Capítulo 14. Mari
Ocho años y cinco meses antes de la boda
El sábado por la mañana, Javi y yo desayunamos en Derby’s Diner, donde arremetemos con los mejores pancakes de arándanos del planeta, porque, desde ya, estoy calificada para otorgarles ese título.
Para mi placer, Javi y mi camarera preferida, Gloria, una filipina que asegura que no parece tan vieja como para que le digan «abuela» (es verdad), simpatizan enseguida.
Esa sintonía estaba probablemente marcada por el destino: en otra vida, Gloria fue artista en un cabaret en Chicago y no tiene pudor en hacer gala de sus recursos vocales cuando sirve las comidas a los clientes, para así cautivarlos y lograr propinas sustanciosas.
Le envuelve a Javi una porción de pastel de manzana y, con un guiño y una sonrisa, le dice que es invitación de la casa.
–¿Te gusta tu trabajo? –pregunta Javi a Gloria.
–Me encanta –responde, mientras guarda un lápiz en su cabello gris ceniza con peinado abultado, las manos sobre las caderas delgadas–. ¿No es obvio?
–Sí, claro –ríe Javi–. Pero ¿no extrañas los escenarios?
Hace un gesto con la mano, sacudiéndola hacia atrás.
–Ay, cariño, eso fue hace siglos. Una vida atrás.
Yo era una dotada. Un talento natural, si es que se me permite decirlo.
Pero las prioridades cambian. Nacen deseos y necesidades diferentes.
Hoy en día, quiero dedicar el tiempo a mis nietos.
Si trabajo aquí, termino a las dos de la tarde y no vuelvo a pensar en este lugar hasta que regreso a la mañana siguiente. Es todo cuestión de perspectiva.
–Totalmente de acuerdo –asiente Javi.
Gloria estira la mano y le pellizca las mejillas a Javi de un modo que solo las mujeres de cierta edad y de una determinada generación pueden hacerlo.
–Eres un encanto. –Dirige la vista hacia mí, con un brillo pícaro en los ojos–. ¡No lo pierdas, querida! –Antes de poder aclararle que Javi y yo no somos pareja, Gloria se aleja canturreando unos versos sobre sacudir el mundo de alguien.
Javi y yo intercambiamos sonrisas.
–Es un petardo –dice.
–Ahora entiendes por qué la adoro –le respondo.
Mientras esperamos la cuenta, Javi toma apuntes en su teléfono, moviendo los dedos a la velocidad de un colibrí.
–¿Qué te tiene tan entusiasmado? –pregunto.
–Gloria me dio una idea para el musical. Una historia posible detrás de uno de los personajes. Tengo la escena en la cabeza y quiero anotar mis pensamientos antes de que me los olvide.
Me encanta este costado de él. Esta pasión. Este momento en que queda expuesto. La mayoría de las veces, da la impresión de que no está decidido a escribir el musical, pero en este mismo instante es evidente que tiene para él una importancia mayor que la que aparenta.
–Eso quiere decir que este viaje no es un fiasco total, ¿no?
Levanta la vista del teléfono y frunce las cejas.
–¿Un fiasco? Estoy contigo, Mari. No podría ser más perfecto.
–Bueno, ahora solo falta que me quite la ropa interior.
Pestañea un par de veces y luego me mira fijo, con los ojos grandes como platos.
–Eso no fue lo que…
Echo la cabeza hacia atrás y lanzo una carcajada, lo que llama la atención de algunos clientes.
Aprieta los labios hasta convertirlos en una línea recta y delgada.
–Eres fatal.
–Me lo dijiste más de una vez –señalo con una mirada sagaz.
–Ya lo sé. Pero, para mí, tiene un significado particular.
–¿De qué hablas? –Me inclino sobre la mesa, absolutamente intrigada–. ¿Cuál es ese significado?
–Es una especie de acrónimo. Fa buladora y ta lentosa. –Se ríe, aunque yo no entiendo qué le da gracia–. Piensa en esto: te lo digo cada vez que haces o dices algo disparatado.
Me lo quedo mirando; mi mente zumba mientras repito el supuesto acrónimo.
