Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 8. Javi #2
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Capítulo 8. Javi #2

–La relación se desgastó. –Me siento, evitando su mirada–. Teníamos intereses y objetivos distintos.

–¿Quieres decir que a ti te interesaba estar aquí y a ella, en tu armario?

Levanto la cabeza.

–¿Mi armario? ¿Por qué demonios querría estar en mi armario?

–¿No es ahí donde se guardan las muñecas inflables?

Entonces caigo: Mari nunca me creyó.

–Es real, por el amor de Dios –aseguro, con las mejillas encendidas aunque intento mantenerme serio.

–Seguro –dice, con una sonrisa que empieza a dibujarse en los labios.

Nos miramos fijo unos segundos y luego estallamos en una carcajada.

–En serio, Javi. ¿En qué estabas pensando? ¿Fantasía?

–Es un nombre precioso –musito, casi sin aire. Cuando recupero la voz, agrego–: Bueno, si te diste cuenta, ¿por qué no me pusiste en evidencia?

–No tenía sentido. Tú no querías participar de la subasta, y yo capté el mensaje.

–No lo hice por ti en particular.

–Sí, claro que lo hiciste por mí, y no me enojo. Elegimos no estar juntos de esa manera, y está muy bien.

–Igual terminamos en el lugar correcto, ¿no? –digo, con la convicción genuina de que es verdad.

–Claro que sí.

Vuelve a echarse de espalda y yo me acerco hasta ubicarme de manera perpendicular, con mi cabeza contra uno de sus costados.

–Pero todavía no fuiste del todo sincero conmigo.

–Es la única mentira que te dije.

–Te creo, pero no me refiero a eso. Quiero que compartas conmigo algo real. Porque yo ya compartí de más.

Está en lo cierto. O sea, supongo que no debe de haber sido fácil hablar de sus padres en este momento. Pienso un segundo.

–Tengo miedo a las alturas. Tengo mucho miedo a las alturas.

–Qué interesante –comenta con tono risueño–. Lo voy a recordar por si alguna vez estamos en una situación en la que esa información sea relevante. Pero no me refiero a eso, y lo sabes.

Distraída, Mari me peina los rizos con los dedos mientras observa el cielo nocturno; alguna que otra luciérnaga pasa rauda.

La violinista guarda su instrumento, y el parque queda silencioso y sereno.

Las manos suaves de Mari entre mis cabellos y la vista de las estrellas sobre mí hacen que me resulte difícil mantener los ojos abiertos. O tal vez estoy esquivando el tema.

–Estoy esperando –dice con un cantito.

–¿Quieres indagar en mis secretos cochinos?

–¿Tienes alguno? –Lanza una risa entrecortada.

–No es precisamente cochino.

–Qué mal.

No puedo evitar sonreír. Hablar con Mari es lo mejor de mis días. Cada oración revela algo de su personalidad. Y cuanto más comparte, más quiero devolverle el favor. Aunque implique desenterrar recuerdos desagradables, suspiro y avanzo.

–Cuando estaba en tercer año de la secundaria, mis hermanos y yo estuvimos a punto de firmar para una de las discográficas más importantes.

Se incorpora un poco, lo que me obliga a modificar mi posición sobre la manta. Retuerzo el torso hasta quedar frente a ella; la expresión de sorpresa en su rostro no me llama la atención.

–¿Tenían una banda?

–Algo así. –Me encojo de hombros–. No habíamos terminado ninguna canción, pero yo estaba trabajando en varias. La pasé muy mal en esa época, y esas letras terribles lo demuestran. «Adherido a ti como manteca de maní», dice un verso que escribí.

–Por Dios –dice con expresión de asco.

–Sí, ya sé. Pero mientras tanto, tocábamos canciones de otros en centros comerciales y festivales de la zona. Éramos un éxito. Nuestros padres no lo podían creer y nos inscribieron en un concurso de talentos. Y no en uno cualquiera; era uno de verdad, auspiciado por Pinnacle Music.

Alza las cejas cuando menciono a la famosa compañía discográfica y, luego, vuelve a recostarse de espaldas. Retomo la posición más cómoda y, entonces, Mari insiste:

–¿Y? ¿Qué pasó? Quiero todos los detalles sórdidos.

Me fastidio; desearía que ese episodio triste no me importara tanto.

