Capítulo 11. Javi #3
–¿Y qué planeas hacer que no sea por diversión? Digo, cuando finalmente entregues este trabajo y te den el diploma.
Su tono de voz me golpea en el pecho. Tal vez porque estoy haciendo el esfuerzo de entregar antes de que se venza el plazo, y porque siento que esa situación es como un presagio de lo que me espera en la vida.
–No lo sé, Mari. No todos tenemos nuestra existencia diagramada por un padre que nos espera con un empleo apenas terminemos de estudiar Derecho.
Aprieto fuerte los ojos. Mierda. Eso fue innecesario.
– Auch –dice, presionando la mano contra el pecho y trastabillando como si hubiera recibido un golpe de frente; tal cual ocurrió… y fue un golpe injusto.
Me levanto de la silla antes de que ella pueda siquiera pestañear, las manos entrelazadas para rogar su perdón.
–¿Hacemos de cuenta que no dije nada?
La potencia de su mirada me inmoviliza, su nariz se ensancha.
–Claro que te referías a algo en especial. Las palabras cargan un significado. Digamos que para eso están.
–Está bien, sí, me refería a algo. –La atraigo hacia mis brazos–. Pero lo que dije fue una estupidez y me arrepiento. Enormemente.
Mari no me rechaza, pero tampoco me devuelve el abrazo; su cabeza se apoya contra mi pecho, pero sus brazos cuelgan inertes a los costados, como si no quisiera participar.
Mi abrazo alcanza para los dos.
–Eres la persona que más quiero en el mundo, Mari, y me destruye haber dicho algo que te hiciera sufrir aunque sea por un segundo. Estoy nervioso por el futuro y me desquité contigo porque eso me frustra. No es una excusa; es una explicación.
–Está bien –responde, alejándome con delicadeza–. Ya pasó.
La tensión en sus hombros me dice lo contrario.
Pero lo bueno con Mari es que sus enojos no suelen durar demasiado.
Se quita de encima lo que la hiere como si nunca hubiera ocurrido.
Sé lo que está haciendo, pero detesto que sea por mi culpa.
En estas situaciones, desearía ser perfecto y no haberla tratado mal.
Pero no soy perfecto –estoy bastante lejos de eso, por cierto–, así que cargaré con mi culpa por mucho tiempo.
Mari atraviesa el dormitorio y se sienta en la cama. Sus manos estiran las arrugas en el edredón.
–Te preocupa volver a casa. Estás nervioso porque verás a tus hermanos de nuevo.
No es una pregunta; Mari simplemente afirma una verdad que yo preferiría no enfrentar. Pero siento que conversar esto con ella es el castigo que me merezco por lo que dije. Me siento a su lado.
–Debería estar agradecido. Voy a vivir gratis en una casa que ellos compraron para mis padres. Hasta me ofrecieron un empleo como promotor del grupo.
–Te ofrecen migajas. –Niega con la cabeza–. Saben que te robaron y ahora sienten culpa.
–Bueno, tampoco me llueven las propuestas.
Gira hacia mí y me toma de la mano.
–La banda fue tu bebé, y ellos te la robaron. No se la hagas tan fácil.
–Claro. Entonces, voy a trabajar en un centro médico completando fichas de pacientes, porque es lo único que podré conseguir –protesta–. Con eso les daré una lección a mis hermanos.
–Ey –me toma del mentón–, no desprecies el trabajo honesto, en especial cuando no te cuesta tu autoestima.
–Tienes razón –digo y la miro a los ojos–. Les diré que no.
–Más te vale –afirma, asintiendo fuerte con la cabeza–. Y tal vez, mientras estés completando fichas de pacientes, puedas seguir trabajando en ese musical.
–Tal vez. –Me encojo de hombros.
Mari se pone de pie y camina hacia el escritorio; toma un taco de notas con papeles autoadhesivos amarillos. Gira los hombros hacia atrás con gran aspaviento, se inclina y comienza a escribir algo rápido.
–¿Qué estás haciendo? –le pregunto.
–Estoy escribiendo la primera reseña de tu obra –responde, mordisqueándose el labio–. Una duda. Alguien que escribe musicales… ¿Cuál sería su profesión?
–Libretista –aclaro, y sonrío al verla cavilar sobre qué escribir en la supuesta reseña.
–Perfecto. –Sigue escribiendo; luego cruza el dormitorio a las trancadas, se detiene frente a mí y me entrega el papel autoadhesivo con una sonrisa exagerada–. Lee.
–Está bien, está bien –le concedo, alzando la nota al nivel de los ojos–. «El musical aún sin título de Javier Báez es una obra maestra. Báez es el libretista de nuestra generación». –Una flecha apunta al reverso. Allí escribió: «Marisol Campos, la única crítica que importa».
Elevo la mirada; Mari me está observando. Se encorva y me da un beso sutil en la frente.
–Vas a hacer grandes cosas. A tu tiempo. Créeme, por favor.
En ese momento, le creo. Mari rara vez se equivoca, así que, si tiene fe en mí, seguro hay una excelente razón, aunque yo ahora no sepa bien cuál es.
–Gracias por decir eso. Significa mucho para mí. Y ya que hablamos del futuro, prométeme que no te olvidarás de mí cuando seas una abogada famosa en California, ¿de acuerdo?
–Eso jamás –se burla, divertida–. Te lo prometo.
Extiendo los brazos, y ella acepta mi abrazo.
–Te quiero, Mari. Para siempre .
– Para sempre –repite en un susurro.
Nuestros idiomas son distintos, pero tan cercanos que las diferencias no importan. Como Mari y yo.