Capítulo Treinta y Dos
Sage
Q ue alguien me pellizque, porque estoy viviendo un sueño.
Desde que volví a besar a Wade a principios de mes y una cosa llevó a la otra, no he vuelto a dormir sola…
ni tampoco a pisar mi apartamento. Sin haberlo planeado ni previsto, no nos hemos alejado el uno del otro.
Cuando nos despertamos a la misma hora, desayunamos juntos, y a la tarde Wade me ve avanzar con Mud cuando termina de trabajar; después cenamos y terminamos el día explorándonos bajo las sábanas de su cama después de una tórrida ducha.
Siento que la vida comienza a sonreírme como merezco y por fin encajo en un lugar. Por segunda vez en mi vida, sé con certeza que tengo un hogar. Aquí, en Almond Valley, con Wade Weston.
No sé si es demasiado pronto para decirlo, pero creo que me estoy enamorando hasta los huesos de Wade. Joder… sé que me he enamorado. De lo que todavía no estoy segura, o me da miedo admitir, es si lo que siento es amor.
Supongo que tengo tiempo para descubrirlo, y, considerando lo poco que Wade me presiona para hablar de nuestros sentimientos y cómo respeta mis ritmos, sé que realmente cuento con su espacio.
Hoy es Navidad y los Weston me han invitado a comer con ellos en la casa de Emily.
Es la primera vez en años que no la paso con Rachel y su familia, y no puedo evitar sentir nervios al imaginar cómo será.
Sé que prácticamente formo parte de los Weston.
Aunque no haya formalizado nada con Wade ni lo hayamos hecho público, es más por el vínculo que tengo con ellos.
Temo que algo cambie, y una pequeña parte de mí siente que sobro y que todavía soy una desconocida.
Es estúpido, lo sé. Llevo medio año aquí y me tratan como a una más, pero… no sé. Supongo que mi lado inseguro hace acto de presencia cuando estoy nerviosa.
Wade lleva toda la mañana repitiéndome que no tengo nada de lo que preocuparme; nos conocemos bien y me quieren con ellos en las fiestas. Porque también han dejado caer que estaré con ellos para despedir el año.
“El abrigo, Sage,” dice la voz grave de Wade a mi espalda justo cuando tengo el pomo en la mano.
Echo un vistazo a mi ropa, y respiro hondo cuando veo que iba a salir de casa con nada más que un jersey granate y mis pantalones negros de traje anchos. No sé adónde pretendo ir así vestida a finales de diciembre.
“Cierto, mierda,” mascullo entre dientes, corriendo al perchero para coger mi plumas negro.
Vuelvo a la entrada y me encuentro con Wade, que me espera con una sonrisa ladeada y la mirada cargada de cariño. No he terminado de acostumbrarme a verlo siendo él mismo, enseñándome sus expresiones más sinceras sin poner un muro en medio como hace con el resto del mundo.
Y es aquí, justo ahora, cuando me doy cuenta de que tal vez no necesito más tiempo para descubrir lo que siento por él.
Porque estoy segura de que quiero despertarme en su cama todos los días, ayudarlo con la subasta cada verano, ir con los caballos hasta Cinder Lake, cuidarlo, preocuparme por él y acostarme a su lado cada noche. Y si eso no es amor… que alguien me diga qué lo es.
Me acerco hacia Wade más segura que nunca, abrazándolo con fuerza mientras entierro mi rostro en su suave abrigo con borreguillo. Suelta una pequeña risa que me hace vibrar, y gimo contra su pecho del placer.
“¿Todo bien?,” pregunta con suavidad, pasándome una mano por el pelo.
“Sí, Wade. Más que bien,” contesto con la voz amortiguada por su chaqueta sin dejar de sonreír.
Para cuando llegamos a la casa de su madre, estoy que reboso felicidad. Tanto por haberme dado cuenta de que quiero a Wade Weston como por pasar unas fiestas sintiéndome parte de una familia.
Comemos entre risas y anécdotas, recordando los mejores momentos del año y disfrutando de los deliciosos platos que han preparado Emily y Mira.
Wade se sienta a mi lado y, para mi sorpresa, no deja de buscarme.
Hace todo lo posible por mantener el contacto físico: pega su rodilla a la mía, posa su mano en mi muslo, roza mi hombro cuando se levanta…
Cada pequeño gesto me hace sonreír, y me doy cuenta de que no me importa que su familia nos vea. Quiero que podamos mostrar afecto en público, seguir siendo Sage y Wade.
Todos llevamos una sonrisa en los labios y la calidez de esta familia me envuelve en una burbuja de la que no quiero salir nunca. Intercambio miradas con Wade durante toda la comida y nadie pregunta nada, como si fuera lo más normal del mundo. Y eso es justo lo que quiero: normalidad.
La niña que llevo dentro está tan ilusionada que hasta me emociono cuando comenzamos a intercambiar regalos.
“¡La novela que te comenté hace meses!,” chilla Lib al abrir su regalo. Me mira con los ojos brillantes, sujetando el libro con fuerza como si fuera un tesoro.
