Capítulo 2. Mari
En la actualidad
A Javi se lo ve bien. Muy bien. Objetivamente hablando, claro está.
Las lámparas de techo con caireles estilo vintage resaltan el puente de su nariz bien definida, los pómulos altos y envidiables, la tersura de la piel ligeramente morena.
Se pasa la lengua por los labios mientras analiza el menú, lo que acentúa el contorno bien marcado de su boca con forma de corazón.
Las cejas gruesas se destacan del resto de los rasgos, el único atributo que no está acicalado con meticulosidad.
Pasaron casi doce años y aún no ha logrado desentrañar cómo domarlas; ya sé, quizás no sea objetiva, pero ese permiso a la imperfección no hace más que aumentar su atractivo.
Por Dios, todo esto es nuevo para mí. ¿Es correcto admirar a un hombre guapo que no es mi novio o soy una tonta por eso?
Un momento, ¿en qué estoy pensando? Por supuesto que puedo apreciar lo fatalmente atractivo que está Javi.
Siempre y cuando el tren de la admiración se detenga allí.
Y así es. Porque yo avancé. De hecho, las dudas que pudieran quedar sobre mi capacidad para anular mis sentimientos por Javi se acallaron tras el experimento de esta noche.
Mi pulso no se aceleró al verlo, ni tampoco sentí un aleteo de mariposas en la barriga.
Alabado sea Jesús, por fin soy libre.
Levanto el rostro y sonrío a Alex. Mi hombro roza su cuerpo; estoy cada vez más segura de que es la persona indicada.
A juzgar por la postura rígida de Javi y su expresión tensa, él no está tan convencido.
Bueno, no es mi problema. Contrariamente a lo que Javi pueda creer, no se trata de un impulso ni de un intento por llegar más alto.
Esta relación expresa el amor maduro que siempre soñé.
Estable. Seguro. Principalmente, adulto.
La reaparición del camarero rompe la tirantez, y nuestro incómodo trío observa con exagerada atención cuando el muchacho le enseña la botella de prosecco a Alex y se prepara para descorcharla.
Un observador casual podría suponer, con toda racionalidad, que nos estamos preparando para un futuro examen sobre los detalles específicos de este proceso.
–¿Les parece bien? –nos pregunta Alex.
–A mí sí –asiento con la cabeza–, pero Javi no bebe alcohol.
Alex dirige su mirada a Javi.
–¿No quieres emborracharte? ¿O por cuestiones de salud?
–Por ninguno de los dos motivos. No me gusta.
–Ah –responde Alex–. ¿Quieres ordenar otra cosa? Para el brindis, digo.
–No, gracias. –Javi niega con la cabeza–. Seguiré con el agua.
Estoy tan ansiosa por que estos dos se caigan bien que inspecciono sus acciones a través de un microscopio y las aplaudo mentalmente cuando son, al menos, civilizadas.
En un día normal, Javi y yo no dejaríamos pasar la oportunidad de hacernos bromas, de reírnos juntos.
Hoy no. Todos exhibimos nuestro mejor comportamiento, y parece ser que es más rancio que el aliento del demonio.
Alex y yo levantamos nuestras copas. Con los ojos fijos en la zona detrás de nosotros, Javi hace lo propio y ubica la suya frente a su rostro como si fuera un escudo.
–Por Mari –los ojos de Alex brillan con afecto–, la mujer que me convirtió en el hombre más feliz de la Tierra.
Javi desvía la mirada hacia el techo un momento antes de agregar:
–Les deseo lo mejor a los dos en este… –Se aclara la garganta–. Nuevo capítulo que emprenderán en sus vidas. Felicitaciones.
–Gracias –respondemos Alex y yo al unísono a la vez que los tres chocamos las copas.
Estudio a Javi y me detengo en sus hombros anchos, acentuados por el calce exquisito de su blazer azul marino. La corbata es una sorpresa, en especial porque una vez me dijo que lo hacían sentir disfrazado de hombre de mediana edad. Entonces caigo en la cuenta: se vistió así por algún motivo.
–Ey, un momento –interrumpo, chasqueando los dedos–. Antes me dijiste que tenías buenas noticias. Cuéntanos de qué se trata, así brindamos por eso también.
–No es nada –responde, haciendo un ademán con la mano.
–Si son buenas noticias, no pueden ser nada. Habla.
Me analiza con detenimiento, como si mi reacción a lo que sea que vaya a decir fuera a ser almacenada en su archivo mental.
–Terminé el libreto de La sala de correo . El bosquejo, mejor dicho. Y acepté la oferta de Jeremy de quedarme con él mientras escribo las letras de las canciones que me faltan.
Se me hincha el corazón. Hace años que viene trabajando en ese musical y por fin logró algún progreso. Es exactamente lo que yo quería para él; lo presioné para que hiciera esto la última vez que nos vimos.
–Es una noticia increíble, Javi, y desde ya que es más que nada. Es un verdadero avance.
–Sí –dice, con una sonrisa de oreja a oreja.
–Vas a estar en California –afirmo lo obvio a la vez que trato de absorber las implicancias de su reubicación temporaria. Javi vivirá aquí. En mi ciudad. Podremos vernos más seguido. Almorzar juntos cuando yo no tenga que trabajar.
–Durante los próximos seis meses –confirma–.
Quizás menos, según cómo vayan las cosas.
–Antes de que pueda taladrarlo con preguntas, mira a Alex y se queda helado, como si recién ahora tomara conciencia de que mi novio está con nosotros.
Deja salir apenas un soplido, se acomoda en el asiento y se inclina hacia adelante–.
