Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 5. Javi
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Capítulo 5. Javi

Once años y siete meses antes de la boda

¿Qué estoy haciendo aquí?

Dedicar la noche de un miércoles a una reunión de un grupo de estudiantes latinoamericanos no es mi estilo.

Para nada. A ver, adoro a mi gente, pero no somos todos lo mismo.

Puertorriqueños de Nueva York. Cubanos de Miami.

Chicanos del este de Los Ángeles. No somos iguales.

Y eso no está mal. Pero a veces lo olvidamos.

Y a veces, simplemente, no conectamos como los demás suponen que deberíamos.

Además, se sabe que el camino se hace caminando y todo eso.

Así que unirme a un grupo estudiantil no forma parte de mi lista de pendientes.

Pero dije muchas estupideces el otro día y quiero recomponer la situación.

Una reunión. Eso es todo lo que le voy a conceder a esa chica.

Y mejor que haya pizza, como prometieron.

Para mi sorpresa, Marisol Campos no está por ninguna parte (aunque no es que la estuviera buscando). Una pelirroja bajita comanda la habitación, actuando como si fuera la única responsable del grupo. No creo que sea así. No me dio la impresión de que Marisol fuera una simple soldado.

–Como su presidenta –dice la tal Katy Maldonado–, estoy aquí para hacer realidad sus ideales para la AEAL.

Ya programamos una fiesta con helado para las vacaciones, pero necesitamos generar impacto.

Pensar en grande. Llamar la atención. Así que si tienen ideas para este semestre, me encantaría oírlas.

Un chico en la primera fila levanta tímidamente la mano.

–¿Sí? –Katy lo mira expectante.

–Eh… pensé que iban a servir pizza.

Katy le clava la mirada durante unos segundos, reprimiendo a medias un gesto burlón.

–Sí. Tengo a alguien ocupándose de eso. Debería llegar en unos minutos. –Aplaude una vez y mira a su alrededor–. ¿Alguien quiere hablar? ¿Ideas? ¿Sugerencias?

Todos miran al suelo. No firmamos para esto.

Yo, por mi parte, supuse que íbamos a trabajar sobre algún tipo de esquema, no que íbamos a crear el programa desde cero.

Por suerte, un alboroto en la puerta nos salva de responder y, al instante, arremete Marisol, con una pila de cajas de pizza entre los brazos y una bolsa plástica para compras colgando de los dedos de la mano derecha.

Antes de que pueda ponerme de pie, tres chicos se abalanzan para ayudarla. Peor, se deshacen en alabanzas como si ella misma las hubiera amasado. Da vergüenza ajena verlos.

–Marisol va a acomodar las pizzas en la mesa del fondo mientras nosotros continuamos debatiendo las ideas –anuncia Katy, dejando entrever por su tono que no está contenta con la interrupción.

Primero, no estábamos debatiendo ninguna idea, Katy.

Segundo, ¿por qué actúas como si Marisol fuera tu lacaya?

Y tercero, ¿por qué, de repente, quiero proteger a la chica que no hizo más que fastidiarme desde que la conocí?

Sigo los movimientos de Marisol mientras cruza hacia el fondo del salón e indica a sus admiradores dónde ubicar las cajas de pizza.

Vuelven a sus asientos como si regresaran de una batalla, y Marisol queda sola para acomodar todo.

No es justo que una sola persona haga todo el trabajo, así que, sin mediar palabra, apilo las servilletas y los vasos descartables, mientras ella quita las cubiertas a las cajas de pizza.

Nuestras miradas se entrecruzan, y ella articula un «gracias».

Entiendo por qué le resulta tan atractiva a los demás.

Es segura. Divertida. Imposible que pase inadvertida.

Y no molesta para nada que sus labios sean sensuales y estén siempre brillosos.

Ni que sus ojos color café tengan el poder de cautivarte con una sola mirada.

Marisol brilla por su sola existencia. En otras palabras, es el desengaño amoroso con forma humana.

Por eso me gustan los choques que tengo con ella.

Esa fricción me recuerda que no debo dejarme absorber dentro de su órbita.

–¡La pizza está lista! –grita, y me distrae de mis pensamientos.

Los asistentes se levantan de las sillas de un salto, pero Katy los detiene con el brazo extendido.

–Un momento, un momento, esperen hasta que acabemos el debate.

–Las buenas ideas no surgen cuando el estómago protesta, Kay –replica Marisol–. Dejemos que se alimenten. Además, podemos hablar mientras comemos.

Con treinta pares de ojos fijos en ella, Katy cede, y el enjambre vuela hacia la mesa.

–¿En qué estaban? –pregunta Marisol, con una porción de pizza de longaniza en la mano. El neoyorquino en mí se estremece cuando ve que ni siquiera la pliega en dos antes de darle un bocado.

–Estaba tratando de armar un plan para el semestre –dice Katy.

–Bueno, para empezar, necesitamos recolectar fondos para el banquete de primavera –propone Mari–.

Es la oportunidad para homenajear a los estudiantes secundarios que participan de nuestras tutorías y entregar algunas becas.

La escuela nos facilita ciertos fondos, pero la idea es acercar el monto a dos mil dólares.

Si seguimos así, vamos a servir croquetas de patata y entregar órdenes de compra para McDonald’s. ¿Por qué no proponemos ideas para eso?

