Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 9. Mari
23%

Capítulo 9. Mari

Diez años y siete meses antes de la boda

Mi madre dio en el clavo con su apreciación. Lo bueno es que Rob ya quedó en el pasado, y yo estoy socializando como de costumbre… O al menos, intentándolo.

–Vamos, ven con nosotras –suplico.

Javi ni siquiera permite que entremos en su dormitorio. Está de pie en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y los labios apretados en una línea recta.

–No –aclara–. Definitivamente no. Y, si necesitas que sea más claro: no, carajo, no.

Sasha bufa y continúa yendo y viniendo por el corredor mal iluminado. Brittany echa la cabeza hacia atrás, molesta; tengo mis dudas de que no sea ese vestido adherido a la piel lo que la pone más irritable que lo habitual. A decir verdad, me gustaba más su estilo emo del mes pasado.

–¿Fuiste a alguna fiesta desde que llegaste? –le pregunto a Javi, con las manos sobre las caderas.

–A ninguna. –Chasquea los labios para remarcar la respuesta, una costumbre que copió de mí–. Y pretendo seguir así. Alcohol adulterado. Chupitos de gelatina. Vómito en el calzado. Una puta pesadilla. Paso.

–Escuchar música, bailar, conocer a otras personas –contraataco, tildando cada punto con los dedos.

Se queda mirándome por un momento y dice:

–¿Se supone que eso me hará cambiar de opinión? ¿No sabes cómo soy?

Sí sé.

Sé que el color que más le gusta es el azul.

Sé que detesta que las personas hablen con la boca llena.

Sé que la madre lo llama «papito», «mi cielito» y una incontable variedad de «–itos», y que no le molesta.

Sé que dejaría lo que fuera si yo necesitara ayuda (y yo haría lo mismo).

Y también sé que prefiere estar solo, porque es más seguro que salir y exponerse. Así que no me daré por vencida todavía.

–Podrás ejercer tu poder de veto con cualquier persona con la que yo hable, ¿recuerdas?

–Es tentador. –Se golpetea el dedo contra el mentón–. Pero sigue siendo un no.

–Una hora –le ruego–. Solo regálame una hora o dos.

–Perdón, Mari, pero no saldré esta noche.

Para resaltar lo desagradables que pueden ser los estudiantes cuando se emborrachan, las puertas de dos dormitorios se abren de golpe y un chico blanco sale despedido de uno al otro, con su ropa interior en la cabeza.

–Eso es. Que se diviertan –dice Javi y retrocede rápido hacia su habitación, empujando la puerta para cerrarla.

Antes de que lo consiga, una mano asoma desde adentro y, segundos después, su compañero, Jeremy, emerge, empujando a Javi a un costado. Con una media sonrisa, se recuesta sobre el marco de la puerta.

–Bueno, bueno. ¿Qué tal, señoritas? ¿En qué podemos ayudarlas?

El tipo es un personaje. Sus rulos, de un rubio sucio, le enmarcan el rostro como si fueran un halo, y tiene siempre la piel sonrojada. Sasha lo apodó en secreto (y a la perfección) «Cupido». Brittany opina que le hace honor a Justin Timberlake en su época en NSYNC.

–Estamos intentando que tu compañero de habitación no actúe como un hombre de treinta años –le explico.

Jeremy adopta una posición erguida, se cruza de brazos y esconde las manos debajo de las axilas.

–Buena suerte con eso. Su plan para esta noche es aplicarse crema para las hemorroides.

Javi le da una palmada a Jeremy en la nuca y vuelve a meterse adentro.

Jeremy hace un gesto para quitárselo de encima y pregunta:

–¿A dónde van?

–Los de ODO organizan una fiesta en su sede de la calle Brickman –aclara Brittany.

–Diez dólares la entrada –agrego.

–¿Diez dólares? –grita Javi desde adentro–. ¡Ahora seguro que no voy!

–Ya está, Mari –se queja Sasha–. No quiere nuestra compañía. No perdamos más tiempo.

Javi es un gruñón, pero es mi gruñón. Sasha no lo entiende, pero yo sí. Para mí, es la personificación de un caramelo con cubierta dura y relleno blando.