Bueno, basta de mis planes. Quiero saber más sobre esto –nos señala a Alex y a mí, fingiendo una actitud despreocupada– y cómo empezó.
Alex ríe, sus dedos largos se deslizan por el tallo de su copa de vino.
–No hay mucho para decir. O sea, la conoces desde mucho antes que yo y sabes lo maravillosa que es.
Marisol es todo. Hace más de un año que doy vueltas a su alrededor.
Un día, decidí lanzar la caña. –Alex me mira y apoya su mano libre sobre la mía–.
Para mi sorpresa, estaba dispuesta a aceptarme.
Y cuando algo tiene que ser, es, así que acá estamos.
–Así que acá están –repite Javi, aunque podría jurar que hay un matiz burlón en su voz. Nos observa con expresión pensativa–. ¿Esto cuándo fue? ¿Hace seis meses?
–Créase o no –afirma Alex y luego dirige la vista hacia mí para confirmar.
–Sí, algo así –respondo buscando en el salón–. ¿No deberíamos haber pedido ya?
Como si estuviera esperando el pie, otro camarero distinto del que trajo el vino (Umberto, según nos informa) aparece junto a la mesa, nos cuenta cuáles son los platos del día y nos pregunta si tenemos alguna duda. Cuando le decimos que estamos listos para ordenar, me mira primero a mí.
–Yo quiero…
– Risotto con frutos de mar –completa Javi con una sonrisa.
–¿Soy tan predecible? –me río.
–¡Vamos! Tu misión personal es probar el risotto con mariscos de cada restaurante italiano al que vayas.
–Es cierto, sí –le concedo, cubriéndome el rostro con el menú, risueña.
–¿Y usted, señor? –Umberto le pregunta a Alex.
–La lubina, por favor. Con espárragos y sin queso.
–¿Alguna alergia de la que deba informarme?
–Ninguna. –Alex se palmea el estómago–. Simplemente cuido la figura.
–Entiendo –responde Umberto sin expresión antes de desplazar la vista hacia Javi–. ¿Y usted, señor?
–Yo voy con la lasaña –dice Javi, con la mirada fija en Alex, quien se la devuelve–. Con todo el queso que tenga para ponerle, por favor.
La sonrisa amplia transforma el rostro de Umberto, dejando al descubierto líneas de expresión que revelan que los momentos alegres no le son ajenos.
–Muy bien, señor. –Recoge los menús y nos abandona a nuestra suerte en Villa Tensión.
Golpeteo el dedo contra la mesa, mientras me exprimo el cerebro buscando un tema que acorte la distancia entre estos dos hombres. Para mi alivio, Alex rompe el silencio.
–Mira, Javier –comienza, serio–, quiero ser muy claro con algo: no estoy intentando reemplazarte. Ni eliminarte. Ni ponerte trabas. Entiendo lo importante que eres para Marisol y no pretendo interponerme. Su felicidad es mi prioridad.
Me recuesto sobre Alex; alzo el rostro y le sonrío.
Por esto Alex es la combinación perfecta para mí.
Él me eligió. Él quiere estar conmigo. Como mi analista acostumbra decir, me merezco a alguien que esté preparado para amarme sin reservas, y Alex es el único hombre en mi vida que cumple con ese requisito.
Es brillante, ambicioso, amable. Y seguro, y guapo, aunque intenta que eso no sea lo más llamativo en él.
Tampoco me molesta que mi padre me respete varios puntos más desde que Alex y yo anunciamos el compromiso.
Javi asiente con la cabeza, inexpresivo.
–La felicidad de Mari siempre ha sido prioridad para mí también, así que seguro nos vamos a llevar bien.
No agrega «por el bien de ella», pero la falta de emoción en su voz lo dice a los gritos.
Esta es la consecuencia de no haberle contado antes a Javi sobre Alex; la culpa es únicamente mía.
Javi merecía saber que estaba saliendo con alguien, merecía saber que la relación estaba progresando al punto de considerar la posibilidad del matrimonio.
Aunque, para ser sincera, en ese momento necesitaba tomar distancia de él y, quizás en una recóndita parte de mí, también me preocupaba que Javi le bajara el pulgar a Alex en cuanto lo conociera.
Cualquiera haya sido la razón, no hay duda de que no confiar en Javi fue un error, y estoy dispuesta a hacerme cargo.
–A todo esto, ¿cuál fue su historia? –pregunta Alex, apuntando la vista hacia Javi–. ¿Cómo surgió este dúo dinámico?
Javi entrecierra los ojos, los labios curvos en una sonrisa burlona.
–¿No le contaste de tu pasado oscuro, Marisol?
«No. ¿Vamos a hablar de eso?».
Inclino la cabeza y dirijo a Javi una sonrisa efímera para otorgarle el permiso de hablar sobre nuestro origen y, a la vez, para enviarle una señal de que sé cuál es su plan.
–Éramos adolescentes. Yo era una persona distinta en ese entonces. Claramente, una niña de mamá.
–¿Y ahora? –Javi me señala con el mentón.
–Y ahora, además, soy una niña de papá –respondo, levantando apenas los hombros.
No hay duda de que soy una versión más dócil de la que fui en la escuela de pregrado.
En esa época, irrité a unos cuantos. Armaba un escándalo si creía que se trataba injustamente a alguien.
Besé muchos sapos. Pero la vida no es una fiesta sin fin; en algún punto, debemos tomarnos las cosas en serio y comportarnos como adultos.
Los ojos de Alex se reparten entre Javi y yo, con los labios ligeramente abiertos.
–¿Quién me va a contar cómo se conocieron?
Apoyo los codos sobre la mesa, acomodo las manos bajo el mentón e invito a Javi con la mirada.
–Te cedo la palabra, amigo.