Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 6. Javi
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Capítulo 6. Javi

En la actualidad

Está bien, es probable que haya sido esa novia falsa lo que hizo que mi relación con Mari naufragara.

Y sí, soy consciente de que mentir fue una jugada estúpida.

Pero para ser (egoístamente) justo, era joven y tonto, y estaba convencido de que salir con Mari terminaría con mi corazón vulnerable totalmente aniquilado.

Mari asegura que advirtió la mentira al instante y me siguió la corriente.

Como sea, no me caben dudas de que Mari y yo no seríamos tan cercanos si no hubiésemos priorizado la amistad todos estos años.

La quería en mi vida; la solución fue un invento de romance que igualmente no hubiera prosperado.

Así que no; a pesar de no saber a ciencia cierta cuándo fue que arruiné todo, estoy seguro de que no fue la ficticia Fantasía quien me metió en este lío.

Todo esto me recuerda al novio bien real de Mari. Carajo, hasta la palabra «novio» me hace doler el estómago.

–Déjame adivinar qué pasó en la subasta –dice Alex mientras exprime una rodaja de limón sobre su pescado–. Fuiste tú el que ganó la cita con Marisol.

–No. Tenía novia, ¿te acuerdas?

Mari se inclina hacia adelante.

–Totalmente inventada, aclaremos.

–Exacto, pero no lo sabías en ese momento –señalo.

–Por supuesto que sí. Eres pésimo mintiendo –resopla con los labios curvados hacia arriba en una sonrisa–. ¿Qué tipo sale con una Fantasía y no conoce a la cantante con el mismo nombre?

Jamás voy a contarle lo de la botella de Fanta.

–Como sea –continúo, marcando las palabras–, a mi compañero de habitación en ese momento, Jeremy, le sobraba el dinero, así que le rogué que ganara la subasta por mí. Y así fue: la ganó por quinientos dólares.

–Qué bien –asiente Alex.

Mari lanza un bufido.

–Pero Jeremy ni siquiera quiso salir conmigo. Dijo que era una donación para la AEAL.

–Jeremy es un mentiroso del demonio. –Sacudo la cabeza–. No fue una donación. Tuve que lavarle la ropa durante todo el semestre para devolverle lo que había pagado.

La mandíbula de Mari se desploma y el tenedor queda suspendido a mitad de camino.

–¿En serio? ¿Por qué me entero de esto recién ahora?

–Porque no quería que te angustiaras. El objetivo era deshacerse de Spencer, y eso fue exactamente lo que hice.

–Es una de las cosas más dulces que hicieron por mí –confiesa con la voz quebrada por la emoción–. Me conmoviste.

Alex nos mira con una expresión de placidez.

–Valió la pena. –Carraspeo. Empujo la lasaña de un lado al otro en el plato. Estoy tan incómodo que no puedo ni disfrutar de la pasta, y eso me enoja aún más. Pero eso no quiere decir que no pueda ser civilizado–. Dime, Alex, ¿creciste en Puerto Rico?

–Sí, en Guaynabo. Viví allí hasta los diecisiete y luego vine a Estados Unidos para estudiar.

Es probable que su familia tenga dinero, entonces. Interesante. Aunque no debería sorprenderme. Tiene sentido que Mari y él provengan de orígenes similares. Pero ¿los une el amor? No estoy tan seguro.

Mientras Alex desgrana historias insípidas sobre su infancia en la isla –no entiendo cómo tal cosa puede ser posible–, fijo la mirada en Mari, a la espera de que haga lo mismo.

Ella evita girar la cabeza en mi dirección, y sus ojos se pierden en la distancia.

Estoy seguro de que está tan aburrida como yo.

A ver, Alex no me parece un imbécil, pero tampoco es carismático.

Es como el pan de ayer: se puede comer, pero no es lo ideal.

A propósito de eso, el objeto de mi tímido desprecio me está observando y, como no estaba prestando atención, no tengo idea de por qué.

–¿Perdón?

–Preguntaba si vendrás acompañado a la boda. –Sonríe cordial.

¿Qué cuernos le importa? Ah, ya entiendo.

–Las probabilidades son mínimas –respondo–. No estoy saliendo con nadie. –Miro a Mari de reojo–. Además, voy a estar muy ocupado desempeñando mis deberes como caballero de honor. No quiero que mi chica piense que la estoy desatendiendo.

La sonrisa de Alex se borra, y comienza a estudiarme mientras frota sin parar la mandíbula.

Ojalá la desgaste hasta hacerla polvo. No sé si es inofensivo o tóxico.

Eso solo habría bastado para hacerme dudar, si Mari me hubiera pedido la opinión cuando recién empezaron a salir.

Tengo un mes y medio para detectar los defectos de este tipo y sacarlos a la luz.

–Bueno, puedo presentarte a mis hermanas –continúa–. Ellas también irán solas. Cualquiera hará buena pareja contigo.

¿Cualquiera? ¿Son descartables? No, no, este tipo es una amenaza.

