Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 15. Javi
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Capítulo 15. Javi

Ocho años y cinco meses antes de la boda

La fiesta no es tan desagradable como suponía. Hasta ahora, lo único negativo son los dos chicos blancos que hablan sin parar delante de mí en la fila.

–¿Cómo te trata Procesamiento Civil? –le pregunta uno al otro.

–Durbin es un imbécil. Se la pasa todo el tiempo hablando del debido proceso sustantivo, y no me importa una mierda. No sé cuándo va a empezar con las reglas federales.

–Sí, eso me dijeron. Es famoso por detenerse en cualquier basura que jamás usaremos en la vida real.

–Es agotador. Ojalá…

Al notar que algo (o alguien) atrae la atención de su amigo, el otro, el más bajo, dirige la mirada en la misma dirección.

–Ah, ¿viste a Marisol?

Mis ojos los apuntan como un láser mientras los escucho.

–Por Dios, cada vez que la veo se me traba la lengua –confiesa el más alto–. No sé qué tiene, pero esa chica me vuelve loco.

–Es la mujer definitiva. Inteligente, hermosa, con un padre que podría ofrecerte una pasantía en verano. –Se ríen; mentalmente, tomo nota de lo que le contaré a Mari después.

–Una vez intenté hablarle, amigo –continúa el más bajo– y me aniquiló en segundos, así que si te lleva el apunte, no pierdas la oportunidad. Pero ten en cuenta que el que se lleve el premio debe estar a la altura. Una chica como esa no es para divertirse y nada más.

–Sí, sí –dice el más alto, relamiéndose los labios–. Creo que puedo cumplir con las expectativas. Pero tampoco voy a negarme a un revolcón de una noche…

–Disculpen –interrumpo.

El más bajo se da vuelta.

–¿Sí?

Señalo al barman, quien espera pacientemente a que estos dos imbéciles se muevan.

–Es su turno.

–Ah, sí, gracias.

Segundos después, un brazo se entrecruza con el mío.

–Tardaste mucho –digo.

–¿Qué? ¿Me estabas esperando? –pregunta una voz aterciopelada que no pertenece a Marisol.

Giro la cabeza y veo que la persona cuyo brazo cuelga del mío es Rielle.

–Perdón. Creí que eras Marisol.

–Espero no haberte desilusionado –reacciona con una sonrisa tímida.

–No, no, es que me sorprendiste.

–Como soy la anfitriona –se inclina hasta acercarse mucho a mí–, tengo que circular, pero me gustaría conocerte mejor antes de que la noche termine.

–Sí, claro –balbuceo–. Voy a estar por acá.

–Después te busco. –Me guiña un ojo.

–Me parece bien –acoto sin entusiasmo. Porque, uno, no pienso jugar en el terreno de Mari; eso sería más que desconsiderado. Y segundo, Rielle no me provoca nada. Ni una chispa, ni un golpe en el pecho, ni un escozor por la espalda.

Finalmente, pido un agua gasificada para mí y una copa de chardonnay para Mari. Y esta vez, cuando un brazo se entrelaza con el mío, sé que es el de ella.

Me libera de la copa de vino, bebe un sorbo y hace un gesto de disgusto.

–Gracias, pero basta para mí. –Después de apoyar la copa en una mesa alta que está cerca, me pregunta–: ¿Te estás divirtiendo por ahora?

–Sí. Estuve haciendo inteligencia en la fila para el bar.

Abre grandes los ojos.

–Por favor, cuéntame.

Señalo a los tipos que estaban delante de mí; ambos acechan en un rincón ahora.

–Les gustas.

Mira hacia el rincón y arruga la nariz.

– Puaj . El alto se llama Nelson. Brad es su lacayo. Son insufribles. Paso. –Me estudia y murmura algo para sí antes de hablar–. Una advertencia: Rielle quiere conocerte mejor.

–Fue lo que sugirió hace un minuto.

–¿Estás interesado? –tantea Mari.

–En lo más mínimo.

–Bueno, Rielle te está observando mientras hablamos, así que mejor piensa cómo vas a manejar el asunto.

Mis ojos deambulan más allá de Mari y ubican a los dos tipos del rincón; uno de ellos parece decidido a acercarse.

–Escucha, no mires, pero creo que el tipo está por hacer su jugada.

–Ay, no –dice Mari, con una expresión fingida de terror en los ojos–. Ayúdame.

