Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 3. Javi
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Capítulo 3. Javi

Once años y siete meses antes de la boda

Un ladrón alto y de cuerpo torneado acecha cerca de la entrada a mi dormitorio.

Debería lavarme la transpiración después de la corrida matutina e ir derecho a clase, pero soy curioso por naturaleza y, tras un año en este campus aburrido, hasta un intento de robo parece interesante.

Tomo mi teléfono con la intención de llamar a los guardias de seguridad, pero algo –quizás la intuición– me detiene.

Tal vez me esté precipitando. Para ser justo con esta persona, simplemente está parada ahí.

Para ser justo conmigo, tiene un aspecto terriblemente sospechoso en su uniforme de «¡Ey, mírenme!

, estoy a punto de robar»: jeans negros ajustados, lentes oscuros y una sudadera negra y entallada, con la capucha tan calzada sobre la cabeza que le cubre gran parte del rostro.

¿El objetivo de ese atuendo no es mimetizarse con el entorno cuando es de noche?

¿De qué podría servir cuando está amaneciendo?

Eso me hace dudar de si no estoy interpretando mal la situación. Como prefiero hacer las cosas bien antes que rápido, decido observar durante un minuto o dos.

La persona alterna entre contemplar el parque húmedo de rocío y chequear la hora.

Posiblemente, espera. Algo o a alguien. Es probable que esté ahí para explorar el lugar, pero, aunque no sea el caso, no cabe duda de que su actitud es sospechosa.

De repente, comienza a hacer gestos frenéticos con las manos, y es en ese instante cuando noto una camioneta utilitaria dando vueltas por el estacionamiento de los estudiantes del otro lado del patio.

Estoy seguro de que ese es el vehículo en el que piensa escapar.

Segundos después, Petey, el muchacho que reparte el periódico de la escuela, estaciona su Camry.

El ladrón se zambulle detrás de un cerco de arbustos cuando Petey se acerca.

Sin advertir que lo están observando, Petey deja caer un atado de periódicos sobre los escalones de ladrillos del edificio; luego regresa a su auto y se aleja.

El ladrón se pone de pie de un salto, corre hasta llegar a un árbol y se agazapa al acecho.

Qué poco profesional. ¿Qué pretende hacer?

¿Quiere introducirse con sigilo en los dormitorios?

Antes de que yo pueda llegar a una deducción sólida, la persona se escurre hacia la puerta del edificio y se abalanza sobre el atado de periódicos.

Hmm, no esperaba eso en absoluto. Pero era mi posibilidad de darle el susto de su vida.

Cruzo la calle a hurtadillas y me acerco de puntillas al ladrón.

–¡Oye! ¡Uno de esos periódicos es mío!

Se sobresalta, el atado golpea contra el suelo.

–¡ Merda !

El insulto me descoloca, igual que la voz femenina, pero me repongo enseguida.

–Se dice «mierda». No solo eres un desastre robando; tampoco hablas bien castellano.

–Es merda , idiota –gruñe–. No es una palabra en castellano.

–Sé muy bien qué clase de persona eres.

–Por Dios, vete de aquí. –Se inclina para recoger los periódicos–. Este es un asunto serio, y no es de tu incumbencia.

–Dame el periódico y haré de cuenta que jamás te vi.

–Déjame en paz y haré de cuenta que no eres un entrometido del demonio.

Extiendo la mano, impertérrito.

–El periódico.

–Disculpa –insiste, protegiendo el atado entre sus brazos como si fuera un bebé–. Hoy nadie va a recibir el periódico.

–¿Por qué?

–Porque publican basura sexista, y queremos dejar en claro lo que pensamos.

–¿«Pensamos»? ¿Quiénes?

–Las estudiantes de esta escuela.

Bueno, eso confirma con quién estoy tratando. A decir verdad, adhiero a la causa, incluso consideraría sumarme al movimiento, pero lo último que necesito es otra persona que me use y me descarte como hicieron mis hermanos, así que la enfrento.

–No me importa. Quiero leer el periódico.

–A ver, te preocupa no saber qué dice el horóscopo, ¿no? No hay problema. Ya te digo.

–Fantástico –musito, poniendo los ojos en blanco.

Da un paso adelante, invadiendo mi espacio personal, y alza el mentón, desafiante.

–Recuerda: no toda curiosidad puede ser satisfecha. Te librarás de una muerte segura si no te metes en los asuntos de los demás.

Bajo la mirada hacia mi némesis sin retroceder, a pesar de lo nervioso que me pone estar tan cerca de ella.

–Ingenioso. Pero totalmente inútil porque no sabes cuál es mi signo. Ahora, dame una copia.

–No.

–¿Por qué no les pagan con la misma moneda? –propongo–. Escriban algo que no sea basura sexista.

–Ese no es mi trabajo. Primero y principal, la columna de Dylan Gardner es un bochorno; no deberían brindar espacio para las tonterías que escribe. Le da a ese tipo una credibilidad que no se merece.

–Puede que tengan razón, pero de esta forma pondrán a todos de mal humor, incluso a mí.

Dibuja una sonrisa y las rodillas me tiemblan, lo que claramente no tiene nada que ver con ella, pero sí con las secuelas de mi corrida matutina.

