Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 13. Javi
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Capítulo 13. Javi

Ocho años y cinco meses antes de la boda

No le caigo simpático al padre de Mari.

El día de la graduación, Mari me presentó como uno de sus mejores amigos y Luiz Campos respondió: «Qué bueno conocer a uno de los compañeros de Mari». El énfasis fue suyo.

Está bien, quizás la interpretación de ese breve intercambio sea exagerada, pero hoy no puede ser más claro que Luiz Campos no quiere que tenga nada que ver con su hija.

La primera prueba de eso es el restaurante al que nos trajo: Chi Spacca.

En el menú, hay un filete con hueso que cuesta trescientos dólares.

Como si Luiz quisiera demostrarme que jamás podré darle a Mari la vida a la que está acostumbrada.

¿Lomo de cerdo a ciento diez dólares? El delicioso pernil de mi madre se está revolcando en la tumba en su envoltura de aluminio.

Yo podría hacer la velada más sencilla para todos aclarándole que no tengo ningún interés romántico en Mari, pero la idea de ocupar parte de la superficie de la mente de este hombre tan importante me da una satisfacción de locos.

Estamos sentados en un compartimento semicircular en una «ubicación de primera», según Luiz. Ni que me importara. Mari sabiamente se sentó entre su padre y yo –en serio hace falta una mediadora–, pero no hay manera de evitar la mirada de piedra de ese hombre.

Cuando el camarero se acerca a nuestra mesa y recomienda que comencemos con el affettati misti , Luiz me pregunta mi opinión al respecto antes de que el camarero empiece a recitar su perorata.

El padre de Mari seguro no tiene en cuenta que un chico del South Bronx va a buscar y leer el menú del restaurante con anticipación para familiarizarse con lo que ofrecen y evitar esta situación.

–Esperaba que pidiéramos eso. –Le sonrío burlón–. Y parece ser que no hay que perderse el pâté del chef Colby. –Giro hacia Mari–. ¿Qué vas a ordenar tú?

–Eso mismo, sin duda –responde; el brillo de sus ojos me indica que está dispuesta a seguirme en la travesura.

El camarero hace sonar los talones y se aleja diligente. Mientras tanto, Luiz levanta temperatura. Y ahí está la segunda prueba.

Luiz es un hombre apuesto, tengo que concederle eso.

El cabello enrulado y entrecano está inmaculadamente arreglado.

Es muy probable que el traje que lleva puesto esté hecho a medida.

Y, aunque no tengo idea de cuál es el reloj que usa, apostaría un año de mi salario (si se puede llamar así) a que no es un Casio.

Nada de esto hace la mínima mella en mi mente, pero el aire de superioridad que lo rodea como un aura garantiza que no seremos amigos en un futuro cercano…

o quizás nunca. Me llama mucho la atención que el ser humano precioso que está sentado junto a mí lleve los genes de este hombre.

Mari asegura que su padre se toma su tiempo para ser cordial con las personas que no conoce; yo creo que él ya decidió que no le interesa conocerme. ¿Qué puede decir ella? Luiz es su única familia en Estados Unidos; se ubica en los primeros puestos de la tabla simplemente por estar ahí.

–Dime, Javi, ¿qué es lo que haces en Nueva York? –pregunta Luiz, mientras estudia la carta de vinos.

Puede simular que habla de banalidades todo lo que quiera, pero sé muy bien que está esperando la oportunidad de aniquilarme; decirle la verdad –que, desde la semana pasada, estoy desempleado– sería como entregarle el arma asesina en bandeja de plata. Entonces, le miento.

–Por el momento, estoy trabajando en un centro médico. En el área de registros. Y estoy incursionando en la actuación para publicidad. Tengo algunas audiciones agendadas para el año entrante.

–¿En serio? –Mari me aprieta la mano y la sacude–. No me contaste. ¡Qué fabuloso!

Asiento. Me destruye ocultarle la verdad a Mari, pero no quiero arruinar el viaje. Ya se preocupa bastante por mí; no imagino cómo podría reaccionar si se entera de que no me espera ningún empleo a mi vuelta.

Los ojos de Luiz se posan en mi mano y la de Mari, entrelazadas.

–No hace falta tener un título para eso –comenta.

–¡ Pai, não seja mal educado ! –exclama Mari.

– Ele . . . apaixonado por você. Não importa . . . diga .

Capto alguna que otra palabra –«él» y «está enamorado de ti» son las que sobresalen– y entiendo de qué trata el comentario.

Mari hace un gesto con los labios.

–Disculpa, Javi. Le pedí a mi padre que no fuera grosero. Se ve que se olvidó los modales en casa.

–No pasa nada. No dice nada que no haya oído de mis hermanos. –A Luiz–: Pero se equivoca, ¿sabe? Con lo que aprendí cuando estudiaba, estoy escribiendo un musical.

– Maluco –murmura Luiz.

– Fica quieto –le recrimina Mari con los dientes apretados.

Sí, hasta el momento, esta cena ha sido pura diversión. Grabo la palabra maluco en mi memoria; voy a buscar esa porquería más tarde.