–Está bien –digo fuerte para que Javi escuche–, pero la mujer en el taller de seguridad aconsejó que fuéramos a las fiestas en grupo. Para cuidarnos entre nosotras.

Javi asoma la cabeza y nos señala con el dedo.

–Que no les agreguen nada en los tragos, ¿sí? –Desaparece, pero vuelve segundos después–. Mejor no beban nada.

–Sí, claro –respondo, tironeando el dobladillo de mi minifalda negra.

Javi sigue la acción con la mirada, aprieta la mandíbula y vuelve a desaparecer dentro del dormitorio.

«Trataré de convencerlo», articula Jeremy antes de cerrar la puerta.

–Me parece divertido –comenta Brittany mientras nos dirigimos hacia la salida del edificio–. Me recuerda a mi padre. ¿Estás segura de que no es de esos que deciden estudiar de grandes? Quiero decir, ¿tienes alguna prueba de que tiene nuestra edad?

Pongo los ojos en blanco.

–Que no actúe como el estudiante típico no significa que sea un anciano.

–Supongo que tienes razón –responde Brittany, tomándome de la mano para no tambalearse en sus tacones demasiado altos–. Como sea, estoy muy feliz de que salgamos esta noche.

–Te informo que no eres hábil para mentir. Te aferras a mí para evitar caer de culo con esos zapatos ridículos.

–Además –dice con una carcajada.

Antes de llegar a la escalera, oigo el clic de una puerta que se cierra y, cuando me doy vuelta, Javi viene caminando hacia nosotras con el rostro impávido, poniéndose una camiseta.

Espío la franja de piel que queda visible cuando se ajusta el cinturón de sus jeans negros gastados, y mi corazón se agita.

¿Alguna vez me puse a pensar qué ocurriría si yo cediera a la atracción que ocasionalmente surge entre nosotros?

Claro que sí. Pero Javi es demasiado importante para que lo relegue a una relación sin compromiso.

Y eso es lo único que pretendo de cualquier persona en esta etapa de mi vida.

Está claro que él siente lo mismo; es decir, hasta inventó una novia para reprimirse.

Con esto en mente, me doy vuelta y tomo a mis amigas del brazo.

–Buena decisión –le digo por encima del hombro–. Te prometo que la vas a pasar genial.

Javi gruñe como toda respuesta.

***

Javi no la está pasando genial.

La casa de ODO es relativamente pequeña, pero quitaron todos los muebles en la planta baja, y solo quedan las habitaciones vacías y una lámpara de un azul inquietante que es la única fuente lumínica de la fiesta.

Aparentemente, no hay nadie que no tenga un vaso rojo de plástico en la mano, pero, como Javi recomendó, no bebemos nada.

–Si alguien me vomita en el calzado, me compras otro –me advierte, inclinándose hacia mí para que pueda escucharlo por encima de la atronadora Danza Kuduro de Don Omar y Lucenzo, que suena en dos parlantes del tamaño de un humano pequeño. Juro que la pasaron al menos tres veces en la última hora.

–Sí, sí –lo tranquilizo, mientras elevo los brazos y sacudo las caderas porque, a pesar de todo, la canción está buenísima.

A unos metros, Brittany y Sasha no les prestan atención a los tipos reunidos a su alrededor y bailan espalda contra espalda. Parece ser que la blusa mínima de Sasha los tiene muertos.

Pasan unos minutos sin ningún comentario sarcástico de Javi. Me doy vuelta y lo sorprendo mirándome el trasero de reojo.

Cuando nuestras miradas se cruzan, la suya apunta enseguida al suelo.

–Buen culo, ¿no? –Le guiño el ojo.

La boca de Javi se tuerce en una mueca, y luego pone los ojos en blanco.

–Sabes que sí. –Con un suspiro, monta una escena para fingir que mira la hora–. Te quedan treinta minutos.

Esta vez es mi turno de poner los ojos en blanco.

–Está bien. –Me quedo a su lado y oteo la multitud con los dedos entrelazados como una villana pérfida que planea aniquilar el mundo. Después de unos segundos, señalo a un chico latino precioso que está al otro lado del salón–. ¿Qué te parece?

Javi niega con la cabeza.

–¿Por qué no? –rezongo.

–Tiene novia.