Sonrío con orgullo, pero se lanza sobre el sofá para abrazarme sin avisar. Me aplasta contra el respaldo, y sus carcajadas contagiosas me hacen reír sin poder evitarlo.
“¡Lib, cuidado con la clavícula!,” grita Tate detrás de ella.
“Está controlado,” dice ella de vuelta, dándome un sonoro beso en la mejilla que me hace cosquillas.
El resto de la familia abre sus regalos, riendo y emocionándose si lo que desenvuelven tiene un significado especial.
Observo todo desde fuera, aunque también hayan intercambiado regalos conmigo.
Me gusta observar sus reacciones, las miradas cómplices que los unen y ese ambiente tan familiar que crea el simple acto de regalarse algo.
Cuando parece que no hay más intercambios, me sorprende ver una caja roja delante de mí con un enorme lazo amarillo. Podría reconocer la mano que me la tiende en cualquier parte, pero aun así me giro hacia la derecha por si estoy soñando.
Pero estoy despierta, muy despierta, y es Wade quien me tiende el regalo.
“Yo…”
“Ábrelo,” dice, enarcando las cejas con expectación, deseoso de que vea lo que esconde dentro.
“Gracias,” murmuro, sonriéndole por el precioso gesto.
Abro el regalo con manos temblorosas, y me quedo de piedra cuando busco en el interior a tientas y siento una suave tela. Levanto la tapa de golpe, y veo una manga larga rosa pastel entre mis dedos.
Saco la prenda de la caja, sintiendo una calidez familiar en el pecho al ver que es un jersey con una palabra bordada en granate en la zona del corazón.
Reid
“Wade… es…,” me corto a mí misma, sabiendo que no existen palabras que puedan expresar lo que siento.
Dejo la prenda con cuidado sobre mi regazo y meto la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones. Extraigo una pequeña caja con una estrella dibujada a mano en el centro.
Le tiendo el paquete, mirándolo con los labios apretados, demasiado conmovida por su regalo como para mostrar alguna emoción. Lo veo morderse el labio inferior para reprimir una sonrisa, y acaricia intencionadamente mis manos, que siguen temblando cuando toma el paquete.
“Gracias, Sage. No tenías que regalarme nada.”
“Tú tampoco, pero ya está hecho,” respondo en un hilo de voz, obligándome a respirar con normalidad.
Abre la caja sin apartar la mirada de mí, y, cuando baja la vista, sus manos se quedan suspendidas en el aire. Se queda quieto como si el mundo hubiera dejado de girar, y de repente inhala con fuerza.
Parpadea un par de veces, humedeciéndose los labios con la lengua, y desliza los dedos dentro del envoltorio para sacar su contenido. Alza frente a él una delicada cadena plateada con una pequeña figura que gira lentamente en el extremo, reflejando la luz del salón.
Escucho cómo todos los presentes contienen la respiración al reconocerla.
Un tulipán rosa.
“Ay, Sage…,” susurra Lib a mi lado, pasándome un brazo por la cintura para darme un pequeño apretón.
“Lo hice durante el tiempo que he trabajado en la tienda,” confieso, esbozando una sonrisa tímida hacia ella.
Suelta una risa acuosa, sacudiendo la cabeza.
“¿Es madera?,” pregunta Tate, entrecerrando los ojos desde la distancia para observarla mejor.
“Sí, la corté de la valla del prado de casa.” Me muerdo el labio inferior al ver cómo la boca de Wade se entreabre y clava sus ojos brillantes en mí. “No se nota mucho,” añado en un susurro, guiñándole un ojo. “Usé uno de los cuchillos de la tienda para tallarla.”
“Es increíble, Sage,” dice Mira desde su sillón, sin apartar la vista de la flor.
“Gracias,” murmuro sonrojada, sintiéndome un poco abrumada por recibir tanto reconocimiento.
“¿Cómo supiste que era la flor favorita de nuestro padre? ”
A la pregunta de Lib le sigue un silencio sepulcral que me hace tragar con fuerza antes de responder.
“El salón de Wade está lleno de tulipanes,” contesto, girándome hacia él, que me recibe con una dulce sonrisa.
“Me fijé en que siempre están alrededor de las fotos de Paul, aunque no sé mucho sobre él. Desconocía que fueran sus favoritas hasta que Wade me lo contó cuando construí las jardineras de su casa.”
“¿Para eso necesitabas la segadora?” Tate me mira con la boca abierta, incrédulo. Cuando asiento, echa la cabeza para atrás y suelta una sonora carcajada. “Sage, eres la mejor.”
“¿Construiste unas jardineras con la vieja segadora de mi marido?,” pregunta Emily con los ojos abiertos como platos.
“Sí,” murmuro, ganándome un chillido ahogado de todas las mujeres de la habitación.
“¿Cómo es que no las hemos visto?” Lib se gira hacia su hermano. “¿Por qué no nos has invitado a tu casa para verlas?”
