Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 5. Javi #3
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Capítulo 5. Javi #3

Staley es uno de los cuatro comedores en el campus y el único sitio que permanece abierto durante los fines de semana. Su nombre no oficial es Mercado General de Carnes y, como ese nombre implica, la mayoría va ahí para ver a otros estudiantes y que los vean. Siempre que puedo, evito ese lugar.

–Seguro. –Lanzo un suspiro–. Vamos.

Avanzamos despacio junto a la hilera de árboles en el camino Centennial, esquivando a los pocos estudiantes en bicicleta que se rehúsan a respetar la senda reservada para ellos.

Durante el trayecto, Marisol se distrae con un cachorro precioso y le pregunta al dueño, un hombre de mediana edad, si puede acariciarlo. Él le dice que sí, y ella se arrodilla al instante.

–Qué hermosura eres –dice al perro, mientras le alisa las orejas–. ¡Y cómo mueves esa cola! ¿Es macho?

–Sí. –El hombre le sonríe–. Tiene dos meses y medio. Se llama Ozzie.

–Ay, es adorable. Algún día voy a tener un perro igualito a ti, Ozzie.

–Le acaricia el hocico, se pone de pie de un salto y saluda con la mano.

Se queda mirando al cachorro con anhelo a medida que él y su dueño se alejan–.

Mi padre dice que las mascotas dan mucho trabajo, por eso nunca tuvimos.

Cuando tenga mi propia casa, la voy a llenar con miles de Ozzies.

–Te va a salir caro –señalo.

–Valdrá la pena cada centavo.

Me lo puedo imaginar: una versión más vieja de Marisol tendida sobre una alfombra con sus cachorros adorados encima, riéndose, absolutamente dichosa. Debe de haber una sonrisa tonta en mi rostro, porque Marisol se detiene y me pregunta en qué estoy pensando.

–En nada –digo y bajo la mirada.

«Ya basta, Javi. Concéntrate».

Seguimos camino hacia Staley. A mi lado, Marisol balancea la engrampadora que sostiene en la mano.

–¿De qué trabajan tus padres? –pregunta.

Tengo ganas de preguntarle qué importancia tiene eso, pero me muerdo la lengua. Voy a darle el beneficio de la duda y suponer que lo único que pretende es conversar.

–Mi padre es empleado municipal en Manhattan. Ayuda a las personas a que completen los papeles para casarse. Mi madre es maestra de primaria.

–Debe de ser una santa –resopla–. Yo era un demonio a esa edad.

–¿Tú? –Echo la cabeza hacia atrás–. Jamás lo hubiera imaginado.

Entrecierra los ojos para mirarme, con una sonrisa incipiente. Luego me aleja con un empujón.

–Estoy segura de que tus padres me caerían bien. Criaron un buen pollito.

–Claro que sí. Son lo máximo.

–¿Tienes hermanos?

–Dos hermanos mayores. Que no son lo máximo.

Se detiene en seco, las cejas levantadas, dispuesta a escuchar un jugoso chisme familiar.

–¿Se ponían de acuerdo para molestarte cuando eras chico?

Relajo la mandíbula. No tiene sentido ponerme de mal humor por ellos.

–Algo así. –Miro de reojo a Marisol y noto su expresión incrédula, así que me apresuro a agregar–: Por Dios, nunca me lastimaron ni nada.

Físicamente, quiero decir. Solo… tomamos caminos separados antes de que yo ingresara a la escuela de pregrado, en gran parte porque no estuvieron cuando los necesité.

–Lo siento. Por desgracia, es bastante común.

–¿Sí?

–Sí. –Marisol sacude la cabeza–. ¿Cómo es la relación con tus hermanos ahora? ¿Los ves seguido? ¿Es incómoda? ¿O tensa? O… –Respira hondo–. Perdón, cuando tengo hambre digo tonterías.

Me bombardea a preguntas antes de que yo pueda formular las mías. Ese es un superpoder increíble. Sonrío lentamente, para darnos tiempo a recuperar el aliento, antes de responder.

–No hay por qué pedir perdón. Es que… no hay mucho para contar, eso es todo. No somos tan unidos como hubiera querido. Son mayores que yo y se llevan un año y medio. Siempre sentí que eran ellos contra mí.

–Qué mal. Soy hija única, así que no tengo idea de cómo es la relación entre hermanos.

–Tienes suerte –me río, y soy sincero.

–No siempre lo sentí así.

Me gustaría saber por qué, pero llegamos a Staley antes de que pudiera profundizar.

Otro día, quizás. Mientras tanto, surcamos la multitud que merodea en la puerta del comedor.

Es imposible no darse cuenta de la manera en que los chicos vigilan los movimientos de Marisol; le lanzan miradas fugaces para disimular su interés.

