Capítulo 11. Javi #2
–Me encanta. –Aplaude entusiasmada–. Solo tu profesor verá el video, ¿no?
–Sí.
–Bien, terminemos con esto, entonces –resopla. Extiende una mano y, con el dedo índice de la otra, describe un movimiento circular.
–¿Qué pasa?
Pone los ojos en blanco.
–Date vuelta así me lo pongo.
–¿Aquí? –reacciono, elevando la voz.
–Sí, aquí. ¿Dónde más quieres que me cambie? No voy a caminar hasta el baño y arriesgarme a que me vean con este traje. Es la víspera de la graduación. Los dormitorios están atestados.
–Ah, bueno, sí, está bien, hazlo aquí. –Le alcanzo el traje y, en cuanto lo toma, giro sobre los talones; mi corazón late sin parar, como un tambor en mi pecho.
Aprieto los puños a los costados del cuerpo, con la intención, fallida, de no prestar atención a los roces de la tela al desprenderse de su cuerpo.
Mierda, mierda, mierda. Es Mari. No. Hagas. Nada.
Mari protesta al ponerse el traje, y eso me facilita un poco borrar las imágenes imprudentes de mi cabeza.
–¿Estás bien?
–Sí –responde agitada–. Ya casi estoy. Es… muy… ajustado. –Toma aire y gruñe–. Bien, puedes darte vuelta.
Cuando lo hago, no sé si reír o llorar. Por un lado, es cierto que parece un muppet de vodevil.
Por el otro, las partes visibles de su cuerpo –los muslos, la curva sobre un lado de las caderas, el declive de los hombros– provocan una punzada que quedará para siempre en mi pecho.
Es tan sugerente... Un indicio de lo que hay debajo.
Pero, Dios santo, su cuerpo es de otro mundo. Exuberante y tonificado y… perfecto.
Mari se mordisquea el labio, a la espera de mi reacción. De algún modo, ese simple hábito resulta innecesariamente cruel.
–Va a funcionar –me esfuerzo por decir.
–Más te vale –me advierte, la mano sobre una de las caderas–. ¿Qué más?
–El tocado. –Chasqueo los dedos. Es más seguro si me concentro en la tarea–. Y las polainas.
–Ay, Dios –murmura Mari.
Me hundo en el armario y arrojo ropa hacia atrás mientras busco la caja donde guardé el tocado.
–Estoy muy, muy agradecido, Mari. En serio, me estás salvando el pellejo.
–Es un pellejo muy bonito, así que merece ser salvado.
Sé que si me doy vuelta, ella estará ahí, con una sonrisa burlona en el rostro.
Entonces, no lo hago. Porque hoy no sabría cómo reaccionar al coqueteo de Mari.
En otro momento, sí, pero hoy no. No cuando estamos en este dormitorio pequeño y yo no puedo evitar pensar en partes de ella que usualmente paso por alto como un experto.
Así que finjo no haber oído el comentario y sigo buscando el tocado.
–¡Lo encontré!
–Guau –responde con entusiasmo fingido.
–Es una peluca, nada más –le explico, caminando hacia ella–. Las orejas y los bigotes están pegados, así no nos complicamos con el maquillaje.
–¿Y esta red? –pregunta cuando le coloco el tocado sobre la cabeza.
–Va sobre el rostro. Por el tema de que se mantiene oculta.
Estamos tan cerca que siento su calor corporal. No hay modo de que ella no sienta el mío. Es más, estoy tentado de limpiar el brillo de sudor en mis labios.
Mari levanta la vista, buscando mi rostro; luego inclina el mentón hacia adelante, con una pregunta en sus ojos castaños y oscuros.
Mi mente envía señales a través del cuerpo: me empuja la mano para que la toque, me ruega que inhale su perfume, pero, muy por el contrario, doy un paso enorme hacia atrás.
–Estaba pensando en lo que dijiste antes…
–¿Qué cosa? –dice en voz baja.
Carraspeo.
–Que debería escuchar tus consejos cuando se trata de mujeres. Creo… creo que sabes de lo que hablas. Y, tal vez, tú deberías seguir escuchando los míos. Hasta ahora te dio buen resultado, y la única vez que yo no te hice caso todo salió para el demonio.
Me estudia durante unos pocos segundos de un silencio tortuoso, respira hondo y exhala lentamente.
