Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 1. Javi
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Cuando Javi ghosteó a Mari

Cuando Javi ghosteó a Mari

Por Mia Sosa

© inepub.com

Capítulo 1. Javi

En la actualidad

No soy de las personas que se dejan ganar por el nerviosismo, pero hoy no consigo dejar las manos quietas.

Reacomodo todo lo que hay en la mesa. El pimentero está demasiado alejado del salero.

El centro de mesa con la vela debería ubicarse tres centímetros más a la derecha.

Las arrugas casi imperceptibles en el mantel de lino color crema necesitan que alguien las alise.

Un momento, ¿dónde están los sobrecitos de azúcar para el café después de la cena?

No conozco a nadie a quien le guste más el «azúcar con café» que a Mari.

A propósito, ¿dónde se metió mi mejor amiga?

Reviso el reloj de pulsera; me aflojo el nudo de la corbata mientras observo el grupo reducido de personas que deambula cerca de la recepción.

Tal vez no debería haberme vestido tan elegante.

No es que se trate de una ocasión especial, pero para mí es muy importante, así que pensé que lo mejor era que mi ropa reflejara lo bien que me va.

¿Que estoy exagerando? Quizás. De todas maneras, Mari no lo va a poder creer cuando le cuente los últimos cambios en mi vida: un sitio al que llamar «hogar» que no sea una residencia universitaria con sobreprecio; una perspectiva profesional excelente; una analista que me ayuda a procesar años de emociones reprimidas.

Son metas personales enormes, todas muy postergadas y todas orientadas a demostrarle a Mari que tengo la intención de convertirme en un compañero que valga la pena.

Mari probablemente diga que cómo me atrevo a ponerme impaciente ahora; teniendo en cuenta el tiempo que me llevó ordenar el desbarajuste de mi vida, tendría ciento por ciento razón.

Examino el salón; mi vista se detiene en un hombre que golpea una cuchara contra su copa de vino.

Se pone de pie, supongo que para decir unas palabras a los invitados, y, dado que los asuntos de este desconocido no son de mi incumbencia –una expresión que Mari grabó como una broma en mi cerebro hace años–, miro hacia otro lado.

No consigo distraerme, me resulta imposible ignorar que me sudan las palmas de las manos y me tiemblan las rodillas. Molesto por mi desasosiego, vuelvo a leer nuestro último intercambio de mensajes de texto.

YO: ¿Confirmamos en Bella Trattoria a las 7?

MARI: Claro

YO: Me muero por verte

MARI: Yo también

Mari nunca me falló; estoy convencido de que va a aparecer. Seguro se demoró en el trabajo. Voy a enviarle otro mensaje para quedarme tranquilo de que está en camino.

YO: ¿Todo bien?

YO: Podemos reprogramar, no hay problema

No quisiera perderme la oportunidad de ver a Mari esta noche, pero tampoco pretendo cargarla con ninguna presión innecesaria. Además, si se me permite opinar –algo que, según Mari, hago seguido– creo que vamos a tener tiempo suficiente para compartir durante mi visita a California.

Estoy bebiendo un sorbo de agua cuando alguien me toma del hombro y presiona con sus dedos. Me doy vuelta, y ahí está: la mujer que conquistó mi corazón.

Mari va hacia el otro lado de la mesa y se desliza en su asiento; luego, respira hondo para recuperar el aliento.

–¡Perdón por hacerte esperar! Tenía que ir urgente al baño.

Después de una sonrisa fugaz, apoya las manos sobre las piernas y concentra toda su atención en el cartón plegado en dos que promociona los cócteles del día.

Ningún beso en la mejilla. Ningún abrazo.

Ningún contacto visual tampoco. La impasibilidad en su expresión sugiere que no está particularmente molesta, pero no es la misma de siempre.

Sabré lo que pasa en unos minutos. Ni ella ni yo tenemos paciencia para bobadas.

Mientras tanto, no puedo dejar de mirarla, de contemplar su piel bronceada y lustrosa; la cabellera de rizos espléndida que le llega hasta los hombros; los labios carnosos, relucientes, que me cautivan cuando habla.

–Qué bueno verte, Mari –le digo, acomodándome en la silla–. Estás hermosa.

Se sonroja; lentamente, su mirada se eleva hacia la mía. Es la primera señal de la Mari que conozco. La que nunca sabe bien cómo reaccionar a un cumplido.

–¡Por favor! Soy la misma de siempre. ¿Y qué me cuentas de ti? Estás fantástico, Javi. –Bate las pestañas y agrega–: Qué galán.

Nos miramos serenos, sonreímos y mi ánimo se recompone. Estamos bien. Claro que estamos bien. Me relajo y no logro contenerme más.

–¡Tengo buenas noticias! –exploto.

Lanzo una sonrisa cómplice, rebusco en el morral a mis pies y tomo la primera versión del guion del musical que Mari me insistió durante años para que terminara.

Listo. Finalmente lo terminé. El borrador, al menos.

Sí, hay mucho trabajo por hacer antes de llevarlo a escena –para empezar, la música y la mitad de las letras–, pero esta primera versión pone un punto final simbólico a la parálisis en la que estaba, y por eso siento ganas de festejar.