–¿En serio?
–No. –Sonríe–. Acabo de inventarlo.
–Qué idiota. –Le arrojo una servilleta.
–Admítelo –dice, llevando los hombros hacia atrás y subiendo y bajando las cejas–. Casi caes en la trampa.
–Es cierto –respondo, reprimiendo una sonrisa–. Aunque lo que dijiste no tiene sentido, sé que hay una crítica implícita, así que tal vez te haga dormir en el suelo esta noche.
–Falta mucho para la noche.
Ahora que lo pienso, tiene razón. El paseo por el muelle puede estar bien, pero todavía nos falta ir a la fiesta. Y Javi y yo sabemos que las fiestas son su criptonita.
***
–Repíteme quién es la que organiza la fiesta –pregunta Javi mientras subimos las escaleras hasta la entrada de un magnífico complejo de apartamentos a pocos minutos del campus. Es un predio cerrado. Y la anfitriona me dijo que hay una piscina infinita en el último piso. A Javi le va a encantar.
–Se llama Rielle y está en primer año, como yo. La conocí en el curso de ingreso. Es buena gente.
–Fantástico –responde, aunque sé que se reserva la opinión de si Rielle es buena gente o no–. Entonces, serán casi todos estudiantes de Derecho, ¿no?
–Sí, eso supongo. Pero no te preocupes, somos un grupo tranquilo. Y no tenemos por qué quedarnos mucho. Le prometí que pasaríamos un ratito, nada más. Rielle tiene muchas ganas de conocerte.
De golpe, Javi trastabilla y se detiene, clavándome una mirada inquisidora.
–¿A mí? ¿Por qué tendría ganas de conocerme a mí?
–Porque le hablé de ti, tonto. –Pongo los ojos en blanco–. Le comenté que vendrías a visitarme.
Con los labios apretados, se estira las mangas de la camisa de punto color obispo y se acomoda los puños antes de seguir caminando. Al entrar en el vestíbulo, exhala y lleva los hombros hacia atrás.
–Bien. Hagámoslo.
–Por Dios, ni que te estuviera mandando al purgatorio.
–Se le parece bastante –retruca, con un brillo de humor en los ojos.
Lo atraigo hacia mí y lo tomo del brazo.
–Sé tú mismo. Todos te van a adorar.
–Ese nunca es mi objetivo –bromea.
Lo que es absolutamente cierto, y uno de los aspectos que más aprecio de Javi.
En un mundo en el que la mayoría de los chicos de su edad van por la vida cambiando de disfraz, Javi está satisfecho de ser como es.
Como si desafiara a los demás a que lo critiquen por su manera de ser para, a su vez, poder criticarlos por su superficialidad.
Muchos fracasan en esta prueba, incluso mi padre.
También estoy segura de que su actitud reservada es un mecanismo de defensa.
Al fin y al cabo, las defensas que erigimos surgen de la experiencia, y nadie puede decir que son injustificadas.
Javi y yo no nos desplazamos por el mundo de maneras idénticas, pero las similitudes que existen son suficientes para que yo comprenda cuáles son las minas terrestres que intenta evitar y empatice con la situación.
Al salir del elevador, nuestras mandíbulas se desploman.
La opulencia no me es ajena, pero este sitio en un último piso está a otro nivel.
Los apartamentos, de hecho, son dos, ambos con una decoración impecable en blanco y negro y ventanales que exhiben, sin interrupción, fantásticas vistas panorámicas.
Abundan los asientos tapizados en terciopelo, y lámparas de luz cálida, camufladas astutamente como columnas decorativas, enmarcan el perímetro.
La piscina infinita le coloca un moño a todo el cuadro.
–Santo cielo –se asombra Javi–. El alquiler debe de ser astronómico.
–Sí.
–Vayamos ya mismo por unos tragos.
–Totalmente de acuerdo. –Se siente el viento en el aire; algo que me quite el frío me vendría bien.
Avanzamos entre la cantidad increíble de invitados cuando oigo mi nombre.
