Capítulo 3. Javi #2
¡Eso es! No todos los superhéroes usan capas; algunos se visten como ladrones, aunque lo que esta ladrona lleva puesto ahora –una camiseta azul marino, unos jeans que se ciñen a su figura y las Adidas blancas más blancas que vi en mi vida– se ubica un escalón más arriba.
Está fantástica. Tez morena besada por el sol.
Trenzas en la parte de adelante de su cabeza y rizos compactos, seductores, que caen sobre los hombros.
Y los ojos color café más impactantes del mundo.
Me revuelvo en mi asiento para llamar su atención.
Al principio, no me reconoce, pero luego sonríe como el Gato de Cheshire y se derrumba en el asiento contiguo al mío. Santo Dios. También me gusta su aroma. Una combinación de durazno y vainilla que flota a su alrededor y me envuelve. Cierro los ojos. Así de embriagadora es.
–Qué sorpresa encontrarte aquí –me murmura al oído–. No tenía idea de que éramos compañeros de clase.
–¿Te conozco?
–¡Vamos! Ambos sabemos que me reconociste en cuanto crucé la puerta.
Opto por ser franco. La verdad es que esta chica me divierte.
–No puedo creer que admitas lo que hiciste.
–¿No escuchaste? Nos salimos con la nuestra. No voy a ir a la cárcel.
–Pero el juicio de la opinión pública puede disentir.
–¿Me vas a deschavar? –Finge secarse una lágrima–. Me rompiste el corazón.
El profesor Amar carraspea.
–Una cosa es llegar tarde. Otra, interrumpir la clase al entrar. Pero es una falta total de respeto charlar con el compañero cuando yo estoy explicando.
Mi vecina de asiento me mira y traga saliva.
–Le pido disculpas. No volverá a ocurrir.
El profesor Amar asiente con un gesto.
–¿Cómo se llama?
–Marisol Campos.
–Bien, ya que tiene ganas de hablar, señorita Campos, ¿qué le parece si me da su opinión sobre lo que sucedió esta mañana?
–¿Esta mañana? –pregunta, abriendo grandes los ojos.
–Sí –afirma Amar. A continuación, y como si las huellas de Marisol no estuvieran por toda la escena del crimen, el profesor le cuenta la situación con lujo de detalles, claramente convencido de que ella merece estar en el banquillo de los acusados. Yo no podría estar más de acuerdo.
–¿Qué piensa? –insiste el profesor.
–Bueno –comienza, irguiendo la espalda y dando golpecitos con un dedo contra sus labios, en una gran puesta en escena de estar reflexionando sobre el asunto–, yo diría que la mejor medida sería pagarles con la misma moneda.
¿Por qué no dejar al periodista en evidencia y escribir otra columna que critique su postura ridícula?
Mi mandíbula se desploma. ¿Acaba de usar mis propias palabras para salvarse del banquillo?
–Quiero decir, ¿no sería más sensato ganarse el juicio de la opinión pública? Lo único que logran al impedir el reparto de los periódicos es que todos se pongan de mal humor. –Gira hacia mí y me guiña un ojo.
La miro, incrédulo, y articulo sin sonido: «Mierda, eres de no creer».
–Usted. –El profesor Amar me señala–. Parece que quiere decir algo.
–Ey, te está hablando a ti –me advierte Marisol, sin disimular el deleite en su voz.
Apunto la cabeza en dirección al profesor.
–¿Sí?
–¿Le importaría compartir su opinión, señor…?
–Me llamo Javier.
–¿Señor Javier?
Por Dios, esto es una tortura.
–No, señor, mi nombre es Javier Báez.
–Bien, ya entendí. Tengo la impresión, señor Báez, de que está desesperado por aportar algo al debate.
–Claro que sí –agrega Marisol, mirándome fijo con ojos grandes e inocentes, los codos apoyados en el pupitre y el mentón sobre las manos.
Muy bien, juguemos su mismo juego.
–A ver, lo que yo pienso es que la protesta pacífica es central en nuestra democracia.
Nadie salió herido, y ahora la escuela está sobre aviso de lo que pasa.
No entiendo cómo alguien pudo haber apoyado a este columnista.