Busco alrededor y noto que la mesa de billar está desocupada.

–Juguemos. Te dará la excusa para no hablar con él y mantendrá lejos a Rielle. Dos pájaros, un tiro.

–Pero no sé jugar al pool –se queja, la boca fruncida en una mueca adorable.

–No te preocupes; yo te enseño.

Arrastro a Mari hacia el otro extremo del salón y elijo dos tacos de un soporte en la pared. Mari presta atención a mi resumen de los conceptos básicos.

–¿Cómo le pego?

–Bien, te voy a enseñar a hacer el puente. –Extiendo la mano hacia adelante–. Ponte delante de mí y te guío.

Mari toma su taco, claramente más corto que el mío, y se inclina sobre la mesa. Alejo los ojos del trasero enfundado en los jeans ajustados, aunque estoy tentado de mirarlo.

–¿Y ahora qué? –pregunta por encima del hombro.

–Apoya la mano en la mesa y separa los dedos. Luego ubica el taco en la «V» que se forma entre el pulgar y el índice.

–Qué… pícaro.

–Pórtate bien.

–Bueno, bueno. ¿Así? –Intenta lograr la posición correcta.

–No exactamente. Mira.

Me inclino, la parte de adelante de mis muslos se apoya contra su trasero; le separo los dedos y ubico el taco detrás de la bola.

Es un error tremendo. Yo lo sé. Ella lo sabe. Todo el puto mundo lo sabe.

Porque estar tan cerca de Mari provoca en mí –en nosotros– una sensación que creo que será imposible de deshacer.

Ella es… perfecta. Voluptuosa, fuerte, cálida.

Y el perfume de vainilla que usa nos envuelve siempre como una jaula; me atrapa en una ensoñación inducida por la lujuria y me desequilibra aún más.

Me imagino levantándole la blusa y besándole la espalda.

Pienso en su cuerpo sobre la mesa, mi cabeza entre sus piernas y…

–¿Y ahora qué? –pregunta en voz baja.

«¿Qué carajo te pasa, mente? Concéntrate. Estamos jugando al pool ».

Carraspeo y doy un paso atrás. Luego, con los puños cerrados a un costado, inhalo profundo y exhalo.

–Mueve el taco hacia atrás y adelante en esa «V» y luego golpea rápido hacia adelante.

–Guau, eso sí que es pícaro. –Se ríe.

No presto atención al chiste. Tengo que evitarlo. A esta altura, apenas logro controlarme.

–Golpea, Mari.

Tira. Y lo hace muy bien. La bola siete choca contra la tronera y cae con un golpe seco reconfortante.

Mari salta una y otra vez.

–¡Sí, sí, sí!

–Tiene talento natural –afirma el tipo alto (¿Nelson?) cuando se nos acerca.

–Tal cual –asiento cortante.

–Basta de charla, caballero –me dice Mari–. Ahora que entendí la mecánica de este juego, no quiero demoras.

Nelson merodea por el lugar y se acerca a la mesa en la que Mari y yo estamos practicando.

Fingimos no verlo, pero somos muy conscientes de su presencia.

Mari no deja de rozarme, su cuerpo nunca a más de unos centímetros del mío.

Sé por qué se mantiene tan cerca, pero está causando estragos en mi psiquis. Nelson tiene que desaparecer.

Después de una jugada magnífica de Mari, intenta chocar palmas con ella, pero lo esquiva. Este tipo no capta la indirecta de que debe retirarse.

Cuando se cruza conmigo, murmura:

–Va a esperar hasta que surja una oportunidad.

–No se la des –respondo, también murmurando.

–¿Cómo hago eso?

Le quito el taco y lo apoyo contra el sofá que está detrás de nosotros.

–¿Confías en mí?

Se echa hacia atrás y me observa con las cejas unidas en un gesto de intriga.

–Claro que sí.

–Sígueme el juego, entonces.

Antes de poder pensar mi plan en detalle, alzo a Mari para sentarla en el borde de la mesa de pool y ocupo el espacio entre sus muslos.

Mari levanta la vista, sus ojos castaños e infinitos grandes como platos.

–¿Qué estás haciendo? –Le tiembla la voz.

–Dejando en claro que no estás disponible.

Sus ojos relampaguean por el entusiasmo; luego sube el mentón, la boca abierta con antelación.

