Capítulo 4. Mari #2
–Créeme, ver a esos dos ayer fue muy excitante –cuenta Sasha, mi mejor amiga, a nuestra otra compañera de cuarto, Brittany, mientras se abanica–. Me entretuve tanto que llegué tarde a clase. Deberías haber estado para captar el efecto de toda esa excitación.
–Yo también estaba, y está exagerando –agrego, con los ojos en blanco–. Y deja de decir «excitante». Me molesta.
–Y a mí me molesta que me digas cómo usar las palabras. Las aprendí solita y las voy a usar como se me dé la gana.
Brittany sacude la cabeza de un lado al otro.
Lleva su melena ondulada y castaña con un peinado al estilo de su obsesión del momento: Lorde.
La fijación es tal que Sasha y yo tuvimos que prohibirle que reprodujera Royals sin parar.
La semana pasada nos obligó a estudiar el video de la canción, como si se tratara de un examen final, para que la ayudáramos a recrear la forma en la que la cantante se delinea los ojos.
–Son unas exageradas –intercede, haciendo un mohín con los labios pintados de color carne (otro guiño a Lorde).
Sasha me roba una lonja de tocino del plato y le hace ojitos a un chico que está al otro lado del salón comedor.
–Una exageración «excitante». –Me saca la lengua.
–A ver, ¿qué pasa con ese chico? –pregunta Brittany mientras exprime el envase de mayonesa sobre los huevos revueltos–. ¿Tienen algo para contar?
Es una criaturita refinada, pero tiene los hábitos más extraños. La amo con toda mi alma.
–Qué asco, Brittany –se burla Sasha–. Quedas excluida de «la onda».
–¿Qué es una «onda» y por qué no estaba enterada? –pregunta Brittany–. Nadie me dijo nada.
Sasha resopla y mira al techo.
–Lo dije metafóricamente, cariño, refiriéndome a «estar en la onda». Quiere decir que eres cool . Pero si sigues haciendo estas porquerías –señala el plato de Brittany–, quedarás fuera.
–Tal vez no debería estar si necesita tantas explicaciones –acoto.
–Son dos desgraciadas –contraataca Brittany–.
Yo me gané el derecho de estar. Pero tú...
–Señala a Sasha con el dedo–. ¿Te olvidas las horas que dediqué a desarmarte las trenzas el año pasado?
Y tú –me apunta con una salchicha– ayer me definiste como la persona blanca menos problemática que habías conocido.
–A decir verdad, tampoco es que conozca a miles de personas blancas –dice Sasha.
Brittany deja caer la salchicha en el plato y cruza los brazos sobre el pecho.
–Me tienen harta.
–¿Ves? Ahora estás pidiendo a gritos que dejemos de invitarte –respondo, tratando de mantenerme seria.
Sasha es la primera en estallar, y su carcajada sonora provoca mis risas.
Brittany no tarda mucho en seguirnos, lo que completa el efecto dominó.
Así es nuestro trío, inseparable desde que nos conocimos en la tutoría para ingresantes el año pasado.
Discutimos por tonterías, parloteamos, criticamos a los demás.
Pero todo es sana diversión. Y que quede claro: si alguien se mete con alguna de nosotras, pasamos a la violencia física.
Brittany recupera la compostura y se dirige a mí, agudizando la mirada.
–Es obvio que no quieres hablar de él, pero no te lo haré tan fácil. Así que larga el rollo.
Sasha bebe un sorbo largo de jugo de naranja mientras espera.
–Está bien, tuvimos un encontronazo cuando estaba levantando los periódicos el otro día. Javier me pidió su copia, y yo me negué a dársela.
–¿Te diste cuenta en ese momento de lo excitante que era? –bromea Sasha.
–No es tan excitante, ¿estamos? Es un pesimista y un sabelotodo.
–Y ahora, socio de la AEAL –observa Sasha.
–Eso está por verse. No creo que venga a las reuniones.
Brittany me dedica una sonrisa cómplice.
–Pero a ti te encantaría que fuera.
–No podría importarme menos.
En realidad, sí podría importarme menos. Me gustaría que me importara menos. Pero algo en ese chico captó mi atención, y no puedo hacer nada para evitarlo. El cariz que tomaron las circunstancias me genera un fastidio irracional.
–Haz lo de siempre, entonces –sugiere Sasha–. Quítate las ganas y luego sigue tu camino.
–O –interrumpe Brittany, batiendo las pestañas– podrías hacer un esfuerzo con este chico, darle una oportunidad, descubrir que no es un tonto más y quizás enamorarte.
Nos miramos con Sasha, y luego yo agrego:
–Creo que optaré por quitarme las ganas. Gracias.
