Capítulo Treinta y Uno #2
Me giro hacia su suave voz, y la encuentro mirándome por encima del hombro con una enorme sonrisa mientras le da cuerda a Mud. Le devuelvo el gesto, y me acerco a la valla para sentarme y observar cada uno de sus movimientos.
“Llevo toda la tarde dándole vueltas a una idea, pero no sé qué te va a parecer. A lo mejor se me ha ido la pinza y estoy soñando demasiado porque estoy feliz, pero creo que es una muy buena idea. Si es que se puede llevar a cabo, claro…”
Su verborrea me saca una sonrisa y no puedo evitar reírme al recordar lo estúpido que fui al principio, cuando la conocí y pensaba que era insufrible. Podría escucharla hablar sin parar durante horas que no me cansaría jamás.
“Es para ayudar a la relación de los jinetes con sus caballos. Una manera de crear un vínculo cuando no se sabe por dónde empezar o lo que están tratando de hacer no da resultados. Sobre todo lo quiero enfocar a los caballos con traumas o que tienen miedos, para que los superen e insensibilizarlos, como hago con Mud. No entenderías la de estudios y artículos que he leído esta semana en la tienda por las mañanas,” añade riendo.
A pesar de que ya se ha recuperado, quiere terminar el año en la tienda de mi hermana para seguir echándole una mano.
“Hay varios cursos por aquí cerca para sacarse el título, e incluso puedes llevar a tu caballo para hacer los ejercicios con él.”
“Vaya, Sage…,” murmuro, tragando con fuerza.
“¿No te parece bien?,” pregunta frunciendo el ceño de la preocupación, parando a Mud para acercarse a mí.
“No, no, no quería decir eso. Es que… me has dejado sin palabras,” digo atropelladamente, intentando poner en orden mis pensamientos. “Me parece una idea increíble. Sin duda creo que deberías intentarlo, informarte bien sobre el tema y hacer esos cursos.”
“¿De verdad?,” pregunta desbordada de la ilusión.
“Te voy a apoyar siempre, Sage. Hagas lo que hagas. Y esta es una de las cosas que deberías hacer sin dudar y sin darle importancia a la opinión de los demás. Ni siquiera la mía.”
Me sonríe con un cariño que me desarma, como si hubiera robado la luna solo para ella. Esta sonrisa la ha esbozado mil veces esta semana, cada vez que le he recordado lo preciosa y fuerte que es, mientras besaba una a una todas sus cicatrices.
“Gracias, Wade,” murmura con los ojos brillantes.
“No tienes que darme las gracias por nada. Es lo mínimo que mereces. Nadie debería tratarte como si tu opinión no valiera, así que no lo olvides, ¿vale?”
Asiente, mordiéndose el labio inferior como si tratara de reprimir las lágrimas.
Cojo aire con fuerza y me subo a la valla para pasar al otro lado. Me acerco a ella con los brazos abiertos y no duda en enterrar la cabeza en mi pecho, envolviéndome con su olor a lirios y heno fresco.
“Gracias por creer en mí,” murmura contra mi camisa.
Beso su pelo mientras la abrazo con fuerza, dibujando círculos en su espalda.
“Siempre, Sage,” susurro con una sonrisa de enamorado.
Porque está claro que estoy enamorado de Sage Reid, y a cada día que pasa, ocupa un lugar más y más grande en mi corazón.
Se aparta de mí y me da un suave beso que no dura demasiado. Me abraza una vez más, apoyando su mejilla sobre mi pecho.
“¿Te acuerdas del día que te hablé sobre mi abuelo?,” pregunta en un murmullo bajito, apartándose de mí. “Me habías contado tu relación con tu padre y lo importante que era para ti.”
“Al igual que tu abuelo.” Asiento, mirándola con cariño mientras le doy un suave apretón en las caderas. “Lo recuerdo.”
“¿Y recuerdas que me preguntaste qué pasó después de que falleciera?”
Vuelvo a asentir, torciendo la boca al ver cómo sus ojos se empañan .
“No tienes que contármelo si no quieres, Sage. Si no lo haces nunca, no pasa nada,” susurro, tocándole la mejilla con suavidad.
Apoya la cabeza en mi palma, cerrando los ojos con un suspiro.
“Quiero hacerlo. Quiero contártelo si quiero estar contigo. Es una parte de mi vida que mereces saber… por si acaso.”
Me muerdo la lengua para no preguntar por esas últimas tres palabras. Lo último que quiero es agobiarla, así que me mantengo a la espera, trazando círculos sobre su piel.
“Cuando Reid murió, yo tenía solo doce años. Mi vida con él fue sencillamente perfecta. No nos faltaba nada, siempre rodeados de animales, el huerto y la naturaleza; perdidos en nuestro propio mundo en una pequeña casa en el campo. Como te dije, no recuerdo a mis padres, así que mi única familia fue Reid. Era el mejor.” Esboza una sonrisa anhelante con la mirada perdida.
Cierra los ojos un momento, perdida en sus recuerdos. Coge aire antes de abrirlos, y veo tanto dolor reflejado en ellos que se me parte el alma.
“Fue ahí cuando se fue todo a la mierda: mi adolescencia fue un ir y venir de hogares temporales. Como ya sabrás, no me gustan las multitudes. Me bloquean. Los ruidos fuertes, los gritos o los gestos bruscos me paralizan. No lloro mucho, o casi nunca, y todo eso viene de mi primera familia de acogida. Tenía trece y vivía con unos padres que me maltrataban física y verbalmente.” Un escalofrío la sacude entre mis brazos.
