Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 1. Javi #2
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Capítulo 1. Javi #2

Giro la cabeza hacia donde apuntan sus ojos, y mi mandíbula se desploma al ver a Alex hacer su entrada triunfal.

Y no exagero cuando la describo como «entrada triunfal».

Se acomoda los gemelos en los puños y su abrigo largo flamea detrás de él como la capa de un superhéroe, mientras las personas a su paso fingen no mirar embobadas a este espécimen magnífico.

Es latino, creo, y alto. Alto de verdad.

Es decir, yo no juego en el equipo de los bajitos, y este tipo me lleva diez centímetros.

Para agregar sal a la herida, viene equipado con ojos color almendra, mandíbula tallada y –observo el suelo a su alrededor– pies enormes.

Es la puta versión masculina de Beyoncé.

No hace falta saber nada más, amigos. El cuento se acabó.

Alex envuelve a Mari en un abrazo cálido.

–Perdón por hacerte esperar, princesa. –Sus labios le rozan la sien. Luego vuelve su mirada hacia mí con una sonrisa amplia, segura–. Y aquí está el hombre del momento. Me alegra conocerte en persona, Javier. Marisol me habló mucho de ti.

Con Mari intercambiamos una mirada incómoda antes de ponerme de pie y estrecharle la mano.

–Ojalá pudiera decir lo mismo.

Alex vuelve a sonreír, sin que la frialdad de mi saludo lo afecte en lo más mínimo.

–Tenemos mucho tiempo para conocernos antes de la boda.

Frunzo el ceño; mi mente lucha por comprender las palabras que salen de la boca de este desconocido.

–¿Qué boda?

Los ojos de Alex van y vienen entre Mari y yo; echa la cabeza hacia atrás y ni un mechón de su cabello castaño se sale de lugar.

–¿No le contaste, Marisol?

Mari se aclara la garganta y bate las pestañas como alas de colibrí.

–Estaba en eso cuando llegaste.

–Ah, ya entiendo –dice Alex, amable–. Entonces, es la ocasión perfecta para un brindis, ¿no les parece?

–Alza un dedo en el aire y nuestro camarero, un muchachito blanco con cabello muy lacio, se acerca corriendo.

Alex le pide–: Mi novia y yo queremos una botella de la mejor champaña que tengan. ¡Estamos celebrando!

–Es un restaurante italiano –responde el camarero con tono monocorde y las cejas levantadas.

Alex hincha el pecho.

–Del mejor prosecco que tengan, entonces. Cuanto más espumante, mejor.

–Enseguida, señor. –Y se aleja a toda velocidad.

Me salgo de la vaina por llamarlo, porque esta no es una celebración; hasta donde sé, es una catástrofe, y nada tiene sentido.

Mis ojos se posan alternadamente en Mari y en el tal Alex cuando comparten una sonrisa furtiva.

Un momento, un momento. Alto ahí. ¿Me están tomando el pelo?

La tensión en mi pecho se libera. Por favor, no puedo creer que casi haya caído.

Echo la cabeza hacia atrás y apunto un índice hacia mi pícara mejor amiga.

–Está bien, está bien, admito que estuvieron a punto de lograrlo. Dime –señalo con el pulgar en dirección al hombre que ya no estoy seguro de que se llame Alex–, ¿es un actor? A ver, has hecho cosas muy locas por jugarme una broma pesada, pero esto es otro nivel.

Palmeo al tipo en el hombro.

–Lo de «princesa» fue un lindo detalle, igual.

Sentada a su lado, Mari pestañea.

–No es una broma, Javi. Alex es mi novio.

Fijo los ojos en ella, luego en él, luego en ella otra vez; mi pecho vuelve a contraerse mientras unos pinchazos sutiles me aguijonean de pies a cabeza. Las orejas me arden. No, peor, se me aflojan las piernas y me dejo caer sobre el asiento.

–¿Te vas a… casar?

–Sí –me anuncia a la vez que se sienta, arrastrando a Alex con ella–.

Mejor dicho, nos vamos a casar. –Se ríe y, nerviosa, exhibe el anillo de compromiso gigantesco, que es obvio que estuvo ocultando desde que llegó.

Carajo, es un milagro que no se haya caído al suelo por el peso de esa cosa–.

O sea, Alex y yo –aclara sin ninguna necesidad–. En un mes y medio.

–Un mes y medio –repito, la boca cada vez más seca.

–El dieciocho de mayo, para ser exacta –afirma–. Y quiero que seas mi caballero de honor.

Me cago en mí. Me cago en Alex. Y me cago en ese auto carísimo de mierda que seguro tiene.

–¿Qué carajo es un caballero de honor?

–Una persona que ocupa un lugar especial en la vida de la novia –explica Mari.

La puta madre. ¿Lo dije en voz alta? ¿Cómo salgo de esta? «Piensa, Javi, piensa».

–¡No! No era una pregunta. Es una canción.

Alex echa la cabeza hacia atrás, entretejiendo las cejas.

–¿Hay una canción sobre los caballeros de honor?

–Sí –respondo tras aclarar la garganta–. Dice: «Y qué». –Aplaudo–. «Carajo». –Aplaudo–. «Es un caballero de honor». –Aplaudo–. Es una marcha militar. De esas que cantan cuando corren o desfilan. Izquierda, derecha, izquierda… Lo vi en una película.

–Claaaro. –Alex estira la vocal.

No, yo tampoco me creería. Está todo mal, amigo.

Mari sacude la cabeza como para aclarar las ideas.

–Lo que sea. Quiero que estés a mi lado cuando leamos los votos.

La ironía de su pedido me golpea el pecho como un ariete. Aun así, la mentira fluye de mis labios con tanta naturalidad que casi hasta yo me la creo.

–Nada me haría más feliz. Estoy emocionado.

En realidad, soy un cadáver despellejado a picotazos por buitres al costado de un camino.

(Sí, ríanse de mí. Siempre fui dramático).

Hay algo que es seguro: no se suponía que la noche terminara de esta manera.

Tenía anuncios que compartir, explicaciones que dar, promesas que hacer; ahora debo procesar la catástrofe frente a mis ojos.

Mientras trato de rearmarme y decidir mis próximos pasos, repaso todas mis interacciones con Mari, en un intento por detectar el instante en que debería haberme dado cuenta, con dos preguntas rondando siempre por mi cabeza.

La primera: ¿cómo llegamos a esto? Y la segunda: ¿qué carajo voy a hacer ahora?