Capítulo 11. Javi
Nueve años antes de la boda
¿Qué estaba pensando cuando me anoté a una clase de producción teatral en mi último año en la escuela de pregrado? ¿Y por qué opté por enviar el diseño de un vestuario original en vez de un escrito académico para el examen final?
Estoy. En. Problemas.
Y la persona al otro lado de la puerta es la única que puede ayudarme. Doy un tirón para abrirla, y Mari entra a los tumbos.
Su mirada desenfocada recorre mi (innegablemente desordenada) habitación.
–Quitaste los pósteres de Ciara.
Me apoyo la mano sobre el corazón e inclino la cabeza.
–Era hora.
–De acuerdo, pero ¿qué pasa contigo? Es la última noche antes de cruzar el umbral hacia la adultez y convertirnos en...
–Hipa–. Seres aburridos. Traje bebidas. En realidad, un vodka barato, porque es lo único que puedo comprar sin usar la tarjeta de crédito y que mi padre se entere.
–Sacude la cabeza de un lado al otro–. Un momento.
Ya tengo veintiuno. No puede decirme nada.
–Me mira de arriba abajo, con los labios apretados–.
¿Por qué no estás listo? Ya están todos formados en el camino Centennial.
La noche previa a la graduación, los estudiantes en el último año de Belmont dan una vuelta alrededor del campus en una suerte de desfile en el cual el noventa por ciento de los participantes están borrachos.
Como una Fiesta de la Cerveza en carnaval.
Las autoridades de la escuela insisten en que el consumo de alcohol está fuera de lugar en este sagrado rito de pasaje, pero igual se ocuparon de dejar unos barriles de plástico al costado de la pasarela por si alguien llega a necesitar un lugar donde vomitar.
–No puedo ir –le digo a la espalda de Mari, porque su dueña está echada boca abajo sobre mi cama–. ¿No recibiste mi llamado de emergencia?
–Claro que lo recibí. –Gira y se incorpora–. Me imaginé que necesitabas ayuda para elegir un atuendo medianamente decente. ¿Cómo que no puedes ir? Es una tradición.
–A decir verdad, la tradición es graduarse después de cuatro años de asistir a las clases que te corresponden. Y si no entrego esta tarea antes de medianoche –señalo la pantalla de la computadora portátil–, no voy a lograrlo.
Me mira boquiabierta, con los ojos vidriosos cada vez más grandes.
–¿Todavía no –deja escapar un eructo ridículo de tan sonoro– terminaste?
–Se suponía que Anna me iba a ayudar con eso –le cuento, después de derrumbarme en la cama junto a ella y encorvarme hacia adelante–, pero desertó. Dio vueltas durante semanas y ahora no responde ninguno de mis mensajes.
Anna y yo nos conocimos en la tienda de la escuela, un kiosco minúsculo ubicado en el sótano del edificio donde están los dormitorios.
Trabajé como cajero ahí cuando estudiaba.
Anna era simpática y seductora, y nos acostábamos cada tanto.
En algún momento, sin embargo, me di cuenta de que aparecía siempre que necesitaba algo: bocadillos, fichas en blanco, bebidas energizantes cuando estudiaba día y noche para un examen.
Yo tenía descuento por ser empleado y Anna creía que mi dinero le pertenecía.
Mari aguza la mirada.
–Yo te dije que esa chica era una manipuladora.
–Lo sé. –Asiento con la cabeza–. Debí haberte escuchado.
Inclina la cabeza hacia un lado y se toca el mentón con el dedo.
–¿Qué aprendimos de esta experiencia?
–¿Que debería confiar en tu instinto?
–Exacto. –Apunta con el dedo índice al aire. Con un suspiro profundo, levanta la botella de vodka del suelo y bebe un trago–. Es una pena que Anna haya querido usarte.
–Sobreviviré. –Me encojo de hombros.
–Por supuesto. –Asiente con un firme movimiento de la cabeza–. Bueno, entonces, ¿qué necesitas de mí?
Es así de simple. No duda en ayudarme a salir del embrollo. Mari es así por definición. Aunque puede que se sorprenda cuando sepa de qué se trata.
–Necesito que seas mi modelo. Para un video.
–¿Perdón? –Crispa el rostro.
–No. Espera. –Me pongo de pie de un salto y tomo del escritorio la hoja con la tarea–.
Esta es la consigna: «Recrear una pieza de vestuario de un musical clásico de Broadway, teniendo en cuenta una selección de obras y utilizando únicamente artículos comprados en la tienda de segunda mano de Belmont y/o en una tienda de descuento.
El presupuesto es de veinte dólares. La calificación que recibas será acorde a (1) la popularidad del traje de referencia; (2) la creatividad de la recreación, que deberá presentarse en formato de video; y (3) la efectividad del ensayo en el que se explique el concepto.
La extensión del video no debe superar los cinco minutos, y el ensayo no debe contener más de mil palabras.
Deberán incluirse los recibos de compra de todos los elementos usados en el traje».
Al levantar la vista, sus ojos están clavados en mí, y su expresión de perplejidad es más que elocuente.
–¿Por qué demonios te anotaste en esa clase?
Echo la cabeza hacia atrás y me froto el rostro con la mano.
–Necesitaba créditos para mi título adicional en Teatro.
