Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 4. Mari
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Capítulo 4. Mari

Once años y siete meses antes de la boda

Después de escuchar el último mensaje de voz de mi madre, dejo escapar un soplido risueño. Aunque se haya mudado a la otra punta del continente, todavía pretende partes diarios sobre mi vida. Y ahora tiene WhatsApp. Jesús, hazte cargo del teléfono.

–Planeta Tierra a Mari. ¿Me estás escuchando?

Katy Maldonado se pone frente a mí de un salto y agita las manos.

Me corro a un lado y comienzo a ordenar las calcomanías y los folletos para la Feria del Club de Otoño que están sobre la mesa plegable.

–Te estaba escuchando. Sé accesible. Sé cordial. Sé clara. No hay problema, ya entendí.

Estamos en un tramo muy concurrido del camino Centennial, un sendero de ladrillos que funciona como arteria principal de Belmont.

Es probable que te lleve a cualquier parte del campus que necesites.

Y para ser acosado por un grupo estudiantil que busca sumar socios –por ejemplo, la Asociación de Estudiantes de América Latina, o AEAL–, el camino Centennial es el lugar.

–Más te vale –me advierte, enderezando las calcomanías como si yo no lo hubiera hecho antes.

Katy es una persona ultrairascible y, si no fuera porque es la presidenta de la AEAL, jamás nos dirigiríamos la palabra.

Se ajusta sobre el hombro la correa de su mochila de cientos de dólares; está tan pesada que casi la hace trastabillar.

–Tengo que ir a clase.

«No, Katy, lo que tienes que hacer es fumar un poco de hierba y darte un revolcón que no te deje cerrar las piernas por una semana».

–No te preocupes –digo para calmar sus nervios–. Está todo bajo control. Por algo soy la vicepresidenta de la asociación.

Me mira de reojo con su gesto patentado de «No digas sandeces» y agrega:

–Sí, y todos sabemos por qué. Ganaste un concurso de popularidad.

Es. Una. Víbora. Se mantiene expectante, sisea y, cuando menos lo esperas, ataca, clavándote los dientes afilados para introducir en milisegundos el veneno en tu torrente sanguíneo.

Katy quiere que renuncie a mi puesto, ya que considera que no me lo gané; entonces me presiona, con la esperanza de que la frustración me desmorone.

Eso no va a ocurrir, Katy. Tengo la piel gruesa.

Si las palabras de mi padre jamás me hicieron mella, las tuyas tampoco lo van a lograr.

Al no obtener la reacción que esperaba, Katy finge una sonrisa.

–Quédate toda la hora. Nadie te relevará antes, y la mesa no debería quedar desatendida. Ah, no te olvides de promocionar la fiesta de helados que organizaremos en las vacaciones. Ni de decir que serviremos pizza en nuestra primera reunión.

–Sí, claro, lo voy a hacer. Ahora vete, Kay. Vas a llegar tarde a clase.

Me clava los ojos (Katy detesta que le ponga un apodo a su apodo) y parte, envuelta en una nube de soberbia.

Por fin.

Ahora puedo concentrarme en captar socios nuevos.

Los necesitamos. Desesperadamente. Solo los grupos estudiantiles con al menos veinticinco socios reciben apoyo financiero de la universidad; por eso, los esfuerzos de difusión como esta feria resultan esenciales para sostener la existencia de la AEAL.

Pero la situación es terriblemente adversa.

Belmont es una escuela de pregrado pequeña, dedicada a las artes, y el estudiantado latino representa solo el seis por ciento.

Ese número se desploma si se resta a los que aún están cursando el ingreso y a los que no les interesa formar una comunidad dentro de las paredes de Belmont.

Así que acá estoy, con una bandeja de galletas con chispas de chocolate recién horneadas (cada una con su envoltorio, por supuesto), una lista de canciones de artistas latinos que se repite una y otra vez (parece que Pitbull nunca dice que no a una colaboración) y una mesa llena de calcomanías con consignas latinas que debo custodiar (los estudiantes adoran decorar sus computadoras portátiles).

Sí, quizás me esté esforzando demasiado, pero el objetivo de mi padre es que estudie Derecho, y veo poco probable que eso ocurra si soy la vicepresidenta de un grupo estudiantil a punto de perecer.

Además, esta clase de organizaciones son importantes.

Para mí. Para los estudiantes negros o morenos que habitan espacios junto con personas que no se les parecen físicamente.

Por lo tanto, no voy a permitir que la AEAL se hunda sin dar pelea.

Media hora después, admito a regañadientes que las galletas son la principal atracción.

O tal vez sean mis jeans ajustadísimos, porque, a decir verdad, hacen que mi culo se vea fantástico y los chicos solo piensan en sexo.

Cualquiera sea la razón, un grupito de personas se limpia las migas del rostro mientras escucha (sin prestar demasiada atención) mi charla sobre por qué deberían unirse a la asociación.

