Capítulo 12. Mari #2
–Otros decidieron por mí, ¿te acuerdas de eso? Si le hubiera dicho a mi padre que quería hacer otra cosa en vez de estudiar Derecho, le habría dado un infarto. Considérate afortunado de poder tomar tus propias decisiones.
–Considérate afortunada de saber que, en tres años, estarás ganando un buen salario.
– Touché . Aunque, entre nosotros, hay una pequeña parte de mí que quiere rebelarse contra mi padre.
Quizás sea porque siento que estoy cediendo ante él –suspira–.
Al fin y al cabo, no importa, porque disfruto estudiando Derecho y, si tomara un camino diferente solo para declararme independiente, me estaría disparando en los pies.
–Así es –acuerda conmigo, a la vez que se acomoda el cinturón de seguridad para mirarme–. Además, naciste para eso. No existe alguien con mayor capacidad para litigar que tú.
–Eso no es para nada cierto.
–¿Ves? –dice, elevando una ceja.
–Bueno, da igual. –Sonrío.
–De todos modos, este fin de semana es para ponernos al día. Dime qué novedades tienes.
–¿Yo? Hmm , a ver… Ah, sí, mi profesora de Responsabilidad Civil necesita una ayudante de cátedra y sugirió que me postulara.
–Fantástico… Eh, ¿qué es la responsabilidad civil?
–La que se relaciona con los delitos civiles, básicamente. En oposición a los penales.
–Esa explicación no me aclaró nada, mujer.
Javi vuelve a bromear, lo que es buena señal.
Aun así, es imposible no darme cuenta de que su ánimo se levanta cuando hablamos de mí y se desploma cuando habla de él.
Tengo ganas de preguntarle qué es lo que de veras le ocurre, pero siento la fragilidad de este fin de semana, una prueba para nuestra relación, una prueba para lo que podría convertirse, y no quiero arruinarlo.
«Pasito a pasito, Mari. Pasito a pasito».
–A ver, en palabras de todos los días: el sistema de justicia pena los delitos.
Los delitos civiles implican cosas por las que podrías recibir una sanción pero que no se consideran delitos penales.
Un accidente por una caída. Un producto fallado.
Asuntos por el estilo. Te doy un ejemplo: un abogado especializado en lesiones personales demandó a McDonald’s porque su cliente compró un café que estaba muy caliente, se lo volcó por accidente y tuvo quemaduras de tercer grado. Es un caso que estudiamos en clase.
–Muy bien, profesora. Ahora me queda claro. ¿Las asignaturas son interesantes?
–La mayoría de las veces sí. En otras, busco en internet trabajos en cruceros mientras estoy en clase. Pero, bueno, Henrickson tiene una cátedra vitalicia y es muy respetada como docente, así que es importante que esté interesada en trabajar conmigo.
–Estoy orgulloso de ti, entonces. Pero no me sorprende. Supongo que te presentarás a la entrevista con esa profesora, ¿no?
–Claro –asiento, enfática–. Sería una tonta si no lo hiciera.
–Te aceptará, no hay duda.
Sonrío de oreja a oreja.
–Tú también eres fantástico para mi ego, Javi.
***
Javi deja caer el bolso de viaje en la entrada y se quita el calzado.
Me hace bien que esté en mi apartamento.
En el sitio donde más me siento yo misma, donde todo está porque lo elegí: desde los libros en los estantes hasta las macetas con aloe vera que compré porque no tengo ningún talento para la jardinería y esas desgraciadas son casi indestructibles.
De algún modo, este viaje confirma que Javi y yo también nos elegimos.
Que no vamos a alejarnos aunque vivamos uno en cada extremo del país.
–Así que aquí es donde una de las mentes de la abogacía más brillantes del país cumple con sus obligaciones, ¿no?
–No, aquí es donde atravieso una crisis existencial cada diez días más o menos. Y también donde me doy atracones de series sobre abogados, aunque sean delirios sin verosimilitud.
–¿Tienes tiempo para mirar televisión? –dice, mientras da vueltas por la sala observando el lugar–. Te imaginaba estudiando día y noche y respondiendo una tras otra las preguntas de tus profesores.
Tomo el botellón de desinfectante para manos y, sin detener la conversación ni siquiera por un segundo, Javi extiende las palmas hacia arriba para que le eche un poco.
–La imagen del profesor aburrido que te avergüenza frente a tus compañeros tampoco es muy creíble. Si estás al día con las lecturas, no suele haber problemas.
–Puta madre. –Se frota las manos–. Me habría postulado para estudiar Derecho de haber sabido eso.
–Deberías haberlo hecho. Juzgas bastante a los demás.
En broma, me echa una mirada glacial; luego, se dobla hasta la cintura para leer los lomos de los libros en los estantes.
– El costo de los accidentes: un análisis legal y económico . Estudios sobre ley contractual . Fundamentos de la Ley de Propiedad moderna .
