Capítulo 12. Mari
Ocho años y cinco meses antes de la boda
Las personas miran azoradas, y mis brazos están a punto de derrumbarse, pero la reacción de Javi habrá valido la pena. ¿Dónde cuernos se metió? ¿Será el último en salir del avión?
Una señora mayor, precedida por la fragancia del fijador para cabello, se me acerca sigilosamente y murmura:
–Ojalá diga que sí.
–Eso espero. –Y le guiño un ojo.
¿Javi me asesinará por esperarlo con un cartel que dice «¡ESPERO UN HIJO TUYO! ¿TE CASARÍAS CONMIGO?»? Claro que sí. ¿Me importa? Claro que no. Alguien tiene que alejarlo de su apatía, y yo soy la única a la puede soportar en un buen día, y ni que hablar de uno malo.
Segundos después, cuando estoy rebotando sobre los talones, con la vista enfocada en las puertas de salida, Javi finalmente aparece, con un bolso de viaje azul marino cruzado sobre el hombro.
Lo observo mientras me busca entre la multitud y, como suponía, queda boquiabierto cuando me ubica y lee el cartel en mis manos.
A esta altura, los que nos rodean tienen la vista clavada en nosotros, probablemente intrigados por cómo todo va a terminar.
–¡Caíste! –Sonrío con una expresión tonta.
Ay, carajo. Javi no parece divertido. ¿Me equivoqué al prever la profundidad de su desgano?
–¿No te da vergüenza pedirme que me case contigo? –grita a viva voz–. ¿Ese chico es mío? O sea, ya es bastante grave que me hayas engañado con mi hermano. ¿Y ahora pretendes que críe a su hijo?
Un vistazo rápido a nuestro alrededor confirma que los demás se revuelven en sus asientos para observar mejor el (falso) drama.
Lo envuelvo con mis brazos, incapaz de contener la risa.
–Está bien, ganaste. Ahora caí yo.
Parece ser que está comprometido con el personaje, porque me rechaza, deja caer el bolso y empieza a caminar de un lado al otro masajeándose las sienes.
Me lo tengo merecido por suponer que podía hacerle pasar un mal momento en un lugar público.
Javi detesta atraer la atención. También odia que crea que es predecible, y mi broma solo funciona si él reacciona como yo espero.
–Es tan típico de ti –grita; su nariz se ensancha–. Me tratas como basura y quieres que vuelva arrastrándome. ¿Dónde estuviste anoche? –Y se dirige a un joven indio en un asiento cercano–: Viajé para visitar a mi hermana menor en Nueva York.
Javi no tiene hermanas, el muy cretino.
–Está enferma –continúa– y tuve que volver solo porque esta –apunta el pulgar en mi dirección– no se dignó a atenderme cuando la llamé. Seguro estaba con mi hermano.
–Qué terrible –se compadece el joven, sus ojos fijos en mí.
Miro a la multitud y noto que algunos intentan registrar secretamente en video este episodio sin duda jugoso. Entonces me doy cuenta de que la broma se nos fue de las manos. Lo último que necesito es hacerme viral por ser una imbécil de moral dudosa.
–Está actuando –aclaro a la audiencia mientras me lo llevo a la rastra–. Vino a Los Ángeles para que lo descubrieran. ¿Qué creen? ¿Debería renunciar a su trabajo como modelo para hormas de consoladores y mudarse a Hollywood?
–¿Por qué no hacer las dos cosas? –grita alguien, con una pizca de humor en la voz.
–No es mala idea –respondo.
Se olvidan de nosotros en segundos. Después de todo, es Los Ángeles.
Eso me da la oportunidad de estudiar a Javi cuando quedamos frente a frente.
Quizás su ánimo no sea el mejor, pero se lo ve fantástico.
Los hombros más anchos. Los pómulos más pronunciados.
Un poco más de vello facial. Es muy posible que no haya cambiado en nada, pero mi mirada magnifica todo en él por lo mucho que lo extrañé.
–Siempre tan atrevida –dice, alegre–. Dame ese abrazo que me prometiste, carajo.
Nos unimos en un abrazo apretado, mi cabeza contra su pecho. Su aroma es increíble, pero preferiría no haberlo notado. También desearía que abrazar a Javi fuera como abrazar a un hermano. Nunca ha sido así.
–Esto era lo que necesitaba. –De algún modo, su voz es ronca y suave a la vez.
–¿Despachaste equipaje? –le pregunto.
–¿Crees que soy un aficionado? Claro que no.
–Gracias a Dios. –Doy un paso hacia atrás y lo jalo del abrigo hacia la salida–. Primero, tienes que deshacerte de esa ropa. No estás en Nueva York. Pareces un músico de Toto.
Javi sonríe a la vez que contempla el frenesí que lo rodea.
Lo sigo con la vista y advierto el momento en el que él y una mujer intercambian una mirada seductora cuando pasan uno junto al otro.
Javi es buen mozo; no debería sorprenderme que alguien lo encuentre atractivo.
Aun así, es una sensación extraña… y, por algún motivo, perturbadora.
–Dime, ¿qué planes tienes mientras yo esté aquí? –pregunta, y me arranca de mis pensamientos.
–Bueno, si no te molesta, podríamos cenar con mi padre. Él paga; un beneficio importante.
–No lo sé, Mari –resopla–. Creo que no le caigo bien.
–Nadie le cae bien. Actúa así con todos, incluso conmigo.
–Eso… me preocupa.
–Limítate a sonreír y a comer el plato más caro del menú.