Es decir, si la mitad del estudiantado se siente amenazado por sus opiniones, ¿la universidad no debería tomar cartas en el asunto?
Más allá de que se cuestionen sus ideas, este tipo cuenta con el respaldo del periódico.
Eso le da una ventaja inmerecida y una credibilidad injustificada.
También estuve leyendo los comentarios en Instagram porque…
bueno… me interesaba saber qué provocó todo esto, y parece ser que la rectoría quiere barrer el problema debajo de la alfombra porque parte del personal del periódico también está involucrado, lo que da a entender que esa es la línea editorial.
A eso se le agrega que las ideas de este tipo son una mierda…
–Cuide el vocabulario, señor Báez –me advierte el profesor Amar.
–Disculpe, profesor. Lo que quiero decir es que sus ideas son…
reprochables. Leí sus columnas. Está en desacuerdo con que la escuela financie los equipos de deporte femeninos y cuestiona la gravedad de las violaciones dentro de la pareja.
Si hubiera dado un discurso en el campus, estaríamos ahí afuera, protestando, día y noche.
En serio, está transmitiendo el mensaje de que las mujeres de esta universidad no valen como personas.
–Guau –agrega Marisol en voz alta para que los demás la oigan–, ¿dónde estabas esta mañana cuando se robaron los periódicos?
Todos se ríen, incluso el profesor Amar. Y, especialmente, Marisol.
Es una agitadora. Estoy sentado junto a una de las responsables, y ella me acusa a mí. No soy culpable del robo de los periódicos, pero pronto podría serlo de un asesinato.
–Muy bien, muy bien –intercede el profesor Amar, divertido, mientras escribe algo en un anotador–, suspendamos el debate hasta la semana que viene. El tema será discriminación por punto de vista, y esto nos viene como anillo al dedo. ¡Ahora es el momento de las preguntas y respuestas!
Nos quejamos y protestamos mientras distribuimos el cuestionario.
Veinte minutos después, recojo mi bolso y me dispongo a entregar mi hoja. Antes de alejarme, miro a Marisol.
–Ese paso de comedia no me cayó simpático.
Marisol bufa y pone los ojos en blanco.
–Teniendo en cuenta el momento horrible que me hiciste pasar esta mañana, diría que te lo mereces. En especial, si crees todo lo que dijiste en el monólogo. Me da la impresión de que te desquitaste conmigo solo para divertirte.
Mierda. Tiene razón. Pero no voy a agitar la bandera blanca. Su poder ya es demasiado grande.
–Da igual, Marisol. Que tengas una buena vida.
–Te deseo lo mismo. –Me sonríe, petulante.
Al salir del salón, casi no puedo avanzar entre la multitud. Parece que todas las mujeres de la clase quieren hablar conmigo.
–¡Estuviste fantástico! –me felicita una.
–¡Eso fue legendario! –agrega otra.
–Por fin, alguien que entiende –exagera una becaria, y rasga un trozo de papel con su número–. ¿No te gustaría unirte a mi grupo de estudio?
Marisol atraviesa el gentío y tensa la expresión en los ojos cuando se percata de que soy el motivo de esa conmoción. Cruzamos miradas al pasar uno junto al otro; luego, se vuelve hacia mí y frunce el ceño.
No puedo evitar hostigarla y le guiño un ojo de manera ridícula. Para ser sincero, todos esos ojos posados en mí me ponen los pelos de punta, pero jamás le daría la satisfacción de demostrarle que me siento incómodo.
–Gracias por ser mi asesora. Nunca imaginé que ese discursito me convertiría casi en una celebridad. Me lo merezco, ¿no lo crees?
–Bueno, ya que soy tu asesora, es mi deber decirte algo –señala casi sin mirarme.
–¿Qué pasa?
Ahueca las manos contra la boca y, con la misma intensidad que si aullara «¡Fuego!» en un cine repleto, lanza a viva voz:
–¡Tienes la bragueta abierta!
Bajo la mirada a mi entrepierna y de inmediato veo que está en lo cierto.
Por Dios, ya puedo advertir que Marisol Campos va a ser un dolor de cabeza.