–Lecturas fascinantes, ¿no te parece? –Atravieso la cocina para abrir el refrigerador y espío adentro–. ¿Quieres algo para beber? Te compré la limonada de Newman’s Own que te gusta.
No responde enseguida y, cuando oigo un ronquido débil, me pongo a reír: todavía está inclinado hasta la cintura frente a mi biblioteca.
–¡Javi! –grito.
–¿Eh? ¿Qué pasa? –Finge que se despierta–.
Uy, perdón. Me quedé dormido leyendo estos títulos.
–Alza los brazos por encima de la cabeza, se despereza para remarcar la ridiculez que acaba de decir y su vientre firme queda a la vista.
Mi corazón se acelera. «Sí, tonto. Ya sé que estás ahí.
No hace falta que te anuncies. Ahora tranquilízate, carajo».
Como necesito una distracción, le sirvo un vaso con limonada y se lo ofrezco, brusca.
–Aquí tienes, sabelotodo.
Bebe un trago prolongado, y no presto atención a la nuez de Adán que sube y baja. No, claro que no. Bueno, parece ser el momento perfecto para vaciar el lavavajillas.
Desde la seguridad de la distancia autoimpuesta, le pregunto:
–¿Tienes hambre? ¿Quieres ducharte?
–Necesito ducharme, sin duda. –Se apoya sobre el tabique bajo que divide la cocina de la sala de estar y deja escapar un bostezo pronunciado–. Este fue real. El vuelo me liquidó. ¿Te molesta si duermo una siesta después de la ducha? Necesito una hora para recargar fuerzas, nada más.
–Claro que no –respondo, secándome las manos con un paño de cocina–.
En un segundo te muestro dónde está todo.
–Hago una pausa y lo miro–. Y, eh, puedes dormir en mi cama o aquí, en el sofá.
Tengo que advertirte algo: mi cama es de una sola plaza.
Cualquiera de los dos lugares me da igual. Elige tú.
Me doy vuelta para vaciar el lavavajillas, con la esperanza de sortear cualquier incomodidad con respecto a los arreglos para dormir si me muestro despreocupada. El silencio me aturde en la cabeza mientras espero que responda, y es muy evidente que se está tomando demasiado tiempo para hacerlo.
Un milenio después, anuncia:
–El sofá está bien. –Tras un instante, agrega–: ¿Te diste cuenta de que nunca me siento junto a ti cuando miramos películas de noche? Es que tienes los pies más fríos del mundo.
–Nada que ver –protesto.
–Claro que sí –retruca, fingiendo que tiembla–. Son gélidos.
–Lo que digas. –Me encojo de hombros–. Más espacio para mí.
Recoge el bolso de viaje y me sigue por el corredor. Apilo unas toallas sobre sus brazos extendidos y abro la puerta del baño.
–Deja que el agua corra un poco antes de meterte. El calefón es un poco malhumorado, como tú.
–Qué amorosa –se burla, colgando las toallas sobre la mampara de la ducha.
De un manotazo, quito del lavabo una caja con tampones y la guardo en la gaveta que hay debajo. Luego, limpio una mancha en el espejo. Él me observa ir y venir sin decir palabra.
–Bien –digo, dirigiendo la vista hacia el suelo–. Te dejo para que te acomodes. –Antes de poder escapar, extiende la mano y me detiene. Alzo los ojos para mirarlo y los abro bien grandes.
–El apartamento es hermoso –dice, calmo, y sus ojos color café me atrapan–. Gracias por recibirme. Estoy muy feliz de verte.
Normalmente, lo hubiera abrazado en un momento como este, pero dudo, y no estoy segura de por qué.
Jamás no me sentí atraída por Javi. Esa es la verdad.
Pero el sexo entre amigos ensucia las aguas.
El sexo entre amigos que viven uno a cada lado del país y necesitan aclimatarse a una nueva normalidad convertiría esas aguas en un fango espeso.
Pero nada de eso importa, porque Javi y yo estamos muy lejos de tener una aventura.
Además, por Dios, ¿por qué mi mente se preocupa por el sexo?
Definitivamente, le estoy dando demasiadas vueltas al asunto. Es un abrazo, nada más.
Me elevo de puntillas y lo rodeo con mis brazos, las manos entrelazadas apoyadas sobre su nuca.
–Yo también estoy muy feliz de verte.
Javi me atrae más hacia él, haciendo desaparecer el espacio entre nosotros, y su aliento mentolado me roza la mejilla. Las imágenes de lo que podría pasar después me atraviesan la cabeza, y el calor me recorre la espalda. Me alejo de él como si se hubiera prendido fuego.
Evito mirarlo; retrocedo hasta salir del baño y cierro la puerta de un golpe.
–¡Éxitos con la ducha! La cena con mi padre es a las siete –grito. Luego apoyo la cabeza contra la puerta e inhalo una bocanada de aire.
Bueno, quizás debería seguir dándole vueltas al asunto.