Aunque parezca increíble, mi madre estaría absolutamente de acuerdo con este plan.
Conoció a mi padre en la universidad, puso su mundo y su futuro de cabeza para quedarse con él en Estados Unidos y, veinte años después, huyó de regreso a Brasil porque ya no quería estar en este país; no quería estar con mi padre, en realidad, aunque uno de los efectos colaterales fue que tampoco está conmigo.
Me llevó un tiempo procesarlo, pero ahora estoy en paz con su decisión porque entiendo que, si se quedó tanto tiempo aquí, fue por mí.
Hasta donde sé, mi madre terminó arrastrada por el huracán de mi padre, y yo fui el bebé de juguete abandonado entre los escombros en el escape hacia su seguridad.
Mi padre nunca la maltrató, ni física ni mentalmente, pero se convirtió en una persona distinta de la que había elegido como esposo, y ella temió no poder reconocerse a sí misma si se quedaba.
Por lo tanto, el consejo de mi madre sobre mi estadía en Belmont se reduce a lo siguiente: «Descubre lo que te apasiona y diviértete».
Por otro lado, el consejo de mi padre se sintetiza en sus palabras de despedida cuando me dejó en la escuela en mi primer año: «No pierdas el tiempo a costa mía».
Mi madre, que es periodista, fue la que me dio la idea de apoderarme de los periódicos como forma de protesta pacífica.
Mi padre me arrastraría de vuelta a California si tuviera la más mínima sospecha de que estuve involucrada.
Sí, es fácil ver por qué el matrimonio entre ellos no prosperó.
Sasha se pone de pie y se estira, y los pantalones deportivos color lavanda caen sobre las curvas envidiables de sus caderas.
–¿A dónde vas? –pregunto desde mi asiento.
–El sucio de Neal va camino a la mesa de waffles . Quiero llegar antes de que toque todo con sus manos grasientas. –Agudiza la mirada y finge una arcada–. Puaj, acaba de meterse el dedo en la nariz.
Me estremezco.
–¡No! Rápido. Hazme el favor de…
Alguien me empuja para acomodarse en mi banca y me rodea con el brazo.
–Bueno, bueno, aquí está mi persona excitante favorita.
–Nunca más volveré a usar la palabra «excitante» –musita Sasha mientras regresa a su asiento, aparentemente tras la decisión de que los waffles pueden esperar.
–Quítame el brazo de encima, Spencer –le advierto, moviendo los hombros y clavándole la mirada a su séquito.
–No puedes ponerle un dedo encima sin su consentimiento, idiota –refuerza Brittany, furiosa. No es de las que suele confrontar, pero invadir el espacio personal de alguien es un punto de conflicto, en especial cuando la acosada es una de nosotras.
Spencer alza las manos, capitulando.
–Tranquila, Britt. Estaba saludando, nada más.
–No necesitas más que abrir la boca para eso –replica Brittany–. Ahora, vete.
Spencer se hace el que no la escucha y posa sus asombrosos ojos azules en mis pechos.
–Dame una oportunidad, Mari. Sal conmigo una vez. Es todo lo que pido.
–¿Una sola vez, Spencer? Qué romántico. Al menos eres sincero sobre tus intenciones. Una vez y listo, ¿no?
Sus amigos se ríen, chocando los hombros como bufones.
–Por favor –insiste Spencer, desplazando la mirada desde mis pechos hasta mi rostro, con ojos de cachorrito–. No seas así. Todos sabemos que la que se va a esfumar después de una salida eres tú.
No está equivocado; eso es típico en mí.
–Tienes razón, Spencer. Entonces, ¿por qué no pasamos directo al final, al momento de mi desaparición?
–Acepta que perdiste y vámonos –grita uno de sus amigos.
–Está bien. –Se levanta de la banca con una sonrisa burlona–. Ya darás el brazo a torcer. Como todas.
–Adiós, Spencer –lo despide Sasha, sacudiendo las manos como si se desprendiera de una alimaña.
Una vez que Spencer y su grupo de aduladores parten envueltos en una nube de perfume Drakkar Noir, relajo el mentón y dejo escapar un suspiro profundo.
–Quizás no debería salir más con varones. Son agotadores.
–Y aun así, no podemos vivir sin ellos –observa Sasha con los hombros encorvados en señal de derrota.
–Hablen por ustedes –se ríe Brittany–. Las chicas también son agotadoras, pero no tanto.
–Sí –afirma Sasha con la cabeza–, tiene que haber mejores candidatos.
Me quedo callada, en gran parte porque el rostro de Javier aparece de repente en mi cabeza y porque estoy sosteniendo una seria charla interna: «No, no vas a tomar ese camino. Ese chico es para problemas. No te salgas de tu cauce, por favor».