–Estoy seguro de que me las voy a arreglar muy bien solo ese día.

–Como quieras. –Se pone de pie y se pasa la mano por el esternón–. Si me disculpan, realmente necesito ir al baño. El vino me está haciendo efecto.

Cierro los ojos, asqueado. No tolero que alguien haga referencia a su funcionamiento intestinal, en especial en la mesa. Guárdate esa porquería para ti, por el amor de Dios. Agrego otra tilde en la columna de los defectos de Alex.

En cuanto se aleja, me cruzo de brazos y me inclino hacia Mari.

–¿Qué es esto, Mari? ¿Te vas a casar? ¿Con ese tipo?

Su expresión se endurece antes de beber otro trago del vino que ha estado ingiriendo sin parar desde que el camarero tomó los pedidos.

–Sí, Javi. Me voy a casar. Con ese tipo. ¿Lo viste?

Hago caso omiso a su irritante pregunta retórica. ¿Qué podría responderle? ¿Que es perfecto pero tiene el culo un poco gordo?

–¿Conociste a sus padres?

–Su padre murió hace varios años, pero conocí a la madre. Vive en Puerto Rico, así que conversamos por videollamada.

–¿Y a sus amigos? –insisto.

–También.

–¿Qué opina Patrícia? –Si alguien representa la voz de la sensatez en todo esto, esa es la madre de Mari. No tiene pelos en la lengua y se toma en serio su papel de antagonista de Luiz Campos.

–Le conté de Alex, pero no sabe nada del compromiso todavía. Es todo muy reciente, y nos vemos poco.

Si Patrícia no está ni siquiera al tanto de lo que pasa, no puede ser de demasiada ayuda… aún.

No sé qué más decir. Quizás deba dejar reposar la situación para luego reconsiderarla.

El suspiro profundo de Mari llena el silencio.

–Oye, sé que es mucho para que lo asimiles, y de veras siento no habértelo contado antes, pero Alex es un buen tipo. Y tenemos muchísimo en común. Encajamos como pareja, en serio.

Qué respaldo rotundo al amigo de toda la vida y al posible padre de sus hijos. «Alex tiene sentimientos, Javi. Y camina erguido. Hasta come con cubiertos». No me lo creo, y estoy seguro de que Mari tampoco se lo cree.

–¿Le cae bien a tu padre?

–Mi padre es su mentor.

Me apoyo en el respaldo y lanzo un bufido. Bingo. Sabía que encontraría las manos sucias de Luiz por todos lados en esta farsa. Pero, como de costumbre, debo manejarme con sutileza en lo que respecta al padre de Mari, así que cambio de táctica.

–¿Por qué no lo sometiste al proceso de votación habitual? Si estás tan segura, enseguida lo hubiéramos aceptado.

–A veces uno siente que una persona es la indicada.

Señalo su rostro y lo dibujo en el aire.

–Esa expresión de enamorada. La única razón por la que hicimos el pacto fue para evitar tomar decisiones basadas en argumentos de porquería como ese.

Tuerce la boca en una mueca y me lanza una mirada compasiva.

–Me equivoqué, ¿está bien? Si de veras te gusta alguien, lo que los demás piensen no debería importar.

–No, importa mucho –remarco con enojo–. Si alguien es digno de ti, las personas que más te conocen lo sabrán.

–Pero eso no significa que uno deba renunciar a la autonomía en su propia vida amorosa.

Javi, es hora de que reconozcamos que hemos estado usando eso de fiscalizar nuestras relaciones como excusa.

Cuando me di cuenta de que era un impedimento, pude aceptar a Alex, y ahora nos sentimos comprometidos uno con el otro.

¿No es eso lo que siempre quisiste para mí?

Podría confesarle mis sentimientos ahora mismo, pero ¿no sería de mal gusto?

Su novio está a metros de distancia –a propósito, ¿por qué se demora tanto?

–, y Mari creería que simplemente entré en pánico frente al anuncio inesperado.

Además, no quiero que mis grandes momentos con Mari se mezclen con los de Alex.

«Persevera, Javi. Al final, valdrá la pena».

Esquivo la pregunta.

–Sabes que no lo voy a aprobar así como así. Lo vigilaré como si fuera un halcón hasta que digas «Sí, acepto».

–No esperaba menos de ti –responde, absolutamente risueña.

No tiene idea de la seriedad con la que me tomo lo que dije.

–Mari, espero que sepas que solo quiero lo mejor para ti. Eso nunca cambiará.

Apoya su mano sobre la mía.

–Entonces, ponte feliz por mí. Y sé el mejor caballero posible en la, hay que admitirlo, corta historia de los caballeros de honor.

No me imagino estar junto a Mari mientras ella se casa con otro hombre, pero eso es justamente lo que me pide que haga. Mi garganta corre el riesgo de cerrarse, así que fuerzo las palabras que sé que espera escuchar.

–Claro, eso haré.

El asunto es que ser el mejor caballero de honor implica garantizar que la novia no cometa el peor error de su vida. Después de todo, ¿para qué están los amigos?