Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 8. Javi
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Capítulo 8. Javi

Diez años y siete meses antes de la boda

La calidez del clima a comienzos de nuestro tercer año en la escuela de pregrado no se ajusta a la estación; es el segundo octubre al noreste del país que nos bendice con temperaturas moderadas, incluso cuando anochece.

Todos aprovechan la tregua. Los cuerpos se tienden por el parque, y una estudiante que practica el Canon de Pachelbel en su violín ofrece la banda de sonido perfecta para ayudar a relajarnos.

No toca toda la pieza, sino que se concentra en tres de mis variaciones preferidas: las que practicaba durante horas cuando aprendí de manera autodidacta a tocar el piano en los primeros años de la secundaria.

Si tuviera un teclado, me sentiría tentado a tocar con ella.

Mari suspira y estira la manta sobre la que estamos sentados.

–¿Quieres hablar del tema? –pregunto.

No responde y le quita la tapa al envase de medio litro de helado de menta con chispas de chocolate que le traje. Para mí, tiene gusto a caramelos y pasta dental, pero cada loco con su tema.

–Quizás te haga sentir mejor –insisto.

–No, para nada –dice, engullendo una cucharada llena de helado.

Capitula a los pocos segundos–. Lo único que voy a decir es esto: no entiendo por qué soy la mala de la historia.

Todo lo que hice fue decirle que no quería nada serio.

Y reaccionó como si le hubiera pedido el divorcio.

Es más, me acusó de provocadora porque no quise acostarme con él. Fue una locura en todo sentido.

«Él» es Rob, un chico que Mari conoció hace un par de semanas.

Parecía que se llevaban bien, aunque nunca me convenció, y cuando Mari ya no quiso seguir, él le dijo cosas desagradables.

Para peor, estamos bastante seguros de que es el responsable de haber pintarrajeado los folletos que repartimos en el campus para anunciar la postulación de Mari a presidenta de la AEAL.

Ocurrió casi al mismo tiempo que la pelea, y los insultos garabateados sobre los folletos eran idénticos a los que Rob le dedicó.

No soy violento por naturaleza, y no voy a exponerme a una denuncia por agresión por este tipo, pero me encantaría encontrar otra forma de arruinarle la vida.

Esa tarde quitamos los anuncios y, para estar tranquilos, denunciamos las sospechas ante la policía del campus.

–No eres la mala de la historia. Es que Rob está acostumbrado a salirse con la suya y no sabe cómo manejar el rechazo. Que se vaya a la mierda.

Un frisbee amarillo cae a unos pasos de donde estamos, y un chico se acerca trotando para recogerlo. Se inclina y le guiña un ojo a Mari cuando se endereza y vemos cuán alto es.

«Qué galán, imbécil».

Mari le clava los ojos.

–Mi vagina está sellada hasta el fin del año escolar. Desaparece.

El chico levanta las manos en el aire, dejando caer el frisbee , y luego se aleja.

Mari hace a un lado el envase de helado –una prueba de lo enojada que está– y se echa de espaldas, con un brazo sobre el rostro.

–Necesito vengarme.

–¿Cómo? –Me recuesto a su lado.

–Con maldades inofensivas.

–Bien. ¿Algún ejemplo?

Se queda pensando un momento.

–Para empezar, podría cubrirle el auto con purpurina.

–Me gusta.

–Eh… luego lo suscribiría a miles de publicidades por correo electrónico.

–Necesitarías acceso a su cuenta para eso. La mayoría de esas empresas pide que confirmes la dirección de correo electrónico.

Estira el brazo y me da un golpecito en la frente.

–¿Hace falta que metas a la realidad en esto?

– Auch … Y sí. Si el plan no parece posible, no da satisfacción. Piensa en grande.

–Está bien. ¿Qué te parece esto? Rob tiene un sofá muy cómodo por el que pagó una suma obscena. Puedo llenarle los almohadones con queso mohoso y boquerones.

–Mierda, eso es tremendo. Nunca podrá quitarle el mal olor.

–Exacto.

–Buena idea. También podrías sustituir su foto de perfil en las redes sociales por la de un caballo y cambiar su nombre a «Cien por ciento animal». Pero para eso necesitarías acceso a su cuenta, así que no sirve.

–Sería demasiado cruel con los animales –ríe. Después de un momento de silencio, gira hacia un costado–. Tienes razón: no vale la pena perder mi tiempo con él.

–Por supuesto. –Giro hacia ella para mirarla.

–¿Es ahora cuando me dices «Yo te lo advertí»?

Podría hacerlo, pero no. No tiene sentido echarle en cara lo que ya sabe: tuve un mal presentimiento con Rob desde el vamos.

–Se escondió detrás de una máscara. Así de simple.

–Me dejé convencer por tantos sapos –asiente Mari.

Esas palabras me cubren como si fueran alquitrán, me empujan hacia abajo, y mi estado de ánimo se torna sombrío.

Imaginar a Mari con otros chicos no es una visión agradable.

Nunca. Desearía poder protegerla de los imbéciles del mundo, pero no es mi función interponerme entre ella y la persona con la que elija estar. Aunque a veces quisiera que fuera así.

–¿Puedo preguntarte algo?

–Claro.

–Esta obsesión por tener… ¿Cómo las llamas?

–¿Relaciones sin compromiso?