–A propósito de tus hermanos –continúa Luiz–, se están haciendo un nombre, ¿no? Diles que, si alguna vez necesitan un representante, me gustaría considerarlo.

Como si les hiciera un favor. Este hombre es de no creer. Quizás yo no sea el mayor admirador de mis hermanos, pero sé que están en la cima de su carrera y que cualquiera que trabaje con ellos podría sacar una muy, muy buena tajada.

–No hablo con ellos sobre temas de la banda –digo a Luiz–. No participo en eso.

–Me imagino que no –remata con una sonrisa burlona.

Mari suspira hondo.

Luiz finge estar arrepentido y alza las manos.

–Está bien, está bien. Seré amable. –Le guiña un ojo–. Lo haré por ti.

Y no porque todos deberíamos esforzarnos por ser amables, o al menos educados.

No, será amable porque su hija está incómoda.

Mari no tiene la culpa de que su padre sea un idiota.

Tal vez es la manera que tiene el universo de garantizar el equilibrio: un imbécil por cada buena persona. Eso hace que sea interesante.

Un hombre blanco de mediana edad se acerca a Luiz por un costado y le aprieta un hombro.

–Qué bueno verte, Luiz.

Luiz se pone de pie y palmea al hombre en la espalda.

–Dennis, ¿qué tal? Me alegra que te hayas tomado un momento para nosotros. –A Mari y a mí–: Dennis es el encargado. Si a último momento surge la necesidad de invitar a cenar a un cliente potencial, Dennis siempre me salva. Una persona excelente en una ciudad donde eso no abunda.

Dennis se arregla su atuendo mientras Luiz le tira flores y, cuando el camarero llega con nuestros aperitivos, se excusa y se dirige raudo a una mesa cercana para saludar a los comensales.

–Es un hombre decente –cuenta Luiz cuando Dennis ya no puede oírlo–. Empezó aquí como ayudante en el salón y fue ascendiendo. Hay esperanza para ti, Javi.

–Ya basta –sisea Mari–. Te estás pasando.

Tiene toda la razón; y su padre se merece todo lo que le espera. Dirijo a Mari una mirada mordaz, me pongo de pie de un salto y hago sonar las palmas contra la mesa, lo que atrae la atención de las personas a nuestro alrededor.

–¡Amo a esta mujer! –grito, clavándole los ojos a Luiz–. ¡Y no me importa que piense que no soy digno de ella! Nos vamos a casar. ¡Le guste o no!

Espío a Dennis de reojo; nos observa con el ceño fruncido. Luiz también debe de haber notado su reacción, porque se ajusta la corbata y se ríe nervioso.

–Siéntate –dice entre dientes–. Estás haciendo el ridículo.

–Se equivoca –respondo por lo bajo–. Ridículo será usted.

–Es una buena ocasión para pedir disculpas, pai –agrega Mari, con los labios curvados hacia arriba, divertida.

–No voy a hacer eso. Tu amigo debería tener el cuero más grueso.

Mira a su padre con fastidio y también se pone de pie.

–Amo a este hombre, y nadie va a impedir que esté con él. Además –se coloca una mano sobre el estómago–, ¡estoy esperando un hijo suyo!

Algunos comensales ahogan una exclamación; alguien comenta «¡Por Dios!» y Dennis regresa corriendo.

–¿Algún problema? ¿No sería mejor continuar con la conversación en otra parte?

Luiz saca un pañuelo y se seca la frente.

–No hay ningún problema, Dennis, amigo mío. Es una broma, nada más. –A nosotros–: Tomen asiento. Los dos.

–Pídele disculpas –insiste Mari.

–Está bien, está bien. Te pido disculpas, Javi. ¿Estás contenta? –accede Luiz, con una sonrisa ficticia–. Ahora siéntense y terminemos de cenar. –Agita la mano en dirección a nuestra audiencia–. No hay nada para ver, estimados. Fue una simple confusión.

Dennis nos dirige una mirada, la mandíbula tensa.

–Por favor, eviten involucrarse en ningún otro altercado.

–Desde ya –afirma Luiz–. Nuestro comportamiento será de lo mejor, te lo prometo.

Mari y yo nos desplomamos en las sillas e intercambiamos sonrisas.

Una vez que Dennis se aleja, Luiz me mira fijo, con chispas en los ojos.

–Eres un chico muy listo. Creo que te subestimé.

Alzo las manos fingiendo una rendición y repito las palabras que Luiz le dijo a su hija hace unos instantes.

–Está bien, está bien. Seré amable. –Le guiño un ojo a Mari–. Lo haré por ti.

Lanza una carcajada. Los ojos le brillan, y una sensación cálida me inunda el pecho. Seré sincero: me hace feliz pensar cómo me secundó en la broma que le hice a su padre; ese pequeño acto de rebeldía es una indicación no del todo sutil de que está conmigo esta noche.

Madre santa, esta mujer es especial.

De veras se merece el mundo.

Desearía ser la clase de hombre que pudiera dárselo.