En menos de dos minutos, Marisol nos da la orientación que necesitábamos. Y respalda una causa real. No es que quiera ponerla en un pedestal… ni que esté avergonzado por mis comentarios insidiosos en la feria.

–¿Si vendemos pasteles y panes? –sugiere alguien desde el fondo.

–Lo que ganemos no va a influir en nuestro presupuesto –repone Katy–. Además, no quiero que la AEAL quede envuelta en ningún problema por alimentos en mal estado.

–¿Un stand de besos? –pregunta otro, levantando las cejas y fingiendo un beso, lo que pone involuntariamente de manifiesto lo pésima que es la idea.

El rostro de Katy se crispa, asqueado.

–No mientras yo sea la presidenta. Es grosero e insalubre.

–¿Una jornada para lavar autos? –propone otro–. Podemos pasar música latina y convertirlo en una fiesta.

–Pero no son muchos los que tienen auto en el campus –advierte la persona junto a mí.

–¡Eso es! –exclama Marisol–. Olvidémonos de los autos y organicemos una fiesta en Camden Hall. Podríamos cobrar entrada.

Katy resopla y pone los ojos en blanco, una reacción probablemente más dirigida a la mensajera que al mensaje.

–Pero tendríamos que pagar por el alquiler del salón, el DJ, los refrescos, incluso la seguridad. Dudo que queden ganancias.

Debería quedarme callado. Lo último que quiero es convertirme en el centro de atención. Pero lo que más odio en la vida es perder el tiempo y estamos exprimiendo nuestros cerebros para nada, así que, no muy convencido, aporto mi granito de arena.

–Sé que puede parecer poco convencional, pero otra agrupación estudiantil en la Universidad de Rice auspició una subasta de citas hace algunas semanas. El video del evento se volvió viral en Instagram. Una persona ofreció quinientos dólares por una cita.

–¡Lo vi! –agrega uno.

–A la mierda –dice otro.

–La AEAL podría hacer lo mismo –continúo–.

Deberían definir los detalles, quizás que los que ganen la subasta elijan entre ciertas opciones prepactadas para las citas, como ir a cenar, a jugar a los bolos, lo que sea; y luego solo les restaría diseñar un anuncio, promocionar la subasta y reservar el lugar del evento.

–¡O sea que casi todo lo que recaudemos quedará como ganancia! –asiente Kay, entusiasmada.

–Pero necesitamos voluntarios que se presten a ir a las citas –señala Marisol–. ¿Tenemos suficientes socios dispuestos a hacer eso?

–No hace falta que las personas que asistan a las citas sean socios –aclaro–. Solo deben tener ganas de ofrecer su tiempo para la causa.

–Sí, entiendo, pero sería raro que los socios de la AEAL no participaran. –Las cejas de Marisol se unen en el centro.

–Claro. –Me encojo de hombros–. Si alguien quiere participar, es bienvenido.

–¿Tú participarías, Javier? –pregunta Marisol, con una sonrisa maliciosa en el rostro–. ¿Con el fin de apoyar a esos estudiantes secundarios increíbles que sueñan con ser aceptados en Belmont algún día?

–¡Sí, por favor! –se suma Katy–. ¡Yo misma trataría de ganar una cita contigo!

Carajo. Justamente esto era lo que temía.

Nunca debería haber abierto la boca. Todos los ojos están fijos en mí.

Mucho peor: la atención que concentro ahora es solo un porcentaje de la que me dedicarían si yo tuviera que sonreír frente a una audiencia durante una subasta para tener una cita conmigo.

–Eh… perdón, pero no puedo.

–¿Por qué no? –insiste Marisol, aguijoneándome para divertirse–. Es una cita, nada más.

Me miro las manos sudorosas. «Piensa, Javi, piensa».

–Porque tengo novia –suelto de repente con la cabeza en alto para que Marisol no detecte la mentira–. No creo que le guste mucho la idea.

Un duelo de miradas se entabla entre Marisol y yo. Después de un momento largo, incómodo, entrecierra los ojos.

–¿Cómo se llama tu novia? ¿Estudia aquí?

Lucho por inventar un nombre; mi mirada va y viene por el salón hasta detenerse en la botella de dos litros de Fanta apoyada en la mesa del fondo. Es demasiado obvio.

–No, no estudia aquí, y se llama… Fantasía.

Los ojos de Marisol se abren, enormes.

–¿Cómo la cantante?

–¿Quién? –pregunto, mientras me froto la nuca.

–Ya sabes, la mujer que ganó American Idol .

–Sí, claro, como ella.

Marisol presiona la lengua contra el interior de su mejilla y agrega:

–¿Se enojaría aunque lo hicieras para una colecta? Por Dios, dile que se relaje.

Como el producto de mi imaginación le está haciendo el juego a sus propósitos, no le voy a responder ni «mu».

–Disculpen. Tendrán que buscar a otro.

–Marisol, tú sí deberías participar –dice el chico que está junto a mí–. Conseguiríamos el dinero que necesitamos en diez minutos.

Los presentes murmuran expresando su aprobación; Marisol apoya una de sus manos sobre la otra, coloca ambas debajo del mentón y bate las pestañas.

–¡Por supuesto que voy a participar! ¿Quién más se suma?

Una chica en la última fila alza la mano de inmediato.