Me doy vuelta y veo a Rielle que se dirige espléndida hacia nosotros, la imagen de la elegancia natural, con una camiseta blanca de cuello en «V» que le hace un favor enorme a su escote, unos jeans holgados y un suéter de cachemira rosa anudado a la cintura.
Camina con trancos largos, y el cabello chocolate oscuro se bambolea y cae en cascada sobre sus hombros como en una publicidad de champú.
–¡Qué suerte que viniste! –me saluda, y me atrae hacia ella con un abrazo débil. En cuanto se separa de mí, su mirada se posa en Javi–. Tú debes ser el amigo de Nueva York. –Le extiende la mano.
Javi la acepta.
–Sí, soy Javi. Un gusto conocerte…
–Rielle –completa con una sonrisa seductora. A Javi y a mí–: El bar es libre y está junto al DJ. Pidan lo que quieran. –Mira a su alrededor–. Los camareros con los aperitivos deberían estar por aquí. Me voy a fijar en la cocina. ¿Me acompañas, Marisol?
–Eh… claro –tartamudeo sin saber qué responder, pero convencida por el intento evidente de Rielle de establecer telepatía óptica conmigo de que quiere decirme algo en privado–. Vuelvo en un minuto –digo a Javi–. ¿Me pides un trago también a mí?
–No hay problema. ¿Qué quieres?
–Cualquier clase de vino. Menos moscato.
–A tus órdenes –sonríe.
Rielle me lleva a la rastra, luego me toma del brazo y se inclina hacia mí.
–Es guapísimo.
–E inteligentísimo –agrego, un poco molesta.
–No me cabe duda –responde con una sonrisa lasciva–, pero eso no me interesa.
–Bueno, no debería interesarte nada de Javi. Tienes novio.
–No es mi novio; salgo con él –me corrige.
–Para el caso, da igual.
Vuelvo a evaluar mi afirmación anterior de que Rielle es «buena gente». ¿Qué vendría a ser eso?
Llegamos a la cocina; ahí Rielle hace un comentario al pasar a alguien del servicio de comidas y luego se dirige a mí.
–Ustedes son solamente amigos, ¿no?
–Exacto.
–Entonces no te molesta si hablo con él, ¿no?
–Es un adulto, Rielle. Y tú también. No tengo nada para opinar.
Me toma del hombro, divertida.
–Ay, vamos, ya sabes lo que estoy preguntando. Código entre chicas. ¿Te enojarías si hago eso?
–Una pregunta mejor sería: ¿tu novio se enojaría si hicieras eso?
–Tenemos una pareja abierta. Así que no, no se enojaría.
El estómago se me retuerce. Ese chico, a quien jamás vi en mi vida, era el as en la manga, el argumento con el que confiaba convencer a Rielle y a Javi de que no era una buena idea que conversaran, se acostaran o lo que fuera.
Ahora parece no haber nada que los detenga, y me horroriza descubrir en mí el deseo desesperado de tener un obstáculo que exhibir delante de sus rostros.
–Todo tuyo, entonces –acepto sin ganas.
–Gracias, así será –concluye, agitando su cabellera, segura.
La observo atravesar la cocina y dirigirse rauda en dirección al bar, donde Javi aún espera su turno para que lo atiendan.
Pero no quiero que Javi sea «todo» de Rielle, como muy ligeramente sugerí.
No si soy sincera conmigo. Y, como este fin de semana estoy dando a todo demasiadas vueltas, intento procesar por qué siento lo que siento.
¿Estoy siendo territorial, lo que, de por sí, tampoco es demasiado simpático, o estoy lidiando con sentimientos que enterré en un hoyo tan profundo que ni siquiera soy capaz de reconocer cuando salen a la superficie?
¿Existe una palabra que ascienda a «dar demasiadas vueltas» a otro nivel?
¿«Dar quichicientas vueltas»? Si existe, eso es lo que estoy haciendo.
En definitiva, no debo olvidar que Javi y yo nos comprometimos a ser y permanecer solamente amigos.
Ocurra lo que ocurra esta noche, tengo que conservar ese objetivo como eje primordial de mi mente indócil.