la degustación de vinos.

– Pai , no era necesario –respondo, y quiero decir exactamente eso–. Podemos perfectamente limitarnos a nuestro presupuesto.

–No, no, esa es la cuestión. –Niega con la cabeza–.

No tienes por qué limitarte. No quiero que prestes atención a los gastos de esta boda.

Y tampoco quiero que tu madre me recrimine por no haber hecho lo suficiente.

Además, Alex y tú merecen casarse con estilo.

Al fin y al cabo, es algo que harán solamente una vez, ¿no?

–Esa es la idea –digo inexpresiva.

Lo que mi padre no entiende es lo siguiente: elegí la finca Crystal Canyon porque el entorno natural es exquisito.

No requiere ningún embellecimiento ni agregado ni nada de lo que mi padre tenga en mente.

Alex y yo queremos una boda íntima para celebrar con las personas que amamos.

Pero, como siempre, mi padre está obsesionado por sobresalir frente a los invitados y, en especial, frente a mi madre, como si a ella le importara.

Si no lo vigilo de cerca, contratará al Cirque du Soleil para la recepción.

Teniendo en cuenta que su objetivo parece ser convertir esta boda en un circo, eso sería absolutamente adecuado.

De todos modos, debo cuidar la manera de contener el entusiasmo de mi padre; como no surge muy seguido, será mejor que no lo aplaste por completo.

–Con respecto a la boda, Alex y yo pensamos que menos es más –comento, cauta–. Tú tienes tu estilo, y nosotros, el nuestro. Te agradezco que quieras colaborar, pero por favor consúltame antes de hacer cualquier cambio.

Me palmeo la espalda internamente. Se sintió bien decir eso en voz alta.

–Está bien, está bien. –Extiende los brazos con las palmas hacia adelante–. No sabía que un padre que le regala a su hija la boda de sus sueños podría convertirse en un problema.

«La boda de tus sueños», pienso.

Me pongo de pie, rodeo el escritorio y lo beso en la mejilla.

–Me espera alguien en la sala de conferencias «A». ¿Seguimos hablando después?

–Sí –dice con el ceño fruncido.

Toma el contrato de mi escritorio y sale detrás de mí.

Caminamos a la par en dirección a la sala de conferencias más pequeña de las dos que hay en el estudio.

Algunos de los empleados administrativos bajan la cabeza cuando pasamos frente a sus cubículos.

Ese es el efecto Luiz Campos: todos quieren ocultarse cuando el jefe huraño está cerca.

A veces me alegra pensar que no provoca esa reacción en mí; luego recuerdo que es mi padre y me entristece tomar esa falta de intimidación como una victoria.

El padre de Sasha la rodea de amor y afecto; lo más probable es que mi padre me rodee de críticas.

«Debes ser más agresiva, Marisol».

«Ese peinado es un poco atrevido para un ambiente de negocios, ¿no te parece?».

«No somos una organización benéfica».

Es cierto, ya no me amedrento en presencia de mi padre. Pero tampoco muestro lo mejor de mí.

Llegamos a la sala de conferencias, un espacio impoluto con un único ventanal que abarca por completo el largo y el alto de la habitación y un cerramiento vidriado que permite ver a los ocupantes desde afuera.

Ninguna travesura nocturna ocurre aquí sin que mi padre la descubra (para eso está el centro de copiado).

Mira por detrás de mí a la persona que me espera pacientemente, con una taza de café humeante apoyada sobre un posavasos frente a ella.

–¿Quién es?

–Lisa Randle, una cineasta independiente. Le interesa que la asesoremos sobre algunas cuestiones de privacidad que podrían surgir a raíz del documental que está filmando.

–No parece muy beneficioso.

–¿Para nosotros o para ella? –protesto.

–Para ninguno de los dos. –Saluda a Lisa con la mano y una sonrisa fingida.

No soy una persona particularmente creativa, pero me encanta propiciar la creatividad.

Respeto la contribución que los artistas hacen a la sociedad y deseo ayudarlos para que su trabajo llegue al público.

A mi padre también le caen bien los artistas…

pero casi siempre porque lo ayudan a ganar dinero.

No puedo negar que construyó un estudio formidable de la nada, pero desearía que lo motivara algo más que mantener su nivel social.

Antes decía que se esforzaba tanto porque quería que sus padres inmigrantes se sintieran orgullosos de él.

Quería que los sacrificios que ellos habían hecho tuvieran sentido.

Pero ahora ya no están, y mi padre superó sus mejores fantasías, así que ya no puede usarlos como justificación de la persona en la que se convirtió.

Señalo con el pulgar hacia atrás.

–Tengo que entrar.

–Espero que valga la pena –me advierte, antes de continuar camino hacia su oficina, que está en uno de los extremos.

Lo que quiere decir en realidad es que pretende que sea así.

Cuando me dispongo a entrar a la sala de conferencias, me llama.

–¿Ahora qué? –pregunto con la mano en la manija. Tengo en consideración el tiempo de Lisa Randle; mi padre, no.

Baja la vista para señalar el contrato con la finca Crystal Canyon.

–Hay una lista de las reservas de habitaciones que estoy pagando. ¿Quién es ese tal Javier Báez?

Frunzo el ceño.

–Javi, mi amigo de la escuela de pregrado. Una vez cenaste con él, ¿te acuerdas? Será mi caballero de honor.

–¿Sigues en contacto con él? –Levanta la ceja, sorprendido–. Pensé que ya no se hablaban.

–Nos encontramos por casualidad en Nueva York hace un par de años. Estamos muy bien ahora.

Y somos buenos amigos, como debe ser.