Capítulo 7. Mari
En la actualidad
–Ese tipo está enamorado de ti –dice Alex como al pasar.
Ya me estaba preguntando cuándo iba a compartir su opinión sobre Javi; hace como dos horas que la cena terminó y no había dicho ni «mu».
Dejo de quitarme el maquillaje y lo miro a los ojos a través del espejo.
–Javi es un buen amigo, nada más. Te aseguro que no está enamorado de mí. No hay nada de qué preocuparse.
Mis ojos se desplazan hacia los tubos y recipientes que forman parte del arsenal de Alex, una rutina de lociones y cremas que mantienen su piel tan tersa como la de un bebé.
Antes me fastidiaba que Alex se cuidara más que los demás.
Pero tengo que decir que, cuando viajamos juntos a San Antonio para una escapada de fin de semana, descubrí que no hay mejor sensación que pedirle prestado a tu chico el ácido hialurónico porque te olvidaste el tuyo.
–No me preocupo. –Me observa mientras va cumpliendo con los múltiples pasos de su rutina nocturna; los pantalones de su pijama a rayas le cuelgan de las caderas y tiene el torso desnudo–. Solo afirmo lo obvio.
–¿No estás ni un poquito celoso de nuestra relación, entonces? –pregunto, y por dentro me estremezco por el dejo de desesperanza en mi voz.
Alex se ríe, sin dejar de masajear crema humectante sobre su rostro.
–Los celos son una consecuencia de la inseguridad; así que no, no estoy ni un poquito celoso.
Eso en parte es verdad, claro está, pero creo que no es tan simple.
En algún punto, todos somos inseguros –inseguros de nosotros mismos, inseguros de nuestros vínculos, inseguros de nuestro futuro–, pero a veces no expresamos esos pensamientos racionalmente porque la sociedad nos dice que lo correcto es confiar en uno mismo: «Que nunca te vean sudar», «No bajes la cabeza», «Cree en ti y habrás avanzado la mitad del camino».
Pero la frase motivadora que está clavada en mi cabeza y en papeles de colores adheridos a mi escritorio dice: «Se puede ser, a la vez, una obra de arte y un trabajo en proceso». Gracias, Sophia Bush.
Alex tiende a ver las situaciones en blanco y negro; yo tengo mayor capacidad para hallar los grises.
También pertenezco indudablemente al grupo de los que creen que una cierta inseguridad es normal.
Se transforma en un problema cuando esa falta de confianza nos impulsa a ejercer el control sobre otra persona.
No obstante, ahora agradezco la seguridad de Alex.
Sería muy incómodo para todos si el monstruo de ojos verdes acechara en un rincón durante los preparativos para la boda.
En especial cuando no hay motivos, de eso no tengo dudas.
Me ubico detrás de él y, con la frente presionada contra su espalda, le rodeo la cintura con los brazos.
–Gracias por ser tan comprensivo. Estoy segura de que otro novio hetero se opondría a que su futura esposa eligiera a un amigo como caballero de honor.
Se da vuelta y se recuesta contra el tocador; luego me atrae hacia sí con un abrazo suave.
–Quiero que seas feliz. Si el hecho de que Javier sea tu caballero de honor ayuda a que eso ocurra, no voy a oponerme. Te mereces todo, princesa , y pienso hacer lo posible para dártelo.
–Sigue hablando así y te arrastraré hasta el registro civil.
–Alzo la cabeza para besarlo, pero el tono de llamada que corresponde a mi madre nos arranca del momento.
Es una alarma atronadora; si llama en vez de dejar un mensaje de voz de un minuto en WhatsApp para preguntarme si no me olvidé de su existencia, es por algo serio.
Salgo disparada hacia la habitación y tomo el teléfono que está sobre la mesa de noche.
–¿ Alô ? ¿ Mãe ? ¿ Tudo bem ?
– Tudo, filha . ¿ E você ?
Tengo frente a mí su foto de perfil, así que le pido que cambiemos a video y, después de algunos segundos de intentos fallidos de su parte, aparece en pantalla con una sonrisa enorme y las puntas de las trenzas sueltas asomando por debajo de una vincha roja.