Aflojo el agarre para que cambie de postura y me abraza el costado, apoyando la cabeza en mi brazo.
“A los catorce llegué a otro hogar. Era diferente…
la familia me cuidaba, incluso me quería.
Ese año empecé a ir a terapia y pensé que, quizá, las heridas del pasado podrían cerrarse. Y lo hicieron… por un tiempo.
»Porque luego llegó la siguiente familia.
Ahí descubrí que me encantan las tormentas; traen calma.
No es nada romántico,” añade soltando una risa seca, carente de humor.
“Me gustan porque significaba que el padre no podía ir al bar de siempre a emborracharse. Cuando lo hacía, volvía a casa y pegaba a su mujer, ¿sabes? Fueron los peores tres meses de mi vida. A mí me lanzaba cosas, me encerraba en un cuarto minúsculo durante horas, a veces incluso me dejaba sin comer, y ya podía olvidarme de salir de casa. La madre… bueno, no hacía nada. Era una víctima más y tenía demasiado miedo como para denunciar.”
“Sage... yo-”
Me lanza una mirada de reojo, curvando los labios en una pequeñísima sonrisa.
“No hace falta que digas nada, Wade. He ido años a terapia y lo sigo haciendo. Esto está más que mascado, aunque a veces me sorprende contarlo en voz alta. Supongo que es parte del trauma, ¿no? Sentirlo como algo ajeno, como si no hubiera sido a ti a quien le pasó.”
La miro apretando la mandíbula, demasiado enfadado con la situación como para pedirle perdón. Porque… de todas formas, ¿por qué estaría disculpándome? ¿Por haber tenido una infancia terrible? Desgraciadamente, no puedo hacer nada para revertirla. Lo único que puedo darle es mi apoyo y escucharla.
“Cuando él decidió que yo era una mala niña y que tenía mal carácter , me cambiaron de casa otra vez. La última familia fue mejor, pero yo ya estaba destrozada por dentro,” continúa, abrazándome con fuerza.
“Al cumplir los dieciocho se ofrecieron a pagarme la universidad. Podría haberme negado, pues ya no estaba bajo su tutela, pero insistieron. Estudié fisioterapia, aunque siempre quise hacer biología o veterinaria. Supongo que lo hice para no decepcionarlos… Trabajé de eso hasta los veinticinco, y supongo que hasta aquí he llegado.”
Se separa de mí para volver a ponerse delante. Esboza una sonrisa menos triste pero más sincera, como si estar aquí fuera lo único que le importara.
“Ha merecido la pena, Wade. Todo el sufrimiento, todos mis traumas… Aunque a veces lo pase mal, como en la subasta, vo lvería a pasar por lo mismo si eso significara acabar aquí. Contigo. En Almond Valley.”
“¿De verdad?,” pregunto con incredulidad, apretando los labios.
“Yo solo quería una familia que me quisiera y me apoyara por cómo soy, no por lo que ellos querían hacer de mí. Y tú… vosotros, los Weston, hacéis eso por mí. Aquí me siento más cerca de Reid que nunca, y jamás podré agradecéroslo lo suficiente.”
“No es necesario agradecer nada, Sage,” digo, atrayéndola a mis brazos. “Desde el primer día marcaste un antes y un después en mi familia. Todos lo sabíamos. Eres especial, Sage.”
“Me siento como en casa. Aquí, contigo.”
Mi corazón se salta un latido y siento que un enorme nudo se instala en mi estómago. Pero no es malo… creo que es lo que dicen, lo de las mariposas que revolotean sin control.
“Yo también me siento en casa contigo, Sage.”
La sostengo entre mis brazos hasta que el sol desaparece tras los árboles. Es Sage la primera en separarse y levantar la cabeza para mirarme con esos ojos, grises como la tormenta que provoca en mi pecho.
Se pone de puntillas mientras tira del cuello de mi camisa para estampar sus labios sobre los míos. Agarro su cintura para mantener la distancia y que no suba la temperatura como ha pasado durante toda la semana cada vez que nos tocamos.
No quiero aprovecharme de Sage ahora que ha compartido una parte tan importante de su vida y está sensible, aunque no lo demuestre demasiado.
“No te sientas obligada a hacer nada que no te apetezca,” murmuro sobre sus labios.
Apoyo la frente sobre la suya. Sage inspira despacio, apoyando las palmas en mi pecho, sintiendo el latir de mi corazón a través de la tela.
“¿Quieres ayudarme a recoger?,” pregunta en un hilo de voz.
Sonrío y le doy un último beso en la frente, deseando estar cerca de ella el mayor tiempo posible.
“Nada me gustaría más.”
Recogemos en silencio, lanzándonos sonrisas furtivas que reflejan todo lo que sentimos.
Guardamos a los caballos en el cobertizo para que no pasen frío durante la noche, y limpiamos un poco el prado bajo la cálida luz de los farolillos.
Me parecen especiales las simples tareas cotidianas con Sage, como si todo con ella resultara automáticamente más familiar y cercano.
Es como si pudiera iluminar cada lugar con su presencia, bañándolo todo de una energía diferente que me atrapa y no me permite apartar la vista de ella.