Capítulo Treinta y Uno #3
Cuando terminamos, apenas me da tiempo a perseguir a Sage, que sale corriendo hacia el porche abrazándose a sí misma.
“Wade, entra ya. Hace demasiado frío,” grita desde lo alto de las escaleras.
“Estoy detrás de ti, Sage,” anuncio rodando los ojos, entrando detrás de ella en el calor de nuestra casa.
La veo quitarse el abrigo y un escalofrío la sacude de arriba abajo, haciéndole pegar un brinco.
“Me voy a morir de hipotermia,” murmura castañeando los dientes. “Joder, estoy helada.”
“Ducha. Ya.”
No me pierdo la forma en la que sus labios esbozan lentamente una sonrisa satisfecha, y sé qué va a decir antes de que abra la boca.
“Me encanta cuando te pones mandón. Hazme un favor y acompáñame,” dice guiñándome un ojo antes de desaparecer en el baño.
Sacudo la cabeza soltando una risa, y la sigo por el pasillo sin rechistar. Porque seré mandón, pero también un mandado. Y estaría loco si me negara a ducharme con Sage.
Me uno a ella en el baño, que ya me encuentro lleno de vapor y con una Sage semidesnuda dentro. Le falta quitarse la ropa interior, y tengo que morderme el labio inferior para no quitársela yo mismo, porque me prometí hace unos minutos que mantendría las distancias.
“Venga, ¿a qué estás esperando?,” dice, guiñándome otra vez el ojo, metiéndose bajo la alcachofa.
Suelta un gemido al sentir el agua caliente contra su fría piel, y ese pequeño sonido despierta mi erección con una sacudida.
Temblando del frío tras tanto tiempo trabajando fuera, me desvisto lo más rápido que puedo y cierro la mampara después de entrar. Sage se mueve al instante para cambiarme el sitio, y un gruñido escapa de mi garganta cuando el agua moja mi espalda.
Cierro los ojos, disfrutando de la sensación, y no me doy cuenta de que Sage se mueve hasta que noto sus manos en mis muslos.
Antes de que me dé tiempo a abrir los ojos, siento su cálida lengua recorriéndome desde la base hasta la punta de mi erección, y mi gemido ronco hace eco en el baño.
“Joder, Sage, avisa…,” murmuro, abriendo perezosamente los párpados.
Pero no debería haberlo hecho, porque la imagen que me encuentro hace que quiera correrme al instante. Incluso cuando vuelvo a cerrar los ojos con fuerza y respiro profundo, la sigo viendo, grabada a fuego en mi mente.
“Dios… me va a dar algo.”
“Mírame, Wade,” me pide en un jadeo mientras rodea mi erección con sus manos y me la sacude una vez con dolorosa lentitud.
“Si te miro otra vez me voy a correr, Sage,” murmuro en un gruñido, haciendo que Sage se ría y me recorra un escalofrío de placer.
Mueve la mano arriba y abajo por toda mi longitud, despacio pero con firmeza.
Respiro hondo varias veces, intentando serenarme lo suficiente antes de atreverme a abrir los ojos.
Cuando lo hago, puedo ver a Sage mirándome con las pupilas oscurecidas, arrodillada frente a mí con el pelo empapado y mi erección a pocos centímetros de su boca.
Deslizo mis dedos por sus labios, haciendo que se entreabran para introducir el pulgar. Gime con fuerza cuando hago presión hacia dentro y su lengua me recibe, cálida y húmeda. Con la otra mano, sujeto su pelo para inclinarla hacia atrás y que mi pulgar se deslice fuera de ella con un sonoro pop .
Su cálido aliento choca contra la punta de mi erección, en la que se acumulan varias gotas de líquido preseminal, y siento que me voy a desmayar cuando Sage desliza la lengua por encima para limpiarlas.
“No tendrías que haber hecho eso,” gruño, contorneando sus labios otra vez con el pulgar.
“¿Por?,” pregunta pestañeando varias veces con falsa inocencia.
“Porque ahora no podré parar hasta correrme en tu boca.”
Su gemido reverbera por todo el baño, e instintivamente se lleva una mano entre las piernas para aliviar su propio deseo.
“¿Eso te excita, Sage? ¿Imaginar que te lo vas a tragar todo?”
“Por favor,” gime de la impaciencia, haciendo fuerza hacia delante para poder tocarme con sus labios.
Así que hago lo que desea, tirando de su cabeza para que se llene la boca de mí. Gruño al sentir su calidez humedeciéndome de arriba abajo. Es demasiado grande para que le quepa toda, pero se ayuda de su mano libre y la desliza por la base.
“Me encanta, Sage. No sabes lo preciosa que estás con la boca llena de mí.”
Dejo que se mueva a su antojo, mirando cómo mi erección desaparece en su boca.
Se la saca varias veces para recorrerme con la lengua desde la base hasta la punta con lentitud y sin dejar de mirarme.
El eco de nuestros gemidos resuena por todo el baño, y siento que me va a dar algo cuando veo que va a alcanzar su propio placer.
Sus movimientos se vuelven más torpes, y la mano que desaparece entre sus piernas se mueve con rapidez.
“Eso es, Sage. Córrete conmigo en la boca.”
Tomo el control sujetándola con fuerza del pelo, moviéndome en su boca con cuidadosa firmeza. Se atraganta cuando profundizo la embestida, pero no deja de succionar cuando las lágrimas mojan sus mejillas.
Muevo las caderas cada vez más rápido, y sus labios se aprietan alrededor de mi dureza. Siento el orgasmo cerca y, cuando Sage se corre conmigo dentro, gimiendo tan fuerte que me hace vibrar, me dejo llevar por completo y me derramo en su boca, llenándola por completo.
“Mierda, Sage…,” jadeo, con la vista fija en sus labios manchados.
Se aparta de mí con la respiración entrecortada, y veo cómo mi semen se desliza lentamente por su barbilla, incapaz de contenerlo todo. No deja de mirarme cuando traga, y se me para el corazón al ver cómo desliza un dedo por la gota que cuelga de su mandíbula y se la lleva a la boca.
“Dios… Sage. Necesito volver a estar dentro de ti.”
Suelto un quejido angustioso, sujetándola de los brazos con impaciencia para levantarla y fundirnos en un intenso beso.
Sage se ríe entre besos mientras recorro su cuerpo con mis manos como si no lo hubiera hecho ya mil veces. Se separa de mí soltando una risita airosa y me regala la mirada más cariñosa que jamás haya recibido.
“¿Te ha gustado?”
“¿Estás de coña?,” pregunto con una sonrisa enorme. “Ha sido la mejor de mi vida. Y yo nunca miento.”
Se ríe echando la cabeza hacia atrás, tan natural que me da un vuelco el corazón… Porque ahora no quiero dejar de escuchar ese sonido. Quiero oír su risa cada día de mi vida.