–Bueno, el objetivo es llamar la atención –responde–, así que misión cumplida.

Fijo la mirada en sus labios y me desconcentro. ¿Qué iba a decir? Mientras intento encontrar las palabras, huye hacia la camioneta utilitaria que espera en el estacionamiento. A los pocos segundos, ella y su cómplice ya no están.

¿Qué carajo fue lo que ocurrió?

¿Y por qué me late tan fuerte el corazón?

***

Me dejo caer en el asiento de siempre, cerca de la puerta, segundos antes de que el profesor Amar se dirija al frente.

Amar es un hueso duro de roer, y si esta clase de Derechos Civiles no fuera obligatoria para obtener el título en Ciencias Políticas, me la saltearía sin dudarlo.

Eso sí, es brillante; voy a concederle eso.

La disposición de los asientos en forma de estadio me permite analizar a los demás.

En el medio están los deportistas, todos con las sudaderas de sus equipos, por si surge alguna duda del lugar que ocupan en la jerarquía social.

Hasta donde se ve, ninguno tiene computadora portátil o tableta, ya que, al igual que yo, ellos también están aquí por obligación.

En la primera fila a la derecha, se sientan los adulones, clamando por la atención del profesor.

Uno de ellos, Lance, monopoliza todos los debates.

Para peor, es un imbécil elitista que quiere que todo el mundo sepa que su madre es embajadora en Bélgica o alguna mierda por el estilo.

Un grupo de chicas que suelen ir juntas al baño ocupa la mayoría de los asientos sobre la izquierda.

Entonces, el punto de equilibrio del salón está reservado para personas como yo.

Aislados. Solitarios. Para nosotros, asistir a clase no es necesariamente una actividad grupal, y no tenemos ningún problema en desplazarnos por la escuela sin compañía.

En serio, no vine a hacer amigos. Estoy aquí, en las afueras de Filadelfia, porque es el punto más lejano de mi familia donde me otorgaron una beca completa.

–A veces, la vida y la pedagogía se entrecruzan de una forma verdaderamente inspiradora –explica el profesor Amar.

Unas cuantas manos se alzan, y Amar sonríe.

–La pedagogía se relaciona con la forma en la que enseñamos –agrega–. El arte y la práctica de impartir conocimiento. –Las manos desaparecen.

Por el amor de Dios, hace solo un mes que comenzó el semestre, y esta clase ya me está torturando.

–Verán, mis queridos estudiantes –continúa–, esta mañana tuvo lugar una situación interesante, directamente relacionada con lo que estamos aprendiendo en clase.

Hasta donde sé, un grupo de estudiantes decidió apoderarse de más de seis mil copias de la Belmont Gazette , el periódico de la escuela, con el argumento de que uno de sus columnistas es misógino y sexista y que eso hace que aproximadamente la mitad de la población estudiantil se sienta incómoda e insegura.

Me enderezo en el asiento, intrigado por el rumbo que podría tomar la conversación, en especial tras mi encuentro con la ratera de periódicos unas horas atrás.

–Eso es lo que vengo diciendo –grita uno de los deportistas, simulando temblar de miedo–. Los varones nos sentimos amenazados en este campus.

Sus amigos ríen, mientras que el resto de la clase reacciona molesta.

–Silencio –interrumpe el profesor Amar–. Ningún exabrupto más o, automáticamente, les pondré un cero en la evaluación de la semana próxima.

Con eso, todos callan.

–Lo que quiero decir es –explica– que este accionar involucra uno de nuestros derechos civiles más preciados: la libertad de expresión.

Pero ¿la libertad de quiénes se ve afectada?

En un esfuerzo por reducir los señalamientos y las experiencias detectivescas, la rectoría emitió una declaración que indica que ninguno de los responsables será castigado.

Por otro lado, la escuela Belmont aprovechará este incidente para dialogar y analizar si se debe dar continuidad o no a la columna en cuestión.

¿De qué se trata, entonces? ¿De censura, de protesta legítima o de un simple robo? Me interesa escuchar…

La puerta del salón de conferencias se abre de golpe, y una chica tropieza al entrar.

–¡ Merda ! –Se detiene en seco y mira a su alrededor, probablemente tomando conciencia de que todos los ojos estaban posados en ella–. ¡Uy, perdón, no quise interrumpir!

El profesor Amar escudriña a la recién llegada. Yo también. Reconozco esa voz, y ahora tengo un rostro con el cual relacionarla.

Bueno, bueno, bueno, la ratera de periódicos en carne y hueso.

–Perdón, en serio; me tropecé –ríe avergonzada.

–Ojalá te tropezaras con mi verga –grita uno de los deportistas.

La cabeza del profesor Amar gira abruptamente en dirección del estudiante.

–Salga de mi clase. Y venga a verme en los horarios de atención al alumnado.

El estudiante decide sabiamente no apelar y avanza rápido por las escaleras hacia la salida, pasando por delante de la recién llegada.

–Eso sería como tropezar con un junco. –Le sonríe burlona, desplazando la mirada del rostro a la entrepierna.

El rubor tiñe las mejillas del deportista, pero no responde.