El brillo en sus ojos se atenúa; los hombros se inclinan hacia adelante, lo que me pone en alerta de inmediato.

–Yo también tengo noticias –dice no tan entusiasmada.

Dejo que el libreto se resbale de mi mano. Cae en el fondo del morral, y el golpe suave y seco de las páginas contra el suelo me sobresalta. El guion puede esperar. Porque no dijo que sus noticias eran buenas y porque mi antena, cuando se trata de Mari, está perfectamente sintonizada.

–Tú primero –la invito a hablar, sin dejar de observarla.

Mari extiende el brazo, se acerca la copa con agua y bebe un sorbo prolongado; luego se inclina hacia adelante, como si tuviera algo urgente para decir.

–Escúchame. Te pido disculpas por no haberte avisado, pero vine con un chico. Está estacionando.

Me relajo en mi asiento y, lentamente, dejo escapar un soplido. Por Dios, ¿eso era todo? Otro pretendiente sin importancia; puedo manejarlo. Nunca están a su altura.

–Pensé que te habías tomado un descanso de los romances. Eso me dijiste en otoño.

–Ya pasó –aclara, con su rostro tan inexpresivo como un lienzo en blanco–. No tuve la oportunidad de contártelo.

Plácido, acomodo el codo en el apoyabrazos.

–¿Y ahora quién es? ¿Otro excompañero de la universidad? –Suelto una risa–. Por favor, ese tipo era el rey de los pendejos.

Mari tuerce los labios en una media sonrisa y pone los ojos en blanco, divertida.

–No me hagas acordar. Se casó, y tengo presente a su pareja en mis oraciones todos los días. –Se endereza–. Hablando en serio, el chico con el que salgo ahora es fantástico, y de verdad espero que te caiga bien. Se llama Alex Cordero. Y… eh… trabajamos juntos en el estudio.

La sola mención del estudio de abogados de su padre me pone de mal humor.

Se dedican a la industria del entretenimiento y es otra de las herramientas que Luiz Campos utiliza para ejercer control sobre su hija.

Ella estaría mejor en cualquier otra parte donde sus talentos no se desaprovecharan, pero esa fue la decisión profesional que Mari tomó, y yo tiendo a hacerme el distraído cuando habla de su padre.

Un momento. Una sensación repentina de alarma me corre por la espalda cuando me detengo en lo que dijo de su pretendiente: «Hablando en serio, el chico con el que salgo ahora es fantástico».

Según el acuerdo, soy yo quien juzga la relación.

Es decir, si tenemos en cuenta que, durante los dos últimos años, nos hemos fiscalizado mutuamente las relaciones, ese es claramente mi trabajo.

Y todavía no encontré a nadie que le llegara ni a los talones a Mari.

Rayos. Yo tampoco le llego a los talones, pero estoy dispuesto a seguir intentándolo de por vida.

Me acerco a ella, intrigante.

–Da igual. Estoy aquí para cumplir mi deber como mejor amigo. ¿Qué quieres? ¿Que lo interrogue o que lo amenace?

La mayoría de los pretendientes son sometidos a interrogatorios; las amenazas están reservadas para aquellos que hayan encendido señales de peligro. De un modo u otro, este tipo habrá concluido su paso fugaz por la historia de Mari cuando termine con él.

–Ninguna de las dos opciones. Solo hazme un favor e intenta aceptarlo sin objeciones, ¿está claro? Nada de preguntas a cara de perro. Nada de comentarios antipáticos. Quiero que le des una oportunidad.

Carajo. Mari nunca antes me había impuesto condiciones.

¿En serio le interesa este tipo? ¿Quiere que yo corrobore lo que ella ya piensa?

En todo este tiempo evaluando los pretendientes del otro, la consigna siempre fue indiscutiblemente clara: se aprueba o se desaprueba.

Pero esta vez Mari me está diciendo que no se dejará influir por mi opinión; como si fuera demasiado tarde para que yo pueda hacer algo.

Mierda, este cambio en el statu quo me desconcierta, pero logro recuperarme lo suficiente para responder.

–Claro, claro. Lo que necesites.

Mari cierra los ojos por un momento y exhala; luego, dirige la mirada a la puerta giratoria.

–¿Todo bien? –le pregunto, sin saber qué intuir de su estado de ánimo. Parece… ausente. Particularmente ausente si tenemos en cuenta que se trata de nosotros. Mari y Javi. Javi y Mari. Ella puede contarme lo que sea. Es imposible que no sepa eso a esta altura.

Mari acorta la distancia entre nosotros y apoya su mano derecha sobre la mía.

–Eres tan importante para mí, Javi. No lo olvides jamás, por favor. Yo…

¿Qué carajo te pasa, corazón? Tranquilízate. Respiro por la nariz y masajeo el costado izquierdo de mi pecho con la intención de desacelerar el pulso. ¿Ocurre algo más? ¿Se está por mudar al extranjero? Entrecierro los ojos y estudio su rostro más detenidamente. ¿Está enferma? ¿Qué demonios es?

–Dime lo que sea, Mari. Te voy a apoyar. Vamos a salir de esto juntos.

Mira detrás de mí, y su rostro se ilumina cuando se pone de pie.

–Ahí llegó.