Alguien sube el volumen de la música incluso más, por lo que Javi y yo nos vemos obligados a pegar las cabezas para seguir conversando. Por desgracia, su aroma –límpido, primitivo, con un toque de cítrico– me hace picar la nariz y lleva mi mente a sitios prohibidos.

Me alejo un poco y carraspeo.

–¿Cómo sabes que está comprometido?

–Mira la muñeca. Lleva puesto un brazalete de la amistad.

–Eso no significa que tenga novia –resoplo.

–Si vas a cuestionar mi razonamiento –dice, con una sonrisa en los labios–, me voy ya mismo.

–Está bien, tranquilo. Pero deberíamos establecer ciertas reglas. O sea, no puedes inventar cualquier mierda que se te ocurra. Tienes que estar bien predispuesto.

–Lo estoy. –Asiente con la cabeza–. Solo quiero lo mejor para ti.

Soy escéptica, pero confío en él… por ahora. Vuelvo a observar a mi alrededor y señalo a un chico blanco junto a un grupo de amigos.

–¿Y él?

–El corte de pelo lo deja descalificado de por sí y, además, fuma marihuana.

–¿Cómo lo sabes?

–Es amigo de Jeremy.

–Eso también lo deja descalificado –remarco.

–Tienes razón –se ríe–. Eso incluye a tu compañía actual.

–No, tú eres la excepción, mi adorable cascarrabias.

Me atrae hacia él, me da un beso en la frente y me suelta.

Es apenas un roce de labios. Casto. Amistoso.

Que proviene del afecto, no de la lujuria.

Salvo que los labios de Javi son tiernos como la mantequilla, y su perfume es increíble.

En ese instante, mi mente rebobina y decide que ese beso será el único que vale.

Y de veras detesto pensar eso. Porque me deprime que, de ahora en más, voy a comparar a cualquier persona con Javi y sentir que no está a su altura. «No, mente. No pienses en eso».

Como si el universo quisiera ofrecerme un descanso, un chico negro y esbelto aparece junto a mí; su camisa bien planchada y de colores suaves lo destaca entre los demás tipos en la fiesta.

¿Un estudiante de Belmont que no piensa que las camisetas son un atuendo formal? Jamás creí que vería ese momento.

En el lado opuesto, Javi carraspea. Me doy vuelta para mirarlo.

Inclina apenas la cabeza y luego se aleja para reunirse con Sasha y con Brittany, apiñadas en un rincón y muertas de risa por algo. Supongo que eso significa que me da luz verde.

–Eres Marisol, ¿no?

Tiene una voz bonita; no tan grave como la de Javi, pero es bonita igual. Y es nada más que unos cinco centímetros más alto que yo, así que no necesito estirar el cuello para mirarlo, como me pasa con Javi.

–Sí. ¿Y tú?

–Yo soy Trent –me dice, con una sonrisa amplia que destaca su dentadura blanca y pareja.

Me humedezco los labios con la lengua y extiendo la mano.

–Un placer, Trent.

Se frota el cuello y respira para calmarse.

–Eh… ¿quieres bailar?

Su aparente nerviosismo me atrae. Realmente espero que no sea una fachada.

Echo un vistazo al rincón donde antes estaban mis amigas y veo que Katy Maldonado se unió al grupo.

Grr, ya es demasiado malo tener que soportarla porque forma parte del comité de la AEAL, pero ¿también debo verla acá?

Un momento. ¿Qué está haciendo? Agudizo la vista.

¿Se está…? Sí, se está acercando a Javi cada vez más, interponiéndose entre él y mis amigas e invadiendo su espacio personal. De ninguna manera.

–Dame un segundo, Trent –digo, y grito el nombre de Javi desde el extremo opuesto del salón.

Levanta la cabeza de inmediato y me ubica entre la multitud, intrigado.

Lo miro fijo, elevo el mentón para señalar a Katy y hago el gesto de degüello con la mano.

Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Se recompone y finge saludarme, para dejar en claro que entendió el mensaje.

Ahora que Javi está a salvo de las redes de Katy, tomo a Trent de la mano y lo arrastro a la pista de baile.

Esta dinámica con Javi es exactamente lo que yo necesitaba. Somos amigos, confidentes, y guardaespaldas también. Como es tan importante para mí, haré lo posible para que la situación no cambie.