–Y creíste que sacarte una buena nota sería pan comido.
–Entre otras cosas –admito, enfrentándome a su mirada de superioridad–. No importa; el asunto es que Anna iba a desfilar con el traje, pero, como desapareció en acción, necesito que tomes su lugar. Aunque…
–¿Aunque qué? –Entrecierra los ojos.
–Aunque no sé si tu esqueleto borracho puede caminar en línea recta.
–Este esqueleto borracho es todo lo que tienes, desgraciado.
–Lo acepto, entonces –digo con una mueca divertida.
–Sabía que ibas a decir eso –responde, con una sonrisa ladeada.
–¿En serio no te importa perderte la vuelta de graduados? Hace semanas que hablas de eso.
–No es para tanto. –Hace un gesto displicente con la mano–. Sash y Britt se van a enojar conmigo, pero que recibas tu título es mucho más importante.
Quizás sea porque nos graduamos mañana y nuestras vidas tomarán rumbos separados –Mari hacia California, donde comenzará a estudiar Derecho en otoño, y yo de vuelta a Nueva York, para hacer quién sabe qué carajo–, pero estoy sentimental.
No me imagino cómo habrían sido los últimos tres años en Belmont sin ella.
Por desgracia, el mundo real nos pisa los talones, y ya no puedo sacarle ventaja.
Si fuera posible, congelaría este momento.
Mari se levanta de la cama y me arrebata la hoja con la tarea de la mano.
–¿Qué musical elegiste?
Trago saliva antes de responder.
– Cats .
–No, por Dios. ¿Por qué cuernos no elegiste West Side Story ? ¿O Grease ?
–Quería hacer algo que fuera desafiante –protesto.
–Felicitaciones –gruñe–. Lo conseguiste.
–Bueno, tampoco me castigues. Es el primer musical que vi en vivo en Broadway. Mi madre me llevó cuando era chico. Cuando cumplí seis o siete años. –Me encojo de hombros–. No sé, es especial para mí.
Sus ojos se enternecen, comprensivos.
–Ay, eso es muy dulce.
–No te confundas. La mitad del tiempo no tenía ni puta idea de lo que estaba ocurriendo. Pero quedé fascinado con la música, los trajes, el teatro. ¡Y todos eran tan delgados! Por algún motivo, recuerdo eso.
–Está bien; te la dejaré pasar esta vez. Si es especial para ti, es especial y punto. ¿El traje está terminado?
–Casi. Solo falta agregar unos detalles.
–Déjame verlo.
Busco el traje, que está colgado en un gancho en el fondo de mi armario diminuto, y se lo muestro.
Lo estudia, moviendo la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Luego, su mirada rebota entre el traje y yo.
–Primero, déjame aclarar que la pregunta que voy a hacerte surge del amor y el respeto profundos. Segundo, ¿qué mierda es esto?
Esbozo una sonrisa y extiendo el brazo para examinar el traje desde su perspectiva.
La malla de baile es blanca para acentuar los detalles y elegí que fuera de spandex para que brillara con las luces del escenario.
Para el pelaje, teñí bolas de algodón en negro y naranja; a mi entender, una genialidad.
Quizás me excedí con los accesorios, pero esa es la gracia de una recreación.
Es probable que mi modelo no gane ningún concurso de diseño, pero me puedo imaginar perfectamente esta versión en el musical.
–¿Está tan mal?
Muestra los dientes mientras piensa; su expresión transmite escepticismo.
–Es un muppet de vodevil. Como una cruza entre Mad Max y una película de monstruos.
Lanzo una risotada y sostengo el traje frente a mí. La puta madre. Ahora que lo describió así, no puedo verlo de otra manera.
Mari me rodea para inspeccionar la prenda desde todos los ángulos. Se acerca y observa las mangas.
–¿Esto es…? ¿No son esos separadores de dedos que te pones cuando te pintas las uñas?
–Creo que sí –digo mientras los miro con atención–. Los encontré en la tienda que vende todo a un dólar. No sabía eso de los dedos separados, pero me venían fantástico. La idea es que esta gata desarrolló una coraza protectora para evitar que la acaricien.
–¿Como una suerte de evolución?
–Puede ser –admito y frunzo la nariz–. Pero también deja ciertas partes de su figura al descubierto, porque esas son las que se siente cómoda compartiendo.
Sus ojos se posan en los míos, y me sostiene la mirada por un momento largo.
–O tal vez –dice– la explicación no es tan profunda y lo único que quiere es divertirse.
Esos malditos gatos que viven en el callejón e intentan controlar lo que ella hace con su cuerpo deberían meterse en sus asuntos.
O tal vez, solo tal vez, se trate de una gata puertorriqueña que nació en Nueva York y vive escondiéndose del mundo.
–Levanta una ceja; me quedo boquiabierto.
¿Qué? ¿Qué tiene que ver esto conmigo? ¿Se enojó porque pensó que estaba hablando de ella?
–Mierda, Mari. No es una personificación ni nada por el estilo. Es un personaje que inventé.
Pestañea varias veces.
–Claro, claro, entiendo. Estoy ayudándote a darle vida al «personaje». –Sonríe–. A propósito, es fantástico. ¿Tienes un número en mente?
–Sí. –Asiento con la cabeza–. Se llama «Gata gallarda, granate, glacial».