“¿No ves que lo quiere todo para él solito?,” dice Mira con una sonrisa ladeada.
“Qué detalle tan precioso... Paul estaría orgulloso de ti,” me dice Emily, ajena a la discusión, con los ojos llenos de lágrimas.
“Ahora entiendo por qué Wade se comporta como una persona normal últimamente…,” murmura Lib dándome un codazo en las costillas.
“Wade, por Dios, no la dejes escapar nunca,” añade Mira, señalándolo con un dedo amenazador.
“No era mi intención,” contesta encogiéndose de hombros con una sonrisa de oreja a oreja que me hace soltar un suspiro de enamorada.
Porque sí, estoy profundamente enamorada y mi corazón late solo por Wade Weston.
Lib: Es oficial, mis dos mejores amigas están liadas con mis hermanos.
Rae: No me jodas.
Sage: ¿Feliz Navidad…?
Julie: ¿Cuánto lleváis?
Sage: Como… ¿un mes?
Rae: ¿¡Un mes!? ¿Y no has contado nada hasta ahora?
Lib: Técnicamente, ni siquiera ha sido ella quien ha dicho la noticia, sino yo.
Julie: ¡Qué calladito te lo tenías!
Rae: ¡Eso! Te tiras al granjero buenorro y los detalles te los quedas solo para ti. ¡Qué egoísta!
Sage: No pienso daros detalles sobre mi vida sexual.
Rae: Solo me queda una opción…
Julie: ¡Ni loca!
Rae: Aguafiestas…
Escucho los suaves pasos de Wade al entrar en el salón. Estoy medio dormida en el sofá cuando se acerca y entreabro los ojos justo cuando se inclina hacia mí y me besa en la frente con delicadeza.
“¿Vienes conmigo?,” me pregunta con una sonrisa.
Asiento, estirándome perezosamente antes de levantarme.
Tomo su mano y entrelazo nuestros dedos con naturalidad.
Lo sigo sin saber muy bien a dónde, confiando ciegamente en él.
Caminamos hacia la entrada de casa, esa que limpié hace lo que parece años con mis amigas, pero me sorprendo cuando Wade tira de mí hacia la izquierda y nos adentramos en el bosque.
Llegamos a un claro entre los árboles, y me detengo con la boca abierta al observar lo que me rodea.
Frente a nosotros hay un pequeño corral nuevo delimitado con vallas blancas y rodeado de árboles que emanan tranquilidad.
Frunzo el ceño, intentando entender para qué querríamos otro cercado y desde cuándo existe este claro secreto.
“¿Qué es esto?,” pregunto con extrañeza.
Wade señala el cercado con orgullo.
“Es para que la gente pueda traer a sus caballos y así podáis trabajar con ellos todo el proceso de insensibilización. Aquí, en casa.”
Con la mandíbula rozando el suelo, mi mirada se desliza por el paisaje hasta posarse en un cartel de madera oscura que cuelga de un poste. Está decorado en tonos rosas y con flores de almendro pintadas por todas partes, delicadas y cuidadas.
“¿Y este cartel?,” pregunto, soltando su mano para tocarlo con los dedos.
“Se lo encargué a Evan Thorne,” me explica. “Dorian me contó que estudió diseño y lo hace como pasatiempo de vez en cuando. Fue él quien le propuso la idea a su hermano y este aceptó encantado.”
“Pero ni siquiera me conoce…,” murmuro, sintiendo la rugosidad de la madera bajo las puntas de mis dedos.
“Eso no importa. Eres de la familia, Sage.”
Me quedo mirando el entorno con una mezcla de sorpresa y emoción, dándome cuenta de cuánto ha debido de pensar en esto para que sea especial.
Wade sonríe cuando me giro hacia él, y vuelve a coger mi mano para darme un ligero apretón.
“Quería que este lugar fuera tuyo,” dice en voz baja. “Un espacio para que puedas cumplir tu sueño y te sientas como en casa.”
Sonrío y apoyo mi cabeza en su hombro, disfrutando de la calma que me transmite el lugar y su compañía.
“Wade… Ya me siento en casa.”
Con los ojos llenos de lágrimas y sintiéndome la mujer más afortunada de Almond Valley por estar con alguien como él, llevo nuestras manos entrelazadas a mis labios para depositar un beso sobre su dorso. Alterno la mirada entre el cartel y el hombre que me hace feliz.
“Te quiero, Wade Weston.”
Sus labios se curvan en la sonrisa más bonita y cargada de amor que haya visto nunca.
Se mueve para quedar frente a mí y me alza en sus brazos, provocándome un chillido que se convierte en una risa.
“Mi corazón te pertenece, Sage Reid. Late solo por ti.” Me besa en la comisura de los labios. “Te quiero.”
Entrelazo los brazos en su nuca y nos fundimos en un beso lento pero intenso; como la evolución de nuestro amor desde que nos conocimos. Quiero quedarme así, envuelta en su abrazo y sentir cada latido de su corazón, sin prisas ni despedidas, como si el tiempo se detuviera solo para nosotros.