Mari no tiene idea de que la palabra «sórdido» describe a la perfección lo que ocurrió, y está claro que su intención no es hacerme enojar.

Fue de veras humillante. Estoy tentado de mitigar ciertos detalles, pero me pidió sinceridad y quiero dársela.

–Tuvimos lo que nos parecieron cientos de reuniones con la compañía y un representante externo que ellos nos consiguieron.

Quedaba claro que la compañía estaba dispuesta a invertir algo de dinero en el grupo.

Luego, en algún punto, la idea original de la banda, mi idea, empezó a distorsionarse.

Yo quería trabajar en temas que nos diferenciaran.

Ellos querían que habláramos sobre autos y sexo.

Me opuse, y a la compañía no le gustó. Entonces, me dejaron fuera del proyecto.

–¿Los de la compañía?

–Mis hermanos.

–No puede ser. –Ahoga una exclamación.

–Sí. Y lo hicieron a mis espaldas. Me lo ocultaron hasta un par de días antes de que, supuestamente, firmáramos el contrato.

Me dijeron que habían encontrado a alguien que se adaptaría mejor.

Me preguntaron si aceptaba tener una actitud más pasiva.

Estaba destrozado, pero di un paso al costado.

No me enojaba el contrato. La traición fue lo que de veras me dolió.

La banda había sido idea mía. Mi forma de fortalecer la relación con mis hermanos.

Pero ellos siguieron sin mí y nunca se dieron vuelta para mirar atrás.

–Me da tanta pena oír eso –dice en voz baja y, luego, más enfática–: Dime que hay un final feliz. Dime que fueron un fracaso.

–Ojalá pudiera decir eso, pero no –suspiro–. Su primer álbum fue disco de oro. Nada de lo que vino después se asemejó al éxito de ese primer vinilo, pero son una banda pop reconocida con muchísimos seguidores en las redes.

–¿Qué dijeron tus padres? ¿Cómo hicieron tus hermanos para zafar?

–Mis padres no saben lo que ocurrió. Yo simplemente les dije que no estaba preparado para el desafío.

–Cubriste a tus hermanos. –Abre grandes los ojos.

–Sí.

–¿Por qué?

–Porque era una discográfica importante. Era la oportunidad de que mis hermanos hicieran algo para aliviar la vida de mis padres. No los iba a perjudicar por eso.

–Esa es la razón por la que no te llevas bien con tus hermanos.

–Nunca nos llevamos demasiado bien, a decir verdad. Me pasé la secundaria tratando de ser popular como ellos, de juntarme con ellos. Pero siempre me quitaban del medio. Hasta que llegó la banda. Sin embargo, terminó siendo más de lo mismo: me dejaron solo.

–Bueno, entonces, ahora es tu turno.

–¿Mi turno para qué?

–Para vengarte. En tu cabeza, por supuesto. Cuéntame lo que les harías.

Como siempre, Mari sabe qué decir para sacarme de la tristeza.

–Financiaría en secreto un documental sobre el ascenso y la espectacular caída de la banda. Nada más tengo que esperar hasta que se estrellen los muy basura. Y me aseguraría de que lo proyectaran en múltiples plataformas.

–¿Cómo se llama la banda?

–Los Triborough Boys.

Deja de acariciarme el cabello. Sí, los conoce. Todos los conocen.

–Los conozco –admite sin darle importancia.

–Gracias por contener tu entusiasmo.

–De nada –responde y continúa masajeándome el cuero cabelludo–. ¿Te sientes mejor?

–Mucho mejor.

Y es verdad. Nunca le había contado a nadie lo que pasó, ni siquiera a mis padres. Y aunque ahora me expuse, la reacción de Mari me reconforta. Me hace sentir que puedo mostrarme vulnerable con ella sin que me lo eche en cara.

–Javi.

–¿Qué?

–De ahora en más, voy a escuchar tus consejos cuando se trate de chicos, sin cuestionar nada. Está peligroso en estas calles infestadas de Robs, y la ayuda me vendrá bien. A cambio, voy a borrar todas mis descargas de Los Triborough Boys. ¿De acuerdo?

–De acuerdo –confirmo con una sonrisa.

¿Saben qué? Esta chica se merece una maldad inofensiva.

Me pongo de pie de un salto y le ofrezco una mano.

–Vayamos a la papelería.

–¿Para qué? –Me acepta la mano.

Le dedico una mirada pícara.

–Para comprar purpurina.