Rápidamente terminamos con los anuncios y nos quedamos mirándolos como si no hubiésemos sido responsables por su diseño.

Un chico aparece de la nada y rodea los hombros de Marisol con el brazo.

–¿Y esto?

–Nada que deba preocuparte, Spencer –responde Marisol, liberándose del abrazo.

–¿Una subasta de citas? –grita–. ¡Carajo! ¿Me puedo ganar una cita contigo?

–Supongo que habrá otros interesados –dice con una sonrisa burlona.

–Lo dudo, preciosa –la corrige, y estira la mano para tocarle el rostro.

Instintivamente, lo intercepto y le bajo el brazo despacio.

–Tranquilo, viejo.

Spencer lleva de golpe la cabeza hacia atrás; los ojos sobresalen de la sorpresa cuando advierte que soy yo.

–Ah, ya entiendo la situación. –Se inclina hacia mí–. Por ahora. Pero no vas a durar mucho. Ninguno dura.

–Adiós, Spencer –interrumpe Marisol, mirándolo furiosa.

Después de dedicarnos una mueca, regresa tranquilo con sus amigos.

Marisol me toma de la camiseta y me atrae hacia ella con ojos suplicantes.

–Si hace una oferta para salir conmigo, por favor prométeme que intervendrás y harás otra mejor. –Se pasa la lengua por los labios–. No sería tan terrible, ¿no?

No me está pidiendo demasiado, pero creo que es importante poner una barrera a la posibilidad de que exista algo romántico entre Marisol y yo, aunque puede que esta atracción que percibo solo exista en mi mente.

Ella es la chica más popular del campus.

Y yo… soy lo contrario. Ella atrae a las personas; yo las rechazo.

Si me voy de Belmont sin que nadie sepa mi nombre, no me importaría en lo más mínimo.

Marisol necesita alguien a su nivel, y yo ni siquiera puedo acceder al podio.

Así que pensar que podría ocurrir algo entre nosotros sin que yo termine con el corazón destrozado sería una idiotez.

Sé lo que es que te desprecien y no quiero ser nunca más el reflejo en el espejo retrovisor de nadie.

–Imposible –digo, desprendiéndome suavemente de sus manos–. Tengo novia, ¿te acuerdas?

–Ah, cierto. –Hace una mueca con los labios mientras considera cómo salir del problema.

–Pero no te preocupes –agrego, con la intención de aliviar su angustia–. Me voy a asegurar que ese tal Spencer no gane una cita contigo.

Levanta las cejas, interrogándome con la mirada.

–¿En serio? ¿Cómo vas a hacer?

–No tengo idea. –Alzo los hombros–. Pero ya se me va a ocurrir algo.

–Bueno, entonces, confío en ti, amigo –dice, y me da un golpecito en el estómago.

–¿Somos amigos?

Marisol asiente con la cabeza; su mirada franca me inmoviliza.

–Siempre y cuando quieras. Podríamos empezar almorzando juntos, si te viene bien.

La estudio por un momento, con los labios apretados.

Mierda. Pasar más tiempo con Marisol no es bueno para mi salud mental.

La sinapsis en mi cerebro enloquece cuando estoy cerca de ella; es como si estuviera experimentando una sobrecarga sensorial.

Por eso dudo en responder, y ella se da cuenta; abre los ojos, sorprendida, y luego los entrecierra, fastidiada.

–Ay, por favor, Javier –se queja, pegándome apenas en el brazo–. No muerdo. Vamos a compartir una comida, nada más. Podemos hablar sobre los detalles de la subasta si te preocupa lo que tu «novia» pueda pensar.

El comentario de Marisol penetra los pensamientos caóticos en mi cabeza.

Tiene razón. Y ahora me siento ridículo.

Estoy actuando como si ella fuera una suerte de sirena decidida a seducirme, lo que es injusto con ella y una actitud de mierda de mi parte.

Al no ver más allá de mi atracción, menosprecio su cualidad más notoria: su personalidad.

Es divertida y graciosa y osada. Y uno de los raros individuos que logro tolerar por más de unos minutos.

No necesito salir con Marisol para disfrutar de lo mejor de ella.

Entonces, apoyo las manos en sus hombros y la conduzco en dirección al camino Centennial.

–Claro, amiga, vamos a conseguirte algo para comer. Desde aquí oigo cómo te gruñe el estómago.

–Cierra la boca, Javier –bromea, recostándose sobre mí cuando le rodeo el hombro con el brazo.

–Dime Javi.

Alza el rostro para mirarme y sonríe con ganas.

–Te diré Javi, entonces.

–Me gusta cómo suena… Mari.