Está bien. El latido de mi corazón se desacelera.
Una de las desventajas de que tu madre viva en el otro extremo del continente es que nunca sabes si está de veras bien, y me angustia pensar que podría enterarme por una llamada telefónica de que le pasa algo.
Logramos superarlo, pero mentiría si dijera que siempre es sencillo.
– ¡ Tudo ótimo ! Tento falar com você desde a semana pasada .
Alex entra en la habitación y se inclina para quedar fuera de cámara mientras se coloca una camiseta.
Repito lo que dije para que me entienda.
–¡Todo fantástico! Hace una semana que quiero hablar contigo. ¡Tengo novedades!
–Cuéntame –dice, sentándose sobre la mesa de la cocina.
–¡Alex y yo nos comprometimos!
Abre grandes los ojos y se cubre la boca con la mano que tiene libre.
– ¿Isso é sério ?
–Sí –confirmo con una carcajada–. Me lo pidió la semana pasada.
–¿Cómo fue? ¿Hizo algo especial? ¿Se arrodilló?
–Nada de eso. Me llevó a una joyería y me dijo que eligiera el anillo que me gustara. –Exhibo el anillo en cuestión frente a la pantalla.
–Oh, qué… bonito. Es grande.
–Alex está aquí al lado. –Le indico a Alex que se acerque.
Mi madre cierra la boca de golpe y sonríe.
–¡Felicitaciones! Hacen una pareja hermosa.
– Obrigado, minha sogra .
– Que lindo . Estás aprendiendo portugués –le responde con una sonrisa exageradamente amable.
–Eso intento.
–No podemos pedirte más –aprueba mi madre haciendo un gesto con la cabeza.
–Las dejo hablar –dice Alex y saluda con la mano; luego sale sin hacer ruido y cierra la puerta.
–Te escucho. –La miro, cómplice. Sé que se está controlando para no hablar.
Levanta los hombros, los labios apretados en declaración de inocencia.
–No sé qué quieres que diga. Estoy feliz por ti.
–Hay un «pero» rondando por ahí, ¿no?
–Estás equivocada. Solamente tú sabes quién y qué te hace feliz. Si crees que Alex es la persona indicada, te voy a apoyar. –Bate las pestañas–. ¿Es bueno en la cama?
Me llevo una mano a los ojos con un quejido.
–Ay, no. No tocaremos ese tema. –Mi madre se ríe burlona.
–Nos casamos en mayo. –Lanzo la bomba cuando baja la guardia.
La risa se detiene de repente, y entrecierra los ojos.
–¿Por qué tan pronto? ¿No necesitas más tiempo para estar segura? ¿Para organizar?
–Estoy segura –afirmo. Y en un tono menos abrupto, agrego–: Y el lugar de mis sueños tiene poca disponibilidad.
Conversamos un poco sobre los detalles: las fechas, mi cronograma para llegar con todos los preparativos a tiempo, la sugerencia de mi madre de que las interacciones entre ella y mi padre deberían reducirse al mínimo cuando venga para la celebración.
–¿Qué dice Javi de esto? –me pregunta.
La pregunta me deja en silencio. Me alejo del teléfono y, cuando recupero la capacidad de hablar, respondo:
–¿Que está feliz por nosotros?
Inclina la cabeza hacia un costado y mira fijo a la pantalla. Es como si estuviera frente a mí.
–¿Es una pregunta?
–No, no es una pregunta. Lo vi hace un par de horas, y está feliz por nosotros.
–Bueno, pero por lo que me dijiste, Javi te conoce como nadie; por eso me intriga saber lo que piensa.
Dejo escapar un quejido exagerado; resurge mi frustración por cómo Javi reaccionó ante la noticia. Este interrogatorio no tiene sentido. ¿Qué tiene que ver Javi con todo esto? ¿Desde cuándo mi madre es su abogada defensora?
–¿Quién autorizó que Javi sea el árbitro de mi vida amorosa?
La frente de mi madre se arruga, y un gesto de incredulidad se apodera de su rostro.
–Tú, Marisol. Tú.
Mierda. ¿Por qué las madres son siempre tan astutas?