Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 5. Javi #2
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Capítulo 5. Javi #2

–Mi novio juega en el equipo de lacrosse . Voy a pedirle que invite a algunos de sus compañeros.

–¡Perfecto! –reacciona Marisol–. ¡Será fantástico!

Un par de chicos chocan los puños. Uno de ellos bromea que piensa trabajar horas extra para ganar una cita con Marisol. Algo de todo eso me molesta, aunque no hay razón.

–¡Excelente idea! –Los ojos de Katy brillan de entusiasmo–. ¿Quieres ayudarnos con la organización?

–Eh… en realidad, no era la id…

–Estupendo –completa Katy, arrasando mi intento de decir que no–. Gracias por ofrecerte como voluntario. Marisol está a cargo del comité para recolectar fondos, así que te reportarás directamente a ella. ¿Qué te parece?

–Me parece grandioso –responde Marisol, dedicándome un guiño pícaro.

Así son las cosas: mi primer error fue haber venido.

El segundo fue abrir mi boca impaciente.

El punto es que, si trato de escapar ahora, voy a quedar como un idiota y, además, Marisol tendrá que hacerlo todo sola.

Me importa un rábano lo primero y detesto con toda el alma que me importe lo segundo.

Supongo que no será tan trágico ayudar hasta el día de la subasta, aunque más no sea para controlar la situación y asegurar que no se desmadre.

En fin, yo fui quien propuso el evento, así que corresponde que me involucre para llevarlo a cabo.

–Sí, no va a haber problema.

–¡Fantástico! –concluye Katy, con más entusiasmo del necesario; luego da media vuelta y se va.

Marisol se me acerca y golpea apenas la punta de mi calzado con el suyo. Con una sonrisa petulante, me dice:

–Parece que vamos a trabajar juntos. Cómo cambió la historia, ¿no? –Gira sobre los talones, se aleja varios pasos y agrega por encima del hombro–: Ah, y bienvenido a la AEAL.

Frunzo el ceño, doblo en dos mi porción de pizza con queso y le hinco los dientes como si quisiera vengarme.

¿Que va a ser un dolor de cabeza? Confirmado.

Aunque extrañamente no me molesta.

***

Dedicar la mañana de un sábado a ayudar a Marisol Campos a repartir folletos y colgar anuncios por todo el campus tampoco formaba parte de mi lista de pendientes. Aun así, en eso estamos.

La buena noticia es que Marisol es una abeja obrera con toda su energía volcada en publicitar la subasta de citas de la AEAL.

La mala noticia es que la tarea exige que uno de nosotros sostenga el anuncio mientras el otro lo sujeta a la pared, por lo cual hemos estado invadiendo nuestros espacios personales desde que comenzamos hace media hora.

La pésima noticia es que no sé qué perfume lleva puesto Marisol, pero huele a vainilla y caramelo, una combinación que me recuerda al flan, por lejos mi postre preferido.

Sí, mi mente se está desplazando a lugares que no debería.

Vistiendo una camiseta arrugada que tiene una foto de Rihanna con el dedo del medio levantado y unos pantalones deportivos grises que parecen a punto de caerse hasta sus tobillos, Marisol salta sobre la rampa de entrada al salón Myers y otea el tablón de anuncios comunitarios en busca de un sitio apropiado.

–Sostenme las piernas para no lastimarme el culo –me pide–. Soy capaz de clavarme una grampa.

Así es como termino con los brazos alrededor de sus muslos y su trasero en mi cara mientras ella se estira para fijar el anuncio en el tablón.

–Te llevo más de diez centímetros –resoplo–. Podría hacerlo yo.

–No, puedo hacerlo sin ningún problema –me responde por encima de su hombro–. Solo quédate ahí parado haciéndote el lindo.

La pellizco en la pierna, y da un grito. La risita que viene a continuación me hace sonreír.

Cuando termina, acepta mi mano y baja al cemento de un salto.

–Pongamos otro ahí. –Señala el tablón de anuncios que está frente a los dormitorios reservados para los estudiantes extranjeros.

En silencio, lo estudiamos para hallar el mejor lugar disponible.

–Mira, el área de los estudiantes extranjeros organizará una feria de comidas el mes próximo –exclama Mari, rebotando sobre los talones–.

Empanadas, asado, arepas, yuca. Qué rico.

Me encanta que, no importa cuál sea el plato, la comida latinoamericana siempre se siente como propia. Voy a comprar una entrada, sin dudas.

–Eres brasileña-estadounidense, ¿no? –le pregunto, y una llamarada me sube por el cuello cuando recuerdo por qué sé la respuesta.

–Sí –confirma, chasqueando los labios–. Lo dije la semana pasada cuando me peleabas en la feria.

–Solo estaba auditando las actividades de la asociación –contraataco.

–Aun suponiendo que crea que –dibuja comillas en el aire– «solo estabas auditando las actividades de la asociación», cosa que no creo, también me estabas peleando. ¿Podemos ponernos de acuerdo en eso al menos?

–Podemos –respondo obediente.

Sonríe y, con un gesto, me indica que me acerque.

–¡ Pst ! Te voy a contar un secreto.

Me acerco, inclinándome ligeramente para que me susurre al oído.