Una vez que termino de nombrar todos los gustos de helado de Ben no me gusta el tono innecesariamente belicoso. Aunque no distingo a la persona que habló, le respondo.

–¿A qué te refieres?

La persona se adelanta, abriéndose paso entre los estudiantes.

Puff, es el tipo que intentó hostigarme en clase la semana pasada.

¿Juan? No, Junior. Un momento, ya me acuerdo: Javier.

Hay algo en él que me eriza la piel y me irrita cada vez que lo veo.

Parece que se siente... ¿Cómo decirlo? ¿Por encima de todo?

Como si no le preocupara ocultar el desdén hacia sus compañeros…

o hacia todas las personas. En términos generales, me esforzaría por cambiar una primera impresión negativa que alguien pudiera tener de mí, pero sospecho que sería inútil con este tipo.

En Belmont, a la mayoría los envuelve una nube de colonia barata comprada en Walgreens; a Javier lo envuelve una nube de desprecio.

Es una pena, porque podría sacar provecho de esos pómulos prominentes y de esos ojos oscuros y almendrados.

Ese detalle acentúa el malestar de verlo aquí.

–Me refiero a que –continúa–, antes de unirnos a la AEAL, deberíamos saber de qué se trata. Por ejemplo, ¿es una asociación de hispanos o de latinos? Porque, en mi caso, nunca me describiría como «hispano»; eso sería quedar asociado con el colonizador.

Algunos asienten con la cabeza; otros murmuran entre ellos.

–Ni qué hablar del prejuicio y del colorismo en esta comunidad –prosigue, caminando de un lado al otro como si fuera un docente en una clase y no un estudiante en un sendero dentro del campus–.

¿Vamos a barrer eso debajo de la alfombra?

No pueden imaginarse la cantidad de veces que un compañero latino se sorprendió al oírme hablar en castellano.

Lo que digo es que una organización estudiantil digna de serlo se encargaría de los temas importantes y no me haría perder el tiempo atiborrándome con helados.

Este último comentario provoca algunas risitas. Exactamente lo que él pretende.

Mierda. No se anda con vueltas. Lo que no sabe es que yo estoy dispuesta a enfrentarlo.

–Gracias. –Le ofrezco mi sonrisa más entusiasta–.

Esa es precisamente la energía que nuestra organización necesita.

Todos estos temas son importantes; entonces, ¿no sería fantástico contar con un lugar seguro donde debatirlos?

A la asociación la hacemos entre todos. Lo que nos hace falta es que personas como tú se asocien y nos ayuden a diseñar propuestas significativas para lidiar con los problemas difíciles.

¿Los prejuicios dentro de la comunidad? Puedo escribir una disertación sobre eso solo con mis experiencias personales.

Y qué términos usamos para describirnos no es un asunto menor.

Soy brasileña-estadounidense, así que tampoco me representa la palabra «hispana».

Pero ¿sabes qué? Podemos hablar de todo esto y, mientras tanto, comer helado.

Quizás así pensemos en establecer conexiones en vez de concentrarnos en los aspectos negativos.

–Le extiendo una pluma–. ¿Qué me dices, amigo?

¿Estás dispuesto a firmar y ser parte del cambio?

Javier pestañea. No estoy segura de que haya prestado atención a nada de lo que dije.

–¿Qué?

–Sé parte de la AEAL –repito, blandiendo la pluma–. Únete a nosotros para aportar tus ideas espectaculares. O sea, eres bueno para identificar los problemas. ¿Te atreves también a ofrecer soluciones?

Pestañea un par de veces más, y su mandíbula enloquecedoramente exquisita se tensa.

Luego recorre con la mirada la multitud que se reunió para observar nuestro intercambio.

Segundos después, su rostro se relaja, como si el problema en el que se metió no lo perturbara tanto, y se ríe.

Esta rendición renuente es un espectáculo hermoso.

Suspira y me quita, alegre, la pluma de los dedos.

–Creo que te vas a arrepentir de esto –dice en voz baja como para que nadie lo escuche.

Enseguida me imagino a Javier susurrándome cochinadas al oído y me aplico un correctivo mental por comportarme de manera indebida. Me repongo rápido y sonrío a la decena de personas alineadas detrás de él.

–No me parece. Eres un estú… una estupenda adquisición.

Una vez que termina de firmar, se endereza y ajusta la correa de su mochila.

–Asegúrate de que haya helado de vainilla en la fiesta. Es mi gusto preferido.

Doy un paso atrás y lo estudio de pies a cabeza.

–Siempre supe que eras del tipo vainilla.

–Qué simpática –replica, entrecerrando los ojos.

–Ya lo sé.

–Adiós, Marisol.

–Dime Mari.

–Te diré Marisol –responde, y se va.

Puff. Javier es insufrible. Y ridículamente atractivo. Todo indica que comenzaré a salir con él y lo dejaré antes de que pase una semana.

***