Mi corazón se acelera cuando acortamos la distancia entre nosotros; galopa desbocado cuando los labios se encuentran.

Dejo que Mari controle el ritmo. Que decida cómo será el juego.

Somos cautos, al principio; los labios se rozan y retroceden.

Pero luego la intensidad del beso aumenta, con una urgencia inconfundible, nuestras lenguas se entrelazan, posesivas, como si quisieran formar un nudo.

En un momento, ella se aferra a mi cintura, y mis manos se deslizan hacia su trasero y la atraen más hacia mí.

No sé si es para alentarme o por puro placer, pero deja escapar un quejido, y el sonido me incendia la piel.

Como si necesitara un recordatorio de que mi solución a nuestro problema se salió de control, siento mi erección presionando contra la cremallera del pantalón.

Ahí está la chispa que Rielle no me genera. El golpe en el pecho. El escozor por la espalda.

Mari sí me la genera. Mi mejor amiga.

Ahora debo simular que ese beso fue el medio justificado para un fin.

Mierda.

***

Mari está en el bar, hablando con un compañero de clase. Están de pie, uno cerca del otro y, cuando ella se ríe y echa la cabeza hacia atrás, el tipo se acerca. No lo culpo. Tampoco la culpo a ella. Pero, carajo, ese beso me aniquiló el cerebro y, por lo que se ve, a ella no la afectó en nada.

Con un refresco entre las manos, observo a una pareja que está jugando al pool .

Minutos más tarde, Mari aparece a mi lado.

–Perdón. Intenté escapar, pero Jason no para de hablar.

–No te preocupes –digo–. ¿Nos vamos?

Se queda mirándome, quizás por un instante demasiado largo; los ojos sensuales, con las pestañas maquilladas de negro, recorren mi rostro.

–¿Qué pasa? –pregunto.

–Nada –responde y entrelaza su brazo con el mío–. Y sí, salgamos de aquí.

En el auto, Mari elige una lista de temas titulada «Himnos». El primero es Girl on Fire , de Alicia Keys.

Este chico también está en llamas… pero por un motivo muy distinto.

–¿Tu tema de cabecera? –pregunto, en un intento por redireccionar mis pensamientos.

Sus labios se curvan en una sonrisa que expresa confianza.

–Exacto.

–Es perfecto para ti.

–Me alegra que pienses eso –dice, divertida.

Esa canción es también un recordatorio oportuno de que Mari está encaminada. De que el destino le depara grandes cosas. Su inteligencia le abrirá puertas; su carisma le asegurará un lugar en la mesa. Se merece todo eso.

Mari tamborilea los dedos contra el volante y se bambolea al compás de la música.

–Estaba pensando que podríamos mirar una película esta noche. Tú eliges. Hasta podría volver a intentar con El ciudadano Kane si quieres.

–Detestas esa película.

–No la detesto –me corrige, mirándome de reojo–. Simplemente no me entusiasmó tanto como para verla hasta el final.

Por desgracia, ni siquiera recuerdo la trama. No puedo quitarme ese maldito beso de la cabeza. ¿Fue real? ¿O lo soñé? La actitud de Mari indica que no es más que un invento de mi mente.

No digo nada, lo que supongo que para ella es una señal de que debe convencerme de pasar más tiempo juntos.

–Nos ponemos algo cómodo –continúa jovial–. Y preparamos palomitas de maíz. Prometo no roncar cuando quieras persuadirme de que Orson Welles es un genio.

Suena como el peor plan del mundo. No pienso sentarme junto a Mari toda la noche. Querrá apoyar la cabeza sobre mis piernas como siempre hacía cuando mirábamos una película en la escuela de pregrado. No, gracias.

Me desperezo en el asiento y actúo una escena exagerada de bostezo.

–Si te soy sincero, Mari, no creo que logre mantener los ojos abiertos. Estoy agotado. Me parece que iré directo a la cama.

–Ah… Bueno, está bien. –Me observa de reojo y, luego, fija la vista en el parabrisas–. Oye, ¿hay algún problema? Digo, por lo que pasó en la fiesta. No estás perturbado ni nada por el estilo, ¿no?

–En absoluto. Y no, no hay ningún problema.

Si queremos que la situación siga igual, aceptaré su indirecta y borraré el episodio de mi mente. O, al menos, lo intentaré.

«Buena suerte con eso, Javi».