–¿Sabes qué? Tus argumentos son excelentes.
Estar enfocada será todavía más importante cuando esté estudiando Derecho.
No me puedo dar el lujo de salirme del camino.
Te propongo algo: ninguno de los dos saldrá con alguien que el otro no apruebe.
Si sientes mariposas en el estómago por una chica, yo podré ver más allá de tus tonterías y asegurarme de que valga la pena que le dediques tu tiempo.
–Hace una pausa y luego dice–: Yo necesito que hagas lo mismo por mí.
No le respondo enseguida. Como me urge hacer algo con las manos, levanto la botella de vodka del suelo y bebo un trago prudente.
–Está bien. –Me la quedo mirando por encima del borde de la botella.
–Para eso hace falta confianza –dice solemne.
–Exacto.
–Y una vez tomada la decisión, no podemos decir nada más.
–Perfecto. Sería darle al otro el poder total de impedir una relación potencial.
–Muy bien –asiente–. Sellemos el acuerdo.
Nos estrechamos la mano, y así surge el pacto; si alguna vez lo pondremos en práctica o no, ya es otra historia.
Terminamos rápido con el video, y luego regreso volando a mi escritorio para leer el ensayo por última vez.
Mari me ofrece la botella y me alienta a beber un trago para la buena suerte.
Conozco mis límites, así que apenas me mojo los labios y retomo esa tarea de porquería mientras Mari se quita el traje.
El tono que identifica las llamadas de mi madre perfora la quietud; presiono automáticamente el altavoz en mi teléfono y continúo revisando la pantalla.
–¿Todo bien? –pregunto distraído.
– Papito –grita mi madre del otro lado de la línea–, ¡encontré otra tienda de descuento TJ Maxx!
No me cabe duda. TJ Maxx es el segundo hogar de mi madre; puede localizar una sucursal en medio de una lluvia torrencial sin ayuda del GPS. No me sorprende que haya viajado hasta Belmont para la graduación y hallado una aquí también.
–Qué fantástico. Diviértete.
–¿Necesitas ropa interior nueva para mañana? ¡Está en oferta!
En un santiamén, tomo el móvil y quito el altavoz; resoplo antes de responder.
–No. No hace falta.
–¡Está bien! ¡Nos vemos mañana!
Levanto la vista, y Mari me está sonriendo.
–No veo la hora de conocerla personalmente.
–El sentimiento es mutuo, créeme. Te hice quedar mejor de lo que en verdad eres, así que, a esta altura, ya está enamorada de ti.
Mari, de vuelta con su ropa habitual, tuerce los labios en una mueca.
–Digas lo que digas, amigo, soy fabulosa, y lo sabes.
Claro que lo sé, y eso duele; reprimir mis sentimientos hacia Mari sería mucho más sencillo si no lo supiera.
Mientras edito el ensayo, Mari revolotea por la habitación, inspeccionando mi desorden.
–¿Todavía tienes mis M&M? –Estira la mano para llegar al estante donde guarda su provisión de golosinas, pero lo que encuentra es una caja de preservativos–. ¿Sin abrir, Javi? ¿En serio?
–La compré hace poco.
–¿Y por qué XS?
–¿Qué? –Atravieso la habitación volando, con el vodka en la mano, y le quito la caja–. ¡Eso no fue lo que compré!
Se desternilla de la risa.
–Típico. Me imaginaba que sería lo único que haría que muevas el culo.
Le devuelvo la botella y arrastro los pies hasta la silla.
–No más alcohol para mí. No me tengo en pie.
–Flojo. –Se acerca a una pila de hojas sobre el minibar. Las levanta–. ¿Qué es esto?
–Eh… algo a lo que le estoy dando vueltas en mi tiempo libre.
–¿Un guion? –Lee con mayor detenimiento–. Un momento, tiene indicaciones del director para la coreografía. ¿Estás escribiendo un musical, Javi?
–No es nada serio, en realidad. –Me encojo de hombros–. ¿Te acuerdas de que el verano pasado trabajé con el grupo de teatro?
–Sí. Pero creí que solo te habías encargado de la iluminación, la escenografía y esas cosas.
–Claro. Pero también observé y escuché. Como sabes, soy compositor de alma, y se me ocurrió contar una historia sobre el escenario. Pero es solo una idea. No sé si verá la luz.
–¿Por qué no?
–Porque lo hago solo por diversión.