–Claro. Porque eso le hará mella –musita.
Pongo los ojos en blanco.
–Da igual. Mañana podríamos desayunar en mi lugar preferido y enfilar hacia el muelle de Santa Mónica.
Y no me mates: una amiga de la universidad hace una fiesta y le dije que nos daríamos una vuelta.
Lo malo es que tengo un grupo de estudio el domingo a la mañana y no puedo llevarte al aeropuerto.
Igual te pido un auto de alquiler. Espero que no sea un problema.
–Está todo bien, Mari –dice; sus ojos brillan con afecto–. Vine para estar contigo. Lo que hagamos estará bien para mí. Excepto por lo de tu padre.
Avanzamos por el aeropuerto a los empujones, casi siempre molestando a los demás sin que nos importe ni un poco.
Suspiro por dentro, aliviada. Nunca se sabe con Javi.
Si no tiene ganas de interactuar con otras personas, simplemente no lo hace; pero está siendo muy considerado, así que voy a poner especial cuidado en no agotar su reserva de sociabilidad este fin de semana.
Salimos al exterior tomados del brazo.
–Vine antes para estacionar en la terminal. Porque eres especial.
–Me siento honrado –ríe.
–Es lo que corresponde.
Toma lo que digo literalmente, sin advertir –o sin prestar atención adrede– lo que en el fondo quiero expresar.
Cuando llegamos al auto, Javi queda pasmado.
–¿Un Beetle?
Me río.
–La pareja de mi padre pensaba regalarme un BMW para mi graduación, pero yo solo quería algo que me llevara de un punto al otro. Ese fue el acuerdo.
–No puedo creer que hayas dicho todo eso sin reírte. –Señala el asiento del acompañante–. ¿Dónde se supone que me meta en esta porquería tan diminuta?
–No te preocupes. Entrarás.
Javi entorna los ojos, y yo guiño un ojo. Por Dios, este fin de semana será divertido.
De camino a mi apartamento, Javi y yo retomamos la rutina de siempre.
Es decir, lo acribillo con preguntas y le sonsaco las respuestas regresando todas las veces que sea necesario a los temas que intenta evitar.
Pero algo no anda bien. O sea, Javi nunca fue un libro abierto, pero esta versión del libro está pegado con adhesivo y envuelto dos veces en celofán.
–¿El trabajo?
Hace una mueca y mira por la ventana.
–Próxima pregunta, por favor.
–Como quieras, pero por lo que dijiste, tu jefe es un idiota. Que esté estresado no le da derecho a desquitarse con los demás.
Cambia de posición en el asiento.
–No hablemos de mi trabajo, ¿sí? Quiero pasarla bien contigo este fin de semana. Si hablo de trabajo, me pondré de mal humor.
–Bueno. Cuéntame del musical, entonces. ¿Cómo va?
–Va, supongo. –Se encoge de hombros–. Trabajo en eso cuando puedo. Pero espero avanzar más ahora que…
–¿Ahora que qué?
Javi abre grandes los ojos.
–Ahora que entiendo mejor lo que intento expresar.
–Me alegra saber que está cobrando forma. No veo la hora de verlo en el teatro algún día.
Sonríe, pero tengo la sensación de que no es genuino. ¿Qué le ocurre?
–Hablando de teatro –agrega, más animado–, una paciente me dijo que tengo un buen rostro para la actuación. Me preguntó si había pensado en hacer comerciales.
–¿Intentaba seducirte? –pregunto riéndome.
–No lo creo –responde con el ceño fruncido–. Es decir, me dio una tarjeta. Trabaja en una agencia de audiciones.
–Tiene razón, pero ¿a ti te gustaría hacer eso? Te imagino más detrás de escena.
–Es cierto, pero si paga las cuentas, podría perder el pánico escénico en un segundo.
–Haz la prueba, entonces. Es más, eso podría ayudarte a conocer personas que tengan contactos en Broadway. El mundillo del entretenimiento es muy reducido. Al menos eso es lo que dice mi padre.
–Gracias por el voto de confianza, pero Broadway es apuntar muy alto.
–Cuando se trata de ti, nada es alto. Si Broadway es a donde quieres llegar, ahí llegarás.
–Por Dios, Mari –carcajea–, tú sí que eres fantástica para mi ego.
Pero no estoy siendo amable con su ego; de veras creo en todo lo que dije. Ojalá Javi lograra verse como yo lo veo. Es sensato, creativo y uno de los hombres más inteligentes que conozco. No hay nada que no pueda hacer si se lo propone. Pero a veces la inseguridad lo distrae de su objetivo.
Mi breve charla motivacional parece haber marcado una diferencia, porque después la conversación fluye con mayor naturalidad.
Le pregunto por sus padres y sus hermanos.
Como siempre, no hay problema con sus padres, y sus hermanos lo sacan de quicio.
Javi se queja porque, como Manny y Leandro compraron la casa en la que ahora él está viviendo, creen que pueden opinar sobre lo que hace.
–¿Por qué no te mudas?
–Es más fácil decirlo que pagarlo.
–Te lo acepto. Mira, puedes seguir trabajando de nueve a cinco con… ¿Cómo es que le dices a tu jefe?
– Comemierda .
–Ja, es cierto, qué elegante. Si sigues trabajando con esa persona, podrás continuar con el musical. Y si vives con tus padres, podrás ahorrar dinero hasta que estés preparado para irte. No hay prisa. Acabamos de graduarnos. Tienes tiempo para pensar.
–Tú no perdiste tiempo pensando –dice.