–Si hubiera estado en tu lugar –dice, sus labios sedosos muy cerca de mi oído y unos pocos mechones de su cabello contra mi cuello–, habría hecho lo mismo.

Literalmente, tiemblo. Eso es lo que me provoca estar cerca de ella.

Me perturba. Me gustaría creer que tengo control sobre mi cuerpo, pero, ante la presencia de Marisol, hace lo que quiere.

Y lo que quiere es hundirse en su contacto.

Pero eso no es todo. Me gusta su voz; es suave, un poco ronca, con una cualidad lírica a la cual mi mente musical se siente atraída.

La franqueza con la que habla también me cautiva: dice lo que se le cruza por la mente, un rasgo de frescura para alguien como yo, que siempre está adaptando sus pensamientos para no quedar como un idiota.

Parece que soy el único al que le afecta nuestra cercanía, porque ella se aleja para regresar a la tarea y se para de puntillas para alcanzar el tablón.

–Colguemos uno de los anuncios aquí. Esta vez, yo te sostengo y tú colocas las grampas. No hay forma de que llegue ahí.

«Contrólate, Javi. Esta atracción va en un solo sentido».

–¿Tus dos padres son brasileños? –pregunto, mientras la ayudo a acomodar el anuncio.

–Sí. Soy segunda generación estadounidense por parte de mi padre. Él nació y se crio aquí. Mi madre nació en San Pablo. Se conocieron en la universidad, en California.

–¿Dónde están ahora?

–Mi padre sigue viviendo en California. Es abogado y trabaja allí. Mi madre se mudó a Brasil.

Lo dice con una falta de emoción que no combina con su vivacidad. Me olvido del anuncio por un momento y la miro.

–¿Eso es bueno?

–Me llevó un tiempo darme cuenta –responde, devolviéndome la mirada al instante–, pero sí, es bueno. Para todos. ¿Cuál es tu historia?

En síntesis, el tema de su familia queda cerrado.

Y me siento identificado. Puedo contarle a cualquiera que quiera escuchar que mis padres son de lo más amorosos y me alientan en todo, pero mis hermanos son otro cantar.

Siento que Marisol y yo tenemos más en común de lo que pensaba.

Así que, en vez de intentar sonsacarle más información, le explico:

–Soy nuyorriqueño . Nacido y criado.

–Y llevas esa etiqueta como un distintivo –agrega, engrampando una de las esquinas del anuncio como si se tratara de un signo de exclamación que cierra la frase.

Doy un paso atrás para evaluar nuestro trabajo artesanal y luego giro la cabeza hacia ella.

–La llevo como un honor.

Alza las manos y, al hacerlo, casi se golpea la cabeza con la engrampadora.

–Oye, no hace falta que te pongas a la defensiva, viejo.

–Las experiencias pasadas me indican lo contrario –la corrijo; recojo los anuncios sobrantes y me acomodo la mochila sobre el hombro–.

Algunas personas tienen una idea extraña acerca de la latinidad.

Es decir, actúan como si existiera una jerarquía; y parece ser que los puertorriqueños estamos casi en el último puesto.

–Bueno, no soy una de esas personas, así que baja la espada y el escudo, Espartaco latinoamericano.

Largo una carcajada sonora, lo que me sorprende y, a juzgar por la manera en la que abre los ojos, sorprende también a Marisol.

–Eres de no creer.

Baja la vista hacia el suelo y presiona los labios hasta formar una línea delgada.

–Eso me han dicho.

El temblor ligero en su voz capta mi atención. Tomo la mano que tiene libre con un suave apretón.

–Ey, no lo dije en un sentido negativo. Por si no te diste cuenta hasta ahora, no soy de los que derrochan optimismo. Es raro que alguien me haga reír así.

–Entonces, necesitas relacionarte más. –Retira la mano y adopta una actitud despreocupada que, ahora sospecho, oculta su costado más tierno–.

Es más, ¿nunca pensaste en unirte a una fraternidad?

El año pasado, salí un par de veces con el presidente de ODO.

La relación no prosperó, pero nos llevamos bien. Puedo recomendarte.

Un quejido surge en mi interior. Otra vez no.

Ómicron Delta Omega es una fraternidad latina relativamente nueva.

Se me acercaron cuando cursaba primer año para preguntarme si estaba interesado en formar parte de la agrupación, pero prefiero palear bosta de caballo todo el día a pertenecer a una organización que se identifica con letras del alfabeto griego.

Ya tengo dos hermanos que no soporto. ¿Qué sentido tendría atarme voluntariamente a otros tipos como ellos?

–No, gracias. No es mi estilo.

–Sí, tienes razón –dice, la cabeza inclinada hacia un costado como si estuviera diseccionando mi personalidad y tratando de reordenar el contenido–. No es tu estilo para nada.

No pienso agregar nada al comentario. Prefiero no saber por qué piensa eso.

–¿A dónde vamos ahora? –pregunto, con el objetivo de mantenerla enfocada en la tarea para que no se enfoque en mí.

Gira la cabeza hacia la izquierda, luego a la derecha y señala al centro del campus.

–Vayamos a Staley. Siempre hay gente dando vueltas por ahí. Van a ver mucho el anuncio.