–Sí, eso. No te juzgo, pero me gustaría entender. ¿De dónde viene esa necesidad?

Desinfla las mejillas con una exhalación.

–De mi madre, supongo.

–¿Por qué? ¿Me cuentas un poco más sobre ella?

–¿En serio quieres saber? –me pregunta, sacudiendo apenas la cabeza.

La pregunta no me molesta. Desde que nos conocimos el año pasado, Mari y yo nos volvimos más cercanos, y la considero mi amiga.

Pero no hemos hablado demasiado de nuestros pasados ni de las personas que nos importan.

Me gustaría cambiar eso. Para ser sincero, quisiera saber todo acerca de Mari, pero decirlo sería revelar más de lo debido. Entonces, respondo:

–No preguntaría si no estuviera interesado.

–Bien. ¿Por dónde empezar? A ver, mi madre, Patrícia, conoció a mi padre en la universidad.

Él es primera generación de estadounidenses y está en una buena posición, aunque no siempre fue así.

Mi madre creció en un entorno mucho más modesto en San Pablo y se mudó a Estados Unidos para estudiar Periodismo.

En resumen, empezaron a salir y se enamoraron.

Los dos coinciden en que el flechazo fue inmediato, y ella no podía hacerse a la idea de vivir sin él.

Así que se quedó. Y, bueno, mi padre es un poco chapado a la antigua.

No es que no respetara su carrera, pero tampoco creía que fuera una prioridad.

Cuando yo nací, mi padre todavía estaba estudiando Derecho, y dio por sentado que mi madre se dedicaría a la casa mientras él seguía con lo suyo.

Y eso fue exactamente lo que pasó. Pero a mi madre no le gustaba la vida que mi padre quería vivir.

Las reuniones. Las noches que pasaba en la oficina.

Su obsesión por mantener un estatus social y hacer cosas que a ella no le importaban en lo más mínimo. Se fueron distanciando.

–Debe de haber sido duro para ella.

–Sí, no me lo puedo imaginar. Y no era solo por mi padre.

Era por estar en Estados Unidos, también.

Es decir, se tiende a suponer que vivir aquí es la mejor de las opciones, como si fuera imposible que un inmigrante deseara instalarse en otro lado.

Pero su vida en Brasil había sido hermosa.

Tenía una familia maravillosa a la que no podía ver tanto como quería; hermanos y hermanas que necesitaban su ayuda.

–Extrañaba su país.

–Exacto. Para colmo, yo estaba a punto de viajar para estudiar en la escuela de pregrado. No quería, de ninguna manera, vivir el nido vacío con mi padre, así que se divorció y se fue.

–¿Cómo fue para ti?

Deja escapar un suspiro largo y dirige la mirada hacia la manta.

–Difícil. Durante un tiempo, dudé de si no podría haber hecho algo para retenerla. Ella me aseguró que no era por mí. Que me habría llevado a Brasil si yo hubiera querido. Pero en mi mente, eso era imposible. Mis amigos estaban aquí; mi vida estaba aquí.

–Tu padre estaba aquí –agrego.

–Eso no era tan positivo –me corrige, sin emoción–. Lo escuché reprocharle a mi madre que no iba a saber qué hacer con una hija de dieciséis años. –Se ríe–. Mi madre le respondió que ya lo iba a descubrir.

–¿Qué hace tu madre ahora?

–Trabaja en un periódico en San Pablo y ayuda a sus hermanos con el cuidado de mis abuelos.

–¿La ves seguido?

–Viajé a verla los últimos dos veranos y espero volver el próximo. Mis abuelos no están en condiciones físicas para venir aquí, así que trato de ir a verlos cada vez que puedo. Las fiestas las paso con mi padre.

–¿Son unidos?

Mueve la cabeza de un lado al otro a la vez que analiza la pregunta.

–Se hizo cargo cuando mi madre se fue, aunque sé que no estaba precisamente entusiasmado. Le debo mucho por eso. Pero, a decir verdad, a veces me preocupa que su huracán termine arrasándome.

Ahora la entiendo mucho mejor. Resulta que tiene una coraza protectora tan gruesa como la mía. Quizás por eso congeniamos, porque, de alguna manera, somos almas gemelas. Una parte de mí espera que ambos bajemos la guardia. Tengo la sensación de que valdría la pena.

–Déjame adivinar: tampoco te vas a dejar arrasar por el huracán de ningún chico mientras estés en la escuela.

–Exacto. Pero no me malinterpretes. No odio el amor. Simplemente no lo estoy buscando ahora. –Se despereza y me echa un ojo–. Es tu turno.

El corazón me golpea el pecho.

–¿Mi turno?

–Sí. Dame la esperanza de que algún día encontraré a alguien decente. Cuéntame sobre tu novia.

Es la primera vez que Mari me pregunta por esta persona inexistente.

Imagino que no le importaba tanto como para hacerlo antes.

Y como yo no quería profundizar mi mentira inicial, tampoco dije nada.

Pero mi propósito es que la amistad con Mari prospere más allá de nuestras medias naranjas, reales o ficticias, así que decido hacer a un lado a mi falsa novia.

–Nos peleamos.

Mari se incorpora de un salto.

–¡No! ¿Por qué? ¿Qué pasó? –dice en un tono exageradamente dramático, lo que de inmediato alza una bandera roja en mi mente.